‘Todos los reporteros somos unos colonizadores’: Alma Guillermoprieto

Ilustración / Horizontal

Alma Guillermoprieto es, de lejos, una de las más importantes periodistas y escritoras de América Latina, en un ejercicio profesional que la ha llevado en un recorrido por casi medio siglo de historias publicadas en prestigiosos medios como The Guardian, Washington Post, The New Yorker y Newsweek, entre muchos otros. Aunque se encuentra en recuperación de una dolencia, concede esta charla virtual. La autora estará en la sexta versión de la Feria del Libro de Pereira.

 

Por / Giovanny Gómez

Yo me voy a ir a Al pie de un volcán te escribo, que es el libro que aparece publicado por Norma en los años 90, y la primera curiosidad que uno tiene, yo soy estudiante de literatura, es cómo fue la experiencia de traducirlo al español al lado del maestro Hernando Valencia Goelkel.

Responde con una voz suave, pero tensa debido al esfuerzo que hace para hablar.

En realidad, la que hizo la traducción más que Hernando, a quien yo nunca conocí, fue su sobrina Margarita Valencia. Yo creo que ha sido un proceso, Margarita ha seguido traduciéndome muchas veces. Ha sido un proceso lento y difícil, ir descubriendo el equivalente de mi uso del inglés en español. Yo soy pésima traductora, pero soy muy buena para detectar las fallas de tono en las traducciones, sea de mis propios textos, sea de otros. Y lo que había realmente era como una seriedad que no es muy mía, en inglés mi escritura es muy juguetona. Entonces, eso ha sido un proceso despacioso, en el último libro, la última antología de textos míos, que se llama Desde el país de nunca jamás, Margarita también fue la traductora y ahí ya hay más soltura y también por eso, yo creo que motivada por eso, yo escribí nuevamente en español.

Recibiendo el Premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades 2018. Fotografía / Cortesía

Incluso, hablando de este libro, entiendo que esa selección de crónicas las hizo en conjunto con Claudio López de la Madrid, ¿cómo fue esa conversación para ir creando el ritmo que justamente necesita una selección?

Pues fue bastante sencilla, Claudio quería incluir textos míos del Washington Post, yo creo que son solamente del Washington Post –recuerda Alma, mirando hacia arriba–, no hay ninguno del Guardian, no, pero quería incluir los textos del Washington Post. A mí me parecía Alma cierra los ojos con fuerza, levanta la mano izquierda en abanico sin mover el codo y se toca la garganta en señal de dolor que eran bastante diferentes de los textos para revistas, los textos que escribí después. Las crónicas están incluidas en la antología, pero él insistió en que esos primeros textos tenían valor histórico.

Le dije “está bien”, posteriormente que quería incluir algunos de los textos que él no conocía, que yo escribí sobre la comida para la revista Nexos y él dijo “está bien”, sin poner mayores reparos. Creo que tuvimos que seleccionar porque se iba haciendo enorme la antología.

Alma vuelve a tomarse el cuello, esta vez con la mano derecha, tras su cabello corto y de crespos se pueden ver estantes largos que atraviesan el recuadro de la videoconferencia de lado a lado, libros inclinados, cuadros, retratos, quizá orfebrería, los ocupan.

Y yo era de la opinión que debía de ser más delgadito el libro, que yo era una escritora pues muy poco conocida en realidad en español y que la gente no iba a comprar un libro tan grande y tan caro de una escritora desconocida y él dijo que no, y yo le dije está bien, esa fue toda la discusión.

 

A propósito de todo eso que usted está diciendo, con toda la experiencia que usted tuvo en The Washington Post, en Newsweek, en The New Yorker, cómo es narrar en inglés toda esta curiosidad que usted ha tenido por América Latina, sobre todo porque usted la ha recorrido a pie, conoce todos sus matices, llevar eso al inglés y que pudiera perdurar un poco esa esencia.

Yo creo que ha sido muy útil para los lectores en español esa tarea que yo hice de servir de traductora de alguna manera de una cultura, no de un lenguaje sino de una cultura, que es la mía. Traducirla a un público muy ignorante de América Latina, muchas veces, aunque yo creo que tengo muchos lectores en inglés que, al contrario, que su familiaridad con América Latina les lleva a leerme. Lo que sucedió es que después de ese trabajo inicial de traducir una cultura y escribirla, de manera seductora si tú quieres, para el público angloparlante en Inglaterra, en Estados Unidos y en Canadá, hasta eso que tengo lectores en Canadá. Pasados los años fue muy importante para el público en español, porque el pasado es otro país, sí, como dijo James Baldwin, y entonces yo me encuentro con lectores argentinos que dicen, claro, así fue, igualito, porque lo pueden ver ya con cierta distancia. No sé si a ti te sucederá con los textos colombianos, que hay como una síntesis de una situación que con la distancia le resulta familiar a los lectores para los que lo escriben.

Nos adueñamos de un paisaje y se lo regalamos a los lectores. Y eso tiene sus problemas éticos…

Usted ha visto unos paisajes que muchos de nosotros siendo latinoamericanos intuimos que existen, pero no lo hemos vivido. Veo en su biblioteca que usted tiene El río, de Wade Davis, y cómo se reconcilia con esas lecturas que también que abarcan esa aventura narrativa que usted también asume.

Yo creo que es otro El río, espérame –Alma se levanta del mueble con la espalda recta, pocillo en mano, mientras habla y busca el libro al que aludió Giovanny–, pero vale la pregunta sobre Wade Davis… este El río es de un escritor guatemalteco genial que murió muy viejito en México, exiliado, Luis Cardoza.

 

Ah, el maestro, claro.

Sí, ese es El río que estás viendo

 

No sabía

Pero vale la comparación con Wade Davis que es un genio y que ha escrito uno de los libros clásicos realmente sobre, no sobre Colombia, ni sobre las drogas alucinógenas, sino sobre un paisaje cultural remoto y misterioso, en el cual él actúa un poco como conquistador, como actuamos los reporteros, pero conquistador con la mirada. Yo creo que todos los reporteros somos unos colonizadores o conquistadores con su mirada. Nos adueñamos de un paisaje y se lo regalamos a los lectores. Y eso tiene sus problemas éticos y encuentra muchas veces reparo en el nativismo que dice que solo las personas que viven una situación tienen derecho a escribir sobre esa situación, yo no estoy de acuerdo. Yo creo que la mirada es universal y viéndonos desde afuera también aprendemos a vernos a nosotros mismos

 

Usted escribió una frase que me conmovió mucho, yo estoy leyendo ¿Será que soy feminista? y la cito porque tiene mucho de lo que acaba de decir y es “Mirar es pensar, pensar es descubrir” y sobre todo porque pensar en este sentido de lo que usted me acaba de  mencionar habla de que cómo poder mirar sin lo que somos, sin la historia previa de lo que es cada uno, porque miramos con nuestros prejuicios, miramos con nuestras preguntas y mirar al otro también significa despejarnos un poco de quienes pensamos que somos para poder verlo realmente. ¿Cree usted que se puede hacer esto en la literatura realmente o simplemente tratamos de hacer una aproximación?

Sí, me gusta mucho todo lo que acabas de decir, yo creo que todo eso es cierto, y quizá yo cambiaría la palabra que cambié antes de conquistadora por la de descubridora, tal vez sería más exacto. Yo escribo mucho usando la primera persona por una razón ética que es decir esta no es una opinión abstracta, quien está mirando esta situación, este paisaje, esta persona, soy yo, una persona específica también con toda mi carga de ser una persona en el mundo, ¿no? Pretender que existe una mirada objetiva es absurdo, no existe eso, y la relación entre seres humanos es así. Aceptarnos y descubrirnos con todas nuestras particularidades desde nuestras propias particularidades y las particularidades del otro. Y no sé cómo se nos puede ocurrir que eso está mal o está bien, así es.

Eso requiere energía física y me parece hoy casi inconcebible lo que me gasté de vida en esos reportajes. Fotografía / Cortesía

Sí, es verdad. Yo le voy a hablar con un prejuicio de mi generación y que cuando la leo a usted lo he cambiado y es que cuando crecí yo pensaba que lo que ocurría a mi alrededor no era importante, porque las historias venían de otra parte, y entonces yo crecí en Bogotá, yo crecí en el sur de Bogotá y entonces el mundo era de otra parte hacia el norte, no era por los lados por donde yo estaba, y eso culturalmente lo digo porque nos costó mucho tiempo, –bueno lo digo por mí– pensar que nuestras historias tenían mucho que leerse y esto se lo pregunto con lo que me acaba de decir porque el yo hoy en día parece que sin él no se pudiera relatar los momentos, sin asumir esa conciencia del yo, es mi vida la que te está contando esto a otros y a mí, ¿no?  Y yo lo digo porque esto no es solo narrar una historia sino intentar comprenderla o intentar significarla. Usted cuando revisa sus textos, por ejemplo, para una antología como estas, ¿siente que han cambiado? ¿Cuando usted los vuelve a ver siente que han cambiado?

Sí, claro que sí, claro que sí. Por lo general cuando yo miro los textos e implícitamente la persona que yo era en ese momento la veo con cierta admiración en cuanto al trabajo, digo púchica, se necesitó mucha energía para hacer eso, se necesitó mucha energía física para hacer los reportajes que yo hacía en esa época. Los días de viaje, las horas de caminar, la paciencia para aguantar condiciones muy diferentes a las mías y escuchar a las personas hablar horas y horas, y horas para tratar de entender qué era lo verdaderamente importante y comunicable. Eso requiere energía física y me parece hoy casi inconcebible lo que me gasté de vida en esos reportajes. Por otro lado, me doy cuenta que al igual que tú a mí siempre me pareció que mi propia vida no tenía ninguna importancia, ni ningún interés, y eso iba reforzado por el hecho de ser mujer. Y en parte ¿Será que soy feminista? es una toma de conciencia de que yo estoy en el centro de mi mundo inevitablemente, yo me pasé la vida tratando de poner a los otros en el centro de mi mundo como todes reporteres, y de repente dije no, ha sido mi vida también.

 

Usted ahí ha dicho una palabra que nos cuesta en estos días, que es escuchar.  Y sobre todo porque si no escuchas no te ganas la confianza de la persona que te está contando la historia, ni puedes ver los matices, ¿cómo era lograr escuchar tantas historias y que no le removieran su propia vida?

Eh, no, porque mi vida era muy ajena a todas esas vidas. Me afectaban mi propia vida que es diferente, ¿no?

 

Ah, gracias, gracias. Sí, es que yo a veces he trabajado haciendo proyectos de educación en muchas partes del país y el regalo a veces de los viajes es poder escuchar, más de lo que se puede decir. Y voy también a eso con lo que usted acaba de mencionar en ¿Será que soy feminista?, tomar conciencia de hablar por uno mismo no solo implica valentía, como usted lo dice también en su libro, sino conciencia de uno mismo. Y uno mismo qué es en el relato de una historia, a cuenta de todo eso que usted nos dice

Sí, ¿esa es una pregunta?

 

No, un comentario, lo que pasa es que se me salieron

No, de acuerdo, así es, así es. Que además yo creo que es una condición necesaria para les reporteres.

Pero la verdad es que como se ha permitido que todos los tratados de paz se desbaraten, estamos viendo que en el campo no ha cambiado gran cosa. Fotografía / Cortesía

Doña Alma, usted ha contado la Colombia desde los años 80, de finales de los 80, lo que pasó en los 90, y obviamente su residencia entiendo que sigue siendo Bogotá. ¿Cómo ve los cambios?, ¿hay cambios en esta realidad colombiana que usted ve?, ¿o sigue el eterno retorno? En el que también nos consolamos culturalmente.

Yo creo que las ciudades han cambiado, no necesariamente para bien, pero han cambiado de una manera. Bogotá, sobre todo, de una manera muy aparatosa. Se ha llenado de edificios altos, de ciclovías, la ciclovía está bien, el parque está bien. Pero de una manera que dice muy conscientemente, además, yo creo, somos un país civilizado, ya no somos ese país salvaje de antes. Pero la verdad es que como se ha permitido que todos los tratados de paz se desbaraten, estamos viendo que en el campo no ha cambiado gran cosa. Hay una cantidad de líderes sociales, que es un cambio maravilloso, pero a esos líderes sociales los están asesinando. Entonces yo a veces he especulado que Colombia es un país traumatizado y que uno de los elementos del trauma es que necesitan recrear constantemente las condiciones del trauma. Pienso que tal vez hay muchísimos colombianos que no se sienten seguros si no andan armados, que no se sienten seguros si no están en pie de guerra, porque se sienten vulnerables y la vulnerabilidad les resulta aterrorizantes. Entonces sí, la situación de la Colombia rural es cada vez más desastrosa. Y uno pues lucha para no hundirse en la desesperanza.

A Alma se le sienten los cambios de tono en la voz, a la vez firme, pero que se quiebra cuando comenta algo que seguramente la afecta, un poco como los libros que se observan en el encuadre, que se inclinan sin caerse.

 

Alma, usted escribe con una delicadeza, yo la leo con una delicadeza y es algo que agradezco mucho, y siempre siento que esa delicadeza refleja no solamente nobleza humana, sino que refleja algo de esencia en la poesía y como yo veo su biblioteca de fondo, le pregunto si la poesía la ha acompañado en esta aventura de escritura que ha hecho.

Sí, mucho. En realidad, no estás viendo la sección de poesía porque está por otro lado, pero no me voy a volver a parar.

 

Tranquila.

Mucho, claro que sí. Hay dos poetas que me son muy caros y uno es César Vallejo,

 

¡Ah, qué hermoso!

Que yo creo que encarna esa violencia y esa brutalidad y esa delicadeza andina, muy específicamente. Y el otro es Fernando Pessoa.

 

Qué belleza, no le quiero quitar más tiempo. Una última pregunta y es que como ahora la corriente de la cosecha literaria que vemos en el mundo se signa en el yo para contar sus testimonios o las ficciones o las denuncias de su pasado, de la violencia que cada uno lleva, ¿piensa que ese tono llega para quedarse o que es simplemente un matiz de narración que tiene nuestra época? Lo digo porque ahora todo es yo, yo, yo, hablo de la ficción también, que ahora las historias si le agregas un poco de tu pasado tienen más atención

Es un recurso muy fácil. No, yo creo que hay dos tipos de uso del yo, uno es el que se precisa en los años 60, que es la nueva narrativa o la nueva crónica. Que es ese esfuerzo por decir esta no es la realidad objetiva, este soy yo, Hunter Thompson, que se menciona muy poco en español y que es el gran protagonista de ello, es un gran ejemplo. Norman Mailer es otro que no me gusta tanto. Y el yo actual, es un yo que refleja, a mi manera de ver, el enorme narcisismo que nos está devorando a todos. Es un yo que no cree que haya nada importante si no es algo que nos afecta. Mi cuerpo, mi cappuccino, mis zapatos tennis, mi suéter, la ecología que afecta mi jardín, y eso también me causa un poco de desesperanza.

 

Una vez el maestro José Emilio Pacheco, antes de las selfies, decía que odiaba a los turistas porque no tomaban una fotografía del Louvre sino que decían yo estuve en el Louvre

Los selfies…

 

La última vez que yo vi a García Márquez, que lo vi en Cartagena, que hasta ahora empezaba lo de las selfies, don Gabriel estaba casi dormido sobre la mesa, acompañado de doña Mercedes y las personas se acercaban y se tomaban las selfies, sin importar que estuviera dormido, y yo decía es que no tienen conciencia de con quién están y el respeto de la persona. Y eso es extraño.

Yo quisiera hacer una pausa nada más para agregar… la tristeza que me ha dado la muerte de Mercedes es que realmente con ella muere toda la encarnación de un mundo, es el último enlace que teníamos con la realidad de García Márquez como ser humano y como encarnación de ese Caribe. Entonces, sí se murió ella, pero con ella se murió un mundo y eso me pareció tristísimo a mí.

 

Caramba, y sumercé también fue muy cercana a García Márquez, ¿cierto? Qué recuerda de él en estos momentos cuando uno lo tiene presente porque está en la memoria de uno, pero ¿cómo lo recuerda usted?

Pues yo lo vi mucho, claro

 

¡Ah, qué maravilla!

Yo creo que García Márquez realmente está en sus libros, realmente. Acabo de escribir un prólogo para una recopilación de sus textos anteriores a Cien años de soledad. Y me estuve releyendo toda esa obra y Cien años de soledad, obviamente, y es notable cuánto él está en esos libros, es todo lo que le apasionaba, está en esos libros. Y era una persona con una vitalidad gigantesca, y al mismo tiempo imbuido de un sentimiento trágico porque él se enfrentaba a la realidad de su país.