Tomado de inoutradio.com

Ver a una mujer

Si la figura de Annemarie fue tan aclamada por la fascinación que producía, qué decir de su prosa en este pequeño libro, que nos envuelve, desde la primera línea, con su delicadeza.

Por Marcela Escobar

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Ver a una mujer, verla solo por un segundo y durante el breve lapso de una mirada: rostro ambiguo, de vaga tristeza; cabello corto, provocador; labios serios, dulces. Fue llamada “el ángel devastado” y causaba entre todos el mismo efecto con su extraña mezcla de quien no parece ser ni hombre ni mujer. “¿Acaso tú, querido, soportarás esa mirada? Es mi lado tenebroso…” es la dedicatoria que acompaña la fotografía del rostro de Annemarie Schwarzenbach, mitad ensombrecido, que a finales de 1934 envía al que más adelante –por motivos de conveniencia– sería su esposo. Porque hay que decirlo de una vez: la verdadera pasión –o, más bien, una de tantas, a cuál más escandalosa– de Annemarie era el mundo lésbico que la acompañó desde la infancia. Que los hombres se le acercaran con asomos de flirteo y mostraran un interés por ella como “mujer” le repelía hasta el disgusto. Nada más abominable para ella que ir en contra de lo que consideraba su naturaleza solo para contener los prejuicios de los demás. Pero si esto la acompañó desde la infancia fue por los particulares comportamientos que su madre alentaba: dejó que la Annemarie de nueve años cortara su cabello a la altura de las orejas, usara ropa de hombre para cortejar a sus amigas e insistiera en ser llamada, alternativamente, Fritz y Paul Otto. Y todo esto fue debido, en gran medida, a su propia homosexualidad, que ni siquiera su conservadurismo logró reprimir. Quizás volcó toda la culpa en su hija, a quien le reprochó siempre su comportamiento “enfermo” y “antinatural”, refiriéndose también a su temprano gusto por la escritura.

Nacida en Suiza en 1908, la enigmática belleza de Annemarie provocó siempre comentarios de admiración. Su apariencia angélica contrastaba con la actitud escandalosa producida por su búsqueda de amores cambiantes, paraísos artificiales y viajes interminables. Tuvo una vida errante, con tendencia al riesgo y al exceso. Desarrolló un precoz virtuosismo para tocar el piano. Entabló una amistad íntima y complicada con los hijos mayores de Thomas Mann, Erika y Klaus. Fue historiadora, arqueóloga y reportera.

Al igual que su rostro, su prosa era sumamente delicada, de un lirismo suave y muy cuidado, pero a la vez exultante y arrollador. Al igual que su rostro, su prosa ambigua oscilaba entre la intimidad y la lejanía, lo vago y lo preciso, y era su escritura de una exaltación más bien sombría. A sus 21 años escribe: “Ver a una mujer, y sentir en ese mismo instante que también ella me ha visto, que sus ojos interrogantes han quedado prendados de mí como si no tuviéramos más remedio que encontrarnos en el umbral de lo ignoto, de esa frontera oscura y melancólica de la conciencia…”. Parece autorretratar el encuentro con su propia mirada, que evoca determinación y la desesperación resignada de quien no espera ya ningún consuelo.

Estas líneas aparecen en su legado ubicado en el Archivo Suizo de Literatura de Berna, en un manuscrito de 60 páginas catalogado como “fragmento sin título”, que fue publicado finalmente como Ver a una mujer. Annemarie captura aquí, con una belleza inusual, el éxtasis de lo fortuito, la atracción por la aparición repentina de una desconocida. Si la figura de Annemarie fue tan aclamada por la fascinación que producía, qué decir de su prosa en este pequeño libro, que nos envuelve desde la primera línea con su delicadeza. Después de recibir la frescura del aire nocturno –como quien se dispone para lo que viene– sube al ascensor de manera distraída. Y entonces sucede: su mirada se sorprende con la belleza de otra mujer; una belleza severa y masculina. Y en ese segundo intenso y fugaz, siente nacer muy dentro a la desconocida que con la rapidez del parpadear se convierte en anhelo y en mandato: la invade un impulso irresistible de acercarse y un deseo incontrolable de seguirla.

A esto es a lo que Barthes llamaría abismarse: entregarse a ese tipo de instantes sin ningún miramiento. Una caída continua en esa especie de anonadamiento que es el amor y en el que no hay distinción alguna entre desesperación y plenitud. En esto fue Annemarie la gran experta. Su vida fue un constante suceder de abismos hacia la herida y la felicidad. Se entregó –y de lleno– a los viajes, a los insoportables vaivenes del amor, a todo tipo de drogas y a las descomunales cantidades de morfina. “¿El abismo no es más que un aniquilamiento oportuno?” Tal vez oportuno fue el día en el que simplemente agarró su bicicleta y se entregó a sus osadías de niña: sin sujetar el manubrio descendió a toda velocidad por una pendiente de los Alpes, y en su caída libre y frenética se golpeó la cabeza y quedó amnésica. Y entonces su descenso pareciera ser una especie de presagio y de antesala a lo que en años posteriores escribiría Barthes: “me diluyo, me desvanezco para escapar a esta compacidad, a este atasco, que hace de mí un sujeto responsable: salgo: es el éxtasis”. El último abismarse del ángel devastado.