Pequeña crónica de la visita el 2 de marzo de este año a Estanquillo, la casa museo de Carlos Monsivais en ciudad de México. Un edificio de varios pisos que alberga parte de la biblioteca del fallecido autor, además de unos 12.000 objetos de su colección personal.

Texto y fotos: Rafael P. Alarcón Velandia

“Los coleccionistas son fisonomistas del mundo de los objetos. Es suficiente observar a uno de ellos mientras manipula las cosas de su vitrina. Apenas las tiene en las manos, parece inspirado por ellas, como un mago que viera a través de ellas su lejanía”.

Walter Benjamín, en El mundo literario, 1930.

Cómo relatar la experiencia de un amante de los libros, de poseerlos en su totalidad, es decir, tocarlos, abrirlos, aspirarles su olor a viejo o a nuevo, y penetrar en ellos, en lo que dicen y en cómo lo dicen, en su forma… en su total erotismo.

Cómo llegar al espíritu de esas almas que reposan una al lado de la otra, en fila, en columnas, apretujándose, compitiendo por el deseo  de ser tocadas, leídas, ojeadas, con los ojos atentos del voyerista lector.

Libros amigos que aspiran a un espacio, a un tiempo, a una conversación con diálogos impugnadores por lo que dicen, recriminatorios por lo que no se atrevieron a decir, señalados de ocultar conscientemente misterios, de no narrar y descubrir a su autor, de hacerlo olvidar, cobrándole el hecho de haberles dado vida, muchos por poco tiempo, otros con la pretensión de volverlos eternos.

La envidia hacia las obras preferidas del bibliófilo, sus consentidas siempre reposan en los anaqueles del medio, donde la vista del lector se fija, se engolosina sin esfuerzo, con un ¡Oh! de admiración que induce a que la mano lo atrape e indique al pensamiento es mía, la llevo, la abriré para poseerla como se debe poseer con fascinación delirante, sin razón a pesar de la razón…!Oh que pretensiones!  Qué deseos…

Mientras tanto, las obras en los anaqueles oscuros de los pisos bajos o altos en donde la mirada es distraída, sin objeto de seducción, viven ese proceso de apagamiento vital que muchas veces termina en puestos callejeros de venta de segundas buscando algún lector, principiante generalmente, o aficionado a un tema menor que lo rescate, que le dé un aire, posiblemente su último aire antes de dejar de ser.

 

Éxtasis ante los anaqueles

Visitando, mejor, viviendo la casa museo de Carlos Monsiváis, la primera impresión, la abrumadora experiencia es la de observar que todas las obras allí consignadas seducen, no hay obras de segunda, de relleno, como ocurre normalmente en muchas bibliotecas personales y públicas, todo allí es coherente con el pensamiento de este bibliófilo, ensayista, cronista, cuentista y, por encima de ello, un impresionante lector de libros y de la vida.

La envidia de las obras entre sí se traslada a la envidia del bibliófilo visitante hacia el soñador que paso a paso de su vida fue construyendo semejante monumento para la lectura de la cultura que trasciende de las fronteras mexicanas, latinoamericándose, y a la vez, dándole el carácter de lo universal.

Mira, estimado lector de esta breve crónica, Los rituales del caos de Monsiváis y lo comprobarás, hallarás en dicha casa museo todas las obras que caben en la concepción de ser universales, aquellas que en épocas distintas, en generaciones diferentes, con espacios disímiles convergirán en el sentimiento de haber sido escritas ya para cada uno de los nuevos lectores, no para el pasado, no para el futuro, sino para mí, para mi presente.

¿Y los autores? ¿Han recibido el mismo trato? ¿En qué oscuridades se encontrarán? Posiblemente misteriosos espacios de los anaqueles nos indicarán que su fantasía solo fue eso… fantasía. No construyeron el erotismo seductor hacia el lector. ¿Cuáles serán sus congojas… las tendrán? ¿Serán indiferentes al ostracismo de su obra? ¿Se habrán suicidado?

Difícilmente hallaremos escritores acongojados por el olvido en la biblioteca de Monsiváis, todos ellos nos invitan, nos seducen y nos conversan en cada pasillo, en cada habitación, en cada espacio y termina uno en su recorrido sumido y extasiado en un ambiente polifónico, confuso por la invitación de atender a diferentes temas.

Crónicas de la vida urbana moderna… teorías del modernismo-postmodernismo… arte popular… literatura considerada clásica… literatura latinoamericana del boom y no boom… historia… arquitectura… cocina tradicional… crónicas y diarios latinoamericanos y universales… en fin, todo lo que ustedes puedan imaginarse que tenga un buen bibliófilo y viajero por el mundo, pues eso era, nada más y nada menos, Monsiváis.

 

Torre de Babel en el DF

Cinco pisos ocupan la casa museo del Estanquillo, ubicado en una calle emblemática de ciudad de México, Isabela La Católica, en una esquina, a pocas cuadras del palacio de Bellas Artes. Tres pisos están con casi toda su obra bibliófila, aunque faltan libros y nadie informa dónde están, quién los tiene y los disfruta. ¿Estarán embalados? ¿Alguna universidad se los habrá apropiado? Nadie informa.

Nos seducen sus colecciones de pinturas, esculturas y dibujos, recuerdos de primeras ediciones de sus obras y de obras de otros autores, libros que él dedicó y firmó, libros que le dedicaron, fotos con extraordinarios escritores de todos los continentes, dibujos de historia, cartografías y un largo etcétera de temas… todos vigentes, todos fascinantes… eso es un estanco fascinante.

Del Estanquillo, curioso nombre para una biblioteca de la casa de un escritor extraordinario. Estanquillo en la mente popular se relaciona con un sitio donde se vende licor, alcohol… el que aleja a la inteligencia, al goce de la seducción y a la razón de la posesión de su espíritu.

No confunda, mi estimado lector, el vino y el licor que, por cierto estimula la conversación… con el beber hasta bloquear el entendimiento, hasta caer en la miseria del desconocimiento de sí mismo, ese es el imaginario latinoamericano que asemejamos con el estanquillo.

El estanco que los griegos inventaron como lugar para reposar y guardar lo valioso, lo comestible –allí depositaban tanto los alimentos que consideraban preciosos, como las notas de sus escritos, de sus ideas– y que evolucionó –con el diminutivo illo en Latinoamérica– a estanquillo.

Lo podemos considerar como un mensaje simbólico de Monsiváis de que lo visitáramos para beber letras y frases, que viéramos fluir el licor de las ideas… peroratas… diálogos… de compenetrarnos con esa cantidad de Otros que reposan en los anaqueles de su biblioteca.

Miniaturas, una de las miles que el visitante encontrará por doquier.

Sorpresas a cada paso

¿Qué es una biblioteca literaria? Pues existen otras formas de bibliotecas no literarias. La de Monsiváis es genuinamente literaria, cultural, a pesar que se encuentren en ella obras referenciales a otros temas no literarios, pero que refieren de una u otra forma a lo literario. La obra literaria, para mí y será discutible para el lector de esta crónica, no es más que el descubrimiento del Otro, de los Otros… de abandonar el Yo.

La obra literaria nos permite abandonar a ese Yo parroquializado, ensimismado, en un angus, para convertirse en un anxietas donde puede abrirse al mundo, a esos mundos desconocidos que los escritores y los narradores han recorrido por las calles de las ciudades donde se han perdido, palpándolas, aspirándolas, incitándolas…

Calles de la seducción… del beso furtivo… calles del amor genitalizado… calles de la muerte y de la vida… esos mundos que el lector posiblemente no ha experimentado y posiblemente no experimentará, todo eso está en la biblioteca de Monsiváis.

El Estanquillo lo recibe a uno con un grabado, en la pared del segundo piso, a la entrada, de Rafael Barajas, “El fisgón”, sobre libro, arte y cultura.

En la pared izquierda hay una foto grabado de cómo se organizaba una parte de la biblioteca (ver primera imagen).

Primera edición de la sobras de Soror Juan Inés.

En ese piso se recoge la historia de la imprenta, la impresión de las primeras obras de México y otros pueblos latinoamericanos.

La primera edición de De las Obras de Soror Juana Ines de la Cruz (la escribo como aparece en la carátula del libro) cuidadosamente guardada no se escapan en la muestra de la colección de libros de Monsiváis.

Colecciones de artículos periodísticos, crónicas y reseñas de periódicos, panfletos y folletos que circularon por México a finales del Siglo XIX y principios del siglo XX. Uno de dichos cronistas y pensadores fue el famoso Pensador mexicano seudónimo del escritor José Joaquín Fernández de Lizardi, todo un precursor del ensayo y crítica literaria y social.

Cómo escapar la mirada a la primera edición de 1816 del Periquillo sarniento o de Vida y hechos del famoso caballero don Catrín de la Fachenda en edición de 1820.

 

Libros dedicados a las enfermedades rurales del México del siglo XIX, con excelentes grabados sobre ellas, como la de los pies escoriados, y con lesiones por las famosas niguas.

Una estupenda colección de folletos, libelos y pasquines recorren los anaqueles y las vitrinas de la casa museo, que sufrieron censuras, irónicos, con sentido de humor, donde se destilaba inteligencia e ingenio. Fueron los precursores del periodismo mexicano de mediados del siglo XIX.

Diversos grabados y pinturas sobre papel y en tinta china recorren las paredes de la casa, donde las pasiones del hombre y sus vicisitudes se vuelven temas recurrentes, como los de Julio Ruelas, que en 1902 realizó una sobre la Esperanza en tinta china.

Otro bellísimo, del mismo Julio Ruelas, realizado en 1901 sobre papel y en tinta china, titulado El poema de la locura, digna de un Durero, superior a la Melancolía.

 

 

Grabados de Julio Ruelas.

En una vitrina, celosamente cuidada, uno se topa con una obra medianamente conocida, Vuelta de Octavio Paz, primera edición de la Editorial  El mendrugo; sus textos se encuentran ilustrados con dibujos de Kasuya Sakal. Su pasta y carátula está hecha de fique entretejido

Fotos emblemáticas con Carlos Fuentes, Gabriel García Márquez, Octavio Paz y múltiples autores universales y mexicanos medianamente conocidos. Les comparto una fotografía con Juan Rulfo en 1980, de la colección de Beatriz Sánchez Monsiváis.

Y cómo no quedar boquiabierto, paralizado y con el sentimiento de éxtasis al ver el grabado y la hoja en donde Juan Rulfo, el 1 de Octubre de 1988, le dedica a Monsivais el inicio de Pedro Páramo… ”Vine a Comala porque me dijeron que aquí vivía mi padre un tal Pedro Páramo. Mi madre me lo dijo y yo le prometí que vendría a verlo en cuanto ella muriera”

Inicio de Pedro Páramo dedicado a Carlos Monsiváis por Juan Rulfo.

También miniaturas

Qué decirle, estimado lector, de la gran colección de miniaturas que Monsiváis poseía, que encargaba juiciosamente a sus amigos artesanos populares. Todas impresionantes.

Preside su colección un grabado en la pared con un pensamiento de Gastón Bachelard, consignado en su obra La poética del espacio:

Una miniatura de las preferidas de Monsiváis, Sor Juana Inés:

Sin embargo, la representación de la Divina Comedia de Dante Alighieri sobresale entre todas, del artesano Alfredo Velásquez Lona. Cada círculo es representado por una estante de miniaturas donde al observarlas detenidamente es la representación fiel de lo escrito por Dante.

Por ser inmensamente grande les traigo unas fotos por partes:

Monsiváis era un amante de la naturaleza y sus grandes amores fueron dos gatos siameses, eso creo yo que eran, me disculpan pero no sé mucho de gatos. Sin embargo es curioso que respetados escritores escojan a los gatos como miembros de su familia y como compañía permanente, Borges fue uno de ellos, la Yourcenar y otro innumerable listado de intelectuales.

¿Será porque los gatos son independientes, individualistas, silenciosos, vanidosos, egocéntricos y muy narcisistas? Características no muy ajenas a aquellos que se dedican a la escritura, al mundo intelectual,  por ello la empatía que se produce entre estos dos seres.

En la foto que les comparto a continuación aparece una alegoría a Monsiváis con sus gatos y el autor de este artículo.

*Médico Psiquiatra, MSP, Magister en Psicogeriatría. Magister en Literatura. Candidato a Doctor en Literatura