Ahora viven al límite de ser exiliados de su lugar ancestral, el mismo donde además de tener enterrado el ombligo, guardan sus recuerdos, dialogan con sus espíritus, realizan sus prácticas y rituales como comunidad originaria.

Por: John Harold Giraldo Herrera

Fotografías: Rodrigo Grajales

En Tamaquito II, un asentamiento de los indígenas Wayúu en La Guajira, la mayor parte de sus habitantes tienen su ombligo enterrado. Cuando nacieron, sus familias, como parte de un ritual ancestral de conexión con su territorio, cavan un hueco cerca de su Pichi (un lugar de refugio, casa para el occidental) en un sitio reconocido para no olvidar de dónde vienen y de dónde son. Ahí están sus cerca de 150 ombligos, el último en ser enterrado es el del hijo de Sandra Paola Bravo Epieyuu, una joven de 17 años que hace dos meses tuvo con su compañero a Geovanni Camilo Fuentes. Sus ombligos en la tierra nunca se desentierran y en cambio esperan por acumularse cada vez que viene un miembro de la familia. Sin embargo, aunque hay dos mujeres embarazadas en el asentamiento, no saben dónde los ombligos serán enterrados. Tamaquito II será trasladado.

Cuando en 1965 llegó por primera vez don José Alfonso Epieyuu nunca pensó que su sitio ancestral el cual fundó, estuviera en algún momento corriendo riesgos. Vino de la Alta Guajira, por Lagunita, anduvo por varios sitios, pasó luego El Descanso, estuvo cerca a la Serranía de Perijá, nunca cercó, nunca tuvo en cuenta los límites porque su idea era que la tierra es para quien la trabaja y la necesita. El territorio a los Wayúu todo les pertenecía, no habían divisiones, ni mallas, eran libres, se quedaban donde querían. Don Alfonso caminó buscando trabajo y caminando como parte de su tradición nómada de ser Wayúu, La Guajira fue un solo territorio para el pueblo originario, sin embargo, las multinacionales han venido apoderándose de miles de hectáreas para sacar los minerales que tienen sus tierras. El Cerrejón, la multinacional explotadora de carbón, en su proyecto de expansión, pretende quedarse con más de los terrenos que ahora tiene, la locomotora minera anda prendida y a mucho vapor, con 32,3 millones de toneladas vendidas en el 2011, se dice que quiere llegar a exportar 500 millones de toneladas. Don José Alfonso no duerme tranquilo, su comunidad está en peligro.

Tamaquito II se encuentra a una hora en mula de Venezuela, tres horas a pie. El camino ya desdibujado y apoderado por la multinacional, los ha cercado, por ahí ya no pueden transitar, toca ir hasta Maicao si quisieran pasar al otro país, donde también viven muchos de sus hermanos e integrantes de la familia Wayúu y en donde buscaban trabajo y fuentes de ingreso. Tamaquito II es un territorio poblado por 195 personas, 32 familias, cada una de ellas antes tenía muy bien definida una ocupación. Ahora viven al límite de ser exiliados de su lugar ancestral, el mismo donde además de tener enterrado el ombligo, guardan sus recuerdos, dialogan con sus espíritus, realizan sus prácticas y rituales como comunidad originaria.

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Alfonso recuerda cómo duró 30 años con el patrón. Luego él se murió y se vino para este pedazo de acá, Leonardo Enrique su hijo mayor se hizo hombre con él, así como Josefa María su hija se hizo en el asentamiento mujer, luego llegaron los nietos, más integrantes y poco a poco fueron llegando a tener una comunidad. En los años 80 seguían viviendo tranquilos, pensaban en no incomodar a nadie, va contando cómo ni él ni su familia visitaba a los vecinos. En este momento, anda sentado en una silla de plástico, marca Rimax, su sombrero es grande y tiene unas alpargatas,  una camisa café de rayas blancas y verdes más un jean, observa una presentación de juegos tradicionales: tiro con flecha, trompo, una especie de lucha libre ejercida por la fuerza y la concentración: dos jóvenes se prenden de sus wayucos, una prenda colorida, hasta que el uno o el otro sea derrotado al caer en la arena. Entonces, don Alfonso dice: “yo no quiero irme de aquí”, pero señala cómo la yuca y la ahuyama se seca por culpa de la contaminación del polvillo que suelta la explotación del carbón. La autoridad es el abuelo, el que tiene el respeto, orienta a los jóvenes, es el mediador de la comunidad para que exista una convivencia pacífica.

Al otro lado está la abuela, el médico tradicional, compañera de Alfonso. Carmen Pushaina con 76 años aún sonríe, no habla español, solo Wayúu, con su lengua comprende todo lo que le rodea y ha acumulado el saber ancestral. Ha sostenido el ser partera de sus nietos, así como el ayudar en armonizar a los espíritus. No tuvo la opción de ser médico, fue por un sueño, un espíritu que lleva le otorgó ese poder. Ser médico no es de herencia, ni de vocación, el sueño lo previsualizó. Al controlar los espíritus cuenta con la capacidad de curar. Controlarlos significa poder hablar con ellos. Se mece en su chinchorro, lleva una manta verde y una serie de collares, está hilando para al otro día tejer una mochila que espera vender. Al preguntarle por los espíritus se incomoda, no quiere hablar, dice Jairo, su nieto, quien es el gobernador. Su fuerza de mujer trabajadora sigue latente, termina diciendo que en este lugar tiene todo lo que le pertenece: la familia, los sitios donde conversa con los espíritus, la cultura que la ata a su ser indígena.

La parte organizativa es de las autoridades tradicionales, los mayores, como los dos abuelos; la asamblea es la máxima autoridad, con normas internas, como el tema de seguridad, de constitución, normas alimentarias, artesanías, y otras más; se tienen que cuidar, la fuerza pública les ha hecho mucho hostigamiento, han retenido miembros de la comunidad, los grupos irregulares que andan cerca de la frontera también los han atacado; de hecho defienden a los niños, por ello el tema de la seguridad es tan clave. Y se cuidan mucho de que entren al territorio personas distintas a los de la comunidad.

Cada vez que alguien desee entrar debe solicitar permiso. Las autoridades se reúnen, escuchan las justificaciones de los foráneos, toman la decisión y luego de la autorización se hace una especie de asamblea, los mayores invocan a los espíritus, el gobernador anuncia la llegada, presenta a los invitados y de ahí en adelante, nos dejan tomar fotos y entablar un diálogo con la comunidad. Alistan danzas, los juegos tradicionales, muestra de sus artesanías y un recorrido por su asentamiento.

Jairo Fuentes Epiayú, de 29 años, es el gobernador, lleva 10 años liderando su comunidad, fue electo por una asamblea, cada año se reúnen para tomar las autoridades y todos los pobladores una disposición de quién los debe representar. Las danzas pronto comenzarán, las mujeres se preparan pintándose los rostros y sus esbeltas mantas entre rojas y naranjas se ven mecer por la fuerza del viento. Por ahora en Tamaquito II libran un proceso en el cual se andan preparando para el cambio de sitio ya que se encuentran ahogados en su propio territorio.

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“Estamos dispuestos a usar nuestras flechas para defender lo que nos pertenece”, anuncia Jairo, su juventud y liderazgo en La Guajira lo han mostrado como alguien serio y de confiar pero decidido a hacer lo necesario para que no los irrespeten ni amedranten.

En el 2005 Jairo Fuentes es electo como gobernador. Su vida organizativa empezó a los 14 años al ser parte de un comité juvenil en el asentamiento, su sangre del clan de los Pushaina, más esa necesidad de establecer una comunidad en lucha y decidida a seguir existiendo. Los Wayúu han permanecido con una forma de unidad a través de los clanes, un grupo de familias con la autoridad y el poder para ejercer autoridad dentro de su estructura como comunidad. Los Wayúu son la principal fuerza indígena en Colombia, con casi medio millón de integrantes, en La Guajira viven la mayor parte de ellos.

La fuerza pública estuvo acampando muchas veces cerca de su asentamiento y ellos los dejaban, pero además de ponerlos en peligro, escuchaban sus reuniones y asambleas, le hicieron las denuncias cuando el ministro de defensa fue Juan Manuel Santos, y estaban muy preocupados por la ola de falsos positivos. Luego las mujeres no podían ir a bañarse en el río por temor o porque eran espiadas, ni sus habitantes hacer sus necesidades fisiológicas bien; fue así como tuvieron -más por necesidad- la disposición de usar sus flechas, no para tirarlas sino para decirles que si volvían a espiarlos estarían dispuestos a enfrentarlos: “Sabemos que el batallón Gustavo Matamoro que está aquí cuida el territorio, pero están es protegiendo más los intereses de la empresa”, afirma el gobernador. Luego hicieron otra denuncia en el 2012, esta vez por invasión de su territorio, y llegaron a un acuerdo, la fuerza pública debe estar a más de 2 ó 3 kilómetros de distancia de su predio.

Tienen una guardia indígena, los mayores cargan el bastón como sinónimo de respeto, y los jóvenes y adultos el arco y las flechas; la guardia son como una especie de custodios, se ubican en los árboles, mimetizados, manteniendo el orden, también cuidando sus plantas ancestrales y los animales –ya que han disminuido mucho- se protegen de los intrusos y de que no les dañen el patrimonio natural, como árboles que talaban y pesca hecha con explosivos. Su enemigo, así lo llaman, es la multinacional de El Cerrejón.

La flecha era usada para cazar, se recuerda cómo sus ancestros la emplearon para suplir la necesidad de comida, hoy es parte de los juegos tradicionales, en Tamaquito II vive el campeón departamental de arco, y muchos de los jóvenes tienen el arco como juego pero también como elemento de defensa. El campeón alza su arco; a unos 30 metros de distancia, en la otra orilla, lo espera un árbol al que le apunta para dar en el blanco, mira al cielo, toma aire y dispara, es certero, da en el blanco, luego los niños y jóvenes siguen el ejemplo y la instrucción y esperan lanzar la flecha lo más lejos posible.

Tamaquito II es una belleza natural, “se respira aire puro”, dice el gobernador, vertientes de arroyos, nace una que denominan la fuente de la espiritualidad, no tan libres de la contaminación de la mina, porque el polvillo llega con los vientos, mas la explosión ha ahuyentado a los monos aulladores, a ciertas manadas, como también a la variedad de palomas como la chilora, tampoco han vuelto el tigre, quedan iguanas y conejos, más unos ñeques y zainos.

Por el asentamiento, que cuenta con 10 hectáreas más 200 metros, se ven pasar unos pocos chivos, cerdos y algunas gallinas, cultivan la yuca, el maíz, patilla, el frijol guajiro, el filo, la malanga, el ñame. Las danzas están listas de modo que por ahora los jóvenes siguen con su arco y flecha y le pregunto a uno para qué la quiere usar y dice: para jugar; eso espera.

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Una docena de muchachas y niñas hacen una fila. Las mantas extendidas por el viento dejan ver un esplendor y colorido muy emotivo. Suenan los tambores, y de repente salen, descalzas, parecen seguir con las cabezas agachadas el paso del alcaraván. Alrededor hay júbilo y orgullo por tanta inusual belleza, esa es Colombia desde adentro, festiva, llena de de diversidad.

Marily Fuentes, de 22 años, es la profesora de danzas, nadie le enseñó, bailaba sola, su tío tocaba el tambor, y de ahí el cuerpo no se desprende de engalanar con pasos, los toma de lo que observa de su entorno natural. En el baile se trasmite toda la energía, cuando danzan sus aflicciones e incertidumbres cesan al estar en contacto con una imitación de los animales y su cultura. Se baila para festejar, cuando una niña le llega el periodo se hace un baile, se danza para animar un enfermo, para acompañar todos los momentos de la vida. Por ahora, no han podido festejar la cosecha porque poca comida han tenido. Dicen también danzar para que no desvíen el único río de La Guajira, el Ranchería, pues la multinacional quiere desviar su cauce 26.5 kilómetros para continuar explotando carbón.

Ningún poblador del asentamiento recuerda haber tenido problema grave. Los Wayúu gozan de tener unos mediadores para dirimir sus conflictos, el palabrero, le dicen. La palabra en la comunidad Wayúu es sagrada, por eso no hacen documentos, porque con la palabra se mantienen en armonía, lo que dicen y pactan es para cumplir y llegar a acuerdos, no para embaucar, sino para respetar. Cuando se incumple empieza el conflicto. E ingresa la labor del palabrero –pütchipu-. El abuelo, más unos tíos, son quienes cumplen esa labor en Tamaquito II.

También el sueño es muy importante para los Wayúu, con ellos llegan los hechos que sucederán y los caminos que deben tomar. El sueño es una conexión con los espíritus, puede ser el revelador de sucesos, ofrece la ruta, el camino a seguir; quien sueña tiene un mensaje, debe ser dicho por la mañana para conservar la efectividad, y con el médico tradicional interpretar lo que eso quiere decir.

En Tamaquito II ya no están tranquilos, vivían felices, no aguantaban hambre, cazaban y su cultura ahí cerca del límite con Venezuela era sin preocupaciones. El Cerrejón los va a reubicar, primero los encerraron en sus 10 hectáreas, compraron todo a su alrededor, y los fueron dejando incomunicados y sin libre albedrío. Temen quedar como la comunidad de Tabaco, una población de afrodescendientes que ya fue desalojada, y con la cual los de Tamaquito II intercambiaban sus productos; en el municipio de Albania vendían lo que cultivaban, en una hora en mula llegaban allá. Caracolí y Espinal también fueron desterradas, de modo que se quedaron sin qué subsistir. La leña ha escaseado ya que no pueden ir por los árboles secos que podían arrumar por allá cuando iban al bosque.

Desde el 2001 los ingresos de sus habitantes bajaron así como el sitio para educarse. Allí pudo estudiar el gobernador y muchos más. Recuerdan cómo se iban en una caravana en burro para ir a estudiar. Los últimos que estudiaron lo hicieron hasta segundo. También a Tabaco accedían a los servicios de salud, para curar las enfermedades. Quedaron con una sola vía, “estamos como un embudo”, dice Jairo, encerrados en su propio territorio. El impacto fuerte del asentamiento, los dejó aislados, cada vez que iban de caza había vigilantes de la multinacional que les impedía desplazarse por donde antes cazaban o conseguían lo que necesitaban. Deben pedir permiso para entrar al río, escondidos han transitado lo que antes les pertenecía. Las veces que pasaron les decomisaron las atarrayas, les quitaban lo que pescaban, los agentes de seguridad de El Cerrejón los amedrentaban.

El Cerrejón les puso una valla que dice: “Prohibido el ingreso a este lugar”. Con el pastoreo, los chivos iban a comer a lugares lejanos. Cada vez que lo hacían portaban sus instrumentos mientras caminan para interpretar el lenguaje musical de las aves. La contaminación también los afecta, sus cultivos no se cosechan como antes, algunos palidecen, el maíz ya no da tantas pelusas. Y no dan los frutos esperados.

El baile cesó, unas tres danzas fueron expuestas, los aplausos cierran la jornada y sigue un recorrido por el territorio.

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“Aquí vivimos bien y alegres”, dice Dayana Solano de 15 años. Va todos los días a estudiar a Barranca, es una de las mujeres que hace un rato danzó el baile de la tortolita y el zamuro, ese animal también conocido como chulo o el que escarba en los cuerpos descompuestos. Dayana disfruta su cultura, en Tamaquito II nació y ha vivido sus años de vida, resalta como su comunidad es unida, sus momentos buenos y malos, más el cúmulo de alegrías la atan a su territorio.

A las 12 y 45 sucede una explosión que perturba. Los de Tamaquito II no se han acostumbrado, cada vez que suena se estremecen y asustan, el cielo se cubre de gris, y es la explosión hecha a cielo abierto para extraer el carbón. La contaminación también les deja daños en la piel, dolores de cabeza frecuentes, la piel con salpullidos, infecciones respiratorias y digestivas, afectaciones sufridas también por los animales, los chivos han mermado el parir. Se medio marañea la tierra para sostener las familias. Los demás que me acompañan se van a recorrer el territorio, me quedo observando cómo Yurani Mileni Fuentes, una artesana de la comunidad, teje unas manillas, entro a su casa, observo dos chinchorros y ver es como entrar a su territorio simbólico, afuera yace enterrado el ombligo de su hijo Adrián, no quiere desenterrarlo y trastearlo.

No queda más que la reubicación. Al solo consumir y poco producir por el encierro y la asfixia causada por la multinacional. El Cerrejón ideó el proyecto Tamaquito II, un lugar al que no quisieran trasladarse, porque los sitios ancestrales no se pueden pasar así como así. Los de El Cerrejón dicen en los documentos de reubicación que: “las comunidades Wayuu no tienen tradición territorial y mucho menos referentes simbólicos, míticos y culturales que los aten a esta tierra”, y su comentario es porque suelen afirmar que no hay tradición Wayúu en el municipio de Barrancas. De ahí la justificación de su traslado. Cuatro comunidades más, como Roche, Patilla, Las Casitas y Chancleta, también andan en ese proceso de traslado.

En Tamaquito II no se quieren trasladar, pero si lo hacen, dice Jairo, solicitan que este lugar de 10 hectáreas se conserve como un sitio sagrado, sin intervención, sin daño a su camino de los espíritus, a toda la simbolización y tradición que desde 1965 han consagrado.

Solicitaron 500 hectáreas y les asignaron 300. Las casas nuevas iban a quedar de unos 30 metros cuadrados, como las que hicieron a los reubicados de Patilla –otro lugar comprado por la multinacional-, y le hicieron el ejercicio a los de la multinacional y no les daba ni para colgar bien un chinchorro. Por ahora, está el acuerdo de las tierras y las nuevas viviendas. Lo más fuerte de la negociación es el valor cultural, natural y simbólico, el cual no es negociable, exigen que quede como esté. “En el otro lugar los espíritus no nos conocen y los de acá no se pueden llevar”. Como tampoco los 150 ombligos que están enterrados.