Los libros, como dispositivos culturales, han albergado la memoria de la humanidad. En la antigüedad eran el símbolo del poder, muchos reyes y emperadores se lanzaron en carreras delirantes por construir bibliotecas que albergaran el saber de la época.
Escribe/ Christian Camilo Galeano Benjumea – Ilustra / Stella Maris
Toda biblioteca es el temporizador de una bomba. Un dispositivo que está contando los minutos y segundos para detonar una idea, derribar un prejuicio o abrir un boquete en la cabeza de un ciudadano desprevenido. Las bibliotecas públicas almacenan la frágil memoria de la humanidad que resiste los embates del olvido gracias a cada lector. De ahí que cause preocupación —más bien horror— el peligro que enfrenta la Biblioteca Pública de Comfamiliar de Belén de Umbría.
El problema radica en que Comfamiliar Risaralda no puede firmar el convenio de renovación para prestar el servicio de la biblioteca con la alcaldía municipal, ¡porque la alcaldía no administra el espacio donde está la biblioteca municipal! Está en manos de una ONG que no resalta por su labor con la cultura. Como suele suceder en este país, se han ordenado investigaciones exhaustivas, han emergido problemas, se han revelado discordias al interior de la ONG y se han hecho pronunciamientos favorables alrededor de la cultura. Pero como siempre, no ha pasado nada. Y la biblioteca sigue en riesgo.
Dentro de las prácticas políticas tradicionales del pueblo ha estado esa idea de relegar responsabilidades sobre personas bien intencionadas. Quizá esa idea pasó por la cabeza de algún exalcalde de Belén de Umbría que decidió entregar un terreno para la construcción de la Casa de la Cultura del municipio en el año 1976. La casa de la cultura siempre ha estado en manos de una entidad sin ánimo de lucro llamada Casa de la Cultura de Belén de Umbría que, al parecer, por un tiempo promocionó la cultura.
Sin embargo, como se denunció en la sesión del concejo municipal del 22 de agosto (ver), esta organización — formalmente sin ánimo de lucro — en la actualidad no fomenta la cultura. La ONG Casa de la Cultura de Belén de Umbría, según se expresó en el concejo, no sabe lo que es un recital de poesía o formar clubes de lectura, tampoco se le pasa por la cabeza la idea de utilizar los espacios públicos para realizar algún concierto gratuito. Eso sí, arrendó a la Fiscalía el primer piso para que esta institución investigue la delincuencia del municipio. Cultura e investigación criminal comparten un mismo espacio, donde en algún momento un grupo de lectores puede toparse con un grupo de investigadores especializados en narcotráfico, y solo puedan intercambiar —ambos grupos— una sonrisa incómoda por estar uno al lado del otro.
Vale la pena preguntarse: ¿cuál es el monto del arriendo que paga el ente investigador a la Casa de la Cultura?, ¿por cuánto tiempo está establecido el contrato de arrendamiento?, ¿de qué manera se reinvierten los dineros recibidos en la promoción de la cultura? Tantas otras preguntas que pueden surgir ante la amenaza de la pérdida de la biblioteca municipal de Belén de Umbría.
Como una ironía literaria, donde la ficción se confunde con la realidad o la realidad se descubre como ficción, en el club de lectura de la biblioteca se lee en este momento el libro El infinito en un junco de la escritora Irene Vallejo. En este ensayo se hace un rastreo por el origen de los libros en la época antigua, y las amenazas a las que siempre han estado enfrentados los lectores y los libros.
Los libros, como dispositivos culturales, han albergado la memoria de la humanidad. En la antigüedad eran el símbolo del poder, muchos reyes y emperadores se lanzaron en carreras delirantes por construir bibliotecas que albergaran el saber de la época. Conocer, además de poder, implicaba acceder a la memoria y experiencias de la humanidad. Los libros y las bibliotecas eran fundamentales para el proyecto de toda sociedad.
En ese movimiento de memoria y saber que se teje en los libros y bibliotecas, estos tampoco han estado exentos de amenazas. Siempre ha habido grupos sociales e individuos que ven en la cultura una amenaza. Los libros esconden ideas, preguntas y carcajadas que molestan a los dueños del poder. Por eso no ha sido extraño ver arder una y otra vez centenares de libros en manos de hordas de fanáticos.
Mientras que en el primer piso de la Casa de la Cultura una funcionaria revisa folios de una investigación archivada por años, en el segundo piso una joven lee un fragmento del ensayo de Vallejo:
Fahrenheit 451 es la temperatura a la que arden los libros y el título que Ray Bradbury eligió para su fantasía futurista. O no tan futurista.
La historia sucede durante una época sombría en un país en el que está prohibido leer. Los bomberos ya no se ocupan de apagar incendios, sino de quemar los libros que algunos ciudadanos rebeldes esconden en sus casas. El Gobierno ha decretado que todo el mundo sea feliz. Los libros están repletos de ideas nocivas y, además, la lectura solitaria se presta a la melancolía. La población debe ser protegida de los escritores, que contagian pensamientos malignos. Los disidentes son perseguidos. Se refugian en los bosques alrededor de las ciudades, en los caminos, a la orilla de los ríos contaminados, en las vías férreas abandonadas. Viajan todo el tiempo, bajo la luz de las estrellas, disfrazados de vagabundos. Han aprendido de memoria libros enteros y los guardan en sus cabezas, donde nadie puede verlos ni sospechar de su existencia. «Al principio, no se trató de un plan preconcebido. Cada hombre tenía un libro que quería recordar, y lo hizo. Luego fuimos entrando en contacto unos con otros, viajamos, creamos esta organización y establecimos un plan. Transmitiremos oralmente los libros a nuestros hijos y dejaremos que ellos esperen a su vez. Cuando la guerra haya terminado, algún día, algún año, los libros podrán ser reescritos. Las personas serán convocadas una por una, para que reciten lo que saben, y lo imprimiremos hasta que llegue otra Edad de Oscuridad, en la que quizá debamos repetir toda la operación». Estos fugitivos, que han visto cómo aquello que amaban acaba destruido, deben recorrer un largo camino de huida, siempre asustados, sin otra certeza que los libros archivados tras sus tranquilos ojos.
Al terminar este fragmento todos guardan silencio. Ninguno de los miembros del club de lectura se atreve a decir una palabra. Las llamas que han consumido tantos libros parecen estar encendiéndose de nuevo para acabar con una biblioteca más.
Adenda: No solo la biblioteca de Belén de Umbría está en riesgo, el territorio mismo se halla bajo amenaza. La posibilidad de exploraciones mineras en más del 95% del territorio movilizó a un grupo de ciudadanos a manifestarse en contra de esta propuesta. El debate y la movilización son fundamentales para proteger el territorio y la cultura.
@christian.1090


