‘Necesitamos decirnos verdades incómodas para salir adelante’

Alejandro Gaviria, rector de la Universidad de los Andes, dice que no espera que el informe final de la Comisión de la Verdad sea un dedo acusador o un juicio, sino que refleje la gran complejidad de lo que ha significado el conflicto armado en el país.

 

Por / Comisión de la Verdad 

El economista Alejandro Gaviria, rector de la Universidad de los Andes y exministro de Salud, asegura que lo sucedido en el conflicto armado colombiano no puede contarse como una fábula, sino que tiene que recuperar el sentido de lo trágico que se vivió en la guerra. Dice que no espera que el informe final de la Comisión para el Esclarecimiento de la Verdad sea un dedo acusador o un juicio, sino que refleje la gran complejidad de lo que ha significado el conflicto armado en el país.

Hablemos de Verdad es un espacio que amplía las conversaciones necesarias alrededor de la tarea de la Comisión de la Verdad. En este espacio, diferentes voces nacionales hablan sobre lo que espera el país del informe final, las verdades que se necesitan, los retos para construir un relato nacional sobre el conflicto armado y la verdad para otros futuros posibles. Si bien las personas entrevistadas contribuyen a un debate amplio y pluralista, sus respuestas no son reflejo de la posición de la Comisión de la Verdad.

¿Qué retos plantea la construcción de la verdad, de lo que nos pasó, en un país revolcado por el coronavirus y por el escalonamiento de la guerra?
Es un reto grande, porque este no es un momento dado a la reflexión. Este es un momento de confusión, donde todos estamos obsesionados con la coyuntura. Básicamente a esta hora a la que estamos haciendo esta entrevista, alrededor de las 6:00 de la tarde, los colombianos vamos a mirar cuánta gente murió hoy. Eso ha llevado a que mucho de lo que está pasando en buena parte del país con los líderes sociales, con la exacerbación de la violencia, haya quedado escondido. Y si esa dimensión está escondida, mucho más lo está la reflexión profunda sobre lo que nos ocurrió. En una coyuntura tan difícil, única en probablemente cien años, tener una reflexión sobre los últimos 50 o 60 años de Colombia es difícil. Ahora, que sea difícil no quiere decir que no sea necesario y que no haya una urgencia en esta tarea. En seis meses o en un año —no sabemos cuánto va a durar todo esto— tendremos un país relativamente distinto. Probablemente con una devastación social; con unos niveles de desempleo, pobreza y desigualdad mucho más altos de los que hemos tenido históricamente. El miedo que siente hoy buena parte de la población se va a transformar en rabia, en desespero por la situación, y yo creo que ese va a ser un momento muy importante, porque vamos a tener un punto de inflexión. Las transformaciones institucionales que podemos tener en los próximos tres o cuatro años en Colombia van a marcar un derrotero hacia adelante y deberían estar informadas sobre el pasado, sobre lo que nos pasó. Esa reflexión es fundamental para nuestro futuro.

¿Cómo poner el reflector sobre esos hechos de violencia que no estamos viendo?
Ese es un reto para el Estado, para el periodismo, para la academia y para los mismos ciudadanos. Yo creo que alguien va a reflexionar sobre lo que nos ocurrió en estos años y dirá que una palabra para designarlo es indiferencia. Estamos tan obsesionados con esta coyuntura que no estamos viendo todo lo que está sucediendo en las regiones, donde la pandemia no es el problema principal, donde la ausencia del Estado está llevando a una confrontación incluso más insidiosa que la que tuvimos históricamente. Lo que está pasando en el Catatumbo, en el Pacífico, debería llamarnos la atención.

Ilustración / Pacifista

El negacionismo ha sido una característica propia de las mayores guerras y los peores desastres humanitarios de la historia. ¿Cómo explicaría usted este fenómeno aquí en Colombia?
Quisiera marcar una diferencia entre dos tipos de negacionismo. Uno es el negacionismo que trata de rechazar la evidencia científica, muy común con el coronavirus y antes con el cambio climático; este tipo de negacionismo se volvió una bandera política para muchos grupos de extrema derecha en el poder. Otro es cómo concebimos la historia, donde siempre hay narrativas que compiten y donde, en el poder, y sobre todo en los gobiernos autoritarios de extrema derecha y extrema izquierda, siempre hay intenciones de reescribir esas narrativas. Lo hizo Chávez en Venezuela con la historia de Bolívar, incluso con una especie de ficciones que, miradas en retrospectiva, parecen un poco ridículas. Y lo han hecho muchos gobiernos de derecha también. En Colombia hemos tenido algo de eso: narrativas que sobresimplifican nuestra realidad y que, de alguna manera, han justificado buena parte de nuestra violencia. Son narrativas con un gran contenido ideológico y que excluyen a mucha gente. Uno podría definir esta situación casi como orwelliana. La concentración de poder es, en el fondo, una guerra por la palabra: lleva a la corrupción del lenguaje y a la corrupción de la historia.

¿Y qué piensa puntualmente del negacionismo frente al conflicto armado?
El conflicto colombiano tiene unas raíces tan profundas, tocó a tanta gente, y es un conflicto en donde en tantas partes, víctimas y victimarios, se confundieron, que todas las narrativas verdaderas tendrán que ser complejas. La complejidad es parte inherente de cualquier historia que uno cuenta. Una de las grandes tareas de la Comisión de la Verdad es reflejar esa complejidad. Y tener en cuenta que muchos de los que van a contar la historia van a tratar deliberadamente de tener una mirada reduccionista. Nuestro conflicto no puede contarse como una fábula. Tenemos que recuperar el sentido de lo trágico. El conflicto colombiano tuvo aspectos trágicos, tuvo contingencias y tuvo hechos azarosos, como la manera en que los conflictos de la tierra se juntaron con el narcotráfico. Uno podría volver atrás 50 años y decir: ¿qué habría pasado si Nixon no hubiera declarado la guerra contra las drogas en el año 71? Probablemente la trayectoria del conflicto colombiano habría sido distinta. Este es un contrafactual especulativo, pero creo que muestra un poco la complejidad de todo lo que ocurrió, y eso es lo que yo quisiera que se conservara.

La estigmatización ha sido un patrón de la violencia en Colombia, un alimento de la guerra política que sigue haciendo mucho daño. ¿Cómo transformar ese patrón? ¿Cómo hacer para no seguir repitiéndonos?
No lo sé. Detrás de lo que llaman estigmatización yo veo algo más complejo, que llamaría una guerra sucia, porque es primero liquidar el carácter de la persona, representarla como lo que no es —llamarla guerrillera, aliada de alguien— y, en muchos casos, eso lleva después al asesinato. Eso ha venido ocurriendo en Colombia desde hace muchos años, esto ha costado que muchos de los mejores líderes que ha tenido el país hayan sido asesinados, y eso sigue ocurriendo, tristemente. De alguna manera estamos viviendo un momento frustrante en la historia de nuestro país, porque muchos nos ilusionamos con el Proceso de Paz. Este país trató de tener una conversación civilizada y eso parece no ser posible. Entonces, si me preguntan cómo cambiarlo, no sé todavía, porque parece existir una inercia de la guerra, una inercia del odio, que incluso desborda los esfuerzos más grandes que hemos hecho institucionalmente. Los conflictos se retroalimentan. La estigmatización y la violencia son parte de lo mismo. Una lleva a la otra, y no hemos podido salir de ese espiral.

Usted es un defensor del disentimiento pero con unos principios. ¿Cómo disentir sin violentarnos, sin señalarnos, sin eliminarnos?
Yo siempre he sido defensor de cierta idea liberal, y la idea liberal llama a la coexistencia de diferentes visiones o narrativas del mundo, de tolerar y de nunca tratar de suprimir al otro. Yo soy en eso más escéptico y, si se quiere, aterrizado. Como decía John Stuart Mill: empecemos por la tolerancia, después llegaremos al respeto y después llegaremos a la comprensión. Pero empecemos por lo menos por ahí. No es fácil. Pero creo que cada uno, desde nuestros ámbitos, y yo trato de hacerlo desde la academia, tiene que dar ejemplo. Hoy tenemos un problema: las nuevas tecnologías parecen ser formas no de propiciar la tolerancia sino todo lo contrario. El diálogo democrático, incluso, parece más difícil en estas épocas de tecnología, pero tenemos que seguir intentando. Yo no quisiera que esta conversación dejara un pesimismo, una resignación. Yo creo que Colombia ha construido ámbitos y espacios donde nos toleramos, y tenemos una Constitución basada en eso: en la idea de que somos distintos, y en nuestra diversidad tenemos que aprender, de alguna manera, a vivir todos juntos. Lo que pasa es que tenemos una historia muy difícil. El sufrimiento humano que carga la sociedad colombiana es muy grande. Y ahí seguimos.

Ilustración / Spanish news platform

¿Qué espera encontrar en el informe final de la Comisión de la Verdad? ¿Y qué debería pasar después de la entrega de informe a la sociedad colombiana?
Yo creo que deben pasar dos cosas: el esfuerzo de divulgación tiene que ser muy grande. Esto no puede ser solo un libro. Yo lo digo en la academia: cuando uno termina un artículo o un libro apenas comienza el trabajo. Tiene que haber formas imaginativas, distintas, de explicar el proceso desde el comienzo. Hay una parte procedimental muy importante: qué significa eso, cuál fue el trabajo que se hizo, con quién se hizo, cuáles eran las motivaciones. Y de lo que salga de allí, que no es otra cosa que la complejidad de lo que nos ocurrió, yo esperaría una voz humana, más que juicios. Una voz que nos permita redimirnos como sociedad, que nos permita mirarnos en el espejo de nuestras propias faltas pero, al mismo tiempo, tender un aliento para dejar eso atrás. No espero el dedo acusador, no espero juicios; espero la gran complejidad. Además, creo que la verdad en Colombia tiene que ser compasiva.

¿Qué verdades cree usted que necesita Colombia para ser capaces de imaginarnos un futuro diferente?
Yo dicté un curso en la Universidad Nacional sobre salud pública global, y con la profesora Claudia Vaca teníamos que inventarnos un nombre; le pusimos “Las verdades incómodas”. Esta pregunta me remite a eso: qué verdades incómodas tenemos que decirnos a nosotros mismos para salir adelante. Yo creo que son muchas. Voy a mencionar algunas. Una verdad incómoda es que el Estado, en muchos momentos, no ha sido el que ha protegido a los ciudadanos, sino el que los ha atacado. No es lo mismo cuando un grupo armado ilegal o un grupo de delincuentes ejerce la violencia que cuando lo hace el Estado. Otra verdad incómoda tiene que ver con que hay un trasfondo socioeconómico detrás de esto, y es que Colombia desde hace 200 años viene luchando con un modelo centro – periferia del que no hemos podido salir. Hay un centro del país en un proceso relativamente exitoso de modernización, donde muchos de los indicadores han mejorado, pero hay una periferia que no ha podido insertarse en la economía global. Hay un modelo de desarrollo desigual en el que la presencia del Estado no ha sido visible, y tal vez cuando fue visible era simplemente una avioneta rociando veneno. Yo creo que hay una verdad incómoda que surgió en el Proceso de Paz, y que también es importante decirla claramente: un país que vivió lo que vivió Colombia tiene que ser capaz de contentarse —digámoslo así— con un poquito de justicia y un poquito de verdad. Yo no quisiera tampoco aspiraciones maximalistas, porque creo que termina destruyéndonos a todos.

¿Qué hacer para que la sociedad se apropie de la verdad que surja del ejercicio de la Comisión?
El papel que juegan las artes me parece muy importante. Este es un intento institucional para seguir avanzando en ese camino de algo que llamamos verdad, pero eso no va a terminar aquí. Esto va a continuar, va a alimentar otros procesos. Y lo que va a hacer la literatura, el teatro, va a ser muy importante. Sin ‘La casa grande’ y ‘Cien años de soledad’ tal vez no recordaríamos la matanza de las bananeras, porque los reportes oficiales quién sabe dónde quedaron. Este informe puede ser una especie de estímulo e ímpetu para creadores posteriores que van a seguir en esta lucha continua, infinita, parcial, inacabada, de construir algo que se llame Nuestra Verdad. Todo esto tiene, además, la fuerza de las historias. Contar las historias para, de alguna manera —voy a usar una metáfora del momento—, vacunarnos contra lo mismo. Ojalá eso ocurra. Ojalá esta historia sea también una forma de decir “esto no puede volver a pasarnos”.