TEATRO COMFAMILIAR: MEDIO SIGLO ENTRE HISTORIAS

El escritor Gustavo Colorado repasa los cincuenta años de un teatro emblemático de la ciudad de Pereira, por donde ha pasado buena parte de la cultura local y nacional.

Escribe / Gustavo Colorado Grisales. Ilustra / Stella Maris.

Todo hombre es una historia
 
“… Porque no engraso los ejes / me llaman abandonao/ si a mi me gusta que suenen/ pa qué los quiero engrasaos”. Cuando el viejo juglar Atahualpa Yupanqui punteó su guitarra y empezó a desgranar los versos  de una de sus más celebradas canciones, el tiempo entró en suspensión para los asistentes al Teatro Comfamiliar esa noche del 29 de noviembre de 1983.
Los ejes de mi carreta  era algo así como un himno para la generación heredera de las ilusiones de la Revolución cubana, del sacrificio de Ernesto Che Guevara en las selvas bolivianas y de las luchas sociales que agitaron el continente entero, desde el sur de California hasta el extremo meridional de Argentina y Chile.
El público estaba conformado por estudiantes, maestros, oficinistas y profesionales jóvenes que no habían cerrado del todo las puertas de la utopía y se entregaron durante un par de horas a la poesía elemental y a la voz dolida de ese hombre andariego y trovador  habituado a tocar en grandes escenarios y en improvisadas reuniones de obreros y campesinos.
Yupanqui fue uno entre grandes creadores de distintos géneros que pasaron por el Teatro Comfamiliar, durante muchos años la única sala con enfoque cultural en una ciudad donde los grandes teatros de la época- Caldas, Capri, Consota– se dedicaban a la proyección de exitosas  producciones cinematográficas, con algún alto en el camino para albergar festivales de tango y bolero, así como temporadas de zarzuela que contaban con un público ansioso de  espectáculos que lo hicieran sentirse en sintonía con un mundo en expansión.

Rafael Urraza

Después de todo, ubicada en un cruce de caminos y a unas pocas horas del puerto de Buenaventura, Pereira supo de la temprana llegada de innovaciones tecnológicas como el fonógrafo, el teléfono, el cine y el ferrocarril, cuando era todavía una pequeña aldea en un país de regiones desconocidas entre si.
Fundado en 1971, el Teatro Comfamiliar concitó de entrada el interés de un público formado en la apreciación de expresiones artísticas y culturales a través de entidades de temprana aparición en la ciudad como  el Centro de Arte Actual, Librería Quimbaya, la Sociedad de Amigos del Arte, el Centro Colombo Americano y la Alianza Francesa.
A lo largo de cinco décadas, el teatro ha sido anfitrión de los ritmos andinos de Los Viajeros de la música y el grupo Suramérica, de la cadencia del cantautor Rafael Urraza,  de las manos prodigiosas del clavecinista Rafael Puyana, de las puestas en escena del Teatro Matacandelas  y- cómo no- de la siempre irreverente maestra Antonieta Mercuri con su teatro combativo, adscrito a la corriente de claro contenido político dominante en las tablas por esos días.
El ingeniero Maurier Valencia  Hernández, hijo de músico y melómano él mismo, es hoy  el Director Administrativo de Comfamiliar. Vinculado a la  Caja desde hace más de cuatro décadas, en los inicios tuvo su oficina en la sede del centro en un espacio contiguo al teatro, lo que le permitió un contacto directo con los artistas,  que debían pasar frente a su escritorio cuando se dirigían a los camerinos.
Memorias de una vieja canción.
“ Antes de construirse nuestro teatro, los grandes eventos artísticos llegaban, sobre todo, a la sala del Teatro Caldas, con capacidad cercana al millar de personas entre   luneta y palco o “ gallinero” como le decían los parroquianos.  Allí disfruté, entre otros, del espectáculo incomparable de Juan Legido, “ El gitano señorón”, con esa voz y ese estilo suyo tan particulares. Eran los días de la bohemia en El Páramo, en El Tricolor o en El  Sestiadero, auténticos hitos en la noche pereirana. A esos sitios iban a parar al final de la jornada los asistentes a los espectáculos del Caldas en rondas que duraban hasta  la madrugada, a ritmo de tangos, boleros, rancheras, bambucos, pasillos y mucho, mucho Aguardiente de Caldas”.
Una historia en Technicolor
 
A sus más de sesenta años Fernayn Hernández es algo así como el último mohicano, el  sobreviviente y heredero de  viejos proyeccionistas de cine en 35 milímetros como don Efraín o don José Suárez. Eran hombres curtidos en jornadas de cine continuo  que  empezaban a las 11 de la mañana y solían terminar a la una de la madrugada del día siguiente. Esos horarios los convertían en criaturas de la noche, proclives a las tentaciones de la carne  y el ron Viejo de Caldas. Por eso, las cabinas de proyección operaban a modo de sucursales de bares y tabernas, con su provisión de muchachas incluida.
“Entre todos los teatros que me permitieron trabajar, empezando por el de Anserma, mi pueblo natal, el de Comfamiliar es algo así como mi segunda casa. Puedo decir que tengo el honor de haber proyectado en su pantalla las más grandes películas de la historia del cine. Las trajeron el Cine Club Universitario,  el Cine Club Vamos Juntos, el Cine Club Borges y, desde luego, el Cine Club Comfamiliar, inaugurado en 1992 con la proyección de la película El señor de las moscas, en reemplazo de Pasión bajo el cielo, cancelada por  un incumplimiento de última hora por parte de la empresa distribuidora.
“En esta sala se han proyectado desde las tradicionales películas bíblicas como Los diez mandamientos, Benhur y El mártir del calvario, hasta obras tan importantes como El árbol de los zuecos, de Ermano Olmi, Novescento, de Bernardo Bertolucci, La Naranja Mecánica, de Stanley Kubrick, El Padrino, de Francis Ford Coppola y  El séptimo sello, de Ingmar Bergman. En esos tiempos los públicos tenían otra formación; por eso permanecían hasta cuatro horas o más disfrutando de obras que exigían toda  su atención. Eso si era paciencia de los asistentes y genialidad de los directores”.
La hora del titán
 

Kraken

Finalizaba la última década del siglo XX.  La banda de hard rock Kraken era ya un mito viviente en la escena musical  colombiana. Liderada por su vocalista Elkin Ramírez,  se dio a conocer a mediados de los ochenta con canciones tan vigorosas como Soy real, Muere libre y Todo hombre es una historia. Contra toda advertencia de que Kraken precisaba de una sala  con capacidad para más público, el vocalista se empeñó en que tenía una deuda pendiente con el Teatro Comfamiliar, pues éste le había abierto las puertas cuando el grupo era desconocido fuera de Medellín.
Y los temores se confirmaron: dos horas antes de lo previsto para el inicio del concierto, la sala estaba llena mientras afuera se aglomeraban – y se amotinaban- unas quinientas personas que amenazaban con echar por tierra las puertas del teatro.
Con tono conciliador, Elkin salió a la calle y calmó a sus seguidores con la promesa de brindar dos conciertos el día siguiente si regresaban tranquilos a sus casas. Por supuesto, una vez terminado el espectáculo, la banda partió hacia otra ciudad donde debía cumplir compromisos, dejando a los responsables del teatro con el tremendo lío de apaciguar por segunda vez a los  ya energúmenos  fanáticos.
Gajes del oficio, le dicen a eso.
Son muchas las historias por contar en cincuenta años. Como aquél Domingo de Ramos en que el párroco de la catedral “ Nuestra Señora de la pobreza” conminó desde el púlpito a sus feligreses para que se abstuvieran de asistir a la proyección de la película “La última  tentación de Cristo”, programada por el Cine Club Comfamiliar para el Sábado santo siguiente, por considerarla lesiva para la fe y la ortodoxia.
Como era de esperarse, picados por la curiosidad, los creyentes abarrotaron la sala durante las dos proyecciones, estableciendo un registro de asistentes no superado hasta ahora.

Amparo Grisales

O aquella vez –el Director  lo cuenta como quien evoca un milagro- en que toda posible dicha terrenal se materializó en su oficina: acosada por el  pánico escénico, la actriz Amparo Grisales en persona y en tanguita -eran sus días de gloria- irrumpió implorando por un trago doble de brandy para calmar los nervios.
Sospecho que, al final, el pobre hombre tuvo que apurar el resto de la botella para conjurar el incontrolable temblor que lo recorría de pies a cabeza.
Lo sospecho, apenas: prodigios como ese y muchos más han acontecido en esta sala que ha sido también mi casa durante más de la mitad de  su medio siglo de existencia.