Pero a las 4:15 pm de ese 2 de octubre, el ánimo cambió. Y para los jurados que votamos por el “SÍ” la tristeza fue mayúscula, porque nos enteramos antes que cualquiera de lo que había pasado.

Por: Renton

centrodememoria

Imagen tomada de Centro de Memoria

El pasado 2 de octubre fui jurado de votación, como tantas veces lo he sido, porque a pesar de que la ley define que son millones los colombianos que pueden llegar a ser jurados en un proceso electoral, la verdad es que siempre somos los mismos los obligados a hacerlo una y otra vez, como si viviéramos en un país de pocos miles de habitantes. Pero ésta no es la única mentira que rige el proceso electoral en Colombia, también está la de ejecutarse siempre en un día domingo, la de consultar al pueblo para el cambio de gobiernos en el único día en donde ello es imposible, en el día de la eucaristía para muchos, en el día de estar con la familia tradicional para otros, en el día de no hacer nada, en el día en donde el cambio no ocurriría. Me pregunto qué sería de este país si las elecciones se hicieran los lunes de aburrimiento, o el martes como en Estados Unidos, o mejor los viernes o sábados por la noche para aprovechar ahí si la ley seca.

En todo caso las votaciones del 2 de octubre eran diferentes, podría asegurar que la gran mayoría de los jurados madrugamos ese domingo con otro ánimo, a pesar de haber recibido la misma capacitación de siempre hecha por la Registraduría, aquella dedicada más a sembrar el terror por las consecuencias que conllevaría el no cumplir con la obligación de ser jurado, que a la de promover un verdadero sentido de anfitrión de fiesta electoral. Y digo esto porque se trataba de unas votaciones donde ningún candidato “veintejuliero” sacaría provecho de tanto esfuerzo ciudadano para hacerse elegir, todo lo contrario, se trataba de una jornada libre de testigos electorales, sin puestos de promoción atrevida de candidatos con rostros de falsa sonrisa, sin miles de papelitos con infinidad de números regados por la ciudad, libre de alharacas y estruendos de carros llevando y trayendo votantes autómatas que comprometieron su voto, es decir: se trataba de la sencillez y claridad de un plebiscito. Si hasta los delegados de la Registraduría se veían desestrezados, los policías eran más amables de lo normal en la entrada al puesto de votación, y ni que hablar de las eternas señoras de la procuraduría que hasta sonrisas se permitían. Todo era Disney.

Pero a las 4:15 pm de ese 2 de octubre, el ánimo cambió. Y para los jurados que votamos por el “SÍ” la tristeza fue mayúscula, porque nos enteramos antes que cualquiera de lo que había pasado.

Aunque la votación por un plebiscito en teoría debería ser diferente a la votación por unos candidatos, me refiero a que se debería votar por argumentos y no por afinidades, y esto debería apreciarse en los votantes mismos, lo que terminó logrando el senador Uribe fue acercar el plebiscito a lo de siempre. Convertir lo extraordinario en ordinario. Terminó entonces siendo una votación visceral, del cuerpo, de las creencias y no del saber. Aquí debo decir que estoy de acuerdo con lo que expresó hace poco un conocido columnista, cuando dijo que el voto se escoge con las entrañas y no con el pensamiento, con las vísceras y no con la argumentación, y luego se construye un discurso para disfrazarlo de opinión. Y eso fue el mayor logro de Uribe: darle cuerpo al “NO”, ¡su propio cuerpo! Para que la votación siguiera siendo lo mismo, un asunto de glándulas y no de educación, un asunto de la oralidad y no de la palabra escrita, un asunto de los rumores y no de los acuerdos impresos, un asunto de portarse bien sino viene el coco y te castigará… Un asunto de domingos y no de viernes por la noche.

Ahora pienso que ese estrambótico cuadro que tenía una ferviente copartidaria del senador en la sala de su casa, dónde aparecía Uribe en cuerpo de santo, tuvo más impacto que las miles de páginas impresas con los acuerdos en cuestión, y que las columnas de cientos de opinadores que intentaron acallar los rumores.

Fui jurado en una mesa donde estaban inscritos 450 jóvenes, y al lado estaba otra donde se habían registrado 450 mujeres de cierta edad. Esto lo supe desde el principio porque los números de las cédulas también tienen historias para contar. Así entonces me preparé para recibir las cédulas de muchos que serían algo así como mis propios estudiantes, mientras al lado vería llegar algo así como muchas señoras de la generación de mi madre. Debo manifestar que no creo en el embeleco de los medios de comunicación cuando le exigen a las encuestas que acierten con el futuro de las votaciones, pues tengo claro que una cosa es responder un cuestionario, que es un acto verbal y ético, y otra introducir un voto, que es un acto físico y estético, pero también debo admitir que creí en el embeleco de las redes sociales. Con esto quiero decir que ese 2 de octubre, con mi inédito ánimo de jurado de plebiscito, vaticiné sin temor que mi mesa duplicaría a la vecina en votantes por el “SÍ”. Pero me equivoqué, como se equivocó todo el país. En mi mesa votaron poco más de 130 jóvenes que en gran mayoría no se parecieron a mis estudiantes que marcharon y marcharon: fueron jóvenes apurados, o con hijos muy pequeños, o que acompañaban a sus padres, y, en la mesa vecina votaron poco más de 300 señoras demasiado serias que sesenta años atrás habían estrenado su derecho a sufragar en el primer plebiscito realizado en el país, y de las que esperaba yo, ingenuamente, recordaran ese ánimo renovador de entonces y pensaran en la Colombia que le dejarían a los jóvenes, señoras que en su mayoría sí se parecieron a mi madre, que vio y vio televisión y se enojaba y enojaba con ella, que leyó los acuerdos, y que días antes me expresó que votaría por el “NO” porque pensaba seriamente en el país que le dejaría a su nieto. Sobra decir que en ambas mesas ganó el “NO”.

Se habló y se escribió mucho antes del 2 de octubre de que había que dejar el pasado y votar con esta idea, de que la educación debería imponerse a la ignorancia. Pero ese domingo a las 4:15 pm supe que de eso no se trataba, que lo que había que hacer era inventarse un nuevo futuro y votar consecuentemente, pero tal cosa en una parte de este país fue y será muy difícil que se dé, y duele que sea justamente en la parte del país más desarrollada, la de mayores niveles educativos.

Terminado el plebiscito, mientras caminaba hacia la casa de mi madre, como lo hago todos los domingos, supe que tenía que parafrasear dichos de campañas electorales extranjeras, y gritarme: no es la educación… ¡es la cultura, estúpido!