Por: Gustavo Vargas

“A quince las quesadillas, joven”.

Decía la señora cuando un comensal en potencia se acercaba al comal de su puesto de garnachas, allá en la Colonia Tránsito, allá en Ciudad de México.

Con dos monedas, casi un dólar, la señora fritaba un corte de bistec generoso y dejaba caer una tira de queso Oaxaca sobre la tortilla de maíz a punto de dorarse.

”Ya se la preparo, joven”, alertaba al impaciente con su voz de pajarito mientras encendía el televisor esquinero y le pedía a su hija acomodar la antena. La señora veía telenovelas en la mañana y a la Señorita Laura en la tarde. Nunca se quitó su mandil y exponía en un recipiente las gorditas preparadas como si fueran el orgullo de la casa.

“El jugo de naranja también a “quince, joven”.

Para la señora cualquier persona era joven. Sus clientes habituales: el grupo de mecánicos que tenía un taller al lado de su puesto de garnachas, los conductores de camiones de fletes estacionados en la calle, los habitantes de una vecindad cercana.