La enseñanza, para el reconocido fotógrafo Rodrigo Grajales, es la posibilidad de crear su propia construcción y el medio por el cual ayuda a descubrir el imaginario de las personas. Es docente en distintas Universidades de Pereira, popular por documentales y fotografías de obras como 342 (masacre de Trujillo Valle), Obliteraciones, Las madres del silencio y su más reciente exposición Borrar del mapa.

 

Para él, la fotografía es la memoria detenida en el tiempo, es decir, el fotógrafo nos revela la evidencia de ser seres temporales, rastreando las víctimas, los lugares y personas que han sido marcadas por un hecho.

Por: Saray Camila Rodríguez Malagón*

Fotos: Víctor Galeano

Sentados en un café frente a la Biblioteca del Banco de la República de Pereira, Rodrigo Grajales con su camisa remangada, de pantalón rojo amapola y zapatos negros  toma su frío té,  rememorando el día en que decidió ser fotógrafo. “En algún momento un hermano mío compró una enciclopedia que se llamaba Fidel Jaramillo García y observé en los artículos a un fotógrafo inglés que decía que él había elegido ser fotógrafo porque al elegir algo que le gustara hacer, no sentía que estuviera trabajando, sino disfrutando de lo que hacía”. Este  hecho, tan inesperado y simple, marcó importancia en su vida; puesto que  ¿quién diría que en una enciclopedia un joven de 22 años encontraría inspiración y vocación por la fotografía?.

Inicialmente empezó con la fotografía documental, sin embargo, en los años 90 decide alejarse de ella para probar en la fotografía experimental, luego en la comercial y más tarde en el periodismo. Este último, logró llenar sus expectativas y generar una profunda satisfacción. A partir de allí, su madurez en la fotografía ha venido creciendo en la medida en que la curiosidad e interés en aprender y saber, le permitieron conocer fotógrafos como Sebastião Salgado y Richard Avedon que lo inspiraron a buscar las posibilidades tan amplias que tiene la fotografía.

El campo del periodismo es una de ellas, al involucrarse en el ámbito de la investigación, del escuchar al otro, de buscar una información y publicarla, fue cambiando su forma de trabajo, de tal manera que terminó uniendo fotografía y arte en sus acercamientos a las comunidades indígenas, los movimientos sociales, las víctimas y los conflictos políticos.

 

Enseñar la sensibilidad

Cada día, a las 5:00 a.m., nuestro docente sale de la finca donde vive, para desplazarse y dictar sus clases, pues para él es un orgullo ser profesor y no es molestia alguna venir de tan lejos para enseñar y aprender de sus alumnos. “Considero que soy más docente que fotógrafo, puesto que la docencia me ha permitido proyectarme en los estudiantes; la evolución que llegan a desarrollar en sus vidas hace que hoy sean reconocidos y admirados y de alguna manera siento que en ellos me proyecté”.

Dando su lección diaria, el fotógrafo no olvida en recalcarles la idea de transformar el imaginario de la gente, ya que mediante algunos contextos históricos tan simples que llevamos en la vida, podemos ampliar una mirada del mundo, una relación con la realidad, una construcción de vínculo con sí mismo y una construcción comunitaria.

Para él, la fotografía es la memoria detenida en el tiempo, es decir, el fotógrafo nos revela la evidencia de ser seres temporales, rastreando las víctimas, los lugares y personas que han sido marcadas por un hecho.

Cada una de sus fotografías nos permiten recordar, reconocer que lo real está hecho de tiempo y de la memoria, puesto que estas dos posibilitan recordar que el pasado se encuentra manifestado en el presente como una forma para inscribirse a través de la realidad y participar de ella.

Es importante para un fotógrafo, o por lo menos para Grajales, conectarse con la realidad, reconocerse en las personas de la comunidad y construir con las víctimas un contacto o un vínculo. Es por ello que siente que ser fotógrafo no es un trabajo sino una pasión, en palabras de él mismo: “al principio tomaba la fotos como un fin, ahora es lo último en lo que pienso”, puesto que considera que lo que importa es escuchar y establecer una relación donde la víctima se pueda expresar y sentir en confianza; y de alguna manera contribuir en medio del dolor a la reconstrucción de su propia cotidianidad. Esto se logra desde que el individuo, víctima de la violencia, inicia un proceso de actualización de su pasado en el presente, que emerge de su nueva situación, ubicación y realidad.

Con todo esto pretende afirmar que recordar y rememorar contribuyen a definir la identidad personal de las víctimas; teniendo en cuenta que a veces sentía que no podía fotografiar, porque ¿cómo podría fotografiar a una persona que está llorando recordando a sus seres queridos? “Yo considero que lo más duro de la guerra es la desaparición, aunque la muerte es “terrible”, es más factible y menos doloroso en la medida en que se sabe que aquella persona está muerta; mientras que en la desaparición no la hay, en ella se da una eterna esperanza e ilusión de creer que posiblemente se puedan volver a re encontrar”. Allí radica la sensibilidad del autor porque para él no es importante la foto, para él lo importante son las personas.

En palabras del fotógrafo, “está prohibido olvidar para que los hechos no se vuelvan a repetir”, es decir, la memoria impide que olvidemos nuestro pasado con el fin de orientarnos a construir un presente que repare y reconfigure la realidad en la que estamos inversos.

Trabajo silencioso

Es importante mencionar que la mayoría de sus trabajos o proyectos fotográficos se ven trabajados desde el anonimato, puesto que su objetivo es ocultar los rostros de las victimas ya que la sociedad los niega y niega también sus identidades. Además, en cada rostro se hace una construcción de la obra humana oculta tras una máscara que en la humanidad se reconstruye con una mirada vacía y perdida que la guerra y la violencia han dejado en el país. Es por ello que sus fotografías basadas en la memoria pretenden volver y recordar, no desde la presencia de lo que ya no está, sino un volver a retomar la cotidianidad desde el ser, el habitar y el concebir una pequeña parte de la realidad pasada.

En palabras del fotógrafo, “está prohibido olvidar para que los hechos no se vuelvan a repetir”, es decir, la memoria impide que olvidemos nuestro pasado con el fin de orientarnos a construir un presente que repare y reconfigure la realidad en la que estamos inversos. Es así como la violencia política, la memoria y el pasado permiten tener la posibilidad de interrogar, de cuestionar acontecimientos del recuerdo que toman sentido en la medida que construyamos y proyectemos el futuro.

Grajales dice que la cámara es más que un instrumento que nos permite disparar, enfocar y capturar esos momentos importantes; es el medio que usamos como excusa para poder entrar a lugares, vidas y comunidades que de alguna otra manera uno no podría acceder, es decir, se utiliza la cámara como una licencia para llegar y tocar a las personas.

Por último, podemos decir que Rodrigo Grajales más que un exitoso profesional es un ser humano apasionado por lo que hace; una persona que se interesa por las problemáticas e injusticias que se cometen diariamente  en nuestro país; un docente que  imparte conocimientos para la transformación de la sociedad, un documentalista que reclama y crítica a través de sus obras y un fotógrafo colombiano testigo de los acontecimientos que las víctimas rememoran con el objetivo ser capturadas para un archivo que guarde los testimonios de un pasado casi olvidado.

* sarai.rodriguez@utp.edu.co