Cada día lo vivía no como el último si no como exento de responsabilidades y consecuencias. Por esa ceguera llegué a la vejez y hartura de la vida antes de cumplir los 25 años y me convencí de que no tenía sueños por cumplir si no pesadillas por sufrir.

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Por: Wilmar Vera Zapata

No puedo evitar, ahora que llegan estos días despejados, mirar al cielo tan azul y recordar a Cielito Lindo, en esa época cuando estuvimos presos hace ya tantos años. Para mí, diciembre y su alegría impostada de regalos y buenos propósitos nada han significado. No es que sea un egoísta o un ser amargado, lo que pasa es que si uno no creció añorando la llegada de esos días, pasan como cualquier otro del montón. Podrán ser más ruidosos, más holgados económicamente, pero tan comunes como un 18 de abril o un 24 de agosto.

Sin embargo, no puedo impedir el recordar a Cielito Lindo. En esa época era irresponsablemente joven y creía que mis ímpetus y atrevimiento me durarían para toda la vida. Vida que, además, no creía que llegara a ser muy larga. Eso creía yo. Como quien encuentra la lámpara del genio y pide los tres deseos de una vez, no pensé en tazarlos ni en distribuir mis deseos en múltiples años. Cada día lo vivía no como el último si no como exento de responsabilidades y consecuencias. Por esa ceguera llegué a la vejez y hartura de la vida antes de cumplir los 25 años y me convencí de que no tenía sueños por cumplir si no pesadillas por sufrir.

A los 21 tenía ocho cicatrices, una mano fracturada y una pena por homicidio qué pagar. En ese entonces fui uno de los primeros reclusos que estrenamos la cárcel de…, no, más bien dejemos así. La cárcel estaba subhabitada y mientras caminábamos en el patio o pabellón más parecía una especie de colegio internado, donde los alumnos ya teníamos, de entrada, experiencia para cargar el grado máximo que nos declaraba como delincuentes. La cárcel es el último sitio de formación  adonde uno va ya aprendido.

Como decía, no éramos muchos. Para un pabellón con 20 celdas de a cuatro puestos, solo vivíamos 36 reclusos de todas las edades y pelambres delictivas. A mí me enviaron a la celda 13 y aunque nunca he sido agüerista, no me gustó mucho el número.

Las celdas estaban constituidas por cuatro planchas de cemento gris, desnudas como la nieve y, como ella, frías. Contábamos con un inodoro a la vista, en acero inoxidable, que parecía más un adorno. Además de la reja, había una ventanita enrejada, por donde se colaba un retazo de cielo como un intruso, que además de recordarnos la calle nos alegraba las noches de encierro. Un viejo radio transistor ronroneaba siempre, conectado al plafón del bombillo, que colgaba como una luna plateada y negra sobre nuestras cabezas. Era para nosotros una voz de la conciencia que con sus notas alegres nos ayudaba a engañar la tristeza del encierro.

Estábamos Mondonguero, un asaltante de carreteras con 100 kilos de peso y una barriga prominente y notoria como su calva rosada que de tanto asolearse parecía una lengua de vaca. Su bigote hirsuto y brillante, parecían alambres negros engominados. Debajo de él habitaba don Ifigenio, comerciante de café, plátano y mora, que tenía un puesto en la plaza de mercado y un gusto exagerado por las “rayitas” de las mujeres, en especial si eran de niñas entre 8 y 12 años. Frente a ellos estábamos Cielito Lindo y yo. Cielito Lindo era un indigente de edad indeterminada, pelo de perro sarnoso y un cuerpo que parecía forrado por una capa dispersa de papel de lija. En ese desastre de ser humano, llamaban la atención sus ojos azules claros, profundos y magnéticos, como un día soleado de diciembre.

Preciso en ese mes coincidimos en la prisión y como nuevos vecinos gastábamos las horas muertas contándonos proezas y canalladas propias de la vida de un antisocial. Ahora que el tiempo ha pasado y miro las experiencias acumuladas a lo largo de los años, no me siento orgulloso de ellas, pero gracias a su presencia cambié mi futuro, futuro que iba a ser igual al de mis compañeros si no tomaba conciencia. Todos eran viejos y repasados todos sus delitos casi encontraban los artículos del código penal completo. Contaban con extensa reseña judicial y amplio prontuario. Me miraban igual que a una mascota, un hijo o un viejo prospecto de malandro que, con sus ejemplos, historias y experiencias, pretendieron enderezarle el camino y ahorrarle dolores de cabeza, sufrimientos y humillaciones.

-¿Si tuviera tu edad sabés qué haría?, se preguntó Mondonguero sacando su cabeza de la plancha y equilibrándola con una porción de su panza. Parecía que se fuera a desparramar en una cascada de piel y abundante grasa. 

– Si yo tuviera 20 años –decía– me dedicaría a trabajar como una mula y todo el que me ofreciera hacer un torcido lo quebraría por hijueputa, porque lo tiran al mierdero y lo dejan a uno solo.

Pero si lo quebrás, te mandan a la cárcel, comenté. Me miró cayendo en cuenta de la contradicción y asintió jugando con la punta de la lengua, como una ballena con boca de serpiente.

Igual, ¡son unos hijueputas!

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Otras veces hablábamos de mujeres y todos se consideraban unas autoridades en la materia. “Es más, yo pienso que no tengo inspiración, pero podría escribir una ranchera en la que denuncie que entre más las queremos más mal pagan ellas”, ripostaba don Ifigenio, quien por su carácter hosco lo llamábamos “don Mal genio”. Obvio, él no lo sabía, pues de conocer el apodo nos hubiera dejado sin la comida callejera que le traían su hija y alguna de las 20 “hermanas” que lo visitaban y con las que se encerraba en la celda prohibiéndonos el ingreso por, al menos, 30 minutos. Lo veíamos pasar sonriente y cuando decía: “tengo un asunto muy delicado qué tratar”, comprendíamos que debíamos dejarlos solos.

-¿Si serán hermanas?

– ¡Qué va, si el viejo es hijo único!

– ¡Ah, qué verraco tan de buenas!

– Claro, cualquiera es bello y deseable si le pela a una vieja $10.000.

Mondonguero se pasaba la mano por la calva peinando un imaginario copete y sus ojos bailaban pensando en lo emocionante que sería tener “hermanas como esas”. Cielito Lindo no decía nada, solo reía y su boca parecía un túnel carnoso como una herida abierta. Ya en la celda, las anécdotas seguían.

– ¿Vos tenés mujer?, me preguntó don Malgenio.

Tuve, pero ahora no, apenas me condenaron pintó un bosque y se perdió.

– No cualquier mujer aguanta tener a su hombre en “la cana”. Si una es fiel, viene con frecuencia y le da un ratico de cariño, bien vale la pena casarse con ella, dijo Mondonguero.

– Como la tuya, que nunca viene, le replicó Cielito Lindo.

– Yo al menos tengo de vez en cuando, vos que te contentás con lo que tenés a la mano.

– Esa nunca falla, le contestó ofendido.

– Qué va, eso es pecado y Dios lo castiga.

Robar también es pecado y aun así la gente roba, mata y hace cosas que Dios rechaza y prohíbe, le contesté.

Mondonguero pareció dudar. Su cabeza seguía afuera y el trozo de panza amenazaba con estirarse y ahogarme. Cielito Lindo reía con sus ocurrencias.

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Los días pasaron, esa es la única certeza que tenemos los condenados y no hay inicio al que no le llegue su correspondiente final. Ese mes compartido hablábamos de lo que hacíamos los pasados 24 de diciembre. Ya estoy lejos de ese muchacho irresponsable de esa época, pero estos momentos nos unían más y nos permitían soportar el encierro con ánimo y esperanza.

–Yo me pasaba los 24 y todo diciembre borracho como un vikingo en Cartagena–. Mondonguero hablaba con la sapiencia del veterano, mientras nos compartía paquetes de Rondalla o un bocadillo veleño que siempre guardaba en su equipaje. A veces el bocadillo traía una cucaracha que, atraída por el dulce, era incapaz de zafarse del pegote.

– Desde el seis de diciembre yo empezaba una bebeta constante hasta enero. Ahorraba todo el año para desahogarme con lechona, buñuelos, natilla, whisky importado y unas amiguitas de moral distraída.

– Pero vos tenés fama de rosquete.

¡Ve, qué va! Si la comida sabe bueno no importa la clase de empaque en que venga, ¿o no?

Una oleada de risas nos invadió.

– Mis 24 si eran a todo lujo –el turno era para don Malgenio, exageradamente contento  al recordar travesuras decembrinas–.  Hace unos años cogí la costumbre de alquilar una finca para mi familia

– Más bien para las hermanas…

Eso, eso y nos quedábamos del 15 de diciembre al 10 de enero haciendo tremendas bacanales, quemando pólvora, bebiendo y comiendo como animales.

– ¿Usted solo con sus “hermanas”?

– No, también invitaba primos, pero poquitos, je, je. Pero lo principal sí eran mis “hermanitas”. Tomábamos tanto aguardiente que podía llenar una piscina olímpica.

– Imposible quejarse de esa vida tan increíble, le comenté.

– No crea, uno también se cansa de lo bueno…    

– Sí ve, ¡rosquete!, ¡qué peligro!

La noche seguía su camino silencioso y el bullicio de los bailes callejeros y la algarabía del mundo exterior se calaban por la reja y la ventana traseras como un remordimiento colectivo. La pólvora rasgaba el cielo negro como un tablero y estallaba en luces multicolores de alegría. Don Malgenio sacó una pequeña cantimplora y nos repartió a cada uno. Al probarla, igual que el milagro bíblico, lo que creíamos que era agua, como regalo navideño, se transformó en ron puro.

– Eh, ¿cómo hiciste?

Confíen en uno que tiene sus contactos, guiñó un ojo y repartió otra ronda. Sí, siempre es bueno celebrar con los amigos.

Cielito Lindo por lo general no hablaba pero ese día se metió en su plancha y buscaba algo en una mochila encima de una caja de galletas de soda.

-Creo que a mí la vida me quedó debiendo muchas cosas-. Su voz era seca, juvenil, tal vez codificada por la ausencia de casi todos los dientes, por lo que el aire salía sin barreras. -Desde que tengo memoria las calles han sido mi segundo hogar, después de las correccionales y las cárceles. No sé lo que es un papá o una mamá y me convertí en un desechable que llamas y no me parece malo, pues si me muero nadie me va a llorar o, peor, a extrañar… En diciembre comía de la basura mejor, un pedazo de pavo, una salsa que sobró, trozos de natilla o carne de verdad. No tuve familia o personas que querer, solo un canchocito que encontré tirado en un costal, arrojado por un tipo a una quebrada en El Poblado. Iba con Mogo pa’ arriba y pa’ abajo; por Niquitao, El Palo, el parque Berrío, era un hermanito, mi hijo, mi parcerito y por su carita me decía que yo también era la único para él. Yo dormía con él abrazado y todo, hasta que un día me lo pisó un bus de Aranjuez y volví a quedar huérfano.

Con muchas o pocas alegrías, hay personas a quienes la vida no les da la oportunidad de vivir si no de mal vivir. Por más despreciado que alguien se crea o se sienta, siempre hay otros que le ganan el primer lugar.

-Yo aprovechaba diciembre porque a muchas viejitas de Laureles les da remordimientos tener mucho y otros no tenemos ni dónde caer muertos. Era el mes que más comida recibía o nos regalaban camisas viejas o pantalones que me quedaban grandes y los amarraba con cabuya. El único que no daba nada era El Mocho, el dueño de la “olla” donde me trababa, cerca de La Candelaria, dice Cielito.

De pronto sentimos que las alegrías pasadas no eran realmente nuestras sino prestadas o tomadas sin permiso. La dicha y felicidad derrochada lo eran porque se la quitábamos a alguien más. Esa idea me generó más mala cara al momento en que vacié un poco más de la cantimplora.

-Para mí la navidad, el año nuevo, la pascua o la independencia, son días iguales como cualquier otro. Cuando a uno no le dan nada ni tiene nada, nada extraña, nada le hace falta, ¿cierto? Yo por eso quería regalarles esto, saben que no tengo mucho para darles pero ustedes son mi familia y los quiero y no puedo si no considerarlos mis amigos-, y sacó cuatro panes con una cresta de azúcar cristalizada, los mismos que nos dieron al desayuno. Nadie preguntó cómo los había conseguido pero le dimos un mordisco y lo pasamos con un sorbo de ron, el último.

– Feliz navidad, gritó Mondonguero.

– Sí, feliz navidad.

– Gracias, Cielito Lindo, feliz navidad.

El griterío de los reclusos ahogó la pólvora y más que un gesto espontáneo de dicha parecía un lamento desgarrador que llevaba tanta frustración como dolor por no estar con la familia y allegados.

Fue la primera y última navidad que compartimos juntos. A principios de marzo, Mondonguero fue trasladado a Valledupar a culminar su condena y como castigo por irregularidades con la guardia. A don Ifigenio le dio peritonitis y camino al hospital falleció. Algunos dijeron que además tenía sida o que una de sus “hermanas”, celosa de su extensa familia, lo había herido. A mí una rebaja de pena por la visita de Juan Pablo II me abrió la puerta de la calle antes de lo planeado por el juez y decidí seguir el consejo de mis amigos de “cana”.

Me contacté con un tío político y aprendí reparación de motos. Hoy tengo un tallercito en Barrio Triste, donde me especialicé en motos de dos y cuatro tiempos. Aun no me he casado porque no quiero que me joda ninguna mujer, pero si tengo necesidad no me han faltado las amigas,  ya que no me gusta la solución manual. Claro que me asusta la vejez, pero crecí solo y solo me voy a morir. Nadie morirá por mí.

Sobre Cielito Lindo… no se qué pasó con él. Cuando salgo en una moto a comprar repuestos o probar alguna máquina, me doy una vuelta por el parque Bolívar o el de Berrío, incluso voy  a las cuevas con la esperanza de hallar a ese costal de huesos y sus ojos azul cielo despejado. Si esa mirada Dios se la hubiera regalado a una mujer, podría haber sido acusada por porte ilegal de armas letales. Siempre me detengo ante cualquier mendigo y lo miro a la cara, debo ser de los pocos que hace eso, tal vez más para reconocerme en ellos que buscando a mi viejo amigo de celda.

Cabe la posibilidad de que esté muerto pues era muy mayor cuando lo conocí. El tiempo no se queda con nada y el camino que anduvimos lo miramos en perspectiva como un desperdicio o una ganancia. Yo no quise desperdiciar como mis compañeros me recalcaron y desde que salí procuro ser lo que no fui hasta los 29 años de edad, lo que nunca había sido: un hombre honesto.

Aunque no añoro ese tiempo encerrado, creo que valió la pena por los amigos que tuve en la celda número 13. Pienso que cuando nos encontramos en esta prisión perpetua que debe ser el reino de dios, les contaré que hice bien la tarea, que cometí mis errores como cualquier ser humano, pero procuré llenarme de cosas buenas por saber y hacer.

Y les contaré que cada 24 de diciembre, a las 12:00 de la media noche, tomo un pan redondo y una copa de ron y les deseó una “feliz navidad”. En especial a Cielito Lindo, a quien espero encontrarlo allá, en su cielo, cuando me alcance el afán de no vivir.