BESOS UNTADOS

¿Quién no quisiera volver a los besos clandestinos, ocultos tras la esquina y el pudor de la infancia que se ha ido? Una crónica para recordar los besos. O para besar el recuerdo.

Escribe / León Darío Gil. Ilustra / Stella Maris.

Había unos lugares donde acudía la gente a besarse o a buscarse con el alma, con todas las ganas y las manos, a darse cuenta dónde era que la realidad dejaba este para pasar al otro lado de los suspiros y la dicha. Lugares clasificados según el grado de temeridad, de ansias o de experiencia de los acuciosos o acuciosas que los visitaban.

Luego de la esquina, donde apenas el amor respondía a unas señales casi a escondidas, los principiantes, después, buscaban la noche del parque infantil, donde la escasa luz que les llegaba de los entornos. En lugar de esconderles los sonrojos y aligerarles el miedo, les daba la certidumbre de su ubicación y de sus cuerpos. Iban a secretearse dulzuras, a dibujarse caricias inocentes y a darse besitos apresurados y tiernos.

Los que la vida ya les había dado la ocasión de un boca y unas palabras temblorosas y avanzaban por el premio de unos botones ya casi rendidos y ya casi sin destino el destino de una blusa, recurrían a la cancha de fútbol; la luz lejana y los ruidos del barrio les llegaban como la promesa de una cercanía redentora.

Los que se iban de infidelidad o luchaban con doblegar la intransigencia de una cremallera acudían a las lomas de la polvorería; el canto del río les matizaba los gemidos y los matorrales, acogiéndolas, desfiguraban sus sombras.

Los que de afán le querían sacar partido a una urgencia acudían a la curva del puente; un tramo de tres cuadras, sin casas a los lados, solitario, oscurísimo, que quienes lo usaban podían disimular que iban de tránsito de uno a otro barrio.

Los más avezados, animosos y de pecados más altos, se hundían por los caminos de los montes aledaños: pasadizos de leyendas, duendes y huidizas alimañas inocuas. Por último, quedaba el centro de la ciudad y toda la vorágine de sus noches, tabernas, discotecas, residencias, hoteles y moteles, lugares reservados a quienes gozaban el privilegio de un salario. Ese era, y en ese orden, el tránsito de la lujuria barrial.

No en ese orden los transité todos; sin dejar de señalar que, en razón de sus gloriosos deleites y para afinar bien sus lecciones, repetía unos, o en unos me demoraba más que en otros. Con cuántas amigas y amigos, vecinos, esposas desesperadas, viudas alegres, novias ajenas o pasadas, conocidos y familiares me tropecé en esas instancias, siendo testigo de sus acciones que, como las mías, quedaron archivadas en la gaveta de las complicidades, de los secretos o de las alcahueterías. Sin embargo, no era raro que algunos le exigieran a algunas la ocasión de una aventura con tal de no soltar la lengua; aunque estuve tentado, no fue mi caso: pudo más la sensatez.

Lo que me propongo contar sucedió en la cancha de fútbol.

A todo el frente de Mi viejo San Diego, el más afamado y entrañable lugar de tangos, billar, licor y amanecidas, quedaba la casa de las Morales: cuatro mujeres que vivían con un hermano, su mamá y don Evelio, su papá, un vendedor de seguros, de terno con leontina y estricto corbatín todos los días, pequeñito, de ojos saltones, que saludaba elevando y batiendo la mano izquierda con efusión y entre risas, hechos que le exaltaban su amabilidad y alegría. Siempre con un maletincito café, repujado con el escudo nacional que, como un sello de distinción, ostentaba debajo del brazo. Como tenía bozo, el vestido, el corbatín y el maletincito le daban la apariencia de un Chaplin decorosamente imprevisto, viviendo el papel de un padre amoroso y un vecino respetable. Con él, sus hijas gozaban de una libertad que tenía como tope su palabra sabia y serena, amén de su inflexible rigor cuando expresaba una orden. Quienes lo consideraban un alcahuete eran menos de los que creían que era un padre amoroso y comprensivo.

Un poco a escondidas de ellas las conocíamos como las Cubanitas. Chiquitas, carillenas, alegres, amigueras. Dueñas de una belleza discreta que, para subirle méritos, trataban con ropas de moda, tacones, chales, bufandas, pinturas, anillos, aretes, collares y pulseras, y con amigas y amigos del Centro que, para vanagloria de ellas y envidia del barrio, llegaban en carro. Todas estudiantes y aparentemente sin novio o, por lo menos, con nadie que acusara ese comportamiento; sin descartar los melosos o confianzudos que de pronto se atrevían, maliciosamente, con una mano o una cercanía riesgosa que, ellas, para no levantar ampollas, manejaban con inteligente discreción. Su casa, con la complacencia de sus padres, era un trajinar permanente de familiares, amigas y amigos, música, tinto, charlas y risas. Valga decir que las fiestas con baile y trago, fuera de excepcionales, eran gloriosas.

Yo era de otro ambiente. Más de la esquina, de la calle que de la puerta o la sala, por eso nunca entré a esa casa. Con las Morales me saludaba de pasada, era amigo de algunos de sus amigas o amigos con los que, de vez en cuando, compartíamos tramos de la vida, de un atardecer o de una charla esquinera.

De pasada, los domingos, yendo o viniendo de la misa de siete, me fue agarrando un amor inesperado por Cristina, la menor, que me llevó tardes enteras y pedazos de noches hasta la puerta de Mi Viejo San Diego a rogarle al destino que me regalara el favor de una mirada, la complacencia de un guiño, la esperanza de unas palabras.

Iban siendo ocho de la noche de una noche en la que las estrellas, infinitas, bregaban por un lugar en el cielo, cuando la mayor de las Cubanitas me hacía señas desde la ventana; tuvo que insistir una y otra vez para que, al cabo de mucho rato, yo cayera en cuenta de que se trataba de mí. Con la molestia de la duda en la cabeza me acerqué, temeroso y despacio. A dos pasos de la ventana, creo que con amor y una complicidad gozosa, con los dedos me indicó que me acercara, me acerqué, me acerqué más, cogió mis manos y como si me entregara un secreto, me puso algo en una palma, me la apretó y me dijo al oído, en susurro, con picardía haciéndose bocina con la otra mano: “Le manda Cristina”. Sin quererlo abrir me puse a cavilar de qué se trataba. Mientras más abría la mano más se corroboraba mi sospecha. Era un papelito enrollado y rosado que abrí y leí, tembloroso, bajo la farola de la esquina de los Olarte.

Que fuera rosado, me dio la certeza y la alegría del triunfo y, no sé, a modo de un hormigueo por el vientre, cierto desconsuelo; porque yo hubiera querido más tardes, más noches, más lidias, más búsquedas, más sufrimientos.

En un firmamento de nubes con forma de corazones y corazoncitos, en letras despegadas caligrafiadas con paciencia y esmero, decía: A las nueve en la virgencita de la escuela. No más. Y no más cuando le di la vuelta. Pero bastaban esas nueve palabras para que, a pesar de la virgencita, sintiera  que contenían una insinuación que la hora anotada corroboraba y llenaba de prometedoras sorpresas, sorpresas que dejaba en manos de Dios o del azar.

Conocía el lugar, claro, y también tenía claro que, para mí, y supuse que también para ella, la virgencita de la escuela era para el encuentro, no más para eso. El lugar para los siguientes procederes quedaba una cuadra y media más abajo: la cancha de fútbol: espaciosa, circuida de barrancos cómplices y de manguitas amañadoras donde sentarse a hablar corría paralelo con las manos, indóciles, buscando sosiego para aligerar los vendavales de la ansiedad.

Me paré en la esquina de los Duque, desde donde podía divisar la casa, a esperar que saliera. Salió con la hermana mayor que, de gancho, la acompañó hasta la esquina. Algo le dijo y esperó a que se alejara; después de un rato le batió la mano. La vi hasta que se diluyó en la oscuridad. Me fui a encontrarla.

Estaba recostada contra el pedestal de la Virgen, se abrazaba a un chal que la cubría desde el cuello hasta la cintura. Llevaba el pelo suelto. Un collar con cuentas de cobre que copiaban figuras precolombinas le colgaba del cuello. Me acerqué y, como si se fuera a desarmar en pedazos, se dio un abrazo a sí misma con decisión y fuerza.

Tiritó, no sé si simulando o sintiendo frío de verdad.

Tantos y tantos cocuyos me provocaron el pensamiento tonto de que lo que se proponían iluminar era la noche y por ese camino frustrar mi dicha. Dos rotos luminosos detrás de la verja de la escuela, que desaparecieron en una exhalación, me trajeron la sensación de un gato. Cuando me acerqué más, el chal le daba un aire de adulta que, por un instante, me ensombreció el deseo; la blanca limpidez de su risa niña y dulce, menos mal, me lo volvió a aclarar; también sus ojos que me miraron como a una aparición oportuna y generosa. Sin soltar el chal me abrió los brazos y, en un acto de infinito desprendimiento, se me ofreció. Yo le abrí los míos y, en razón de su estatura, más que abrazarla, como a una paloma rendida la guardé entre mi pecho. Sentí la fría desnudez de sus brazos, su aliento quemándome en el cuello, atragantarse un gemido en su garganta, que éramos aire del aire, noche de la noche. Sentí, enrabiados, los ápices de sus pechos. Cuando la levanté para ponerla a la altura de un beso, con una voz que adentro contenía chispas de inocencia, trozos de pudor y determinación, y un poquito de clemencia, me dijo dos palabras: “Aquí no”. Ella misma, después, me cogió de una mano. Cogidos, cogimos falda abajo buscando la cancha.

Caminaba temerosa, como si yo fuera su lazarillo. Apenas empezando a ir de una a otra portería, para lograr más libertad de movimiento, el chal se lo puso a manera de bufanda. De un solo trago me tragué las estrellas y la noche. Oriundo de un augurio bienhechor, me entró la sospecha de que esta noche sería feliz, por eso inolvidable. Y la primera ración de la felicidad fue su cinturita perfecta que apreté como si al apretarla se fuera a desvanecer. Después, el fogoncito encendido de su piel que me suscitó la certidumbre de un paraíso cercano. Después, un temblor como provocado por un hechizo que la recorría, no sé, como una gracia o como una advertencia. Después, ella pegadita de mí, buscando tal vez que el ardor que nos consumía nos permitiera siguiera conservar un gajito de realidad, nos fuimos por donde a nuestro paso chasqueaba la hojarasca del verano.

Sin verlos, presentíamos la presencia o nos llegaban las migajas de los ruiditos acezantes de los amores aledaños. El barrio, allá, se veía como una promesa cierta, plácida y reciente. Llegamos hasta donde nos recostamos contra un barranco. Aquí, me agarró por la cintura porque sentía miedo, me dijo, y agregó que me agarraría más duro si sentía más miedo; cómo no rogar que sintiera más miedo. Ella, que me llegaba hasta el tope de la barbilla, comenzó a darme de seguido piquitos por el cuello y en el pecho. Mis manos, sin saber qué hacer con la abundancia sedosa de su pelo que le caía más abajo de la cintura, impulsadas por una valentía súbita bordearon, con escogida y frágil suavidad, los bordes sublimes de sus nalgas; ahí sentí que ya tenía el pasaporte para tocar el cielo. Y por ese camino iba, pero ella, con la precaución de no dañar el encanto pero también con la intención de ponerle límites a mis ímpetus y moderación a los suyos, con una sílaba agónica que se le debió escapar de algún residuo de la cordura, me quiso decir: alto. Por una simple y sencilla lectura de los hechos yo sabía que lo que me acababa de decir era una mentira: estábamos montados en un tren sin tiempo, desbocado, sin una estación en donde descargar tanta levedad, tanta carga sin peso y sin razón.

Con una suya cogió una mano mía y se la llevó hasta su cara para que la acariciara: eso hice. Con suprema ternura con el índice le repasé las cejas y el contorno de la nariz, con ese mismo índice y el pulgar le rocé, suavecito, los lóbulos de las orejas. Unos dedos suyos acariciaban la cara mía como si acariciaran una irrealidad. Acezaba. Sentí que se desvanecía cuando con una voz medio hundida en la inconsciencia me pidió que la besara, yo también me moría por besarla pero prolongaba la agonía solo para guardarla como un deleitable suplicio. Tan minuciosa, tan lenta, tan fervorosamente la besé y con tanto ahínco que es como si ese beso hubiera nacido conmigo. Quemaba. Nada le faltaba para que el vaho bienhechor de su aliento y los vapores que brotaban de su cuerpo reventaran en llamas, flamearan. Mi otra mano, desentendida de mí y yo desentendido de ella, como un aditamento que se manejaba a su albedrío, sediciosa, llegó hasta donde la gloria era el bordecito tibio y húmedo de un pétalo trémulo y encarnado.

Los oíamos: ella los míos, yo sus gemidos.

Habíamos llegado al momento perfecto, donde la vida nos entrega con una maravillosa lucidez las claves de la felicidad y uno es, sin resquemores, ni añadiduras, ni mediaciones, el universo entero; más allá y, tal vez, nos remordería la conciencia de no haber remontado el límite; más acá y, tal vez, para siempre dejaríamos sin llenar un momento conquistado a la eternidad, legítimamente nuestro. Aquí, ahí y así, se detuvo el mundo.

Creo que ambos lo vimos al mismo tiempo. Y la perfección en que vivíamos se descuajó de un tajo, como si por un acaso desventurado y fortuito los dos hubiéramos quedados desnudos en medio de una multitud. ¿No sería esa la sensación del paraíso? Por el oriente alguien, de pronto, encendió un fósforo; en medio de tanta oscuridad era imposible no notarlo y no sentir que, el del fósforo, venía cumpliendo o a cumplir un cometido que no tocaba con nosotros dos; eso creí.

Pero el miedo, quizá, o la culpa, hizo que la llama del fósforo la viéramos como una tea que silueteaba una sombra definitivamente humana que trataba, con demorada paciencia, precisar algo en medio de la noche. Lo que hicimos fue apretarnos en un abrazo violento, desdichado y tierno y, a la vez, reconocernos como viajeros de un viaje glorioso, sin itinerario y con un destino desconocido o incierto.

Sacudiéndonos la ilusión, desarrugándonos el alma y componiéndonos la vida, los sentidos y la realidad, en el mismo lugar del primero se prendió un segundo fósforo. Solo hasta que se apagó, una voz apaciguada que adentro contenía mucha comprensión y una paciencia sin desbordes ni amenazas, dijo: “Cristina, hija mía, no me voy sin usted, aquí la espero”. Cristina, para mi asombro, con dulcificada lentitud, espabilándose de un sueño, comenzó a levantar la cabeza, tomó el chal y, como una desidia, se lo colgó en el brazo. Se abrochó los botones y se sopló por entre la blusa para apaciguarse el fuego que la incendiaba, oí cuando se subió el cierre. Sacudiéndolas por entre la noche, aireó las manos y, con las manos aireadas, se sobó el rostro para enfriarse el rubor. No podía comprender yo, como, uno por uno, sin sobresaltos y afanes, recogía los actos para reencontrarse con su normalidad, pero no conmovida por la advertencia de esa voz, sino como viviendo una libertad suya, de nadie más. Por un instante, mínimo y arduo, pensé en la paciencia de don Evelio, lo presentí aprontando su ira para descargarla contra su hija.

Cristina me sonrió con una fascinada levedad, con una impostura de muy sutil e imprevista coquetería se revolcó el pelo. Como encartada con un pecado feliz y cometido en el cielo, sin saber qué hacer con lo que no podía dejar de sentir, se comprobó los aritos, tintineó el collar y, empinándose para mirarme a los ojos, se chupó los labios y con la yema del índice se delineó, despacio, el filo la nariz.

Lo que quería decirme, algo que le hacía un taco en la garganta, no me lo dijo. O me lo dijo cuando me abrió como un cuenco mis palmas y, llevándolas a su boca, las llenó de besos incontables entibiados con su aliento, y me dijo por fin, como una sugerencia pecaminosa y virginal al mismo tiempo: “Para que se los unte por todas partes”.

Don Evelio, cuando la vio salir a la claridad ennegrecida de la calle, como si viniera a recogerla de la tienda de la esquina, se adelantó para abrazarla. Después de acomodarle el chal, como su niña, que lo era, la abrazó por el hombro, la ajustó contra su cuerpo y la acompasó a sus pasos.

“Para que se los unte por todas partes”, en eso me fui pensando.