“Es tétrico pensar en un río colérico que arrastraba con ollas, armarios, colchones, árboles, casas, personas, animales; y es peor recordar cuando al hijo de una amiga se lo llevaba la corriente y ella no lo alcanzó a salvar”. Un municipio marcado por las aguas de un pasado y recordado por vidas del presente.

Florida es un municipio del Valle del Cauca, ubicado al suroriente. Fue fundado en el año de 1825 y considerado municipio desde  1864

Por: María Fernanda Lizcano Rodríguez

Luego de ya un poco más de 18 años del momento en que las aguas arrasaron con algunos barrios del municipio de Florida, Ángela María Colonia sólo recuerda a Carlos Arturo, quien fue llevado por un río enfurecido y sumergido entre las aguas de la desolación, como su “viejito amado” que vendía buñuelos. Hoy, a sus 88 años ya no recuerda muy bien qué le sucedió a ese hombre que tanto amaba y con quien compartió 5 años de su vida, en los que la hacía reír con esos chistes que todas las tardes le contaba cuando se sentaban en su casa del barrio La Playita.

Aquel 31 de enero de 1994, Ángela y Carlos se encontraban viendo televisión después de una extensa jornada de trabajo, en la que él se caminaba las eternas calles del municipio vendiendo unos redondos y placenteros buñuelos que preparaba siempre desde muy temprano. Nadie llegó a imaginar que ese sería el último día de esa aventura de dos viejitos que desafiaron el amor con la edad, un amor que inició más allá de los 60 años.

Viendo a Ángela a los ojos mientras le pregunto “¿qué pasó con Carlos?”, me doy cuenta de que ese amor nacido cuando él tenía 65 años y que duró 60 meses- aún no ha terminado. Ahora, es difícil creer que un lunes a las 4:30 de la tarde, una alta avalancha de barro haya acabado con ese romance. “Era una enorme montaña de lodo que se veía descender hacia la zona urbana de Florida”, cuenta Luz Mary Colonia, hija de Ángela, “ese lodazal parecía un Goliat enfurecido”, traía dentro de sí a muchas vidas, y no sólo vidas, arrasaba también con las pertenencias de los habitantes, sobre todo de los barrios La Playita y Brisas del Fraile.

“Es tétrico pensar en un río colérico que arrastraba con ollas, armarios, colchones, árboles, casas, personas, animales; y es peor recordar cuando al hijo de una amiga se lo llevaba la corriente y ella no lo alcanzó a salvar”, narra Socorro Rodríguez, habitante del municipio.

Ángela María Colonia, sobreviviente

Ese “pequeño Armero”, como le llama Faiber Payán, periodista del pueblo, que no era ni tan pequeño, logró afectar 208 manzanas de las 274 que conformaban el pueblo, además de que con su furia consiguió echar abajo el único puente que ligaba a Florida con el municipio de Miranda (Cauca). El “Armerito” se apropió de un 80 por ciento del perímetro urbano (Informe de Inventario Nacional de desastres naturales  Ingeominas, 1996.  Informe técnico de CVC de 1994.) Para Ángela, lo peor no es que ese torrente se haya apropiado de cosas materiales, sino que le haya quitado a su eterno enamorado. Luz Mary recuerda que a su madre la salvaguardaron unos hombres que se encontraban en un techo, estos estaban sostenidos para evitar ser llevados por la corriente conjunta de los ríos Fraile y Santa Bárbara.

A Ángela la salvaron de las garras de la muerte, la cual se mezclaba entre las aguas enlodazadas y negras, se salvó gracias a que se encontraba aferrada a un palo atascado entre escombros; su abrazo era fuerte, similar al de una madre que abraza a un hijo que siente que le va ser arrebatado. Logró salir de aquel torrente de dolor, llena de barro. “Sacarla de entre el barro fue difícil, se encontraba pasmada y temblando”, menciona Libardo Meza, esposo de Luz Mary, quien junto con los hombres del techo lograron salvar la vida de Ángela.

Es luego de salir de esa fuerte corriente y de estar al borde de la muerte, es cuando Ángela se pregunta ¿dónde está Carlos?, pregunta que logra responder cuando la alcaldía entrega el reporte de quienes son los muertos que ha dejado ese enfurecido y “pequeño Armero”.

El último momento que tuvieron juntos Ángela y Carlos fue frente a un televisor, mientras se comenzaban a escuchar gritos en la calle; Carlos no quería salir a mirar, pero cuando Ángela abrió la puerta, el rio la arrasó, y de ahí no supo que pasó con Carlos. Más adelante lo encontraron ahogado en medio de unos palos, sumergido en el lodo que llegaba hasta la altura de la cadera.

 

Lo que el lodo se llevó…

Ese 31 de enero del 94, el río Fraile bramó como nunca se había visto. Además de  afectar toda la población floridana, dejó más huellas en una vidas que en otras, como en los corazones de las personas del barrio La Playita, Brisas del Fraile y de los corregimientos de la parte alta del municipio, pues desde allá venía la carrera de “Armerito”. “El problema no es que llueva acá sino allá arriba, en el páramo de Las Tinajas”, y desde Las Tinajas venía esa enérgica corriente que consiguió que Florida anocheciera bajo una espesa capa de lodo que estaba empapada de un olor a zozobra y desesperanza. Acabó con 438 viviendas y afectó gravemente otras 390, también dejó un saldo de 19 personas muertas, 22 desaparecidos, 86 heridos y por los menos 2000 damnificados, sin contar las personas que quedaron enterradas en aquella capa de barro, pues “La Playita era un asentamiento subnormal que quedaba muy cerca del río y no se tenía dato exacto de los que vivían ahí, así que es muy posible que hayan cuerpos enterrados”, comenta Elder Bermúdez, secretario de la Oficina de Planeación e Infraestructura en Florida, cuando mira con ojos de tristeza y desconsuelo un cuadro del antiguo caserío de La Playita.

María Maya, quien en ese tiempo tenía solamente 10 años, vio como aquella avalancha se tragaba entero a sus amigos, como ese río impetuoso los amarraba y no los dejaba tomar partida. Jugando aún con muñecas, conoció rostros sin vida, sonrisas marchitas por la congoja. Afortunadamente su casa no resultó afectada por la avalancha como la de Ángela. Sin embargo, tiempo después fue víctima de un atraco en su propia  casa, donde vivió con sus padres hasta que murieron poco después de que el torrente arrastrara con el barrio donde vivían. Unos hombres, que se hicieron pasar por damnificados, destruyeron su casa. Ahora vive en una pequeña casa que le dio el Estado y la cual sigue ubicada en un barrio en donde el peligro humano que dejó el “pequeño Armero” sigue latente.

María Maya

María Maya

Tanto María Maya como Ángela María Colonia tienen un presente marcado por el pasado. La primera ha logrado asimilar un poco más rápido aquel suceso, pero para Ángela ha sido difícil superar aquella trágica historia que dividió su vida. Luego de haberse enterado de la muerte de su amado, Ángela debió vivir casi un año en la escuela de la Emeterio Piedrahita con los demás damnificados, un ambiente lleno de tristeza, soledad, desesperanza. Eran muchas las personas que buscaban sus familiares, sus almas divagaban entre las calles de la desilusión, personas enfermas, hambrientas, moribundas, niños enfermos, hombres y mujeres muriendo por contaminación, el pueblo sin agua. Pero lo peor, sin Carlos Arturo.

Toda esa angustia, ahogo y tormento tuvo que cargar en sus hombros Ángela María.  Aquel lugar, aquella escuela que la adoptó después del terrible suceso, tenía impregnado un olor a soledad, pues no tenía a nadie más en el albergue, y no podía ir donde su hija, pues si se iba, no le devolverían su casa, en la que compartió los 5 años más aventureros de su vida.

Hoy Ángela tiene 88 años, vive con su hija Luz Mary y la familia, después de todo el tiempo que ha pasado, con el corazón marcado con el sello ’31 de enero de 1994′ y con la memoria un poco fallida, solo logra recordar a Carlos Arturo como su ‘viejito amado’ que vendía buñuelos.