Una guerra no se cuenta con números, una guerra apenas se narra con rostros y voces. Y eso, si mucho. Rostros y voces que parecen perderse en la manigua, cada uno de ellos buscando entre el laberinto verde una salida para encontrar al niño que se pierde cuando la correa de un fusil presiona en el pecho.

Álex guarda silencio mientras manipula dos teléfonos celulares, siempre atento para complementar al superior cuando él se lo pide.

Texto: Antonio Molina. Fotografía: Rodrigo Grajales

Álex. Solo eso sabía sobre este hombre risueño de un metro con ochenta de estatura y un paso ágil al caminar. A medida que avanza la entrevista con Julio, encargado de esta comisión del Frente Che Guevara del ELN, Álex guarda silencio mientras manipula dos teléfonos celulares, siempre atento para complementar al superior cuando él se lo pide. Nos levantamos de la improvisada mesa y desaparece junto con su gente metiéndose por las callejuelas del caserío. Deben partir hacia el campamento, mañana será otra oportunidad de encuentro.

Por su manera de moverse da señales de ser un bailador consumado, una impresión que parece derrumbarse cuando se le pregunta por las aficiones musicales.

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“Diario mantengo feliz, pregúntele al viejo, a toda hora”. Cuando se refiere a Julio, este joven eleno habla como un hijo que pide la certificación del padre. No en vano Julio –un hombre que ronda ya los 60 años– cumple la función de hacer los llamados de atención, es quien corrige y sanciona si es del caso.

Temprano en la mañana, antes de empezar la charla, Álex estaba acompañado por otros jóvenes bajo el alero del desván de una diminuta casa aledaña a la cancha de fútbol del poblado. Reía y hacía todo tipo de chanzas con otros cuatro integrantes del ELN, entre ellos una guerrillera de baja estatura que les robaba la atención. Viéndolos desde la distancia, si se les quitaran sus armas y uniformes, parecerían conformar un grupo cualquiera de alegres jóvenes.

Por su manera de moverse da señales de ser un bailador consumado, una impresión que parece derrumbarse cuando se le pregunta por las aficiones musicales. Enumera baladas y vallenatos románticos, y los justifica porque “me gusta la letra, el sentir, el expresarse”. Desparrama sin pausa un listado de nombres. Marco Antonio Solís, Joan Sebastián, Los Chiches, Los Diablitos, Los Inquietos, Binomio de Oro… Sus artistas favoritos. Ellos son la única compañía cuando la noche cubre el lugar y cada quien se encierra en su cambuche para escuchar con deleite la música que un aparato de radio transmite en medio de la oscuridad, apenas matizada por los rayos de la luna que se clavan como fantasmagorías en medio de la vegetación espesa.

La radio se convierte, además, en el puente para saber lo que está sucediendo en el país y el mundo. Por ello, Álex instruye a sus compañeros de armas para que escuchen noticias, las cuales son comentadas y analizadas al día siguiente en el grupo. Aunque suena paradójico, las emisoras escuchadas pertenecen a Radio Cadena Nacional –RCN– y Caracol, los dos grupos mediáticos más poderosos del país, debido en buena medida a que son los que mejor se captan en los pequeños aparatos portátiles.

 

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Siempre cerca de Julio, durante el encuentro Álex sigue pendiente de todo lo que se habla en las otras entrevistas, hasta que, luego de casi una hora, se dispone a conversar alejado del grupo, en una esquina de un amplio salón abandonado, construido con anchos tablones que prometen derrumbarse en cualquier momento. Toma una silla vieja y se sienta con las piernas estiradas, la derecha cruzando la izquierda y así permanece buena parte de la charla. Cerca de él dormita uno de los cuatro perros criollos que los acompañan. Luce seguro, más de lo que se espera en alguien tan joven y poco acostumbrado a las entrevistas.

Cerca de él dormita uno de los cuatro perros criollos que los acompañan. Luce seguro, más de lo que se espera en alguien tan joven y poco acostumbrado a las entrevistas.

“Ya voy para 23 años”, dice. La edad en la que algunos citadinos ya tienen su título universitario, pero acá la graduación es diferente: “En estos momentos vengo, cómo le digo yo, de una escuela de suboficiales donde lo preparan a usted para ser mejor y para mirar cómo va a llevar el futuro de la organización”. Álex hace referencia al proceso formativo que tiene el ELN para ascender, donde quienes asisten se fortalecen en los campos ideológico y militar.

Aunque no está armado, sí lleva el uniforme camuflado con las insignias del ELN y las botas militares que le suman una extraña marcialidad a una pose de por sí apacible. Se retiró del colegio en noveno grado, pero sus respuestas dan a conocer que conoce sobre los problemas sociales que aquejan a Colombia, uno de los países más desiguales del mundo, según todas las mediciones que a cada tanto los medios divulgan, pero que a pocos pareciera importarle.

Acompaña cada frase con una expresión en extremo seria o con una sonrisa casi de adolescente. Va de un gesto al otro sin transición alguna, desconcertando con las oscilaciones expresivas que, a pesar del esfuerzo para disimularlo, permiten intuir a un hombre para quien su vida es un juego, ese mismo en el que apuesta todo en cada combate, en cada escaramuza con el Ejército o con los grupos paramilitares que desean retomar el control del Chocó, el departamento de la Costa Pacífica que lo vio nacer y en el que ha desarrollado sus casi ocho años como militante de este grupo insurgente, hoy en diálogos con el gobierno colombiano.

Cursaba sexto grado cuando empezó a sentir curiosidad por saber sobre lo que era la guerrilla. “Usted sabe que los profesores a uno nunca le van a hablar de lo que es la guerrilla, sino que diario le hablan del ejército, a toda hora. Hablan mal de la guerrilla, de los otros grupos, y uno es muy curioso y para eso está el internet”.

Empezó como miliciano clandestino, como se llama a aquel que se camufla entre los civiles, para más adelante convertirse en miliciano público, imponiendo el orden entre los habitantes del corregimiento donde vivía, secundado en ese momento por tres compañeros del colegio. “Nosotros éramos un grupo, unos muchachos; unos se cansaron, se fueron, éramos 18 y apenas quedo yo”. Sonríe, como quien ha superado una prueba ardua y puede declararse invicto.

Oyéndolo, vienen a la memoria los versos de Roque Dalton, esos que signan la tragedia de tanto miles de jóvenes de la América ignorada:

Mis lágrimas, hasta mis lágrimas
endurecieron.

Yo que creía en todo.

En todos.

Yo que solo pedía un poco de ternura,
lo que no cuesta nada,
a no ser el corazón.

Ahora es tarde ya.

Ahora la ternura no basta.

He probado el sabor de la pólvora.

Una victoria con momentos amargos, como aquel día en el que su hermano, dos años mayor, cayó muerto a su lado durante un combate con el Ejército. Lo comenta con aparente tranquilidad, con una compostura que nadie espera en alguien de su edad. “A uno le duele, le da guayabo, pero uno sabe que son cosas de la guerra, uno sabe que la guerra como nos da nos quita”.

El perro sigue durmiendo bajo sus piernas, apenas mueve la cola para espantar alguna mosca. Afuera del rancho el sol del mediodía hace lo suyo en este caserío ribereño, pero adentro nace una corta pausa en la charla. La penumbra parece llamar al recogimiento y la complicidad; el rostro de Álex continúa imperturbable cuando añade que todos los compañeros de armas son como hermanos, todos duelen igual cuando mueren, “uno siempre se siente un poco enguayabado”, refiriéndose a la ausencia.

Surge de inmediato la pregunta por el miedo durante los enfrentamientos que suelen darse con otros actores armados. “No, hasta el momento no he llegado a sentir temor, porque uno sabe, es como acostumbrarse y es como el coraje que usted tenga. Nos han tenido muy apretados. Cuando mataron a mi hermano yo estaba ahí, estábamos apretados y no llegué a sentir miedo”.

Para sobrellevar el duelo, cada aniversario se recuerda a los muertos en combate. Sus palabras, las anécdotas, poemas y otras vivencias hacen parte de la charla entre quienes lo acompañaron durante esta guerra que no da refugio para el dolor o el miedo, apenas permite vivir al día. Quizá, mientras los rememoran, aceitan sus fusiles y repiten con palabras mecánicas los versos de Dalton. Cosas de la guerra.