Lo permanente y lo provisional jamás han parecido tan juntos; la ruina del paisaje herido por sus propias fuentes y ahora sacrificado por el forastero

Por: Armando Buchard

La tierra escribe sin nosotros, moldea el paisaje como una geografía originaria, la cual parece ser sólo comprendida por sus nativos. La Guajira es fiel ejemplo de ello, panorama de belleza inhóspita y enigmática;  perfilada por unas cuantas lomas, surcos de agua, extensas sabanas desérticas, un inclemente sol y una escasa lluvia que nos hace recordar la necesidad del agua.

El wayúu, hombre poderoso y aborigen, instalado junto al guajiro,  ha escrito sobre la naturaleza de esta tierra, siglos de gestos y voces, de huellas y trazas que perduran en el tiempo, dejando sus cuerpos inscritos en esta heredad que es ante todo  tibieza, brisa, polvo y arena.

La Guajira se ha dejado tatuar como soporte arenisco dibujado con sellos naturales, el que ha  sido adornado con geometrías de tramas de cepas de trupillos, dividivis y mangles; como si quisieran ordenar una geografía, que ya es en sí misma ordenada con escasos elementos naturales, enmarcados en una infinita línea de horizonte que la atraviesa perpetuamente y  cortada por algún accidente que antes que contrastar el paisaje, parecieran siempre fundirse en uno.

Así, el paisaje guajiro se nos instala como un bálsamo para caminantes, el cual se nos manifiesta a través de doce fotografías en blanco y negro, las cuales intentan develar lo visible y lo etéreo  de este territorio. Impresiones que nos permite sumergirnos en el mundo wayúu del sopor y del brillo deslumbrante de un  paisaje, que necesita de añadida sensibilidad para lograr ser capturado.

Rodrigo Grajales ha recogido profusamente en sus retratos de La Guajira, el hermoso contraste configurado entre una naturaleza propia e integrada, ordenada por la acción compasiva del nativo de desunir lo que estuvo ya unido naturalmente, para volverlo a unir sensiblemente en una geografía que expresa el respeto y el afecto por la tierra de sus ancestros. El guajiro ha propuesto un mundo, un encuentro furtivo entre la tierra y sus propios productos reacomodados ahora, como mojones que nos hablan de hábitos y ritos de esta región del Caribe. Lo que antes eran surcos, horadaciones y heridas de la tierra, son llenados por los nativos con tejidos de madera y  redes como el  beso transitorio del  marinero o como el eterno carbón que a la fuerza se aleja de su origen, hablándonos  de lo efímero.

La madera del mangle, del trupillo o dividivi que antes se esparcían por toda la tierra guajira, son ahora un cúmulo geométrico. Se han tornado un corral para cabras o chivos, una palomera, una trama sostén de una casa o los simples tendederos que cortan la sellada horizontalidad del paisaje.

La tierra se hace mundo del wayúu y del guajiro, al configurarse en soporte que deja dibujarse,  borrarse con la marcha de la vida; así también deja fotografiarse como registro de lo sublime. La naturaleza profana de la tierra guajira y el paisaje sagrado del wuayúu se hacen uno. Lo permanente y lo provisional jamás han parecido tan juntos, la ruina del paisaje herido por sus propias fuentes y ahora sacrificado por el forastero, se resiste ante la inexorable belleza del mundo wuayúu que salva la tierra guajira.

Fotografías de Rodrigo Grajales