Por las mil y una razón de siempre que ya sabes de memoria: no hay buses suficientes para tanta gente, el tráfico pesado de la ciudad nunca duerme, algunos alimentadores han ingresado a los talleres… en fin, todas las excusas valen.

 

Por: John James Galvis Patiño*

Los capitalinos habitantes de la caótica Bogotá, habitualmente solemos levantarnos de lunes a viernes bien temprano –tipo 3, 4, o, 5 am-. Mínimo con dos horas y media de anticipación del destino deseado, ya sea éste estudiantil o laboral; y si se vive en Soacha no hay opción, la levantada obligada es a las 3 de la mañana. De esta manera, usted asegura su llegada a tiempo.

Como de costumbre, las madrugadas son frías, lluviosas o transcurren entre blancos cortinajes de neblinas que penden de edificios y descuelgan, a la vez, por calles y potreros tiritantes de frío.

Antes de llegar a la estación de abordaje principal, ubicada por lo general a unos cuantos kilómetros de tu casa. A esa hora ya el hormiguero humano pulula de antenas y patas trenzadas en las más épicas batallas por lograr ingresar al sistema; hay que realizar un primer viaje en un bus alimentador de color verde, que nos acercará a dicha estación; igual, pocas veces lograrás tomarlo a tiempo y en el primer intento que realices.

Por las mil y una razón de siempre que ya sabes de memoria: no hay buses suficientes para tanta gente. Fotografía / El Tiempo

Por las mil y una razón de siempre que ya sabes de memoria: no hay buses suficientes para tanta gente, el tráfico pesado de la ciudad nunca duerme, algunos alimentadores han ingresado a los talleres… en fin, todas las excusas valen.

La frecuencia a intervalos espaciados entre bus y bus, empieza a enervar tu sentido de puntualidad; mientras te asalta la maquiavélica duda de parecer cronometrados para ir siempre atestados, hasta el punto de que no queda silla ni para el conductor mismo.

Entretanto, los demás pasajeros nos apilamos como cuadritos de Tetris elevados a la máxima expresión matemática o mejor, comprimidos por centímetro cuadrado. En el intermitente afán de siempre, el chofer suele activar los sistemas de luces y sordos pitos del coche que insistentes nos obligan a subir antes que dejar bajar primero; y así, el apiñamiento inicial ahora se torna en una especie de camándula anudada entre las puertas que se niega a avanzar.

Por un momento acallas en tu mente la arrojada idea de sortear a pie ese largo tramo entre tu casa y la estación, por requerir más tiempo del que dispones y, además, por la omnipresente posibilidad de quedar expuesto a un atraco.

Luego, la opción inmediata que salta a la vista es abordar una pequeña van; coche-perro callejero de destartaladas latas y harapienta cojinería, que va y viene todo el tiempo escurridizo por entre el pesado tráfico que se sabe de memoria.

Luego, la opción inmediata que salta a la vista es abordar una pequeña van; coche-perro callejero de destartaladas latas y harapienta cojinería.

Al igual que ágiles gaviotas que en vuelo rapan el alimento a torpes aves de mayor envergadura, así avanzan las menudas Aerovan arrebatándole pasajeros al sistema. La tarifa es cómoda, no supera el pago de un pasaje corriente; pero incluso ni pagando viajarás a gusto.

De multiplicados e irregulares asientos, traducidos en improvisados bancos sueltos y sin ningún cinturón de seguridad, vas a la deriva, sólo dependiendo de la fuerza de tus brazos y piernas para sortear bruscos giros de prohibidas flechas y aceleramientos súbitos eludiendo semáforos en rojo.

Maniobras peligrosas y de vieja maña aprendidas; cual juego escapista del gato y el ratón para evadir controles y retenes policiacos, mientras prestan su ilegal, pero práctico servicio.

La tercera opción de transporte alimentador, suele ser la más kamikaze y menos recomendada de todas.

La tercera opción de transporte alimentador, suele ser la más kamikaze y menos recomendada de todas; es aquella ofertada por multiplicados bici-taxistas, invasores de todas las horas, parqueados en espacios públicos que prestan sus servicios en inseguros e inestables carruajes de caballitos de acero, tirados por ruidosos motores a combustión, que hace rato perdieron sus atributos de seguros y amigables con el medio ambiente.

Su loco transitar, asemeja una montaña rusa escalando y descendiendo por andenes peatonales y estrechas ciclorrutas vedadas para su uso; pero igual, hay que avanzar aunque para ello se deba ir en contravía,  zigzagueando por entre el tráfico; y ni siquiera la rigurosa orden de pare de un semáforo los detiene.

Los transeúntes donde quiera que nos hallemos, siempre debemos estar alerta para abrirles paso en su alocado afán. Si aun así logras llegar a salvo al bajarte de uno de ellos, hay un suceso que no pasará desapercibido: el sacro remendado de tu escalera lumbar, tal vez haya regresado a su lugar, o quizá, terminó por desbarajustarse entre los excesivos brincos y huecos del torpe recorrido del triciclo.

Ahora con tu estrés rayando al límite apenas despuntando el alba, has logrado la titánica labor de embutirte en uno de esos gusanos rojos.

Ahora con tu estrés rayando al límite apenas despuntando el alba, has logrado la titánica labor de embutirte en uno de esos gusanos rojos articulados, traga gente sin rostro, ni otredad; donde al ser deglutido y avanzar por entre sus viscosas vísceras retorcidas, te vas transformando en una amalgama Guernica de roces, toques y manoseos intencionales e involuntarios; donde tus pertenencias ya no son tan tuyas, ni aún las más íntimas;  y ni qué decir de tu dignidad pisoteada y ultrajada por un sistema diseñado y mimetizado en una arquitectura del montón; con el ánimo de usufructuar los mayores rendimientos, aun a costos de la menor idoneidad de viaje urbano. Ha de abonarse a su favor, el propósito por un ágil transitar de carriles exclusivos; pero, torpedeado a la vez por su propio rompecabezas de losas fragmentadas.

Una vez adentro del articulado, y en ese primer aliento apretujado que logras inhalar entre todos los demás hálitos agolpados de corral, que en horas lluviosas suele adherirse en forma de vaho a las ventanas empañadas; allí traviesos deditos trazan inocentes las únicas caritas felices del viaje.

Entonces, empiezas a proyectar en el video beam de tu memoria gráficas escenas transcurridas tras el agónico ingreso: voces aunadas de mujeres gritando al ser estrujadas y aprisionadas contra las puertas de acceso, que esporádicamente pierden uno de sus zapatos; el pasajero que arrojado a la fuerza e incapaz de resistir el embate  arrollador de borregos despotricados fue a parar de primero al fondo del bus en la ruta no deseaba.

Porque no sólo el ingreso es caótico; también a la hora de la salida debes contratar  al menos dos o tres abogados expertos.

Y como no recordar con una sonrisa la única situación sarcástica y divertida con que te premió el caos reinante; cuando aquel espigado y delgado joven de rostro imberbe y nombre desconocido, en la efervescencia del momento, gritaba con voz amanerada en un tono apenas perceptible desde la montonera de gente: “salgan malditos e ingresen desgraciados”.

Porque no sólo el ingreso es caótico; también a la hora de la salida debes contratar  al menos dos o tres abogados expertos, de esos con maestría en extracción y halado de extremidades y doctorado en construcción de bloques de lego, para que una vez  logren sacarte del tumulto,  justo en tu parada final de viaje, puedan volver a reconstruirte tal y como eras antes de ingresar al sistema.

En esos escasos y extraños intentos por viajes más relajados en horas valle, donde los estrechos corredores de los articulados suelen despejarse, se convierten entonces, en las horas predilectas de cuanto vendedor y mendigo existen en la ciudad, aunado a la diáspora sinfín de venezolanos damnificados del execrable chavismo.

Payasos, cuenteros, predicadores, yerbateros, politiqueros de turno, viudas, separados, desempleados, vagos, mentirosos, locos, borrachos, vividores, ladrones, estafadores y hasta profesionales fracasados, etc.

Aunque sería injusto no hablar que también del arte se vive en Transmi-lleno. Reguetoneros, raperos contorsionistas; intérpretes de instrumentos de viento y percusión. Destempladas guitarras que traslucen, asomadas por entre la oquedad de sus laterales, ásperas voces de solistas anónimos y trans-estacionales en su diario rebusque. Todo un desfile circense y musical, por la módica suma de un pasaje de bus.

Si después de sortear esos peligrosos y engorrosos obstáculos: puertas de estaciones entreabiertas/ violentas arremetidas en la fila que te empujan al filo del despeñadero.

Si finalmente logras llegar a tu lugar de destino, sin importar si lo hiciste a tiempo o no, lo que cuenta es que llegaste y punto. Si después de sortear esos peligrosos y engorrosos obstáculos: puertas de estaciones entreabiertas/ violentas arremetidas en la fila que te empujan al filo del despeñadero, donde arriban intempestivos y arrolladores los pesados buses/ vigorosos canes embozalados, que a la voz azuzadora de vigilantes de registradora embisten a los colados, deformando así la imagen amigable que los pequeños siempre llevan del firulais compañero y familiar.

Se suman a ellos, chimeneas ambulantes/ repetitivos e insistentes vendedores/ riñas/ paquetes sobredimensionados/ neveras/ camas/ bicicletas/ atolladeros de cochecitos de bebé/ malos olores/ contaminación biológica, auditiva y visual/ tumultos humanos/ parlantes estridentes/ maledicencias / conversaciones/ borrachos/ indigentes/ cosquilleos/ chitos, maní, caramelos.

Aún cuentas con la fortuna de conservar todas tus pertenencias, mas no tu dignidad; en parte por los artificios aprendidos para esconder entre tus partes más nobles enormes celulares y dinero; no olvides también agradecer al cielo, que hoy se ha convertido en tu aliado; y recuerda volver a encomendarte a él, pues aún te falta el viaje de regreso a casa.

jgalvis569@unab.edu.co