El país parece incendiarse como en los primeros meses del 48. Por la televisión vimos armarse vecinos de conjuntos residenciales como lo hubiese hecho el mismo cóndor León María Lozano, para defender el colegio de los Salesianos en la mitad del siglo XX.

 

Por / Jáiber Ladino Guapacha

 Noviembre 26, 2019, en la mañana

Desde la noche anterior, la noticia que ha protagonizado las redes sociales ha sido la muerte de Dilan Cruz, quien en lugar de celebrar con sus compañeros su graduación como bachiller, tuvo que permanecer en observación médica mientras los galenos intentaban salvar su vida.

Este terrible suceso, la muerte de un joven que debía prepararse para la universidad, pero que fue víctima de la represión estatal sobre las manifestaciones sociales convocadas desde el 21 de noviembre, me hacen pensar en el evento al que me preparo para asistir.

Así, en medio del descontento nacional, de la movilización sindical, de la desmesurada fuerza en la contención de los estudiantes, en medio de los cacerolazos que aturden al mandatario y que lo confunden hasta llevarlo a decir que Colombia se escribe con P mayúscula, así, en este caos, tendrá lugar en el cementerio San Pedro de Medellín, la inauguración de la “tumba” del escritor Gustavo Álvarez Gardeazabal.

Los escuchas del programa radial La Luciérnaga querían conocerlo, tener su firma, tomarse la foto con él… Fotografías /  Jáiber Ladino

Me pregunto por el éxito que pueda tener su convocatoria a través de redes y del eco que en algunos medios han hecho durante la mañana. No dudo del éxito en cuanto al número de asistentes. Eso no entra en duda.  Cuando regresó a la novela con La misa ha terminado, pude constatar las romerías de las que fue objeto por parte de quienes querían conseguir su autógrafo en las sucursales de la Librería Nacional.

Los escuchas del programa radial La Luciérnaga querían conocerlo, tener su firma, tomarse la foto con él, darle las gracias, manifestarle su apoyo a uno de los periodistas mejor “datiados” del país, de mayor credibilidad y cercanía con una población fiel en vías de extinción, conocedora de sus luchas políticas o sus artificios literarios con los que inscribió su nombre en la lista de los autores más leídos por los colombianos: Cóndores no entierran todos los días, La boba y el buda, El divino. Después de la pelotera que se armó para la presentación de Las guerras de Tuluá en la Feria del Libro de Pereira, estoy seguro de que no le faltará la gente.

Mi pregunta, aquí mientras espero en los pare/siga de La Pintada que demoran hasta 2 horas más el trayecto a Medellín, es por la satisfacción del novelista que calcula su vida como las páginas de una novela.

Afuera hay un eco nacional movilizándose contra las medidas económicas que afectan la estabilidad laboral y las mismas empresas del Estado, acciones que los ministros intentan venderle a los ciudadanos como necesarias, mientras las centrales obreras advierten los peligros de la consecuente precarización de la clase media. En esta puja, lo que más ruido hace es la violencia: contra los sistemas masivos de transporte, contra oficiales de policía, contra estudiantes universitarios, contra transeúntes.

A veces me digo que un mal momento para un acto simbólico como el que se propone Gustavo. El país parece incendiarse como en los primeros meses del 48. Por la televisión vimos armarse vecinos de conjuntos residenciales como lo hubiese hecho el mismo cóndor León María Lozano, para defender el colegio de los Salesianos en la mitad del siglo XX.

Gustavo me ha escrito diciéndome que guardará silencio y que sus palabras estarán en la entrevista que se repartirá a los asistentes. No puedo disimular la ansiedad por acompañarlo. No estuve cuando le dieron el título de Doctor honoris causa en Buga, tampoco en la entrega de la edición completa de sus obras en Cali. Pero aquí voy, con corazón de devoto, de peregrino.

No puedo negar la tristeza que me da por mi escritor maestro.

5:34 p.m.

He dado con la escultura que señala el lugar que ocuparán los restos del “cóndor”. Comienzo a escribir esta nota al frente. El contexto nacional ha precipitado el desenlace: se cancela todo por temor a desmanes si una multitud ingresa y una tea desmedida enciende los ánimos.

No puedo negar la tristeza que me da por mi escritor maestro. En el gesto iconoclasta de inaugurar su propia tumba y afirmar que será enterrado de pie porque nunca fue genuflexo, hay una lección del libre pensador que bien nos hace falta en un país polarizado, en una sociedad de etiquetas. No obstante, algo que no es resignación, sonríe: la certeza de que bajo la escultura y la loza no está él. Y que aún nos quede por mucho tiempo. Veo acercarse un grupo pequeño de personas que quizá llegó con el mismo entusiasmo que me trajo aquí. Bueno, aquí va el homenaje.

Y también queda desear que si Gustavo se aleja de la vida pública, sus lectores, sus escuchas no olviden esa lección de liderazgo…

Días después

Gustavo ha dicho que no va más su columna en ADN. Y duelen razones tales como: “Últimamente, en la medida en que a las redes y correos cualesquiera tiene acceso y libertad para que opine o pontifique sin importar ni medir su nivel cultural, me he ganado baldados de insultos y multivariedad de estigmatizaciones que a mis 75 años no creo que deba seguir recibiendo”. Y uno, que se ha podido asomar a su vida cotidiana lo entiende cuando dice: “Mi edad, y mi deteriorada salud no puedo seguirlas juntando con las canecadas de oprobios o los señalamientos sin pudor que me escupen por redes y correos”. Entonces, queda desear que sea cierto que el maestro seguirá una vida más tranquila, con sus libros, con sus animales y con quienes vayan a consultarlo.

Y también queda desear que si Gustavo se aleja de la vida pública, sus lectores, sus escuchas no olviden esa lección de liderazgo, independencia, creatividad, que ha marcado su vida y lo emulemos en momentos en que la torpeza de la dirigencia política afana el caos.