Recordó que los bienes sagrados de la humanidad estaban en las semillas del amor, la justicia, la verdad y la alegría; y estos eran compatibles con todo territorio libre donde cada humano es abono fértil para la imaginación.

Ilustración / El Bando Creativo

Por: Carolina Hidalgo

Maitena, la más amada, era una chica que con su vaca Toffi un día tuvo la tarea cósmica de llevar los ideales concentrados en semillas del árido desierto de Sonora en México a otras tierras.

Los ideales eran el amor, la verdad, la justicia y la alegría. Se encontraban en lo profundo de un oasis entre la vegetación silvestre extrañamente arborescente, custodiados por el Alacrán Emperador que no los olvidaba de vista.

Tan valiosos para la humanidad que debían ser conservados en secreto hasta el día que una guerrera o guerrero valiente se atreviese a llevarlos a puertos y tierras fértiles de otros países. Así que todo este viaje, llegó en un sueño.

Esa noche Maitena estaba muy cansada. Había jugado con su vaca Toffi, su fiel amiga de manchas chocolates a quien confiaba todo. Terminó su leche con almendras y se fue directo a la cama sin olvidar despedirse de su amiga que apacentaba con los caballos del campo.

El sueño revelado fue el siguiente: la ventana de Maitena, frente a la cama, fue abierta de par en par por un destello de luz dorada hasta convertirse en una puerta.

Maitena, inmovilizada debajo de sus cobijas, no podía comprender si era un sueño o sencillamente estaba sucediendo. De repente, un pájaro de plumas amarillo limón y verde esmeralda se posó en el marco y empezó a tomar unas migas de pan del suelo.

Maitena quiso acercársele con cautela, no podía creer que tal belleza estuviera ante su presencia. Sentía vibrar su pecho como una locomotora y un aroma a manzanas verdes invadió la habitación.

Así que tomó un pedazo de pan que aún quedaba de sus onces y se lo entregó con delicadeza. De repente, se abrió un arcoíris bajo sus pies. Maitena no podía explicarse a qué horas se hallaba en medio de la noche oscura.

El murmullo de las cigarras y los sapos hacían un coro celeste, toda la cúpula del cielo se llenó de gracia. Maitena se inclinó entre las transparencias de las nubes y se preguntó si alguien la escucharía, así que empezó a llamar: “hola”… El silencio y la noche reinaron como un eco. Maitena continuó unos pasos más, “Hola” ¿Hay alguien allí?

En un girar de cuerpo se encontró en el campo donde Toffi  yacía rumiando. Y empieza a conversarle sobre un mapa y una misión que la tierra tenía destinada para ellas.

Maitena se inquietó tanto que le pidió que le soplase a la cara para despertarse. Solo una brisa cálida se enredó efímera entre sus cabellos. Maitena sintió alegría de la espléndida realidad. Aunque pueda ser que todo fuera un sueño dentro del sueño.

Era espectadora de este instante que le producía tanto vértigo como alegría. Así que sobre una viga que cruzaba el establo apareció tallado un mapa que describía el punto exacto donde se encontraban las semillas. Pudo palparlo con sus dedos, leer con detalle.

El sitio se encontraba en la Sierra Madre Occidental, donde un nacimiento de agua alguna vez cuidó de pueblos enteros. Solo que con los años el ser humano explotó su ecosistema hasta volverse “un oasis nunca más visto”.

Maitena descubrió que su corazón se posaba en su entrecejo, y tal vez era ella la guerrera que esperó el universo por largo tiempo. Lo que no sabía Maitena era cómo llegar hasta allí.

Intuyó que el camino había sido recorrido por su abuela Lupe. Recordó cuando ella le contaba sobre sus largas caminatas al desierto y otras montañas. Un día su abuela dijo algo acerca de una turquesa tallada por los indígenas mesoamericanos y el poder mágico para transportarse sin necesidad de carro o gasto de gasolina.

Tan solo la noche era el vórtice para estar en el lugar deseado. Lupe le dejó claro que solo había un horario en que el Alacrán dejaba solas las semillas. Cuando este salía a cazar grillos para su alimento. Se consideraba que serían dos horas. Era necesario tener el mayor cuidado posible, pues una picadura suya producía un dolor insoportable.

Así que Maitena fue hasta el cofre que guardó con tanto amor su madre, como un museo con su colección de orfebrería. Halló la piedra de rústica piel. Se la llevó en su bolsillo, e invitó a Toffi a acompañarle en su aventura.

Después de lograr la transportación en milésimas de segundo, dos montañas se alzaban ante sus ojos. Maitena parecía un granito de mostaza en comparación. Toffí la llevó en su lomo hasta el lugar indicado. El Alacrán Emperador había salido a cazar su mesada de insectos. Maitena logró tomar las semillas y devolverse de la misma manera como llegó.

Una vez en casa, con las semillas en la mano, Maitena despertó de su sueño. Recordó que los bienes sagrados de la humanidad estaban en las semillas del amor, la justicia, la verdad y la alegría;  y estos eran compatibles con todo territorio libre donde cada humano es abono fértil para la imaginación.