A lo corto de su vida Andrés carga el peso de existir, el sufrimiento de sobrellevar la existencia lo indujo a un constante coqueteo con la muerte.

Por: Mariana Montoya

“Así si uno está en el centro se lo chupa la oscuridad, lo tritura (…)
No que lo tritura a uno la oscuridad, (…) ¿ se me entiende?
Decir que lo tritura a uno la oscuridad es pura carreta, ganas que tengo yo de hacer poesía..”.

Destinitos Fatales

 

Marzo 4  del 77, edificio Corkidi, avenida sexta. Cali, Colombia. 2:00 p.m, el cuerpo de Andrés Caicedo descansa inmóvil, sin vida, sobre su máquina de escribir.

Angustia existencialista, salsa, droga, rock, cine, despiporre adolescente, inconformidad, soledad.

Ese día Luis Andrés Caicedo Estela recibe de la editorial el manuscrito previo a la publicación de su novela ¡Que viva la música!  Es un buen día. Aunque tiene una discusión con Patricia, no hay problema; le escribe una carta, en ella le repite insistentemente que no quiere discutir más, y escribe consecutivamente en seis renglones, no me dejes, no me dejes, no me dejes, no te vayas, no me dejes. Andrés era obsesivo-compulsivo.

Cuando le cuenta a Patricia que se acaba de tomar 60 pastillas de Secobarbital, le aclara que no es por su causa que en instantes va a morir, ella lo sabía. Y es que Caicedo tenía la obsesión de que la genialidad se acababa a los 25 años, concebía vergonzoso el hecho de vivir más del cuarto de siglo.  Andrés no moría en un día triste, su filosofía no podía confundirse con una salida al miedo de la soledad en la que vivía sumergido cotidianamente. No, Andrés moría grande, en la cúspide, en su máximo esplendor juvenil, con sus ideas frescas.

 

Camino a la decadencia

El autor de Destinitos fatales fue un niño “bien” de la clase alta de Cali, pero siempre vivió insatisfecho  con el conformismo de la sociedad, en especial de su ciudad. Vivía al descontento con el caótico estilo de vida citadino, con la corrupción e indiferencia ante los verdaderos problemas de la gente.

Caicedo siempre buscó otro tipo de personas diferentes a las de su status quo, de las cuales pudiera aprender cosas nuevas, incluso gente menor; tenía la fascinación de que también lo podían corromper a uno, y más que dicho quedó al conocer a Clarisol y Guillermito, dos niños de 9 y 12 años, precocidad y decadencia. Con ellos conoce el sur, la verdadera Cali, la realidad. La salsa, de la marihuana, llega de lo imaginario a lo real (pero drogado).

El costo de su aventura marginal lo sumerge en un mundo lioso e impreciso, se sumerge en sí mismo. Su fascinación por el mal le produce angustia y arrepentimiento implacable, además el miedo ante su incapacidad de cada nuevo día y la sensación de que éste pudiera ser el último, sin remplazo, lo apresaban cada vez más. Andrés se trastorna, se radicaliza, pero jamás deja de escribir.

El anhelo de paz, el adolescente eterno que es, el desgraciado constante que fue, el melómano que aún vive, el desenfrenado que comenzaba a ser maravillado por su renacer a la vida real, su ansiedad que nunca se llenó. El sur, la inconformidad, la irreverencia, la simpleza de la vida, la feliz amargura, sus pasiones desmesuradas. El mundo de las pandillas, la marginalidad, la violencia, la música, el cine. La mezcla de ficción y realidad, fueron sus letras.

Escribir le sacaba de sí los pensamientos negros, sus deseos encontrados. Inseguro de que sus escritos son buenos, pues ese nunca fue su objetivo, simplemente era su medicina para alcanzar la paz espiritual. Escribía para desintoxicarse, cuando lo hacía, quedaba liviano, gris.

Pepito metralla, lo llamaban algunos de sus pocos buenos amigos, pues en donde quiera que estuviese, no dejaba el traque traque de su máquina de escribir; convivió con la construcción y la destrucción, lo lúgubre y lo alegre. El relato de Andrés fue siempre juvenil, siempre divertido, con tristeza a carcajadas: “¿Qué has hecho? Sufrir incalculablemente”

En la ciudad se oyen estruendos de carros pitando, haciendo campaña política se decide a suerte del país, mientras que Andrés está sentado, sacando sus malos pensamientos en unas líneas: “Mi alivio llegaría ¿cómo? Sufro porque es domingo y estoy muy solo, el fin de éste domingo me aliviaría tal vez…

Le duele la cabeza, un dolor fuerte, súbito. Organiza los libros de la biblioteca y separa los que están en español y que no se ha leído, con el propósito de leerlos. “Quisiera una forma, una espalda, una cadera de mujer, para yo pasar por allí mis dedos y suspirarle al lado con cara de moribundo. Cerrar los ojos y jadear adioses”.

Camina cruzando el río por el puente peatones, por la avenida cuarta, de regreso a casa ya de noche, y comienza a caer una torrencial lluvia. “Prefiero empaparme a esperar, me empapé. Me ha dado una piquiña, que no sé si fue producida por la ropa que se me pegó por completo a la piel. ¿Qué haré yo, que pensaré mañana? Conseguiré de nuevo un estado parejito, una luz que me pueda asegurar que mis fuerzas vuelven”.

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Marzo 4 del 77, restaurante Los Turcos, en la mañana Andrés está con Patricia, sostienen una conversación. Están cerca a las carteleras que anuncian las películas del Cineclub Cali, evento creado por Caicedo.

Con la prueba de imprenta de ¡Que viva la música!  en las manos, horas más tarde, en el auto de sus padres, pide que lo dejen en su apartamento. Regresó a su guarida. “La muerte es demasiado atractiva para dejarla pasar por alto”. Redacta un testamento cediendo a su padre sus derechos de autor y nombrando representantes a Luis Ospina y Sandro Romero Rey. Escribe al copropietario pidiéndole disculpas por las molestias del día siguiente. Enciende la música, se toma 60 pastillas de Secobarbital  y expresa por fin ese adiós, por tanto tiempo tenía guardado.

ENTREVISTA A CAICEDO EN 1977 (Video)

Un romántico rebelde, que dejó como mensaje la creatividad, el no sentarse a esperar que la vida pase. Ése joven de figura larga y delgada, de blue-jeans, camiseta blanca, cabello largo, ojos observadores: “cuando miro una cosa veo miles”, tras unas gafas de montura oscura; tartamudo y atropellado en su discurso por ese acelere que llevaba adentro.

Se negó a ser adulto, a la laboriosa tarea de madurar.

Sus textos son excesivos, desmesurados, histéricos, comprometidos. Vigentes.

“Lo único que quiero es dejar un testimonio,

escribir aunque sea mal, aunque lo que escriba no sirva de nada

que si sirve para salir de éste infierno por el que voy bajando,

que sea ésa la verdadera razón por la que he existido…”

Andrés Caicedo, Carta a Carlos Mayolo

Cali, 13 de enero de 1972

 Al lado de su tumba, una joven lee tranquila sus líneas por las tardes, no importa donde descansen los restos del poeta maldito. En su coqueteo constante con la muerte, se jugó la vida, para que otros muriéramos de felicidad con sus palabras, tan vivas aun como él.

El cine y Caicedo

Su gusto por el cine lo lleva a fundar, en 1969, el Cine-Club de Cali, el cual atrajo a una gran diversidad de personas entre las que se encontraban estudiantes, intelectuales y cinéfilos, quienes veían, interpretaban y criticaban aquello que Andrés, el director del Cine-Club, deseaba que viesen.

Andrés, con su amigo Carlos Mayolo, intenta llevar al cine, sin éxito, su guion de Angelita y Miguel Ángel, en 1972. Ese mismo año escribe el guion Un hombre bueno es difícil de encontrar, y los relatos El pretendiente y El tiempo de la ciénaga, este último premiado por el concurso nacional de cuento de la Universidad Externado de Colombia.