México: “Vivos se los llevaron…”

Algunos salieron de sus hogares y nunca regresaron; fueron invitados a alguna reunión en la que se llevaron a grupos enteros de personas; o fueron detenidos en la carretera por camionetas cargadas de hombres armados.

Peritos de la Procuraduría General de la República hallan materia orgánica en el predio y algunas piezas de cuerpos para ser identificadas.

Por: Carolina Robledo Silvestre

“Vivos se los llevaron, vivos los queremos” era el grito común de los familiares de desaparecidos en tiempos de la Guerra Sucia en México, cuando Rosario Ibarra, madre de un joven estudiante desaparecido en 1974 se convirtió en emblema de la lucha. Hoy las cosas son diferentes. La voz de los familiares de desaparecidos de la llamada “guerra contra el narcotráfico” expresa nuevos matices. En el contexto de una violencia en la que el cuerpo resulta ser el depositario de los mensajes de poder de los perpetradores del crimen, la muerte en sus más trágicas formas se presenta como un escenario posible para quienes han desaparecido. En Tijuana, la existencia del “Pozolero” desvaneció para muchos la esperanza de encontrar con vida a los ausentes.

(Pozole: Es una especie de sopa hecha en base a granos de maíz de un tipo conocido comúnmente como cacahuazintle, a la que se le agrega carne de cerdo o pollo como ingrediente secundario)

Sábado santo. Predio de Valle Bonito. En una colina polvorienta a las afueras de la ciudad de Tijuana, familiares de desaparecidos ingresan a un predio abandonado portando cruces blancas adornadas con un listón negro. Era el día del sepulcro de Cristo, y era el momento elegido para llevar a cabo un ritual que rememora a los caídos en esos terrenos. Las víctimas allí eran desintegradas con soda cáustica por el cartel de Sinaloa, para no dejar rastros. En el lugar todavía se encuentran las huellas de lo que allí sucedía, paredes con dianas para practicar el tiro al blanco, montañas de objetos de personas desconocidas convertidas en cenizas, colchones sucios tirados en el piso, tambos de metal y tierra mezclada con materia orgánica. 

Un mes antes los peritos de la SIEDO  habían encontrado en medio del lodazal dientes y restos óseos de los cuáles esperaban extraer el ADN.

Para los familiares esta era una oportunidad de cumplir uno de sus propósitos “encontrar a (sus) seres queridos estén como estén y donde estén”. La búsqueda hace que estos hombres y mujeres se transformen en sujetos políticos, en detectives de sus propios casos y, en muchas ocasiones, en blanco de amenazas e intimidación por parte de grupos criminales o funcionarios corruptos. La lucha no es fácil en un terreno borroso, en donde los culpables y los motivos de las desapariciones son categorías poco claras y la violencia parece venir de todo lado.

En la casa de seguridad de Valle Bonito se encontraron varios tipos de dianas para practicar tiro al blanaco.

Los desaparecidos de Tijuana son hombres y mujeres jóvenes que fueron “levantados” de sus casas o de la calle por comandos armados con uniformes (¿disfraces?) de policías. Algunos salieron de sus hogares y nunca regresaron; fueron invitados a alguna reunión en la que se llevaron a grupos enteros de personas; o fueron detenidos en la carretera por camionetas cargadas de hombres armados. Son estudiantes, comerciantes, trabajadores independientes y empleados, la mayoría entre los 20 y los 35 años de edad.

La primera reacción del Gobierno Federal al inicio de su gestión fue configurar un discurso de contención para respaldar la guerra iniciada, bajo la sospecha de toda muerte y toda desaparición que ocurría bajo el manto del conflicto: “Más del 90 por ciento de homicidios y ejecuciones, como hemos venido catalogando obedecen precisamente a la lucha de unos cárteles contra otros (…) por desgracia y los lamentamos, algunos civiles inocentes alguna vez atrapado en el fuego cruzado entre los delincuentes o policías con delincuentes, pero son realmente los menos” . Con estas palabras el Presidente daba por sentado que los más de 50.000 muertos y un número desconocido de desaparecidos “tendrían algo que ver” con el crimen organizado. Sus vidas entonces carecían de valor y el duelo de sus familiares era arrinconado a la soledad y al silencio.

El discurso de indiferencia y estigmatización también se replegó en la acción haciendo de la impunidad el panorama general al que asisten los familiares de las víctimas de la violencia en Tijuana y en México. El drama, por su parte, permanece vivo cuando la incertidumbre continúa y el duelo es imposible de cerrar.

En Valle Bonito, uno de los centros de operación del “Pozolero”, cámaras, micrófonos y periodistas acompañaban la pequeña procesión que inició en la entrada de la finca y terminó frente a un montículo de tierra de la cual los peritos habían extraído los restos humanos. El primero en enterrar la cruz fue Fernando Ocegueda, padre de un joven estudiante desaparecido a sus 23 años de edad; seguido de Cristina Palacios y de su hija, quienes llevan buscando a Alejandro durante 15 años. La señora Lourdes, cuyo hijo fue levantado por un comando armado en el 2007, continuó.  Al enterrar la cruz sobre la tierra empezó a verterse a la vista de todos un tipo de líquido espeso color rojizo mezclado con tierra. Se trataba de la  materia orgánica en que se convierten los cuerpos después de haber sido “pozoleados”. 

La imagen fue dramática para los familiares. La señora Lourdes tomó entre sus manos un cúmulo de esta materia y soltó en llanto. La acompañaron en su desesperación los familiares presentes mientras las cámaras hacían zoom in sobre la imagen de lo que alguna vez pudo haber sido un cuerpo. Después un diario local publicaría: “La Asociación Ciudadana Contra la Impunidad reclamó al gobernador del estado José Guadalupe Osuna Millán, por su falta de sensibilidad, a la vez que este fin de semana, localizaron restos humanos como carnosidades, pelos, vísceras y sangre” .

Los medios de comunicación asistieron al lugar acompañando a los familiares de desaparecidos.

Un día después del encuentro, Cristina Palacios rememoró el momento en las redes sociales: “Una experiencia que a nadie le deseo, ver esa “mole” que salió de entre la tierra, y poder imaginarse que algún día pudiera haber sido un familiar de algunas de la personas que fuimos únicamente a rezar por nuestros familiares. Como lo dije en el lugar, Que Dios lo tenga en su gloria” .

La memoria colectiva de la Asociación de familiares de Tijuana estaba ya signada por el propio testimonio del Pozolero, en la actualidad detenido. Su aparición al público afincó los temores que rodeaban al hecho de la desaparición en esta ciudad: los ausentes podrían estar muertos y sus cuerpos disueltos en ácido, impidiendo que alguna vez se les encuentre. Héctor de Mauleón, periodista de la Revista Nexos, reprodujo las palabras de Santiago Mesa, “El Pozolero,” durante un recorrido al que fueron invitados los periodistas acompañando al recién detenido a brindar testimonio:

“—¿A quiénes deshacías aquí?

—No sé quiénes eran. A mí sólo me los daban.

—¿Los despedazabas?

—No, los echaba enteros en los tambos.

—¿Cuánto tardaban en deshacerse?

—Catorce o quince horas.

—¿Qué hacías con lo que quedaba?

—Lo enterraba.

—¿En dónde?

Aquí (mientras apuntaba con los ojos al suelo, bajo sus pies)”.

Las imágenes proveídas por el Pozolero y el posterior encuentro de la materia orgánica en el predio de Valle Bonito, se instalaron en la narrativa común de la identidad de los desaparecidos en Tijuana. Corporeizados en una “mole de tierra”  fue posible mirar de frente la violencia, extraer el resultado de la crudeza con la que el Pozolero venía tratando cuerpos y transformar las formas de nominar al desaparecido. La emblemática frase acuñada por Rosario Ibarra décadas atrás que exigía con vida la aparición de las víctimas de la Guerra Sucia, daba paso ahora en Tijuana a la búsqueda de cuerpos como única salida frente a la impunidad y la falta de certezas en la llamada “guerra contra el narcotráfico”.

En el marco de esta guerra, declarada por el Presidente Felipe Calderón al inicio de su mandato, Tijuana fue una de las primeras ciudades en recibir la intervención del Gobierno Federal a través del Ejército y las Policías Federales. Y sin que nadie pueda aún dar una explicación sobre lo que sucedió, al contrario de disminuir, la violencia se elevó como la fiebre, sobrepasando todas las estadísticas que habían definido tradicionalmente a ésta como una ciudad violenta. De hecho, el mayor número de desapariciones y de homicidios ocurrieron en la ciudad entre 2007 y 2008.

Otra diana para practicar tiro al blanco

Los expertos aún hoy se deshilvanan el cerebro intentando explicar este fenómeno. Algunos argumentan que la intervención del Gobierno Federal a través del ejército y la policía,  desestabilizó los acuerdos y alianzas construidos durante años entre los grupos criminales y las instituciones locales. La violencia habría sido una forma de reacomodo de estas estructuras.

Otros se orientan a señalar que la violencia se debe a una lucha entre carteles, y que especialmente en Tijuana se trata de la disputa entre  el cartel de Sinaloa y el Cartel de los Arellano Félix por controlar la plaza. En este contexto el Gobierno Federal sólo habría respondido a una forma de violencia externa que finalmente logró aplacar con la disminución de los homicidios a partir del año 2010.

La tercera teoría se inclina por pensar la violencia como un síntoma de los cambios políticos que ha vivido México en los últimos doce años. En el año 2000, después de más de setenta años de estar gobernados por un único partido – Partido Revolucionario Institucional (PRI)-, los mexicanos eligieron la transición con la elección del primer presidente del Partido de Acción Nacional (PAN). Este cambio implicó el reacomodo federal y local de las fuerzas de poder que durante décadas habían estructurado las alianzas y el orden en el territorio mexicano, incluyendo las relaciones con las organizaciones criminales.

El interior de la casa de seguridad en la que se presume se ocultaban a los secuestrados y se instruía a los sicarios.

Lo cierto es que ninguna de estas teorías da explicación a las desapariciones ¿Quién querría desaparecer cuerpos cuando el poder se expresa precisamente a través del cadáver intervenido, mutilado, descabezado? En Colombia, la desaparición de personas en los últimos veinte años ha sido en una estrategia compartida entre paramilitares y algunos funcionarios vinculados con el crimen, a fin de disminuir la percepción de la violencia, con un número menor de muertes. Las fosas comunes que contienen miles de cuerpos explican el propósito de silenciar la muerte. Se podría estar experimentando una situación parecida en Tijuana.

Sin embargo, en medio de estas explicaciones, suposiciones y ficciones con que se intenta dar sentido a la guerra, continúa suspendida la vida de miles de mexicanos cuyos seres amados han desaparecido. En un conflicto sin rostros, los suyos siguen siendo borrosos y a veces sospechosos. Aunque el Gobierno ha decidido cambiar el discurso y otorgarles un status de víctimas, su dolor no ha sido restablecido. Para que eso suceda será necesario que el gobierno invierta sus esfuerzos en promover la investigación a fondo de cada caso, así como el castigo a los culpables, empezando por aquellos que se encuentran entre sus filas. Enviar peritos a Tijuana puede ser un paño de agua tibia que alivie por un momento la ansiedad de quienes buscan desesperados alguna respuesta, pero a la larga no se convertirá sino en una coartada para no asumir las responsabilidades que corresponden.