El miedo se convierte en un perseguidor que no te pierde de vista, y la imaginación es su mejor acompañante, te persiguen desde que cierras la puerta de tu casa hasta que te acuestas, siempre está ahí (…) Son algunas de las precauciones que Carlos prefiere no olvidar y de seguro quisiera que no olvidáramos.

Tomado de www.elseptimoarte.net

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Por: María Inguilan

Una de las preguntas que me surgió cuando terminé esta historia fue: ¿Hasta qué punto el miedo nos puede llevar a imaginarnos infinitas escenas (muchas de estas absurdas) en las que podemos caer en infinitos peligros? El país del miedo se convierte en ese lugar, donde todos los temores despiertan aquellos peligros indeseados que a veces no creemos posibles; la sensación de miedo y la imaginación se combinan para recrear todo tipo de sucesos en los que bien se puede sufrir un leve accidente, o una amenaza desafortunada para mi integridad física y psicológica. El miedo se convierte en un perseguidor que no te pierde de vista, y la imaginación es su mejor acompañante, te persiguen desde que cierras la puerta de tu casa hasta que te acuestas, siempre está ahí.

Carlos, el personaje de la historia, se ve marcado por la inseguridad de sí mismo, vive asustado y en alerta en todo momento, él sabe que en muchas ocasiones resulta demasiado extremista y alarmista, pero no logra descartar ninguno de los peligros en los que puede caer, pues teme desde un simple golpe hasta una simple amenaza, lo que lo lleva a resultados inesperados, como el quedarse perplejo ante cualquier situación amenazante o el de actuar sin pensar en las consecuencias que acarrearía su reacción. En la imaginación de Carlos caben todas las posibilidades, dado que el barrio, la ciudad, están dentro de un mundo de infinitas inseguridades, exhibidas por la televisión, las películas, los periódicos, los chismes, las cifras de robos, de asesinatos; el Internet, los avisos, las recomendaciones de los policías, de los aeropuertos, de los hoteles, de las zonas residenciales. En fin, todo tipo de información y de ¡alertas! ayudan a infundir, a perpetrar esos instantes de susto, a crecer o volver más tenso el ambiente, más “peligroso” e inseguro para cualquier habitante. La casa parece convertirse en el único lugar “seguro” para Carlos: el encierro, el recordar siempre las recomendaciones sugeridas (muchas de ellas creadas por él mismo), el permanente vigilar si alguien no le observa antes de cerrar la puerta con llave; el mirar hacia atrás de vez en cuando para cerciorarse de que no le persiguen.

Son algunas de las precauciones que Carlos prefiere no olvidar y de seguro quisiera que no olvidáramos.