Impecables imágenes, llamativa musicalización, un guion acertado (de Maria Camila Arias y Jacques Toulemonde Vidal) y el respeto absoluto hacia una cultura tan compleja como la Wayúu, son algunos de los aciertos de una película que nos cuenta mucho más de lo que cabe en una reseña. Los sueños son la prueba de que tenemos alma.

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Por Antonio Molina

Corría una mañana de mayo de 1989 cuando Hugo Nelson Cárdenas fue asesinado por sicarios que le dispararon dos veces a la cabeza mientras esperaba el bus que lo llevaría al colegio Seminario en Santa Marta, donde residía. Hugo Nelson tenía 13 años y era uno de los últimos miembros varones de su numerosa familia.

Todo ello porque los Cárdenas y los Valdeblánquez, familias Wayúu y primos entre sí, protagonizaron una guerra de dos décadas que dejó al menos 200 muertos, muchos de ellos en la Guajira, y que se extendió por varios rincones de Barranquilla y Santa Marta. Fue tal la carnicería que en 1974 una alcaldesa desterró por un tiempo a toda la familia Cárdenas que habitaba Santa Marta.

Una guerra que tuvo principio el 16 de agosto de 1970 con el asesinato de Hilario Valdeblánquez por parte de su primo José Antonio Cárdenas. Todo ocurrió en Dibulla, Guajira. Las razones nunca se aclararon del todo, pero ganó protagonismo la supuesta afrenta cometida “contra el honor” de una mujer integrante de una de las familias.

“Bendita sea la hora en que no conocían la marihuana porque hasta ese momento las dos familias, por allá por los años sesenta, vivían tranquilamente en la Guajira y nadie mataba a nadie”, declaraba la abuela de los Cárdenas durante una entrevista con un reportero que cubrió la noticia del asesinato del niño. Ambas familias se enriquecieron con la bonanza marimbera de los años 70.

Años después, esta historia es retomada por Cristina Gallego y Ciro Guerra para entregarnos la película Pájaros de verano, una rica narración visual y auditiva de dos horas que deja al espectador con el sinsabor de asistir a una metáfora de casi toda la historia de Colombia: el recuento objetivo de una seguidilla de crímenes motivados por la venganza.

Para lograrlo, se cambian los nombres, pero no las circunstancias y el contexto global. La defensa del honor mancillado se convierte en una inmensa sábana que se tiñe a cuentagotas de carmesí en medio de una orgía de odio donde los principios de la cultura Wayúu –tan ajenos a nuestra concepción de honor– son puestos en evidencia.

Pájaros de verano está hablada casi por completo en wayuunaiki, la lengua de esa etnia guajira, con breves intervenciones en castellano y en inglés. Pero allí, en el acertado empleo de esa lengua amerindia, radica buena parte de la musicalidad que añade valor al disfrute –perdón por el término– de una obra que muestra sin adjetivos calificativos todas las pasiones humanas escudadas tras palabras grandilocuentes como el honor y el orgullo.

Moisés y Rapayet traban una amistad mal vista entre un arijuna (forastero) y un Wayúu. Fotografía / Mateo Contreras.

La mala hierba: Santa Marta Gold

Pero el telón de fondo nos cuenta otra historia paralela. Esa sobre el surgimiento del narcotráfico, una realidad tan cercana a los colombianos; pero que poco se ha narrado o abordado con acierto en la literatura o el cine.

Luego de una abrumadora escena inicial donde se recrea una danza iniciática de la adultez femenina Wayúu, aparece Rapayet Abuchaibe, personaje alrededor del cual se teje casi toda la historia. El hombre es flechado por Zaida, hija de la respetada líder Úrsula Pushaina (interpretadora de sueños y de auspicios) y abierta contradictora de Rapayet, contra quien interpone toda clase de obstáculos para impedir tal relación.

El pretendiente, lejos de amilanarse, descubre una providencial mina de oro que lo sacará de la pobreza al escuchar de manera casual una conversación de los gringos integrantes del Cuerpo de Paz –una organización estadounidense creada en 1961 para promover los lazos de amistad entre los países, estuvo desde ese año y hasta 1981 en Colombia y retornó en 2010–.

Por cierto, una de las escenas más llamativas ocurre cuando Rapayet recibe por parte de uno de ellos una lámina que afirma: “Di no al comunismo” y les responde “¡Qué viva el capitalismo!”. En ese instante queda claro que ha vendido su alma al diablo verde y nada lo frenará en su ambición.

Lo que piden los voluntarios estadounidenses es marihuana, la muy exaltada Santa Marta Gold cultivada en la Sierra Nevada. Rapayet concreta así la manera de conseguir el dinero que le permita proveer la inmensa dote matrimonial exigida por la familia Pushaina. Luego, todo hace parte ya de nuestra luctuosa microhistoria.

Surgen así el frenesí de producción y exportación de la yerba, a la par que llega del cielo gringo el dinero a raudales que debe ser pesado ante la imposibilidad de contarlo. La mezcla de complejos intereses le agrega tensión a la historia y a partir de aquí ya nadie sabe quién es ni cuál es su verdadera raíz ancestral.

A esta altura es inevitable no hacer un parangón entre la versión televisiva de la novela La mala hierba, de Juan Gossaín, que tuvo el sambenito de ser calificada como la telenovela más costosa hasta ese entonces (1982) y también la primera que abordaba sin pudores lo que todos sabíamos, pero nadie quería reconocer: la masiva infiltración social de la bonanza narcotraficante que no cesa y que tanta sangre nos ha costado por indolentes o alcahuetas.

En la telenovela, el protagonista, el Cacique Miranda, interpretado por Camilo Medina, no deja de parecerse en sus rasgos físicos y de temperamento al Rapayet de Pájaros de verano. Tal vez sea una casualidad o un merecido guiño a una versión visual de una novela que le abrió los ojos a un país mojigato que reza de día, pero peca de noche.

En fin, una sociedad que solo ve en los pájaros de verano los malos augurios que llegan de lejos, pero que en realidad tienen semilla muy adentro de un imaginario social arribista marcado por la enfermedad de la hipocresía que nos contagia a casi todos.