AFGANISTÁN: LOS RASTROS QUE LA GUERRA BORRÓ

Quizá los afganos y los colombianos tienen cosas en común. Son pueblos que han crecido en la guerra, que afirman el instante, se aferran a dioses para sobrevivir y viven en espejismos de tranquilidad.

Escribe / Christian Camilo Galeano Benjumea. Ilustra / Stella Maris.

“No sé ni cómo describirles a los afganos del monte. Son hermosos. No se ponen ni un poquito de ropa occidental”, relata Natalia Aguirre Zimerman en 300 días en Afganistán. El mundo observa por estos días cómo las bombas estallan en el aeropuerto de Kabul y los cuerpos caen del cielo. Nos movemos de la lectura a las pantallas, del 2001 al 2021, de las Torres Gemelas a la retirada del ejército norteamericano de Afganistán, de las imágenes de los talibanes replegándose en las montañas a la entrada triunfal de los mismos talibanes en Kabul; el tiempo en el desierto no avanza, todo se detiene en el mismo lugar, hasta la guerra sigue allí, intacta.

El progreso, la libertad y los derechos, que se enarbolaron a lo largo de dos décadas como promesas de una invasión, huyeron de Afganistán como polizones al interior de los féretros que llevan los cuerpos de soldados que perdieron la vida en el desierto. Esta guerra que costó tantas vidas es un esfuerzo inútil de llevar los ideales e intereses de Occidente, que terminó por instrumentalizar un pueblo y dar un nuevo aire al grupo extremista.

Sin embargo, imaginar el fin de la guerra es una ingenuidad, tal como lo pensaba Estanislao Zuleta, es creer que llegaremos algún día a esa idea del paraíso en la tierra, sin conflictos, una especie de muerte en vida. La exigencia, radica en pensar formas del conflicto que no anulen al otro, ni olviden que la guerra también es una fiesta a la cual los individuos se entregan.  Adentrarse a las complejidades de la sociedad afgana, implica reconocer sus valores y tradiciones, no simplemente borrarla o bombardearla.

Ahora que las imágenes se han viralizado en cuestión de segundos y se observa desde la distancia oleadas de personas intentar huir de los talibanes a través del aeropuerto, ¿cómo entender el sufrimiento de un pueblo tan distante geográficamente, pero con el que compartimos el destino de la guerra a pesar de las diferencias? Ante el abismo que se abre con toda pregunta, es preciso mirar a través de los ojos que compartieron con las mujeres, los niños y los hombres antes de que los reflectores de las cámaras y el sensacionalismo llegaran a ver explotar bombas y morir civiles.

Los relatos que se construyen desde Occidente alrededor de la mujer afgana la muestran como víctima abnegada de un sistema represor que la anula completamente. La mayor evidencia es la burka.

Sin embargo “las mujeres afganas no son débiles. Son unas fieras. No se callan nada. No viven escondidas como la presa le hace creer al mundo occidental” agrega Aguirre Zimerman. “Estas mujeres hacen comentarios tales como: «Lo bueno de la burka es que podemos mirar a todos los hombres sin que nos pille». Cuando están entre ellas hacen chistes sexuales, discuten temas prohibidos y son bastante maliciosas (…) exceptuando la mortalidad materna, tienen vidas muy completas (aunque duras) y gozan de mucha posibilidad de decisión”.

Construimos la imagen de la mujer afgana como la víctima por antonomasia del sistema machista, para ahorrarnos la tarea de pensar a la mujer misma desde sus vivencias. Esto no niega las barreras que alzan los talibanes sobre las mujeres, las limitaciones de movilidad y educación que empiezan a tomar forma en el nuevo Afganistán del 2021, que volvió a ser como el viejo Afganistán del 2001.

Pero allí quedan las mujeres que resisten desde el hogar, que buscan la forma de sobrevivir, como lo muestra la película El pan de la guerra (2018), donde Parvana, la protagonista, toma las vestimentas de un hombre para ganar el pan de cada día de su familia. O aquellos relatos de suegras que terminan por ser los verdugos de las mujeres que llegan al hogar de sus hijos para maltratarlas, gritarles, insultarlas. La mujer afgana, al igual que toda mujer, es un entramado de resistencias y represiones, no simplemente el relato de una víctima abyecta, anulada.

De la misma forma, se puede pensar en los niños cuarentones afganos que recrea la cronista, niños lanzados desde temprana edad a cuidar de sus hermanos y sobrevivir. La niñez como fase del desarrollo humano es borrada para dar paso a niños que deben convertirse en lobos que cuidan de su manada, mientras intentan no morir de hambre o de un disparo. Las relaciones con el mundo no se fundan, en este caso, a partir de la exploración y el juego, sino de la supervivencia y la astucia. Se pone en juego la vida a diario de estos niños que buscan sobrevivir con sus familias en un territorio infestado de ideas políticas, religiosas, donde la niñez parece evaporarse en el desierto.

El desierto afgano, paso milenario de la ruta de la seda, se abre como un pozo donde la humanidad expresa sus contradicciones. “Los contrastes son sorprendentes, los hombres son los más agresivos del mundo, pero al mismo tiempo se sientan horas en mangas a tomar té y a recitar poesía. Quién lo creyera, pero al igual que las rosas, la poesía les encanta.  En la cultura persa, la poesía es importante, y desde chiquitos los niños recitan historias de amor.  En la estación de Policía que queda al lado de la clínica, los policías montan sus ametralladoras en una mesa y le meten por el barril un ramo de rosas” apunta Natalia Aguirre.

¿Cómo entender el amor por la poesía en un pueblo que sobrevive al territorio agreste, a las guerras y a ellos mismos? La palabra poética, en este caso, puede ser un oasis en medio de las inclemencias de la vida. La posibilidad de pensar una historia de amor, el refugio ante la guerra o, simplemente, un breve e ilusorio lugar de paz. En el fondo, ese refugio que es la poesía termina por ser un espacio donde esos hombres que hacen la guerra anulan las contradicciones de su existencia. La sensibilidad que evoca la poesía, ese contacto humano con el otro de carne y hueso, es desplazado a un espacio metafórico, lingüístico, que no se encarna en el prójimo. La poesía salva y condena a los hombres del desierto.

Quizá los afganos y los colombianos tengamos más cosas en común de las que pensamos, al ser pueblos que han crecido en la guerra, afirmamos el instante, nos aferramos a dioses para sobrevivir y vivimos en espejismos que dan algo de tranquilidad. Los afganos son habitantes de las montañas, como los colombianos. Han estado en guerra desde hace muchos años, como los colombianos. Son títeres políticos, como los colombianos. Producen tanta heroína como los colombianos cocaína. Producen tanto hachís como los colombianos coca. Son tan orgullosos como los colombianos. Están estigmatizados como los colombianos” insiste Aguirre.

Compartimos la carga de las guerras que no terminan, de desplazarnos en busca de un refugio, de estar a merced de los señores de la guerra. A su vez nos movemos por el mundo huyendo de las miradas que desconfían y dan por sentados delitos que no hemos cometido, somos los chivos expiatorios de los ciudadanos del mundo. Quizá por esas similitudes a tantos colombianos les causa recelo la idea de recibir refugiados afganos, porque son el espejo roto de la guerra en que vemos nuestro rostro deformado. Los memes cargados de humor negro y cierto grado de xenofobia son sólo el último síntoma de ello.

Detenidos ante la barbarie que se toma el poder de un territorio desértico a miles de kilómetros de Colombia, y llevando el peso de un conflicto propio que deja sus víctimas, solo nos resta el acto solidario frente al otro que sufre. Al ayudarlo estamos explorando esa faceta que nuestro propio conflicto se ha encargado de mutilar: la compasión. Y al compadecer al otro, nos reconocemos como seres que comparten una misma condición y la esperanza de hallar una tierra que no devore a sus hijos.