Despidieron a “El tío”con una gritería como de sirenas de ambulancia ensordecedora, dentro de una bolsa gruesa, blanca como empaque de juguete, como si se pudiera sacar del estuche, repararlo y encenderlo para que siga fumando y riendo a todo pulmón –el único que le quedaba–.

Imagen tomada de El Tiempo

Imagen tomada de El Tiempo

Por: Wilmar Vera

Es triste morir, pero es más duro morir en una cárcel. En los largos meses que llevo detenido, he visto y conocido de la muerte de cuatro personas. A presidiarios que esperaban la detención domiciliaria les llegó la libertad abrazados a la parca y franqueando la reja con los pies por delante.

El más reciente – por no decir el último, por que vendrán otros– le decían “El tío” y se apellidaba Yepes. Lo conocí el diez de junio, mi primer domingo encanado, visita conyugal. Era alto, un poco más que yo, blanco y con unos ojos grandes de búho acompañado por una voz ronca de fumador de cualquier cosa que se pudiera fumar. Supe que le decían “El tío” y estaba junto a otro con 20 años menos que era su sobrino, encerrados por tráfico de estupefacientes. Era mi primer domingo y asustado, cual paloma bajo la lluvia, me aferraba a la mano de mi esposa viendo con incredulidad  la realidad de una visita dominical carcelaria.

 – “Profesor, si quiere le presto mi plancha para que reciba su conyugal”, dijo con voz pastosa de locutor ensombrecido.

– “Gracias, ‘Tío’, muy amable, aquí estamos bien”. Respondí aferrado a mi esposa, vestida con una falda y una chanclas que le quedaban grandes, como si la empequeñeciera su nueva condición de viuda en vida o perteneciera a una congregación evangélica muy pobre –“me las prestó una señora para que pudiera entrar”, me contó ella luego-. Esa amabilidad vi que la extendía a otros, incluyendo al sobrino que no era tal, cada vez que le regalaban pitazos de cigarrillo o marihuana, sin importarle que al terminar el pucho lo atacara una tos ronca, desgarradora como una mano que le arañaba los pulmones. Cuando algo era muy bueno gritaba a todo pulmón –lo que le quedaba, para ser franco: “¡burritiquiti!”-, grito de guerra que anunciaba nada.

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Memento movi

Si en la cárcel la vida es media vida, lo único parejo y completo es la muerte, pues aunque todos moriremos, no hay alguno que no conserve la esperanza de que sus últimos suspiros, antes de cancelar la suscripción a este valle de lágrimas, sea con los suyos, no rodeado de barrotes e indiferencia, o médicos que fingen hacer algo más que esperar el postrero momento y seguir como si nada.

“El tío” y los otros fallecieron por causas naturales: estaban vivos, pero enfermos. El primero era un señor enjuto hasta en los pensamientos, “Caneko” de vieja data, a quien le escuché que esta cuarta temporada en la cárcel “estaba muy dura””. Usaba unas gafas que le quedaban grandes, su piel y sus manos eran como de una momia andante, tenía tuberculosis y por eso su tono de piel y la tos permanente. Se cansó de pedir que lo hospitalizaran, pero el médico lo sacaba al consultorio, después de muchas cartas para remitirlo de nuevo al patio con una fórmula para medicamentos que nunca llegaba. Fue más puntual y efectiva la muerte, que lo encontró en el hospital a donde por fin lo llevaron una noche, a finales del año pasado.

CARCELLos otros dos, eran viejos cansados, frágiles como ramas al viento. El segundo se llamaba “Paisa”. Y estaba detenido porque en un ataque a su mujer pretendió despacharla al otro mundo con varias puñaladas, para luego él acompañarla cortándose el cogote –como él mismo decía–. Algo falló porque la mujer sobrevivió y a él le quedó una horrible cicatriz, que parecía una sonrisa permanente en su cuello y que duplicaba el dolor de su torpeza. Lo llevaron al patio dos porque lo descubrieron morboseando a la hija pre púber de un interno y con eso se ganó la arriada como vendedor en un templo, eso sí, agradecido porque no le encimaron unos puñetazos por consideración a su edad. Semanas después, un balonazo en el pecho adelantó su viaje al otro lado, igual que lo ocurrido al tercero, Israel, encargado de una olla de estupefacientes en el barrio Santander, de Armenia.

Israel era un personaje curioso, de esos hombres que antaño se caracterizaban por el porte de actor de película mejicana de los 40: pelo lacio grueso que partía de la media frente, negra, con pocas canas, bigote que alguna vez fue abundante pero que ahora solo quedaban púas como de esponja de alambre. Cuando lo conocimos, era una pavesa, los restos maltratados de lo que antes pudo ser un hombre bien plantado.

La muerte lo sorprendió disfrazada de balonazo en la espalda, un sábado de visita de hombres, en los cuales nunca se juega fútbol. Solo que ese día sí y fue la cita ineludible con esa dama que le dio el primer anuncio de su presencia con la delicadeza de un tramacazo que no marcó gol pero si acabó, semanas después, una vida.

Ahora “El tío” se unió a esa lista de personas que por edad o enfermedad no deberían estar aquí, sin importar el delito que los condene, pues la ley lo estipula así para los mayores de 70 años. A “El tío” lo bajaron cinco internos, recorriendo por última vez el camino que él, por varios años, había hecho resoplando como una locomotora, solo aliviado por el dulce sabor del cigarrillo que fumaba, uno tras otro, como si con eso en lugar de acortarla, más bien alargara su vida.

CARCEL2Se fue “El tío”, con su “burritiquiti” que ya no usaba y su amabilidad perenne. Nunca lo vi de mal genio y en la medida que podía le ayudaba y colaboraba a sus “sobrinos”, ávidos por darle los últimos pitazos al cigarrillo que tenía en la boca.

Despidieron a “El tío”con una gritería como de sirenas de ambulancia ensordecedora, dentro de una bolsa gruesa, blanca como empaque de juguete, como si se pudiera sacar del estuche, repararlo y encenderlo para que siga fumando y riendo a todo pulmón –el único que le quedaba–.

Murió “El tío” y mientras lo bajaban, entre los papeles refundidos que tenía en la celda, la enfermera llevaba la orden de prisión domiciliaria a la cual le daban derecho varias cláusulas según el código de procedimiento penal, pero que el juez encargado no quiso firmar hacía dos semanas.

Ya no está “El tío”. Y no será el último, eso es lo mas triste.