En total son treinta y cinco años al frente de este lupanar, chochal o puteadero, llámelo como quiera; de este lugar donde cualquiera puede venir a comer solo un helado o a almorzar mientras ve la telenovela de la tarde. O a hacer lo que se hace en un puteadero.

 

 Fotos y texto: Giussepe Ramírez

Hace calor, se bebe, se discute de literatura y

se contempla a las mujeres, pensando, eligiendo

con cuál de ellas se hará esa noche un triste y pagado amor.

Julio Ramón Ribeyro

 

 

—Cuando le hicieron la regresión, ¿qué vio?

—Vi el nacimiento mío.

 

Se llama como se llama por Elizabeth Taylor. Si hubiera sido un niño se habría llamado Richard, por Richard Burton. Eso lo vio clarito durante la regresión donde reconstruyó su nacimiento, pues su padre, que esperaba afuera y no sabía el sexo de la criatura, pensaba, justo en ese momento, concienzudamente, las opciones de bautismo. También vio durante el parto, con un vestido de círculos blancos y negros, a su abuela, quien después le confirmaría la versión sobre ese 10 de marzo de 1967. Enviudó tras diez años de matrimonio con un policía. Es madre de dos hijos. Además de la regresión, también ha practicado hipnosis, meditación, técnicas de supermemoria, sofrología y programación cuántica. «Me gusta la metafísica», dice. A veces lee literatura. Memoria de mis putas tristes le pareció una novela malísima, la peor que ha leído en su vida. 

«Yo sé qué querés vos como hombre. Sé trabajar con tu morbo». Elizabeth Arturo Leyva lo dice con tono seguro, mirando a los ojos del interlocutor.

«Yo sé qué querés vos como hombre. Sé trabajar con tu morbo». Elizabeth Arturo Leyva lo dice con tono seguro, mirando a los ojos del interlocutor. Hay algo de intimidación inocente en su modo de decirlo, de la que sabe por dónde se le mete el agua al coco; como alguien que conoce tus miedos y los entresijos más elementales de tu cabeza y sabe que puede disponer de ese poder en cualquier momento, cuando convenga. Estás a su merced.  

Es una casa vieja de fachada verde; el rojo domina las paredes interiores. Aquí, el neoyorquino Kurt Hollander realizó una serie de fotografías para su exposición La vida alegre. Enfrente, el río Cali corre entre espumarajos de plástico y mierda humana. Algunos fuman en la orilla y otros se bañan en sus aguas, a falta de lluvias torrenciales. En esta planicie explosiva, el bochorno se cuela por todos los rincones y humedece axilas, cogotes y plexos agitados. Por estos días la gente lo mitiga con abanicos papales amarillos. Los guaduales y heliconias sembradas en la ribera amortiguan la fealdad de las aguas que atraviesan de oeste a noreste la ciudad. A dos cuadras, con el sol reflejado violentamente en los ventanales de la punta, se levanta una estructura fálica plateada y blanquecina de 183 metros: la torre de Cali. Aquí, ahora, la sangre fluye a miembros de escasísimo tamaño espoleados por pechos y culos sudorosos tendidos en los muebles. En el solar, pintada, una palmera desvaída; en el techo junto a las escaleras, abandonada, una nevera de icopor rodeada de colillas de cigarro. Desde adentro, detenido en las escaleras del solar, también puede observarse la torre que, por efecto del veloz movimiento de las nubes, parece acercarse poco a poco. En la pared de la sala donde las muchachas reciben a los clientes cuelga una reina de corazones con escote, a la que unas manos macilentas agarran por los pechos; Marilyn Monroe mira desde un tríptico con la lengua entre los dientes. Elizabeth Arturo Leyva instaló su negocio hace más de veinte años aquí, en esta casa vieja de fachada verde a dos cuadras de la torre, después de pasar por un par de lugares. Es pragmática en los negocios: no pelea con nadie. Prefiere perder unos pesos a la hora de lidiar y zanjar disputas entre los clientes y las muchachas. En total son treinta y cinco años al frente de este lupanar, chochal o puteadero, llámelo como quiera; de este lugar donde cualquiera puede venir a comer solo un helado o a almorzar mientras ve la telenovela de la tarde. O a hacer lo que se hace en un puteadero.

 

—Y en todos estos años, ¿qué cosas difíciles han pasado en el negocio?

—Uf, muertes, de todo. Crisis económicas. El proceso ocho mil afectó mucho. Uno ya tenía el clientecito que venía y gastaba todo lo que quisiera.  

 

Un hombre, enamorado de ella y socio del narcotraficante Iván Urdinola Grajales —se enteraría tras verlo en un noticiero de la tarde con las manos esposadas—, le regaló $250.000 de la época cuando el salario mínimo era de alrededor $5.000. Con ese capital montó el negocio: el otro, el viejo, donde no se transaban polvos, o al menos eso creía ella. Comenzó como centro de estética, sala de masajes y gimnasio. Sucedió que las empleadas ofrecían más que masajes. Un masaje tenía un precio de $150, pero Elizabeth Arturo Leyva veía a sus empleadas con la denominación más alta de billetes de esa época: $500. «Y yo sana. Yo no sabía nada. Vengan, cuéntenme cómo es, les pregunté. Yo no sé cargar ladrillos, pero los voy a ver cargar». «Viene el cliente y uno le hace el masajito, el oralcito, el pajazo», recibió como respuesta. Les propuso un arreglo y echó a andar lo que es hoy: un club de shows eróticos, un mercado de fornicios. Un puteadero.

Son las dos y media de la tarde del último día de agosto con sus cometas varadas en samanes y cables de energía. Aquí se trabaja desde las nueve de la mañana.

El criterio a la hora de escoger a las mujeres que van a trabajar con ella es la presentación de los exámenes —serología, VIH y cultivo vaginal—, mayoría de edad, honestidad y, principalmente, que no estén casadas. «Para evitar problemas».  

La primera zona en donde instaló el establecimiento era residencial. El negocio se manejaba de manera clandestina con las terapias de parafina y venda fría como fachada. Detrás de una pared poblada de búhos con las pepas de los ojos bien abiertas, y tras manipular un pequeño mecanismo, se accedía al lugar en donde estaban las mujeres. Había cocina, televisión, de todo: un pequeño búnker lujurioso. El hombre que ideó y construyó el escondite se transportaba en moto y era jorobado. Había tal flujo de clientes, que el bloque de búsqueda de la policía realizó una visita; preguntaron que dónde estaba la otra parte de la casa, pues búsquenla, fue lo que recibieron como respuesta. Al fin descubrieron el escondite tras las aves nocturnas. Indagaron a Elizabeth Arturo Leyva por el constructor tras el muro de los búhos. Según le dijeron, ese ingenio y esa joroba correspondían a un hombre famoso por construir las caletas de Pablo Escobar.       

A los tres años de edad la madre de Elizabeth Arturo Leyva dejó a su hija en un convento. El divorcio y la posterior aparición de un padrastro fueron mal vistos en la familia de la madre. Entonces, por decisión de doña Flor Alba, entró al convento a educarse. Se distanció de la pobreza de su casa. Cenaba en grandes comedores con todos los cubiertos, obispos y madres superioras. En vacaciones visitaba de nuevo su casa, pero la incomodaban las condiciones limitadas, el esfuerzo a veces inútil para conseguir la comida. Vio nacer a su hermana bajo una casa sin techo, pues el dueño, como represalia por el atraso en los pagos del arriendo, había decidido quitarlo. A los catorce años, después de haber cursado cuarto de bachillerato y tras saber que su abuela había sufrido una fractura en el brazo, salió del convento y regresó a la casa para cuidarla.    

Son las dos y media de la tarde del último día de agosto con sus cometas varadas en samanes y cables de energía. Aquí se trabaja desde las nueve de la mañana. Una mujer con marcas de acné en la cara está atenta a una telenovela por Youtube. Ya hay clientes por ahí; alguno habrá en uno de los cuartos con la cara hundida en el hombro izquierdo de una muchacha bocarriba, frotando su barba incómoda y punzante

En la oficina de Elizabeth Arturo Leyva, escondida bajo un mueble metálico, reposa una máquina del sexo traída de Estados Unidos. Un búho de madera está posado cerca de la puerta; otro, más pequeño, en el escritorio. En las paredes cuelgan cuadros pintados por su actual esposo y varias fotografías: con el Tino Asprilla, con Esperanza Gómez —la ha traído tres veces a presentarse en Cali—, con Piedad Córdoba y Yolandita Rivera, con sus hijos, una de cuando tenía veintitrés años, con el cuerpo ceñido por un vestido rosa y varios kilos menos, guapísima.

La foto con Piedad Córdoba no fue pedido expreso. Estaba en un evento con Yolandita Rivera, vocalista de la Sonora Ponceña, cuando llegó la política antioqueña a pedir una foto con la cantante puertorriqueña. Elizabeth Arturo Leyva pretendió moverse para dejarle la escena completa a Piedad, pero Yolandita la detuvo: «Usted se queda aquí». Según Romano Lee —es su nombre de pila—, encargado de la música del lugar y de llevar la minuta de las salas de striptease, trabajador del lugar desde hace once años, la Sonora Ponceña es muy allegada a esta casa, a doña Elizabeth. Lo comenta sentado al interior de un cuarto de dos metros cuadrados decorado con fotografías de Las Vegas y un afiche del cantante Héctor “Pichie” Pérez.  

En las paredes cuelgan cuadros pintados por su actual esposo y varias fotografías: con el Tino Asprilla, con Esperanza Gómez —la ha traído tres veces a presentarse en Cali—. Foto Facebook Elizabeth Arturo Leyva.

—Entonces usted ha incursionado en varios negocios.

—Yo he tenido de todo. Yo qué no me he inventado. Siempre he tratado de salir de esto. Pero como decía mi difunto esposo: «Vos ponés una panadería, pero vienen y te preguntan por el otro pan».

La actividad a la que se dedica ha sido raíz de conflictos morales y quebraduras de cabeza. Se ha sentado a pensar qué ha hecho con su vida, a dónde conduce todo, si ha hecho bien las cosas. Ha procurado, con la necesidad a veces imperiosa que asalta a cualquier ser en una mañana de extrema consciencia y dudas a caballo en la cabeza, cambiar el rumbo, dar un timonazo. Ha querido zafarse de alguna manera, influenciada por otras personas o por el lastre de la enseñanza de las monjas. También le preocupa, cómo no, el legado que dejará a sus hijos.

Intentó con una empresa de eventos para niños. Hace doce años se dio un año sabático y alquiló el negocio. Probó con un restaurante aunque no sabe cocinar. Después, irremediablemente, volvió a lidiar con clientes insatisfechos y chicas enojadas, a planear los shows y el sexo en vivo. Dice, como algo aprendido después de tantos intentos por salir del ambiente en que se ha movido por más de treinta años, que «el éxito de mi negocio es que yo he hecho lo que me gusta. A mí me encanta todo este mundo». Sin embargo, la fecha de retiro tiene plazo fijo: máximo diez años.

«La chimba, yo no me voy a morir así», pensó en medio del mar de Rocky Cay. Elizabeth Arturo Leyva no sabe nadar. En todo caso, movió las piernas y los brazos según le dictó el instinto de supervivencia. Se desorientó feo mientras caminaba cerca de la costa y seguía a un grupo de personas. Después, sola y desubicada, intentó hacer pie y no pudo; solo había agua a su alrededor. Pataleó e hizo señas con la mano hasta que un isleño llegó a recatarla en moto acuática. Le iba a dar las gracias cuando logró subirse a la moto, pero el isleño se lo impidió con un regaño: que cómo se te ocurre, chica, ir más allá de las boyas; que estabas en la parte más honda y podías haberte ahogado. En tierra, la recibieron como una náufraga. Un isleño viejo y sabio le colgó varios collares encima porque tú lo que necesitas es protección, chica.

Por este pasillo se llega a las salas de striptease y la pasarela donde se hace el show.

De la biblioteca de relatos acumulados tras treinta y cinco años en el medio, Elizabeth Arturo Leyva rescata uno. Un cliente llegaba al sitio con una gallina bajo el brazo. «Usted, ¿qué le va a hacer a la gallinita? Cuidado con eso». El hombre se paseaba por el lugar, se tomaba un ron o un aguardiente con su compañera emplumada bajo el brazo y finalmente escogía a una muchacha. Al llegar al cuarto, amarraba a la gallina a la pata de la cama. La relación transcurría dentro de lo convencional hasta que el hombre, en el éxtasis del orgasmo, tomaba a la gallina y la degollaba para ver correr la sangre por la espalda de la mujer. 

 

—¿Qué cosa es la programación cuántica?

—Es algo parecido a lo que hacen los evangélicos: inclinar el cuerpo hacia adelante y decir algo al oído para resetearlo y programarlo a uno como un computador.

El rumor desgastado de la música llega desde afuera.

—¿Qué vio en la programación cuántica?

—Toda la gente vio luz. Yo vi algo diferente: como oscuridad, muerte. Una cosa fea —dice con voz baja.

Algo que no puede recordar, un ave de malos presagios, quizá, parece posarse sobre su cabeza y sus ojos.

@Animalmoribundo