Foto: www.eldia.com.ar

Una lucha por el todo

…por fin, después de tanto tiempo, se vio por las calles de La Plata a militares y estudiantes trabajando hombro a hombro por su gente. No importaba la camiseta, el objetivo, era ayudar, era dejar que la solidaridad, después de la tormenta, saliera de las aguas como el barco insignia, y parara en cada uno de los puertos corazones platenses.

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Por: Adriam Bastidas

Con la llegada de la estación de las hojas caídas y del amarillo pálido nostálgico, La Plata, la ciudad de los masones, la urbe que se siente orgullosa por ser la mejor diseñada a nivel mundial, la ciudad de las diagonales y las plazas, fue sorprendida por el otoño el 2 de abril del 2013. Los platenses vivieron una vez más el terror, la angustia, el dolor, pero esta vez no fue por causas políticas, esta vez no hubo Noche de los lápices, el enemigo no fue la dictadura militar, fue la madre naturaleza. 392 milímetros de agua, según el departamento de sismología e información meteorológica, comenzaron a caer desde las 4 de la tarde.

Ese martes Santo, un amigo y yo estábamos por el centro de la ciudad, como buenos emigrantes en el país del sur, buscábamos empleo repartiendo curriculum en uno que otro establecimiento comercial que para ese momento aún permanecía abierto. Entre la caminata dialogábamos de las diferencias culturales de cada nación latinoamericana, estábamos sorprendidos, ¿cómo era posible que los argentinos tuvieran 3 meses de vacaciones? Tienen las de verano, y al regresar, entraran de inmediato a las vacaciones de Semana Santa, ¿en qué momento trabaja esta gente? -Parece ser que para ellos el año realmente empieza en abril-, decía mi amigo.

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En ese momento la lluvia llegó en forma de brisa fuerte, los pocos transeúntes que quedábamos por ahí corrimos a abordar el bus de inmediato. Ya refugiado en casa, decidí ver caer la lluvia y esperar. La energía se había ido, las telecomunicaciones habían muerto, recuerdo que escampó un momento y decidí salir a la calle, un presentimiento me acompañaba y al voltear la esquina lo comprobé: el agua había tapado los carros, un par de jóvenes se asomaban montados en una especie de canoa cerca de la estación de policía del barrio. Hasta ahí todo me parecía normal, estaba acostumbrado a ver en las noticias, en Colombia, los famosos arroyos de Barranquilla que arrasaban con todo a su paso. La noche había llegado, y con ella el cansancio y el sueño. La lluvia continuó con su ritmo sin que nadie sospechara de ella.

La sorpresa fue ese miércoles en la mañana, los rumores eran evidentes, La Plata estaba inundada como nunca antes en sus 150 años de fundación. Ningún medio de comunicación local daba información, era el ciudadano del común quien llevaba la noticia; había muertos, desaparecidos. El temporal devastó barrios enteros, a todos nos bastó esperar hasta el día jueves 4 abril para comprobar la magnitud de la tragedia: 53 muertos, más de 400 desaparecidos, personas que habían perdido sus viviendas y negocios, y la presencia del Estado por ningún lado, fue ahí, en ese momento, donde la solidaridad salió a flote de inmediato. Eran los mismos ciudadanos platenses, en especial, los jóvenes estudiantes, ayudando a los damnificados platenses, se crearon brigadas, distintas organizaciones tanto públicas como privadas

Foto: http://www.focolare.org
Foto: http://www.focolare.org

Recibían donaciones los centros de cultura, integrados en su gran mayoría por jóvenes militantes, y los cuales sirvieron de albergue para los damnificados al igual que colegios, escuelas, teatros, y algunas facultades de la Universidad Nacional de La Plata. Iglesias de distintos credos invitaban a sus feligreses a colaborar, todos se ofrecían como voluntarios, las donaciones llegaban por todos lados. Todos movilizados de distintas maneras y de múltiples formas posibles, por fin, después de tanto tiempo se vio por las calles de La Plata a militares y estudiantes trabajando hombro a hombro por su gente. No importaba la camiseta, el objetivo era ayudar. Era dejar que la solidaridad, después de la tormenta, saliera de las aguas como el barco insignia, y parara en cada uno de los puertos corazones platenses.

A medida que pasaban los días, a los estudiantes platenses no les importaron las distintas discrepancias políticas que fueron saliendo a la luz pública, no les importó si el intendente de la ciudad Pablo Bruera se parece o no al alcalde de los Simpsons, en ese momento no les importó si la presidenta Kristina hacía acto de presencia en las zonas más afectadas, no les importó si la Argentina decretaba 3 días de duelo nacional por la víctimas; ellos, los estudiantes, la tenían muy clara, no querían perder el rumbo, sabían que había gente que necesitaba un colchón, que necesitaba alimentos, que necesitaban ser escuchado, pero en especial necesitaban miles de abrazos solidarios. Los estudiantes querían estar metidos en el barro, visitando cada albergue, organizando y distribuyendo las distintas donaciones que iban recibiendo, fueron ellos los que en cuestión de horas crearon toques musicales a las afueras de las facultades, fueron ellos los que cerraron calles y parques para mostrar eventos culturales y así recoger fondos y continuar navegando en su barco solidario.

Foto: www.anarkismo.net
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La última vez que los vi iban marchando por las calles, la ciudad volvía a la vida, sus rostros eran distintos, los tambores sonaban más fuerte que de costumbre, murga va y viene, el colorido de los trapos, papel picado y la voz estudiantil celebrando. Habían logrado que la universidades otorgaran subsidios a los estudiantes damnificados, y estaban seguros que podrían obtener más, y fue en ese instante donde pensé en Colombia, y recordé una frase de Jaime Garzón que decía: “si ustedes los jóvenes no asumen la dirección de su propio país, nadie va a venir a salvárselo, nadie” y entendí por qué sus rostros habían cambiado, los alumbraba la mirada de la solidaridad, y entendí también que quizás por eso nadie nos ha salvado, porque aún los jóvenes colombianos desconocemos el verdadero significado de la fraternidad.