Lejos de la imagen del poeta maldito, José Manuel Arango quiso ser un tipo común y corriente, pero no pudo. Doce años después de su muerte, su nombre aún provoca miradas que traslucen admiración y cariño.

Por Jaime Flórez*

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José Manuel Arango. Foto: Cortesía

 

A las siete de la mañana del 4 de abril de 2002, José Manuel se tomó el primer aguardiente del día, el penúltimo de su vida. Clarita no protestó, tras 37 años de matrimonio sabía que una copa era el remedio para los dolores del cuerpo que achacaban a su esposo. Distintos eran los dolores del alma que también lo agobiaban por esos días, para los que José Manuel no tenía cura ni calmante. Estaba inquieto, pesimista, había vuelto a leer a Schopenhauer y se había convencido de que el mundo lo manejaba el diablo con la pezuña. Cuando pidió el segundo, el último trago, Clarita se alarmó, así no era el remedio. Antes de su esposa, un par de amigos habían presentido lo que pasaría al día siguiente. El más silencioso de los poetas los llamaba por teléfono y les hablaba largo rato. “José Manuel está raro, como si se fuera a morir”, comentaban proféticamente entre ellos.

“La mirona” andaba rondando por ahí, como “augurio”, escondida “en los grifos del agua”, entre “los espantapájaros”. De ella se venía hablando con recurrencia en las tertulias literarias que José Manuel y Gustavo Zuluaga, El Hamaquero, uno de sus amigos más cercanos, coordinaban en el Jardín Botánico. En la última tertulia había leído con emoción las “Coplas a la muerte de su padre” de Jorge Manrique, esas que empiezan diciendo:

Recuerde el alma dormida,

avive el seso y despierte,

contemplando

cómo se pasa la vida,

cómo se viene la muerte.

En su último cumpleaños, algunos amigos invitaron a José Manuel a un restaurante santandereano en la vía a Las Palmas, en las afueras de Medellín. En medio del almuerzo les dijo a los reunidos: “Me están agasajando mucho, ¿será que me voy a morir?”, así, como en chiste, lo recuerda Luis Fernando Macías. En los últimos meses le hicieron entrevistas, homenajes en Bogotá y en Medellín. El Hamaquero lo llevó a grabar sus poemas, casi contra su voluntad, en la Emisora Cultural de la Universidad de Antioquia; a él le dijo algo parecido: “Hamaquero, vos sos medio brujo. Yo creo que sabés que me voy a morir y por eso me están haciendo tanta cosa rara”.

La vida había comenzado para José Manuel Arango 64 años atrás, el 5 de octubre de 1937, una hora antes de la media noche en El Carmen de Viboral, un municipio del Oriente antioqueño que hoy es habitado por más de 40 mil personas. Pero en ese entonces el pueblo, en palabras de José Manuel, era una aldea: dos, tres calles recubiertas por polvo de loza triturada. “Uno salía y el campo estaba ahí mismo”.[1]

Fue el hijo mayor de Clímaco Arango y Teresa de Jesús Pérez; el hermano de Celia, Sixto, Margarita, Hernán y Gloria; el esposo de Clara y el padre de Rodrigo, Teresa y Gustavo. Fue un profesor de filosofía, un aficionado al jazz y a las rancheras de José Alfredo Jiménez, un lector infatigable y, entre muchas otras cosas, un poeta, uno de los mejores poetas en la historia colombiana.

La relación de José Manuel con la muerte fue cercana. “La Flaca” estuvo presente en cada uno de sus libros; a veces revestida de cierta solemnidad, a veces con ironía. “Una confiancita con la muerte se le ve, un juego”, dice Anabel Torres, quien tradujo al inglés Este lugar de la noche, el primer libro de José Manuel.

La muerte fue compañera del poeta, el complemento, la otra cara de la existencia que merodeaba todo el tiempo: “La muerte está ahí, delante de nosotros (o detrás de nosotros), todos los días. Y es tal vez la que nos hace abrir los ojos”, le dijo en una entrevista a la revista Babel.

Si estoy, está conmigo.

Si me atareo en mis asuntos,

me sigue.

Ojea por sobre mi hombro si leo,

atisba por sobre mi hombro si hago.

La muerte era una presencia latente en su poesía y en cada acto de la vida, incluso en el amor:

Pongo mi mano en tu cintura.

Y ya, debajo de la mía,

hay otra mano.

 

Tantos muertos.

Y qué hacen aquí,

quién los ha invitado.

En estos versos piensa Ángela Gómez, sobrina mayor de José Manuel, cuando dice: “A veces me pregunto si él tenía algún tipo de percepción extrasensorial y si sentía seres distintos a los que habitan aquí”. Piensa en esos versos y en el recuerdo más antiguo que conservaba la memoria de José Manuel, ese mismo recuerdo que alguna vez le contó a Piedad Bonnett:

“Un día estoy yo allí [en la finca de mi abuelo] y, de pronto, cuando salgo al corredor de atrás, como salido de los cuentos de aparecidos que contaba mi abuela, veo un fantasma. […] Era un ser muy extraño, que dio la vuelta y se perdió por el maizal. Yo sabía que era algo sobrenatural, que no era un ser de este mundo, y estuve aterrado por mucho tiempo”.

La Flaca tocó a la puerta del hogar de los Arango en la Semana Santa de 1964 para llevarse a don Clímaco. El padre nunca tuvo una ocupación fija, fue sacristán y también trabajó en Correos Nacionales, viajaba entre Puerto Berrío y Medellín mientras recogía y repartía el correo en cada uno de los pueblos por los que pasaba el tren. “Era supremamente religioso, laureanista, creo, godo en todos los sentidos, social y políticamente”, recuerda Gloria, la hija menor. “Mi papá tenía una clasificación moral de las películas. Si a Celia la invitaban a cine, la película tenía que estar en la clasificación ‘para todos’, y si no la encontraba en su clasificación moral se iba para donde el cura a preguntarle por esa película”.

Fue don Clímaco, quizá, con quien José Manuel sostuvo una relación más tensa: “Tal vez porque el padre es la ley, porque la relación con él es más conflictiva. Toda la adolescencia fue una pelea con el padre”, decía el mismo poeta.

Una larga conversación

Cada noche converso con mi padre

Después de su muerte

nos hemos hecho muy amigos

Tras la muerte del padre, José Manuel se hizo cargo de la familia. Tenía 26 años y enseñaba filosofía en la Universidad Pedagógica y Tecnológica de Tunja, el mismo claustro en donde se había graduado como Licenciado en Educación y Filosofía tres años atrás. Margarita, Sixto, Hernán, Gloria y Teresa, su madre, se mudaron a la capital boyacense. Los muchachos se fueron adelante con el trasteo, después llegaron las mujeres: “José Manuel terminó de criarnos a nosotros. Fue un excelente padre para mí y un excelente hijo; a mi mamá la quería, la consentía, duraban hasta altas horas de la noche conversando, él le contaba todas sus cosas”, recuerda Gloria.

El poseído

A veces
siento en mis manos las manos
de mi padre y mi voz
es la suya
un oscuro terror
me toca
quizá en la noche
sueño sus sueños
y la fría furia
y el recuerdo de lugares no vistos
son él repitiéndose
soy el que vuelve
cara detenida de mi padre
bajo la piel sobre los huesos de mi cara.

Solo Celia se quedó en El Carmen porque estaba a punto de casarse, al igual que José Manuel. Ese mismo año, el 10 de octubre, en la iglesia de las Nieves, en Tunja, el poeta contrajo nupcias con Clara Aurora Leguizamón, la mujer que lo acompañaría hasta el último de sus días.

En 1967, José Manuel regresó a Medellín, donde había estudiado el bachillerato, para vincularse como profesor en el área de Filosofía, en la Universidad de Antioquia; allí enseñó hasta 1989, cuando renunció con el fin de disfrutar de su pensión de jubilación. Apenas dos años después de haber asumido el cargo viajó a Estados Unidos, se graduó como Master of Arts, en la Universidad de Virginia Occidental, y se encontró con la efervescencia social causada por la guerra de Vietnam, con el auge del hipismo y con la fuerte influencia cultural que ejercía aún la generación beat. Aunque sus ojos, su sensibilidad, se concentraron en los poetas deBlack Mountain: Denise Levertov, Robert Bly, vitales en el desarrollo de su obra, menos estridentes, más acordes con su visión de la poesía, con su carácter.

De vuelta en su tierra se reveló el poeta que en silencio, oculto, había estado cultivando una voz desde las épocas del colegio, cuando escribió sus primeros versos. En la Universidad de Antioquia se hizo amigo de Elkin Restrepo, el primer escritor al que José Manuel conoció en persona. Una tarde, Elkin le pidió que lo acompañara a una editorial a retirar algunos ejemplares de un libro que recién había publicado. Fue ese el impulso final que necesitaba. José Manuel no estaba seguro de que su poesía valiera algo, pero la atmósfera del lugar, el olor de la tinta fresca y el sonido de los linotipos lo contagiaron.

Revisó sus papeles y una mañana en la Universidad, mientras se tomaba un café con Elkin, le entregó algunos de sus poemas y le pidió su opinión. “Para mí fue una sorpresa y un deslumbramiento. Yo no sabía ni sospechaba que él escribiera. Nunca había dicho nada al respecto; hasta entonces su condición había sido la de un gran lector de cuanto libro circulaba”, cuenta su amigo en el relato titulado “Nunca extravió el camino”.

Una noche de abril de 1973, José Manuel se reunió con Alonso Aristizábal, filósofo y poeta, en un café de la calle Maracaibo. Le mostró sus poemas y le pidió que le ayudara a encontrar el título. Alonso se sorprendió, como todos los que por esos días se enteraban de que el profesor de filosofía también escribía. “Entonces yo estaba obsesionado con lo que llamaba la poética de la noche de Bachelard y Blanchot. Abrí el legajo de hojas y de una vez apareció ante mis ojos un verso que dice ‘…este lugar de la noche’”, del poema “XIX”:

la calle nace

de un son de guitarra

 

agosto

cuando el calor tuerce las puertas

 

y en este lugar de la noche

purificado por la lluvia

 

la memoria, en las plantas

de los pasos del día

 

y un oscuro animal en mi sangre

Ahora era Elkin Restrepo quien acompañaba a José Manuel a la editorial. En las oficinas de Oveja Negra, sobre la Avenida Primero de Mayo, le presentó a Fernando Granda quien, por cinco mil pesos que pagó José Manuel de su propio bolsillo, diseñó y publicó 300 ejemplares de Este lugar de la noche que se terminaron de imprimir el 7 de agosto de 1973.

Fueron 47 páginas encuadernadas en una carátula negra ilustrada con dibujos de la luna. Adentro, un epígrafe de Diógenes Laercio: “Tales dijo que la substancia de las cosas es el agua y que todo está lleno de dioses”; una dedicatoria: “A Clara”; y luego 38 poemas, la revelación de la poesía de José Manuel Arango.

El epígrafe de Este lugar de la noche desapareció en ediciones siguientes de la obra, pero no su significado: “El poeta interpreta, o intenta interpretar la realidad más común, como si allí se agazapara, bajo clave, una verdad última que ya no es de este mundo”, dice David Jiménez en su ensayo “La poesía de José Manuel Arango”.

Después vinieron Signos (1978), Cantiga (1987), Montañas (1995), sus poemas póstumos y varias recopilaciones y reediciones de su obra, así como las traducciones: En Tres poetas norteamericanos (1991) tradujo a Emily Dickinson, Walt Whitman y William Carlos Williams; en En mi flor me he escondido (1994) volvió sobre los poemas de Dickinson y en El solitario de la montaña fría (1994) tradujo a Han-Shan. Ademásparticipó en las revistas Acuarimántima, DesHora, Poesía e Imago, y recibió el Premio Nacional de Poesía por Reconocimiento de la Universidad de Antioquia (1988) y el Premio a la Artes y las Letras de la Gobernación de Antioquia (1997). Su nombre se instauró así, lento, silencioso, sin aspavientos pero contundente, como era él, entre las antologías que reúnen a los mejores poetas nacidos en el país de José Asunción Silva.

Al tiempo que su obra ganaba reconocimiento, José Manuel vivió el dolor más hondo en su vida; de nuevo vino la muerte. Con Rodrigo compartía muchas cosas: el gusto por el arte, ciertas lecturas. “Era muy alegre, muy libre, los hijos de José Manuel crecieron con mucha libertad, con respeto, confianza y muy unidos a sus papás”, recuerda Guillermo Baena, amigo de la familia. José Manuel, Clara y sus hijos fueron muy unidos, solían sentarse a conversar y hacer cosas juntos, ir a cine, caminar. Cada domingo, era casi un ritual, José Manuel llevaba a sus hijos al parque, comían un helado, él leía el periódico mientras ellos correteaban y jugaban. Sobre ellos habla su poema “Viendo dormir al hijo”:

Qué bello cuando duerme:
De costado,

una rodilla recogida,
indefenso.

Y esa queja en el sueño,

desconsolada:
¿en qué sueña?
¿de qué se duele?

Yo, que soy su padre,
no sé de qué se duele.

Rodrigo tenía 20 años cuando al fin se graduó del colegio y quiso estudiar artes plásticas. El 30 de noviembre de 1985 se enteró de que había sido admitido en la Universidad Nacional; en la noche salió a celebrar y un bus lo atropelló. Rodrigo murió. “Fue algo muy triste, era ver que ya su hijo no iba a alcanzar eso que tanto lo llenaba que era pintar, y en esos días estuvo pintando muchísimo, dejó muchos cuadros hechos”, recuerda Ángela, su prima.

José Manuel, naturalmente, quedó devastado; se sentía huérfano, eso le decía a su esposa. Su silencio habitual se volvió doloroso, pero soportó la partida de su hijo mayor con valor, con discreción. Ni siquiera con sus amigos más cercanos se hablaba del tema: “Él era muy enemigo de la publicidad, muy enemigo de dolores convencionales: el pésame, el lo siento mucho, el qué pesar, de socializar las cosas por protocolo”, recuerda Jairo Alarcón, su colega en la Universidad por esos días.

Dice Guillermo Baena que esa “fue una pena que le duró toda la vida, pero especialmente los cinco años siguientes, los más críticos. Vio la vida en una forma muy distinta, podría decir que muchos de los poemas deCantiga vienen de ahí, le interesó mucho la muerte, su significado”.

José Manuel, por tradición, era el encargado de convocar a las reuniones navideñas de los Arango; ese año, apenas un mes después de la muerte de Rodrigo, lo hizo de nuevo. No hubo fiesta; a la media noche, antes de que comenzara el Año Nuevo, el poeta, el padre, salió a mirar las estrellas y lloró. “Obviamente no estaba de la misma manera pero estaba, sabía que tenía que seguir y siguió. Si no hubiera sido por la relación tan fuerte y hermosa que tenía con Clarita hubiera sido más difícil para los dos sobrellevar esa pérdida”, dice Ángela.

Aunque con un dolor profundo, José Manuel asumió la muerte de su hijo con cierto estoicismo, ese que era tan propio de su carácter parco y que las personas cercanas notaban hasta en su forma de andar por ahí. Caminaba parsimonioso, siempre por la sombra, cavilando, ensimismado, abstraído pero no tanto como para ser advertido. Era un transeúnte corriente de ropas sencillas: camisa de manga corta, pantalón de tela, nunca de jean; colores opacos, entre grises y azules claros; zapatos de cuero y un eterno saco de lana café terciado sobre sus hombros. Nada de lujos, ni en el reloj ni en el lapicero. Y un cigarrillo: Pielroja en una época, Royalen otra, siempre entre el índice y el corazón. A los pocos minutos de acabarse uno, sus dedos, ansiosos, buscaban el siguiente. En ocasiones, con la misma colilla del anterior lo encendía, luego lo sorbía con profundo placer, centímetro a centímetro. Al mismo tiempo hablaba pausado, dejando espacios de silencio, y el cigarrillo daba vueltas en el aire, atrapado en su mano, siguiendo el ritmo de sus palabras.

Pocos meses antes de su muerte, José Manuel llegó a la oficina de Luis Germán Sierra en la Biblioteca Central de la Universidad de Antioquia, y lo invitó a un tinto. Desde que Luis Germán lo vio llevaba un cigarrillo en la mano, lo movía entre sus dedos, le daba vueltas, se lo ponía en la oreja, lo olía pero no lo encendía. Se sentaron en una de las jardineras de la plazoleta Barrientos y José Manuel seguía con su juego.

José Manuel, ¿usted por qué no se fuma ese cigarrillo?

Es que me prohibieron fumar le contestó. Esto es como un desahogo; le doy muchas vueltas, lo huelo y, finalmente, me lo fumo, pero estoy fumando menos.

José Manuel se fumaba una cajetilla de cigarrillos diaria y, acompañado por el aguardiente, su trago preferido, aumentaba la cantidad. Muchas veces intentó dejar el cigarrillo pero no pudo y fue este vicio el que le causó su muerte.

En el último diciembre que pasó junto a su familia se reunieron en una finca en Santa Fe de Antioquia. Uno de esos días, todos se levantaron temprano y se alistaron para meterse a la piscina, todos menos José Manuel, quien estaba sentado solo, decaído, en la mesa del comedor. Su hermana Celia se le acercó y le preguntó si le pasaba algo. “No sé, nosotros ya estamos de cremación”, le contestó. “Él prácticamente programó su muerte. Me decía: ‘Celia, para qué más, yo ya hice lo que iba a hacer, ya no necesito más, ya me puedo morir’, cuenta su hermana.

Ese jueves 4 de abril de 2002, a las ocho de la mañana, sufrió un infarto y fue trasladado a la Clínica Cardiovascular. La clínica exigía un depósito de cinco millones de pesos, por tanto estuvo cerca de tres horas sin recibir atención. A su hermana Gloria le dijo que nunca había sentido un dolor físico tan fuerte como ese del corazón.

Los más cercanos iban llegando a la clínica. El Hamaquero supo que los médicos tenían planeado operar a José Manuel el lunes siguiente, pero que era una intervención riesgosa. En su cabeza rondaba la promesa mutua que se habían hecho después de una de las tertulias en el Jardín Botánico, cuando Alirio Machado, un policía, les habló sobre métodos para morir. Habían apuntado el nombre de una pastilla que, según Machado, era muy efectiva para tal fin, y se habían prometido, con un apretón de manos, que si alguno de los dos quedaba en estado vegetal o inhabilitado de alguna manera, el otro tenía que ayudarlo a morir.

José Manuel miraba con tranquilidad la muerte y con temor la agonía. El resto del día estuvo consciente. Hacia el final de la tarde, los médicos llamaron a los familiares y amigos presentes para que conversaran con el paciente, con la advertencia de que tenían que ser breves, a fin de no agotar sus energías menguadas. Junto a la puerta de la habitación se hizo una fila. Uno a uno entraban. José Manuel estaba conectado a tubos de oxígeno y demás aparatos médicos, se veía pálido, más delgado que nunca. Era consciente de la gravedad de su estado, pero estaba sereno.

Con Guillermo Baena habló de las traducciones de Emily Dickinson en las que trabajaba junto a Anabel Torres y de la revista DesHora. También le pidió que no publicara los escritos sobre el lenguaje de los sordos en los que había trabajado por años pero que, estimaba, aún no estaban terminados. “Queme todas esas bobabas”, le había dicho a Clara refiriéndose a sus textos inéditos.

A El Hamaquero, con quien se iba a encontrar ese día para tomarse unos tragos, le dijo entre risas: “Hermano, se nos dañó la citica, será dejar eso para mañana”. Además, hablaron de la huelga que había en la Universidad y de la librería de El Hamaquero, la que José Manuel ayudaba a sostener. Le preguntaba: “¿Cómo va el chucito? ¿Sí será que usted sobrevive de eso?”.

A sus familiares les insistía en que no se preocuparan, que volvieran tranquilos a sus asuntos. A Gloria, su hermana del alma, le dijo que ya tenía las maletas listas. A Clara, su mujer, su compañera de toda la vida, a quien solía decirle que había que llevar la carreta liviana, esa tarde le declaró su amor por última vez: “Clarita, acuérdese de que yo siempre la quise, la quiero y la querré”.

En la madrugada su estado empeoró, lo anestesiaron para intervenirlo de urgencia y perdió la conciencia. A las tres de la tarde de ese viernes 5 abril, el poeta murió en la unidad de cuidados intensivos, al lado de sus hijos, de su esposa y de algunos seres queridos. Al día siguiente su cuerpo fue cremado.

José Manuel recibió su muerte como había vivido la de su padre y la de su hijo, y como la había tratado en su poesía: con valor, con estoicismo, con naturalidad, como parte de la vida. El poeta se fue con “la Flaca”, no sin antes saludarla con esos versos suyos:

Y decirle, cuando llegue, a la Flaca:

Adelante, señora. Bien sea venida.


[1] Las declaraciones atribuidas a José Manuel Arango fueron tomadas del documental La humildad deljardinero, dirigido por César Montoya; de la entrevista que le hizo la revista Babel en su edición N°. 4 (diciembre de 1996); de la entrevista que le hizo Piedad Bonnett, publicada en La tierra de nadie del sueño(2002); así como de los poemas póstumos de Arango.

*Este artículo fue publicado originalmente en De la Urbe. Texto publicado en la edición 73 de De La Urbe