En contravía a la tecnocracia digital que domina al mundo de hoy, aún quedan escritores en la región andina que le apuestan al rescate del pasado, de nuestras costumbres y nuestros mitos, como testimonio de los tiempos ya fugados pero vigentes

El libro, titulado bellamente Otoños de otras épocas, me causó una dulce emoción desde la primera impresión visual que suscita su portada. Fotografía / Cortesía

Por: Jorge Hernán Flórez Hurtado

En este “mundo feliz”, globalizador y globalizante, en el cual una esfera mágica e idealizada ha ido creando una realidad virtual que se nos impone sobre el pensamiento conceptual y la realidad fáctica, la tecnocracia de lo digital ha invadido espacios y lugares, ha fragmentado identidades, desechado tradiciones, haciéndonos perder en laberintos cibernéticos que no precisan de la reflexión, porque lo escópico nos señala que solamente son válidas las imágenes superpuestas y programadas.

Al ir perdiendo la capacidad de abstracción y de raciocinio, el Hombre contemporáneo opta por refugiarse en aquella realidad virtual que le brindan los aparatos y se sumerge en una Modernidad Líquida y todo lo vuelve líquido, hasta los sentimientos más íntimos, como denunciaba agudamente Zigmunt Bauman en sus libros; además de la incomunicación y la incomprensión que manifiesta, el hombre del presente vive una vida fragmentada en medio de la insensible contemplación de las imágenes en red, que no son más que unos simulacros preparados por el “Gran Hermano” (mejor, unos pocos “Grandes Hermanos” iluminados) y construidos mediante operaciones algorítmicas como destellos fugaces que se pierden en la tela del tiempo.

La Historia, entonces, al decir del investigador chileno Ignacio Libretti[1], solamente es una historicidad simulada, aceptada pasivamente por un navegante cibernético, absorbido y embebido tontamente en un juego de visiones (escópicas, atractivamente ilusorias), sin referentes de su pasado, sin remitencias a sus raíces intergeneracionales, sin memoria. A la inmersión, la inmediatez y la inmanencia, se les suman la transparencia y la saturación.

Y, en últimas, el ser humano de hoy, perdido en laberintos y simulaciones visuales, pierde su capacidad para pensar, para elaborar conceptos y categorizar sus nociones. Pierde su memoria genética. Y pierde su historia, personal, familiar y comunitaria, o sea, aquel encadenamiento de sucesos y fenómenos y presencias que sustentarían su inasible identidad, su tradición y su patrimonio cultural.

Meses después, pude conocer en persona a Camilo José Forero Serna, en mi ciudad adoptiva, adonde él viajó en compañía de su esposa Gloria, y comencé a entenderle más allá de la vitalidad y el mensaje que caracterizan su obra. Fotografía / Cortesía

Del autor y su obra

I

Por fortuna, algunos de nosotros (tipificados despectivamente como “retros”), los que aún creemos en la relevancia de la Historia y de los valores éticos, en la importancia de las raíce ancestrales, en los legados que nos dejaron nuestros mayores, todavía nos alborozamos cuando recibimos regalos y aguinaldos, y podemos disfrutar de los libros en físico que nos señalan caminos que nos identifican y nos ayudan a entender nuestro pasado y nuestras vivencias y nuestros senderos vitales y nuestras costumbres y nuestras violencias y nuestros mitos y nuestros olvidos…

Hace menos de tres años, como aguinaldo navideño, recibí un libro enviado por un gran amigo de Buga, Silvio Terranova Arce, con el que compartí otrora muchos momentos de tertulia y ciertas actividades en mi paso por la Facultad de Filosofía y Letras de nuestra alma mater caldense. El libro, titulado bellamente Otoños de otras épocas, me causó una dulce emoción desde la primera impresión visual que suscita su portada: Un campesino a pie limpio, asentado sobre un camino de tierra magenta, que conduce unas bestias de carga y se dirige hacia una casa pulcra, con flores rojas que resaltan en el fondo, en un telón natural y cordillerano que se deslíe entre árboles y matorrales verdeazules. Y de esa primera dulce emoción, pasé enseguida a embeberme en su lectura, de un tirón, y volví a disfrutar, a gozar con aquella arquitectura literaria, con sus elementos asumidos desde una estética realista, con los personajes bizarros que desfilan por sus páginas.

Por esos días, oí como su autor y artesano de palabras era entrevistado en los escasos programas culturales que tiene nuestra radio, y afirmaba que, con su novela, quería dejar testimonio de sus añoranzas, de sus ancestros y del recuerdo que dejan las golosinas, en un “rescate montañero” de una literatura que ya va pasando al olvido frente a la asepsia que caracteriza a las producciones culturales de ahora, invadidas paradójicamente de temas escabrosos, músicas infernales, paradigmáticos personajes nefastos, en fin. Todo lo que las industrias culturales manipulan e inyectan en las mentes consumistas, especialmente entre los jóvenes afines a la inmersión, la inmanencia, la incomunicación y la fragmentación; y la saturación.

Meses después, pude conocer en persona a Camilo José Forero Serna, en mi ciudad adoptiva, adonde él viajó en compañía de su esposa Gloria, y comencé a entenderle más allá de la vitalidad y el mensaje que caracterizan su obra que ya había leído con rapidez. En una grata tertulia, acompasada por su amplio conocimiento de tangos especiales, pude escuchar de sus labios lindas enseñanzas y algunas claves para entender su intención cuando se dedica a enlazar las palabras en relatos, cuentos, poesía, en crónicas ensayísticas y en su novela referida. Entre otras cosas, me contó de su devoción por autores como Bernardo Arias Trujillo y el grandioso Carlos Fuentes, pero también por el Machado de “Campos de Soria” y las tesis americanistas de Fonseca Truque, y por las letras de tangos inmortales que expresan el sentido de la vida y de las miserias del individuo de siempre.

Ahora, entonces, quisiera referirme a su novela, publicada con su propio esfuerzo en agosto de 2014[2] en Cali.

Lo que reafirma Silvio Terranova Arce, en su prólogo, cuando acota que es “una novela costumbrista de gran raigambre histórica y sociológica”. Fotografía / Naturaleza y caballos.

II

Dedicada a sus amigos, con gratitud y cariño, Otoños de otras épocas debe su nombre a un verso de Mario Benedetti, en “Señales de humo”:

(…) En la tarde vacía

pasan los venerables

mitos a la deriva

Otoños de otra época

nos fascinaban porque

éramos primavera (…),

puesto que, en el fondo, resume gran parte de la intencionalidad de su autor: describir, dejar testimonio de los tiempos pasados, de ciertas vivencias y creencias que se han ido esfumando con el correr de los tiempos, en esta desaforada carrera global que nos encierra y nos ha venido transformando en todos los ámbitos, pero que –por fortuna- no alcanza a desdibujar del todo lo local y lo terrígena, como simbiosis de nuestras “culturas híbridas”, al decir de García Canclini.

Como señala el propio autor, su novela es de carácter costumbrista, “(…) un bello relato de numerosas experiencias propias y ajenas, en las que sin hacer apología del delito (que hoy es tan común) narro acontecimientos y situaciones que me impactaron por su importancia o por lo emotivas” (p. 10). Lo que reafirma Silvio Terranova Arce, en su prólogo, cuando acota que es “una novela costumbrista de gran raigambre histórica y sociológica” (p. 11). No obstante, yo agregaría que en ella se conjugan elementos de ese costumbrismo con otros de corte más realista, porque conviene recordar que, mientras el primer subgénero literario involucra la descripción de “cuadros de costumbre”, en defensa de las tradiciones amenazadas por la Modernidad, con una buena dosis de crítica social y de elementos de identidad regional y de psicología de lo autóctono, es en el realismo en donde la observación humana, los personajes descritos sin escapismos inútiles, su intencionalidad manifiesta, se despliegan con mayor acierto, como lo podemos palpar en Flaubert o en el genio de Balzac.

Otoños de otras épocas es la historia de una vida, enmarcada en un personaje principal llamado Ricardo Zamorano, conocido con el remoquete de El Pollo, pero también de otras vidas y de otras vivencias que corren paralelas al relato sobre este personaje central y protagónico, al que conocemos de entrada a sus dieciséis años de edad, cuando -fugado de su hogar bugueño- es adoptado por una pareja que vive de desvarar automotores, en el altiplano cundiboyacense.

Guapo y decidido, ya con “pinta de hombre”, además de inteligente, alegre y juguetón, Ricardo Zamorano ha viajado lejos de su hogar natal, con el propósito de abrirse a un futuro promisorio y, en la asistencia que regenta su madre sustituta, se prendará de una sensual brasileña, quien lo seducirá con su hermoso cuerpo moreno y sus ojazos de fuego y de adivina, y lo iniciará en los deliciosos lances del amor carnal:

“(…) Cae la noche, arropa tiernamente con su manto oscuro y silencioso el altiplano y cada cual se dirige a sus habitaciones. En la suya, Ricardo, recostado en la cama, mira al cielo raso y espera; espera una señal de ella, una convención que pactaron para ir a cumplir la cita en la que Rosa de Abril –el más hermoso capullo del lugar– le enseñará las artes y delicias del amor; probará por vez primera las mieles de la pasión y sumergirá su cuerpo en las tibias y deliciosas brumas del placer sexual. El hermoso cuerpo de la morena se deslizará como agua fresca y deliciosa entre las manos juveniles y torpes del muchacho. Sus senos duros y tibios, dulzones y alegres, parecerán saltar al choque con la lengua húmeda del joven y el torso desnudo, de vientre cóncavo, se entrelazará con su pecho vigoroso a un ritmo suave pero desenfrenado, entre gemidos tenues de pasión” (pp. 25,26)

Además, Rosiña le enseñará a trazar los sueños que marcarán su destino y los trucos y la psicología de los juegos de cartas; enseñanzas que pronto aplicará en un primer lance de desafío con un viejo y cañero apostador, a quien vencerá en una partida de baraja española y quien le encimará el mote con el que será conocido desde entonces. Y, de paso, se hará dueño de una yegua jugada a las cartas y saboreará las caricias de la gorda Amalia, una antioqueña que le habla de su tierra natal, de una Sonsón en donde recios colonos subieron piedra del lecho del río Arma para que otros la labraran y empotraran en la construcción de “la más hermosa catedral católica del país”.

A partir de este episodio, la diestra pluma del escritor hará vivir a su personaje principal múltiples episodios, en un periplo vital que lo llevará a parajes diversos de nuestra geografía: Con la plata ganada en la baraja, El Pollo adquiere la finca de un anciano vecino llamado Belisario Peña y, en los alrededores de Sogamoso, comenzará a comprar yeguas y potrancas para aumentar su propio hato; dormirá en fondas y posadas camineras, arrastrará señales de su vivencia y de su suerte.

Hará amistades entrañables, como Pompilio Sanclemente, un gallero que ha sobrevivido a la violencia, o como Miguel Gómez Gómez, un pereirano que ha perdido un brazo en una reyerta y que se convertirá en su amigo para toda la vida; junto a ellos, Ricardo Zamorano, trasegará por ferias y fiestas en el Tolima Grande y por caminos caldenses.

En Riosucio, en medio de una muchedumbre carnavalera, observa a una linda muchacha aguadeña, Oliva María Arias, cobijada bajo la custodia del Padre Giraldo: una jovenzuela “(…) de bellísimo rostro ovalado, de piel nacarada y ojos azules rasgados, achinados” (p. 47), a quien pretende, y sueña con desposar.

El Pollo, entonces, decide regresar a Buga, su pueblo natal, y se reencuentra con sus padres y hermanos, quienes lo reciben alborozados, pues “(…) es el héroe del momento, es el hombre que regresó de las tinieblas de quién sabe dónde, es el repatriado de ese país de olvido y de silencio que habitan los seres desaparecidos… (p. 51)

A los meses, se entera por boca de un amigo que la muchacha caldense ha dado a luz mellizos y que el progenitor de sus retoños es el mismo cura… Amargado, se refugia en el licor y regresa a sus andadas. Viaja por la Costa, retorna a administrar sus propiedades en el Altiplano y vuelve a refugiarse en los cálidos brazos de la gorda Amalia: “(…) Y la vida continúa”.

Seguidamente, un poco a la usanza de Cervantes, Camilo José introduce relatos dentro del relato, que aunque conservan aristas de contacto con la narración central, se convierten en historias paralelas, como la que refiere la infancia, los avatares y la muerte de Belarmino Carreño (en la primera sección de la novela que ha titulado El Pollo), y posteriormente en la segunda parte, intitulada Orígenes, cuando cuenta la historia de un negro cimarrón y de otros libertos (con una fuerte impronta de Arias Trujillo), que se entronca con los fundadores de algunos pueblos del Valle, lo que le sirve al autor para poner en escena a Estelita González Moreno, quien termina por casarse con Ricardo Zamorano en una celebración matrimonial que permanecerá en la memoria colectiva de “La Ciudad Señora”.

En la última parte, titulada Contrastes, llegarán los vástagos de matrimonio: La mayor, Amparito, habilidosa y líder y coqueta, terminará siendo una gran doctora en Medicina; Ricardo de Jesús y César Alberto harán empresa, mediante la disciplina y las enseñanzas de su padre, y Reynaldo, libertino desde joven, terminará asesinando a su compañera sentimental, envenenado por los celos, y huirá de la escena del crimen y del orden mental.

Como en una ráfaga que intenta ilar los contrastes de las vidas del protagonista y sus allegados (los de aquellas otras historias, como Miguel y Pompilio), el autor entreverá los cambios que se dieron en el mundo, con la llegada de los años maravillosos de los sesenta del siglo que se apaga: el hombre llegará a la luna, vendrá el auge de los televisores y de las modas sicodélicas, los mensajes de los hippies con su Amor y Paz, las guerrillas, el Frente Nacional entre nosotros… los curas alentando la guerra y la violencia partidista, mientras trafican con las mentes de los niños y jóvenes que intentan “educarse bien”…

La Violencia, con mayúsculas, catalizada con el asesinato de Gaitán, se repetirá una y otra vez; los campesinos habrán de migrar hacia los centros urbanos; aparecerán los carteles mafiosos, seguirá desangrándose el país de tierra magenta y bermeja.

El camino hollado por el arriero de la portada seguirá ahí.

Mientras tanto, en “Villa Zamorano”, a orillas del bello lago Calima, a sus setenta años, el caballista y criador de equinos más famoso de Colombia se sentará en una silla, y morirá tranquilamente:

Y así se fueron perdiendo en el tiempo aquellas historias de vidas vividas con gran intensidad; historias de vida de gentes que tuvieron el privilegio de vivir esos momentos románticos y hermosos que marcaron grandes acontecimientos de la mano poderosa, fuerte y generosa de patriarcas y matronas que vivieron aquellos amaneceres allende los tiempos idos, aquellos Otoños de otras épocas; aquellos tiempos  quizás mejores y más románticos y más cálidos -afectivamente hablando- que los nuestros (p. 184)

 

Comentario final

Es evidente que la novela presenta ciertos errores y trastocaciones estructurales, si se mira desde un punto de vista académico, con ojos de crítico estricto, debido en parte –como lo confiesa el propio escritor– a su reducido nivel de formación escolar; por ejemplo, la inserción de historias y sucesos paralelos e independientes, a veces, desvían la atención del lector del eje narrativo central; o el asomo de elementos ensayísticos, aunque válidos, hacen desviar la atención de la tensión narrativa. Pero, asimismo, en ello radica su valor, como esfuerzo de creación y de superación personal en el oficio, máxime cuando es el fruto de la combinación de vivencias personales de un autor-persona que quiere dejar su testimonio, con su concepción y sus defectos, acerca de tramos de nuestra realidad, de segmentos y personajes de carne y hueso que vemos cada día rondar por nuestros campos y calles de los pueblos cordilleranos. Y más todavía, cuando casi nadie ya realiza una labor similar, en un mundo embelecado de tontas aplicaciones digitales, superfluas, volubles, consumistas y que ha olvidado el calor que da el afecto, en seres de carne y hueso y no robots. Como señala el propio Camilo José, con cierto sentido: “Sí, soy costumbrista -me considero el último-”.

En muchos pasajes de la novela reseñada, las descripciones de personajes y acciones logran una bella factura realista con ribetes poéticos, porque su creador también es un hombre hábil para el verso; mientras hay una saturación de elementos pertinentes a las descripciones, en cambio hay ausencia de diálogos, lo que hace que muchos pasajes narrativos pierdan dinamismo. Pero, estos faltantes se obvian al detallar la riqueza de sus personajes bien definidos, el relato de vivencias interesantes y hasta risueñas, el testimonio de fenómenos y costumbres sociales ya olvidados, y los ritmos internos, entre otros logros que marcan una impronta para las generaciones posteriores, que, como las presentes, andan un poco despistadas, reconcentradas en el mutismo de estos tiempos, de otras épocas, de otros otoños.

 

Notas

  1. Libretti, I. (2017) Aparato digital e ideología de Estado. Uso político de la e-imagen. Revista del Centro de Estudios Visuales. NOiIMAGEN, número 1 (ACADEMIA)
  2. Forero Serna, Camilo José (2014) Otoños de otras épocas. Impresora Feriva, Santiago de Cali

*Jorge Hernán Flórez Hurtado, nacido en Aguadas (Caldas, 1958) y residenciado en Manizales, con estudios en Filosofía y Letras, colabora con algunas publicaciones periodísticas y literarias, con artículos especialmente sobre escritores universales y de la región viejo caldense. Autor del poemario Esos muchachos del Sur, tiene inéditos varios trabajos en cuento y novela.