DIARIO DE UN DISONANTE

La vida es una basura porque es finita y todo lo que se anhela se pierde. Todo esfuerzo es vano. En mí se explaya un malestar por la sangre reseca. Yo me sé nadie…

Escribe / Mateo Quintero. Ilustra / Stella Maris.

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Sé tú mismo, me dice el fotógrafo para quedar en una imagen que perdurará en el tiempo. ¿Y quién soy yo?, me pregunto y me quedo mirando al frente pensando en nada, en un vacío naciente que se explaya por la sangre. Siento el chispazo de la fotografía y regresan a mí las imágenes que pasaron por mi mente cuando pensé en lo que era yo, en esa farsa, en esa hipocresía. Miles de personajes creados, vistos y analizados pasaron por mí. Soy yo y soy todos. Soy todos. Un museo de formas que no tiene sentido y que no busca tenerlo. Un sol naciente que estalla en estrellas y polvo en un cuerpo desnudo. Sí, un cuerpo y nada más. Una cáscara que se llena con cada personaje que entra, a diario, a todas horas. Un personaje irreal, ansioso por comerse el mundo, un corazón a punto de estallar. Un corazón siempre, siempre agitado:  la cafeína por sangre, alcohol por espíritu. Es que no soy nadie y no quiero serlo. Quiero ser todos los días alguien nuevo. Un traidor, un santo, un hombre de familia. Todo, todo, para luego destruirlo y no volver a ser nada. Me siento como una película, pero no soy ningún actor. Soy el director de escena. Estoy viendo todo como la farsa que es: la sonrisa que le doy a mis vecinos mientras me observan con repugnancia después de salir de mi pequeño cubículo llamado apartamento con la cara aletargada por el licor y las sustancias que poco a poco destruyen esto. Todos odian a este tipo de personas porque las envidian. ¿Cierto? Una envidia inexpugnable que no permite vivir sanamente. La libertad siempre será cercana a la autodestrucción. Aquel que sabe que su cuerpo no es su vida sino la envoltura que Dios le dio a sus ideas vive con mayor extravagancia. Pero cómo puedo decir que soy libre si tengo que forzar sonrisas hipócritas frente a quienes detesto. No soy libre. Nunca lo seré por la venda de la moralidad. Quisiera decirles que los detesto, o simplemente apartar la mirada. Pero no puedo porque la libertad es la mayor ficción jamás creada; no es la eternidad, como dicen algunos. Es la libertad. La eternidad es simplemente un corolario de la inalcanzable libertad. La eternidad es solo la libertad frente al tiempo, es el desapego de la muerte – la muerte que nos obliga a ser todo lo que no queremos ser.

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¿Y si todos fuéramos libres? Si la justicia no estuviera siempre respirándonos en la nuca, si el sistema en el que estamos inmersos – que se resume en trabajar para comer, como si no bastara con tener que soportar la carga de la muerte como los demás animales – no estuviera siempre alertándonos de que si paras un momento te puedes ir por el barranco, por el desbarrancadero de la muerte. Siempre, siempre siempre comprando cosas, comprando aire, comprando un lugar para encerrarse. Ningún otro ser ha llegado a semejante estupidez. Cuando un hombre habla de la posible existencia de vida inteligente en otro planeta yo solo pienso en que esa vida es todo lo contrario a esta: nada de trabajo, nada de salir todos los días a lugares que se odian a hacer cosas obligadas, cosas que no queremos. ¡Sí! Un caos, un caos, un caos. La inteligencia es el caos. Por eso no sé ni lo que pienso. Un torbellino de ideas propuestas por la ansiedad de la soledad y el café. ¡Pero es que cómo no pensar que esto fue y ha sido siempre un error! Aquella vida inteligente del universo se podría resumir en vivir en la libertad. En agasajarse solo consigo mismo. Una libertad absoluta e individual. ¿Qué es lo más parecido a ello? Los animales. ¡Cómo no! Los únicos que solo están gobernados por sus instintos. El mundo debería parar esta masacre del alma y recurrir al retorno de la animalidad. Aunque pensándolo a mayor profundidad, la libertad absoluta sería prescindir de los instintos. Pero no puedo imaginarme la vida así. No puedo imaginarme una vida sin instintos. Hasta allá no llega la fuerza de mi imaginación.

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No importa. Algún día encontraré la solución. Yo siempre me digo, pensando en la creación y en Dios: yo lo hubiera hecho mejor. Yo sí que hubiera hecho mejor esto. Aunque ahora no me alcance la capacidad imaginativa pero yo solo puedo pensar en que si se me hubiera dado la oportunidad de tener el trabajo de Dios, sí que lo hubiera planeado de mejor manera. Yo no cometería errores estúpidos, a menos que esto no sea un error sino la proyección de un sádico.

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No puedo parar de querer devorarme el mundo estando acostado en la cama. Tengo toda la fuerza del universo en mí. Tengo la energía de mil vidas. Yo quiero estar siempre cambiando, estar mutando. Yo quiero ser siempre otro y estar en otra parte. Si estoy bebiendo en una faena quiero estar tranquilo en mi casa. Si estoy tranquilo quiero el desespero. Si me acuesto con una mujer deseo a la otra. Si estoy con veinte quiero estar solo. El sexo siempre es decepcionante pero es lo único que me empuja. Me empuja a seguir y seguir y seguir. Pero a dónde quiero llegar. No tengo un puerto al que arribar. Lo tengo todo y no quiero nada. Y quiero tenerlo todo realmente, no todo lo que piensan los demás: esa mediocridad absurda de pensar que la estabilidad lo es todo. ¡No! Yo quisiera la verdadera libertad, poder decidir siempre qué ser y experimentarlo todo. ¡Todo! Aunque solo tenga una vida quiero tener mil. Ser eterno es un castigo pero tener el tiempo suficiente para serlo todo es una bendición. Esa bendición no existe. Por eso el espíritu es una farsa: porque lo que desea nunca lo obtiene. Se los juro: yo hubiera hecho esto mejor.

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A veces quiero rendirme. Veo el cielo que oscurece y quisiera oscurecer con él. Pero para oscurecer hay que sentir algo. Y yo no siento nada. No siento la muerte, ni la tuya ni la del prójimo y aún así quisiera que todo el mundo estuviera bien. No dejo de pensar en aquel hombre sin brazos que me pidió una moneda en la tarde. ¿Creen que hubiera permitido aquello yo? Jamás. Yo lo hubiera hecho mejor. Entonces sí siento algo: empatía por el sufrimiento. ¿O acaso es una empatía hipócrita? Quizá solo estoy pensando en cómo sería yo en ese puesto. Sí, eso es la empatía, me dicen. No, no es ponernos en el lugar del otro sino estar conscientes de su individualidad. De que a él le tocó en suerte aquel destino. ¿Y mi destino? ¿Lo escogí yo? ¿Cuál es mi destino? Quizá sea la inconformidad. La fragmentación de mi individuo. El espejo roto. Algún día me iré y alguien tendrá que pagar la cuenta. La cuenta de estos platos rotos que arrojé como un remolino. Y en mi fango florecerá el odio.

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Yo quiero ser un mendigo. Frenar en seco y decepcionar al mundo entero. ¡Ah, ahí va aquel que tenía un futuro por delante! Pero cuál futuro, hombre, si en el futuro solo estoy yo y yo quiero alejarme de mí. Dejar este cuerpo como un lastre en algún basurero y mutar. Quiero ser el suicida y el cuchillo; quiero ser el asesino y la sangre; quiero ser el abuelo del balcón contando historias pero quiero morir solo siempre, escupir a la muerte y liberarme en polvo de estrellas.

Yo quiero ser el joven de 27 que no ve sentido a la vida.

Y quisiera ser aquel que sigue irremediablemente hasta el final.

Quiero morir a los cien años y a los quince.

Quiero saber qué es la muerte.

Quiero estar afuera de mi ataúd mientras todos lloran.

Quiero ser aquel al que le huyen todos porque borracho siempre arruina la fiesta.

Quiero ser al que todos llaman porque es el mejor en la faena.

Quiero ser todos y ninguno.

Quiero fragmentarme y ser cientos en un papel.

Quiero salir de los libros y enfrentarme a la vida.

Quiero ser el mujeriego y el solitario.

Quiero que me lloren y quiero que me odien al morir.

Quiero que nadie asista a mi funeral.

Quisiera no haber nacido y quisiera jamás morirme.

Y es que no entiendo el que está feliz con su vida. Yo solo quiero que cada día sea distinto. Jamás estar en una rutina infame que arruine mi alma, que marchite este monstruo interno que habita en mí y que quiere explotar. Que desea que jamás se le encasille. Que desea ser como el mar: siempre el mismo pero mutando: – una ola no será igual a otra, dicen las profecías-.

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Jamás desfallecer en la cuneta de la inmovilidad.

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¿Entonces, cuál contingencia? Si me debo levantar todas las mañanas a trabajar. Si en la noche estoy solo conmigo mirando el espejo y esperando la muerte para espantarla y decirle que no creo en ella y que no puede llevarme porque tengo la cabeza llena de nudos sin desenredar. Soy siempre el mismo aunque actúe siempre distinto y la mujer con la que me acosté hace años me vea cada seis meses y me pregunte: ¿y esta faceta cuál es? Es que yo siempre estoy cambiando para los demás pero ante mis ojos creo ser el mismo. El mismo estancado en su mural de sueños. El mismo que no cree en los sueños. El mismo que no cree en nada y sin embargo quisiera experimentarlo todo: el misticismo, el Nirvana, el paraíso, la fiesta, la orgía sideral, el Mahabhárata, la trascendencia, la reencarnación, el purgatorio, el Infierno y la cacería. Es que no soporto la quietud. Siempre estoy arrepentido. Habita en mí un remordimiento atroz por todo lo que no he hecho. ¡Ah, que todavía queda mucho tiempo! ¿Y eso quién lo sabe? Puede fulminarme un rayo en este instante. Hay tantas posibilidades de morir.

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Mi definición: un ser que le huye a la muerte.

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La vida es una basura porque es finita y todo lo que se anhela se pierde. Todo esfuerzo es vano. En mí se explaya un malestar por la sangre reseca. Yo me sé nadie. El esfuerzo no lleva a nada. Sé que no soy nadie. Sé que mi muerte no causará el más mínimo escozor en la historia de los hombres. Eso me consuela. Pero quisiera ser también un Magno y que imperios enteros se conmovieran por la historia de un hombre que tastabilló el mundo. Quiero un temblor gigantesco ante mi deceso. Una oleada de espuma tan alta que no quede ser vivo después de mí. Antes y después de mí: nada. Siempre nada. Porque me llevaré el mundo, ¿no es así? ¿Alguien puede decirme qué quedará de mí después de mí? ¡Nada! ¡Nada! ¡Nada! Una inmensa NADA.

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Y sin embargo moriré. ¿Hay algún sentido en ello? ¿Cómo puedo morir yo si en mí hay más energía que en las manos de Dios? No ven que salto, que corro, que tambaleo, que sonrío, que me embriago, que veo las estrellas, que veo la noche y me consagro con ella, que quiero estar en Italia y en el mar y en las nubes y en el río. ¿No ven que odio, que me revuelco, que vomito, que lloro, que maldigo, que detesto? ¿No ven que sonrío, que amo, que hago reír, que soy un bufón maldito en una ciudad que solo mira para dejar de mirar? ¡Cómo voy a morir! Debe ser una inmensa mentira. Y si este es mi testamento, que lo lean y lo quemen. Que nadie expire una oración por mí. No quiero homilías, no quiero elegías, no quiero textos lastimeros. ¿Qué quiero? Que jueguen con mi cuerpo, que empujen mi ataúd, que lo quemen y boten el polvo en la faena más grande de la historia. Quiero estar en la orgía del mundo, en el festín dionisiaco más inmenso, en el esplendor total que apañe el sol. Porque si lo mejor siempre está por llegar, es porque nunca llegará. Y yo no acepto mi muerte, ni mi vida.