“Me dañaron todas las camas, me dijeron ‘recojan sus cosas y se van, porque si nosotros no los matamos, el otro grupo que es contraguerrilla ellos sí van a acabar con todo’ . Así fue como tuvimos que dejar nuestra tierra, nuestros cultivos y salir”.

Masacre de Trujillo es como se le conoce a las subsecuentes masacres ocurridas en los municipios colombianos de Trujillo, Riofrío y Bolívar entre 1986 y 1994. En dichos hechos murieron 352 personas.

 
Texto y fotografías por: Mariel Bejarano Vásquez

Era la conmemoración de las víctimas 20 años después de la masacre, la peregrinación convocaba a cientos de ciudadanos defensores de los derechos humanos, ciudadanos con sentido crítico, con sentido social y con una alto grado de humanismo. Trujillo evocó una vez más a sus cientos de víctimas, esta vez, con la participación de  artistas que se habían vinculado al proceso de la Asociación de Familiares de Víctimas de Trujillo (AFAVIT).

Acompañados de su líder, el padre Javier Giraldo, de los integrantes del colectivo de abogados José Alvear Restrepo, Jesús Abad Colorado y otros cuantos periodistas, reporteros gráficos, artistas e integrantes del Movimiento nacional de Víctimas de Crímenes de Estado (MOVICE), se celebró la apertura  y consolidación del museo de la memoria, abierto en el parque monumento para todos aquellos interesado en conocer los rastros de la guerra en las voces de sus víctimas.

El evento inició con la peregrinación desde el museo de la memoria hasta la capilla donde yacen los restos del padre Tiberio Fernández Mafla. El recorrido estuvo acompañado por cantos de alabanza; las víctimas llevaban en sus manos las imágenes de sus muertos y en algunos casos de sus desaparecidos. Bajo el fuerte sol y vestidos con la camisa de Afavit, los niños cantaban mientras acompañaban a las matriarcas en el recorrido; ellas, aún con las marcas de la historia en sus rostros, cargaban flores y recuerdos de los días tormentosos que rememoran para no olvidar.

Consuelo Valencia, de 62 años de edad, es una de las sobrevivientes de la masacre, ella ha entregado su vida o mejor… lo que la guerra dejó de su vida, a la lucha por la verdad, la justicia y la dignidad de las víctimas. “A mis hijos, al primero que se llevaron fue a Arley Acevedo Valencia, después volvieron a mi casa y se llevaron a mi marido, lo metieron por allá en una casa de la vecina, ahí lo torturaron, lo bajaron otra vez y se lo llevaron por allá para el monte, y llegó tarde de la noche, no aparecía, a la 1 de la mañana lo trasladaron al patio de la casa todo torturado, él no decía nada, estaba muy mal. Después, cuando bajaba mi hijo Edilson Rodríguez Valencia, también comenzaron a darle bala que porque era guerrillero, él no  era guerrillero, estaba cogiendo mora, a él le comenzaron a disparar, él se fue, arrancó y se voló; en ese momento el Ejercito subía en pura carrera a echarle mano, él se les voló y ellos dijeron: deje guerrillero que nosotros lo cogemos”.

La familia de Consuelo trabajaba en el campo, tenían una tierra en la vereda La Sonora, ellos como muchos otros campesinos fueron tachados como auxiliadores de la guerrilla, fueron estigmatizados, masacrados y desaparecidos a manos del Ejército, la policía local y los paramilitares. Una noche, el Ejército entró a su casa: “me dañaron todas las camas, me dijeron ‘recojan sus cosas y se van, porque si nosotros no los matamos, el otro grupo que es contraguerrilla ellos sí van a acabar con todo’. Así fue como tuvimos que dejar nuestra tierra, nuestros cultivos y salir”.

En febrero de 1995, el presidente Ernesto Samper reconoció que hubo responsabilidad del Estado colombiano en la Masacre de Trujillo, tras revelarse un informe de la Comisión de la Verdad. La comisión estuvo integrada por miembros del gobierno colombiano, entidades de control, la iglesia católica y numerosas ONG

Una historia sin consuelo

Consuelo dejó La Sonora para irse a refugiar en casa de una conocida en Trujillo, ella seguía esperando a su hijo, aún desaparecido; “estaba parada fuera de la casa con una vecina, cuando ella me dijo, ‘ay mira, ahí llevan a Edilson’, yo miré y vi que él me ‘boleo’ la mano, yo no pude saber para dónde cogieron. En ese instante yo me quedé sin palabras, no recuerdo qué pasó. Después desperté en el hospital, y él quedó desaparecido, desaparecido hasta hoy”. En Trujillo la guerra continuaba, Consuelo perdió a sus dos hijos y su esposo seguía herido a causa de las torturas a las que había sido sometido. Ella afirma haber recibido visitas de los asesinos, “cayó el otro grupo armado, ellos nos preguntaron que quiénes éramos, bueno… ese pedazo me da miedo contarlo, porque a uno le dan nervios, cierto?”. Me mira y le digo que lo comprendo, que está en todo el derecho de reservarse información.

Nuestra conversación continúa, ella carga en su rostro y en sus manos la historia de su vida, aunque oculta cosas, afirma no tener miedo de luchar, de seguir y perder la vida en el intento de exigir justicia y reparación para las víctimas de su pueblo. Sigue hablando de su historia, ahora de su esposo:

 “Lo dejé en el hospital y lo trasladaron a Cali, tenía que ponerme a lavar cerros de ropa para poder viajar a verlo, él cada día se ponía peor. Una vez volví a darle vuelta a mis hijas y mi cuñada me dijo ‘ud no sabe Consuelo que su hermano está herido en Cali, vaya al primer piso del hospital y lo visita’. Yo en la tarde viajé y al día siguiente pregunté lo de mi hermano, él estaba por allá en una pieza, entonces llegó un guardia y preguntó que yo qué era de él y me dijo que no podía visitarlo que porque estaba detenido. Él murió, tenía esquirlas en el cuerpo. Mi esposo también murió en ese hospital”.

Con lágrimas en los ojos me cuenta lo linda que era su vida antes de que la guerra tocara su puerta, “yo trabaja en una tierrita con mi familia, quería tener un buen futuro. Pero llegaron tristezas y agonías, mejor dicho… se complicó la aspiración que yo tenía con mis hijos y mi esposo”.

Dentro de los actos de violencia se encontraron asesinatos selectivos, torturas, masacres, terrorismo, que fueron cometidos por una alianza entre los narcotraficantes Diego Montoya -alias “Don Diego”- y Henry Loaiza -alias “El Alacrán”-, junto a miembros de las fuerzas de seguridad del Estado, como la Policía y el Ejército.

La memoria y la resistencia

Consuelo decidió unirse al proceso de resistencia, realizado por Afavit. El primer paso era denunciar, para ello debía contar su historia, la historia de su familia, pero antes tuvo que pasar por un proceso de duelo, en el que no solo aliviara el dolor de perder a sus seres queridos, sino el miedo a ser agredida por el hecho de hablar.

“El proceso de duelo con los familiares fue muy bonito, eso para mi fue muy importante, trabajamos bordados, nos hicieron terapias, practicamos danzas y así fuimos recuperándonos del dolor de esa época”.

Aunque los años transcurran y la lucha de las víctimas continúa, Consuelo evoca con tristeza la idea de ver los cuerpos de sus hijos en el río: “Uno siente tristeza y agonía de pensar en cómo quedaron los hijos en el río, por eso es importante la resistencia”. Afavit ha sido un apoyo, pero el dolor de recordar la forma en que fueron asesinados y la forma de evitar que alguna cosa semejante vuelva a ocurrir es el motivo para continuar exigiendo justicia y reparación.

 “Yo cuento la historia de mis familiares para recordar, para no olvidar, hay que tener en mente lo que sucedió y no olvidar. Sufrimos mucha agonía, contar la historia era muy doloroso. Hoy nos hemos recuperado mucho, con todo lo visto, lo vivido y lo aprendido. A mi por el momento me gustaría vivir el presente, sin olvidar el pasado. Hay que seguir adelante. Yo quiero que la gente recuerde, porque no se puede olvidar lo de Trujillo”. Ella es la matriarca que lidera las visitas al Parque Monumento, “yo les cuento toda la historia a quienes nos visitan, a los visitantes les causa gran impacto. Yo mantengo el parque atractivo para que le gente venga y nos visite, soy jardinera y atiendo a los visitantes; soy guía, les cuento y les muestro lo ocurrido con la masacre, con el padre Tiberio y la sobrina; he sido amenazada, pero no me incomoda, porque es verdad lo que yo estoy diciendo, es verdad lo que pasó. No tengo por qué temer. Yo digo la verdad, no puedo volverme atrás con lo del Alacrán, porque es verdad que los del Ejército y los del batallón de Buga cometieron muchos crímenes en La Sonora y mucha gente quedó desaparecida”.

AFAVIT : Asociación de Familiares de Víctimas de Trujillo

El parque monumento, la tumba del padre Tiberio y la totalidad del lugar que Afavit ha proclamado santo, ha sido profanado en varias ocasiones por paramiltares. Era la tercera vez que cambiaban una de las lápidas ubicada en el muro del amor. Las peregrinaciones son un encuentro no solo entre familiares de víctimas, sino entre todos aquellos interesados en conocer la historia del país, en las peregrinaciones hechas por Afavit se reunen las ONG, líderes comunitarios, promotores de derechos humanos, artistas, medios de comunicación, estudiantes etc. Es ese el momento en el que las víctimas alzan la voz para contar la historia, sus testimonios caminan y contribuyen con la historia del conflicto en Colombia.

Las matriarcas son un símbolo de memoria andante, donde ellas estén presentes, está la historia, el rastro y el testimonio fiel de la violencia. Ellas saben el poder que tienen sus palabras, por eso cuentan su historia, con la único intención de evitar la repetición de los hechos. Así como lo hace Consuelo, muchos sobrevientes han decidido vincularse al proceso de resistencia, ellos cuentan sus historias, todos se unen en un solo clamor, todos piden justicia y todos luchan por un no olvido de lo orcurrido.