UN ESCRITOR CON LOS PIES EN LA PONCHERA

Para Mejía, el trabajo del lector es complementar el mundo que el creador de historias le propone. Así no sólo se narran con nuevas miradas los temas de siempre (no hay cosa nueva bajo el cielo, expresa Eclesiastés 1:10), sino que entra en un juego de completar que enriquece la experiencia de la lectura.

 

Escribe / José Luis Durango – Ilustra / Stella Maris

 

La cita había sido programada para las 4:30 p.m. Yo estaba ahí ensayando saludos desde las 4:00: “hola, don Juan Diego Mejía, ¿cómo está?”; “don Juan Diego, buenas tardes, mucho gusto, mi nombre es…”, “don Juan, un placer, me alegra que esté aquí”. Se dieron las 4:31 p.m. y don Juan -o don Juan Diego Mejía- me estaba saludando por medio de la pantalla que nos acercaba traspasando las barreras del tiempo y el espacio.

-Hola José, ¿cómo estás?, me dice, con una voz pasiva nítida desde el otro lado de la pantalla y que invita a la confianza desde el comienzo de la conversación.

-Muy bien, Juan, ¿y vos?, le respondo, mientras termino de acomodarme los audífonos sabiendo que he perdido la oportunidad de darle el caluroso saludo tan bien ensayado y que de alguna manera mostraría un poco de respeto a su figura y saber.

-Muy bien, José, gracias por la invitación, responde él, volviendo añicos el hielo para mi fortuna.

Juan Diego Mejía es escritor, autor de El cine era mejor que la vida, Soñamos que vendrían por el mar, Camila Todoslosfuegos, El dedo índice de Mao, entre otros. Es un paisa nacido en Medellín el 15 de noviembre de 1952. Ha sido secretario de Cultura Ciudadana de Medellín; director de la Fiesta del Libro y la Cultura de Medellín y en la actualidad dirige el Taller de Creación Literaria de la Biblioteca Pública Piloto, en donde su trabajo, a muy grandes rasgos, consiste en dar una tutoría a los participantes sobre las obras literarias que van construyendo. Juan, muy amablemente ha aceptado una reunión conmigo para que hablemos un poco del oficio del escritor o escritora; ese que según él, vale la pena gastarle la vida.

–Juan, ¿vos estás dirigiendo actualmente el Taller de Creación Literaria de la Biblioteca Pública Piloto?

–Sí, es un taller que tengo desde el 2017, creo. Se da los sábados de 9:30 am a 12:30 pm. Es tutorial. El requisito para ingresar es que los miembros tengan un libro en proceso, entonces lo que hacemos es tutoría a ese libro.

-Frente a eso, ¿qué tan diferentes son los temas del escritor contemporáneo en comparación con el escritor de los años sesenta y setenta?

–Los temas cambian y no cambian; es decir, hay unos que se quedan para siempre y que han sido eternos: el amor, la muerte, la traición, la ambición o la amistad, son temas eternos. Lo que pasa es que los temas van cambiando en la medida en que el ciudadano, que además es un autor o autora, recibe influencias de su tiempo. Yo mismo soy un Juan Diego Mejía distinto de 1981 al de hoy, porque el mundo que me rodea es distinto; pienso diferente; he visto más cine; he visto más muertos; he tenido más fracasos, todo va cambiando y entonces las personas cambian. Además de eso es inevitable pensar que el lector también cambia.

Para Mejía, el trabajo del lector es complementar el mundo que el creador de historias le propone. Así no sólo se narran con nuevas miradas los temas de siempre (no hay cosa nueva bajo el cielo, expresa Eclesiastés 1:10), sino que entra en un juego de completar que enriquece la experiencia de la lectura.

“Los escritores escribimos sobre los mismos temas, solo que las palabras están organizadas de una manera diferente y ahora hay un concepto de la economía del lenguaje. Entonces la lectura de hoy es más una experiencia compartida entre el escritor y el lector. El escritor tratará de no ponerle todo en bandeja de plata al lector, sino que lo invita a construir; yo pongo una parte y usted pone la otra. Es una lectura enigmática, encriptada que permite que el lector participe. La literatura contemporánea siempre está invitando a que el lector y el escritor construyan la interpretación de un texto juntos”, explica con una voz pausada de profesor que derrocha talento y paciencia.

–Y con respecto a eso, qué piensa Juan Diego Mejía, ¿se le facilita o le dificulta la vida al escritor?

–Yo creo que se da la dificultad, siempre nos están exigiendo más calidad. Antes había menos escritores y se publicaba poco; en ese entonces, un autor contaba todo y los libros eran unos mamotretos. Ahora, como hay tantos libros, uno publica su libro y ese mismo día salen otros mil, entonces ¿cómo hago para diferenciarme? Tengo que ser bueno, debo entender cómo es que los lectores quieren oír o que les cuenten historias; qué es lo que entiende un lector. Eso les exige a los escritores que estén más conectados con el mundo, que sean más contemporáneos.

Hay un ensayo de Milan Kundera que se llama El telón. En la primera parte hay una historia que cuenta Kundera sobre su padre que era un músico experto y que una vez estaba con sus amigos, todos músicos o melómanos, y sonaba en la radio los acordes de una sinfonía. Sus amigos -que habían reconocido la Novena de Beethoven- le preguntaron al padre de Kundera ¿qué era esa música? Y él dijo que eso le sonaba a Beethoven. Ellos, conteniendo un poco la risa le dijeron que claro que era Beethoven. Y él les dijo que no, que solo era una imitación y por eso no lo había reconocido, porque estaban imitando a Beethoven cuando no eran Beethoven. “Entonces Kundera desarrolla la idea diciendo que los escritores y artistas de una época tienen que conocer su pasado; su presente y apropiarse de ello para poder dejar un legado para el futuro”, explica el autor, cuya obra hace una reflexión constante sobre el valor de los sueños juveniles y el dolor de saber que, –a veces-, sólo se quedan en eso.

–Juan Diego, pero es que uno es hijo de su tiempo y es imposible no permearse de lo que tiene alrededor…

 –Lo dijiste perfecto: uno es hijo de su tiempo, pero hay que ser digno de ese tiempo, no dormirse en los laureles. Tenemos que apropiarnos del legado que ha dejado la humanidad y dejar el nuestro también. Para eso hay que leer mucho, desesperadamente.

–¿Entonces, crees que no vas a alcanzar a leer todo lo que quisieras leer?

–¡Nooo hermano, no! Vargas Llosa tiene un texto que se llama Cartas a un joven novelista. Él ahí habla de esa necesidad de leer siempre; de conocer mucho y de ser muy contemporáneo a nuestro tiempo. Él compara ese deseo que tenían las mujeres en el siglo XIX, sobre todo las aristócratas, de ser delgadas; en ese tiempo no había gimnasios, lipoesculturas ni nada de eso. Entonces se habían inventado una forma que era tragarse una solitaria, un parásito, y eso las acababa. Ellas, para no verse cadavéricas, tenían que comer mucho, y de alguna forma se convertían en esclavas de la solitaria que, a cambio, las mantenía flacas. Lo mismo le pasa al autor de libros: la solitaria es el deseo de ser escritor y para poder cumplirlo tenés que leer y leer y leer y nunca parar. Y no solo leer, también hay que ir a cine; a teatro; observar; saber comer en restaurantes; saber de moda; de ciencia; de arte; ¡saber de todo!

“Te cuento que yo tenía un amigo que quería mucho, murió en 2018, era escritor, se llamaba Roberto Burgos Cantor. Él decía, «la literatura es una ciencia vagabunda», y no es que sea realmente una ciencia, sino que es un oficio que se nutre de todas las ciencias. Entonces hay que leer de química; física, política, leer de todo, para poder construir una literatura fuerte; robusta”, explica con una emoción en la voz como sólo aquellos que tienen la solitaria salen en su defensa y la aman con todo su desgastado ser.

–Juan, entonces podríamos decir que la literatura se parece a ese refrán un poco despectivo con el que se alude al oficio del periodista o a los periodistas, diciendo que «son un mar de conocimiento, con un centímetro de profundidad». De alguna forma el oficio del escritor también tiene que ser un mar de conocimiento, ¿no?

–Sí, pero con más profundidad. Imagínate vos escribiendo la historia de alguien, de un ser: tenés que conocer profundamente el alma humana, eso no se improvisa, se le pasa a uno la vida entera aprendiendo a hacerlo.

Medellín y Antioquia siempre han estado presentes en la obra de Mejía. En El cine era mejor que la vida, El dedo índice de Mao o Soñamos que vendrían por el mar, este autor rememora la rebeldía de una juventud que no se resignaba a existir en un mundo ajeno a sus sueños. Más que figurantes, personajes de segunda, esperaban ser los protagonistas: del cambio, de la renovación social, de la revolución. Hoy el mundo es diferente, pero las injusticias por las que luchaban en ese entonces, más que desaparecer, se han incrementado. Y la literatura es una forma de seguir en esa lucha.

–Ok, Juan, y en el momento de sentarse a escribir, ¿tiene usted algún ritual o rutina establecida?

–En este tiempo no tengo rituales, antes los tenía. Como siempre he trabajado mucho, a eso de las 4:00 a.m. ya estaba sentado en el escritorio; y entonces, para que no se me cerraran los ojos metía los pies en una ponchera llena de agua, porque no quería sacar la disculpa de que no escribía porque estaba muy ocupado trabajando, y es así como he logrado hacer las 8 o 9 novelas que tengo hasta ahora.

–¿Y qué hace Juan Diego Mejía cuando no le fluye para escribir?

–Suelo planear, como un ave de rapiña sobre los temas, no me fuerzo a que tengo que escribir 3 páginas hoy, sino que me voy dejando llevar hasta llegar a ese estado en el que uno se enamora y desea ardientemente escribir algo. Solamente lo hago cuando deseo ardientemente recrear una escena o un personaje; entonces, no tengo esa angustia de que me senté y no me fluye nada. He tratado de simplificar el oficio, que no sea algo que me cueste, algo que me mortifique. Yo no quiero ser mártir, lo único que quiero es disfrutar este tiempo de escritura.

–Hay un autor y profesor de la Universidad de Antioquia, Luis Fernando Macías, seguramente amigo suyo, y él dice que llega un momento en la vida del amante a escribir en que se asume como escritor. Esa palabra asumir yo la entendía como la responsabilidad de entender que de golpear el teclado y crear tramas y personajes es de lo que va a vivir por el resto de sus días. Quisiera que me dijeras, ¿cómo fue el momento en que te asumiste como escritor?

–Lo tengo muy en claro porque fue un día en el taller de Manuel Mejía Vallejo, en 1981. Como yo fui de los últimos integrantes en llegar al taller, me sentaba muy humildemente a escuchar a Manuel y le pasaba cuentos, porque él los calificaba, de 1 a 5. Y era más de buenas con él: siempre me calificaba 5, y a veces hasta me ponía 5 y un signo de admiración, como los maestros de escuela…

–¿5 y carita feliz?…

–Sí… y entonces Manuel preguntó que quién era Juan Diego Mejía, y a mí nadie me conocía y yo, por allá atrás, levanté la mano y todos se quedaron mirándome mientras Manuel me va diciendo: «vos sos escritor, maestrico». Me quedé callado, me fui para la casa y conté lo que Manuel me había dicho y desde ese momento me dije: “soy escritor”… y me creí ese cuento.

–Juan, ¿qué consejos le darías a esa persona que aún no se asume como escritor?–

–Tienen que creerse el cuento, pero en el buen sentido de la palabra: creer que vale la pena dedicarle la vida a escribir; que hay que hacerlo en serio; que hay que estar preparados para la crítica; que hay que ser avispados y aceptar las críticas y tomar de ellas lo que le sirva a uno. Y por último, que se enamoren del oficio; que de verdad sientan que es un modelo de vida; que piensen cómo se quieren ver en un futuro y, si de verdad quieren sacrificar los sábados, los domingos, las noches, las madrugada, por tener unos cuantos libros escritos…

–Muchas gracias por tus palabras, Juan.

La conversación se corta y desaparece de la pantalla. Pienso: tampoco pude despedirme como lo había ensayado…