Los colombianos están ad portas de responder una pregunta histórica, lastimosamente acudirán a las urnas impregnados de una polarización política que enceguece y enferma. La pelea en Sincelejo entre promotores del Sí y del No es una muestra fehaciente de ello.

 

juan-alejandro-jaramillo-colPor: Juan Alejandro Echeverri

Como si estuvieran tomando café o aguardiente en el solar de su casa, dos polémicos hombres conversaron de todo en la Fiesta del Libro de Medellín. Me refiero a Gustavo Álvarez Gardeazábal, escritor y exalcalde de Tuluá, y al escritor y periodista peruano Jaime Bayly.

Al final de la charla, el que alguna vez fuera precandidato a la presidencia de Perú dijo lo siguiente: “A mí me sorprende cuando Santos dice que las críticas de Uribe están vertidas desde el odio y desde la envidia. Me sorprende, porque yo creo que el maniqueísmo siempre es malo. Yo no creo que las personas que van a votar por el Sí sean amigas de las Farc, decir eso me parece una tontería. Tampoco creo que las personas que van a votar por el No sean partidarias de la guerra. Esa es una división que empobrece a Colombia”.

Los colombianos están ad portas de responder una pregunta histórica, lastimosamente acudirán a las urnas impregnados de una polarización política que enceguece y enferma. La pelea en Sincelejo entre promotores del Sí y del No es una muestra fehaciente de ello.

Que los opositores al acuerdo entre el Gobierno y las Farc no tengan más alternativa que recurrir a la demagogia para defender sus juicios, no es un fracaso intelectual solo de la oposición. Que los partidarios de las negociaciones solo puedan justificar la viabilidad de lo pactado afirmando que “es el mejor acuerdo posible para no continuar la guerra”, no es una penuria argumental solo del oficialismo. Que el plebiscito por la paz se haya convertido en una cacería de brujas, y no en un debate complejo como esos que intentan responder a la pregunta ¿qué es la libertad?, es una involución centenaria de todo el país. 

Ésta era nuestra oportunidad, desde que echamos a los españoles, de realizarle una autopsia rigurosa al Estado, de derrumbar el castillo de naipes y obligar al Gobierno de turno que lo armara con propuestas coherentes que le permitan a Colombia llegar a donde la corrupción y la desidia se lo han impedido. Parecía que, por fin, los políticos iban a hablar menos y empezarían a escuchar a los que nunca han dejado hablar —los que nunca nos interesó escuchar: las víctimas más cercanas al conflicto: indígenas, campesinos, militares; por ahora solo son parte del paisaje—.

Era la oportunidad porque en 100 años nunca fue tan necesario, y factible, atestar los teatros y las plazas públicas para proponer cómo puede ser Colombia lo más perfecta posible —pues aunque parezca, la paz no es suficiente—. La coyuntura, al parecer, planteaba la necesidad de oír todas las lenguas, de diferentes posturas y colores, que se hablan en esta torre de Babel; sin embargo, la coyuntura consolida el patrón vertical con el que se administra la nación.

De continuar sumergidos, como es lógico, en esta frivolización política, será imposible romper las cadenas que nos atan al pasado. La posibilidad de construir algo que sea propiedad de todos se esfuma de las manos como una blanca paloma, mientras tanto el país sigue en manos de quienes ven el mundo en blanco y negro.