“Cuando fue el homenaje a Fuentes vine y la fila no era tan larga”, dijo, lamentándose. Es una tradición en México que al morir algún artista de renombre en el país se hace una honra póstuma en el Palacio de Bellas Artes. El de Carlos Fuentes fue un 16 de mayo de 2012. “Él era mexicano, y como en el de Gabo, debió ir mucha gente”.

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Por: Gustavo Vargas

El boliviano, la nicaragüense y Noé Cruz

“Cien años de más felicidad para Alejandro, Gabo”, leí la dedicatoria que un mexicano exhibía con orgullo para la fotografía. Estaba escrita en la primera página de ‘Cien años de soledad`, donde la palabra “más” era una corrección sobre la letra en molde del título de la novela, sobre la palabra “soledad”, reemplazándola.

La caligrafía era juguetona, de caricaturista, y Alejando, el hombre delgado de lentes oscuros que la exhibía contaba que fue por parte de una amiga como consiguió unas palabras de García Márquez en su cumpleaños.

Mientras dejaba atrás la fiesta de colombianos y mexicanos al son de la trompeta y subía por la Avenida Juárez para alcanzar lugar en la fila que daba vuelta en el Monumento al Benemérito y se metía al centro de la Alameda, donde encontré a Alejandro y su muy fotografiada dedicatoria, los lirios, rosas, iris, gerberas, crisantemos y girasoles de color amarillo brotaban de las manos de mujeres en espera para despedir a su Mauricio Babilonia. Las anécdotas se repartían entre las personas de la fila y cada quien saboreaba un fragmento de sus cuentos o novelas. Algunos anunciaban las veces que García Márquez caminaba solitario por las calles de Ciudad de México y entraba a los mercados y las librerías sin nadie que lo molestara. Ya su imagen tomaba cierto mito de ser irreal, digno de las hipérboles, las grandes hazañas junto a la sencillez de los pasos de quien no se cree más de lo que debe. Ya pasaba a ser una historia para admirar, como lo fue Borges en sus caminatas por Buenos Aires o Hemingway recordado por el mismo García Márquez cuando lo observó cruzar una calle en París y lo saludó desde lejos.

Un hombre de negro se acercaba con una cámara de video, parecía un imitador del escritor William Ospina, con su barba cuidada, sus lentes y su cabellera terminando en cola de caballo. Al acercarse a Noé Cruz el acento español lo descartaba como William Ospina. Noé le dijo que apenas había alcanzado a salir de su trabajo como cartero en la delegación Iztapalapa para no perder la oportunidad de despedir a “Gabo”. Casi dos horas de camino hasta Bellas Artes.

6El español entrevistó a Noé. Le preguntó sobre su libro favorito de García Márquez, sobre su admiración por “el nobel” y mientras llegaban las respuestas recorría con su cámara el ejemplar del periódico El Universal que Noé sostenía con fervor casi guadalupano mientras caminaba: “Adiós, maestro” se leía como título al lado de una pintura de García Márquez con un ejemplar de ‘Cien años de soledad´ bajo el brazo. También Noé cargaba sus flores amarillas, dos rosas y un girasol que sostenía detrás del periódico.

“¿Y ya estuviste en Aracataca? ”, me preguntó Noé cuando supo que era colombiano y al sentir cierta esperanza en sus palabras mentí.

“Claro, yo he ido a Aracataca; están bien amolados allá, pero es bonito y hace mucho calor”.

“Me gustaría ir, pero no tengo la lana. Sé cómo es por sus novelas, en ellas puedo viajar a Aracataca”.

Noé me acompañó en la espera de la fila. Es delgado, parecía algo cansado y cuando sonreía se podían ver algunas placas de metal entre sus dientes. La portada de El Universal con la pintura de García Márquez nunca la guardó ni dejó de sostenerla frente a él.

“Cuando fue el homenaje a Fuentes vine y la fila no era tan larga”, dijo, lamentándose. Es una tradición en México que al morir algún artista de renombre en el país se hace una honra póstuma en el Palacio de Bellas Artes. El de Carlos Fuentes fue un 16 de mayo de 2012. “Él era mexicano, y como en el de Gabo, debió ir mucha gente”.

1aLa fila poco a poco empezaba a moverse. Noé contó sobre su amor por ´Cien años de soledad´, el libro que encontró en la biblioteca de su abuelo y que de niño empezó a leer sin detenerse. En la fila, además de estudiantes universitarios y hombres y mujeres que parecían o hacían suponer un nivel intelectual y de lectura alto, había también amas de casa, obreros y parejas de ancianos. Se ha dicho que una de las facultades de la novela, la crónica de Macondo y los Buendía, es la atracción de toda clase de lectores, los de un cartón universitario o los que proclaman la llamada “Universidad de la vida”.

“Por qué es la fila”, me preguntó una mujer. “Vamos a honrar a García Márquez”, respondí. La mujer que cruzaba la Alameda Central me miró como a un extraño, dio vuelta y siguió su camino.

2“Por eso estamos mal en México. No se lee, no se sabe ni quién es Gabo”, reclamó Noé, mientras detrás de nosotros emprendían otra charla y los recuerdos, anécdotas y saludos se repasaban.

Dos jóvenes discutían sobre su viaje a Colombia para el 2 de mayo en el cual era impostergable hacer una parada por Aracataca. Luego un mexicano con acento norteño se les unió a la conversación recordando el tiempo que visitó Medellín a finales de los ochenta y vio cómo a una mujer le arrancaban los aretes de sus orejas. “Eso era muy normal allá, no que robaran aretes, sino que lo hicieran de ese modo”. Después lamentó no haber tenido tiempo de ir a la costa colombiana y recordó los paisajes cafeteros, el cariño que había por los mexicanos que reconoció al caer en dos requisas policiacas y el poder alucinante del aguardiente. Aseguró, además, que García Márquez había vivido en la colonia Tabacalera, un barrio popular de Ciudad de México cerca al Monumento de la Revolución, antes de residir en la “exclusiva colonia Pedregal”, como dirían los medios mexicanos.

Tania Paz, nicaragüense, conocedora de las más recónditas telenovelas colombianas como “Por qué diablos”, y Víctor Quintanilla, boliviano, un partidario firme del derecho de su país a tener una salida al mar, ya habían perdido parte de sus acentos; el ritmo chilango los disimulaba, pero de cuando en cuando un aire andino salían de las palabras de Víctor y el “vos” centroamericano resaltaba en las charlas de la joven venida de la tierra de Rubén Darío. 

 “Sí he ido a Aracataca”, volví a mentir. “Si van podrán ver la casa grande donde vivió su infancia”.

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La lluvia, las mariposas de papel y el canto de Soledad

Cayendo la tarde apareció la parranda costeña. Una especie de José Barros cantaba ‘La Piragua’ bajo el ritmo de su guacharaca. Vestido de blanco y de sombrero vueltiao lideraba a un grupo de cantores y bailadoras que parecían llegar a los funerales de la Mamá Grande. Mujeres y hombres armaron la fiesta, hacían pases de cumbia alrededor de las personas y palmeando entraban sin detener la música al Palacio de Bellas Artes.

La fila estaba cerca al monumento a Beethoven, al lado de la barda de aluminio. A unos pasos se escuchaba a otro lector de la maratón, Santiago Nasar pronto encontraría la muerte. Un fotógrafo colombiano me obligó a tomarme 4una foto con Noé sosteniendo el ejemplar del periódico en honor a García Márquez. A eso de las siete, cuando el sol empieza a esconderse en México, ya habíamos alcanzado el final de la acera por la Avenida Hidalgo. María Acosta, compañera de vida, llegaba apresurada a mi lugar y me pedía ir a buscar un ramo de flores. La miré extrañado, pero Noé y Tania aseguraron que guardarían el turno. Solo fue hasta que cruzamos toda la Alameda Central y sorteamos los puestos de dulces frente a la Iglesia de San Judas Tadeo cuando encontramos un ramo de crisantemos, claro, amarillos.

Al volver la fila no había avanzado, como suponía. La lluvia caía lenta sobre Ciudad de México y la venta de plásticos como capuchas “a diez pesos” no se hizo esperar.

“Llegaron los presidentes”, dijo Víctor, y señaló un hotel cruzando la avenida Juárez donde un helicóptero militar había aterrizado. Noé conversaba con Soledad, una mujer de estatura pequeña y voz escondida que poco a poco entonó los boleros esperados bajo la lluvia. Hubo algunos aplausos de quienes estaban cerca de ella.

Del otro lado de la fila una joven bogotana se acercó a María y le pidió uno de sus crisantemos, sonaba sin convicción, una pareja se cubría del frío con la bandera colombiana. “Vendo café de Chiapas para apoyar a unas compañeras maestras”, nos dijo un estudiante de la UNAM. “Pues hubiera hecho unos tinticos”, le escuché decir a un paisa. Los globos de las sombrillas se inflaron y las capuchas de plástico daban colorido a la fila bajo la lluvia.

4aPor el corredor venía un anciano engalanado y sosteniendo un cartel bajo su sombrilla. En éste se podía ver una paloma dibujada con un mensaje: “Gabo, te veré en el cielo”.

Cuando la noche cayó y la gente desanimada veía que no había avance para entrar a Bellas Artes, cuando ya muchos empezaban a verse las caras para saber quién sería el primero en abandonar, aprovechando el término de la lluvia, ya llegando las ocho de la noche y escuchando rumores de que nadie más podría entrar, un cúmulo de mariposas amarillas emergió en el cielo oscuro, iluminado por reflectores, y revoloteó sin espera alrededor del Palacio de Bellas Artes. Aplausos, lágrimas y hurras se alzaron con ellas. “Gabo, Gabo”, se escuchaba al unísono entre los espectadores que dejaban ir sus relampagueos de cámaras fotográficas y alzaban puños y vivas en forma de victoria.

“¡Sí son mariposas amarillas!”, dijo María.

El espectáculo no lo pudimos ver de frente, fue por un costado y al alzar la cabeza sobre la barda de aluminio que impedía pasar al antejardín de Bellas Artes. Podíamos observar la cúpula dorada y las mariposas en su vuelo estático, formando una nube alrededor, parpadeando como saludos pequeños de quien nos dejaba un poco más solos.

Alguien dijo que era una crueldad soltar mariposas en plena ciudad. Otro asumió que en realidad era papel chino; y cuando se escuchó la salida de los presidentes de México y Colombia y los mexicanos no aguantaron  el “Lárgate Peña”, la fila comenzó a moverse rápido y la gente empezó a entrar sin ninguna restricción. Sobre un balcón en el cual había un jardín, algunas mariposas dormían. Recogí algunas, era papel chino.

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Los vallenatos

“Queremos ver a Gabo, queremos ver a Gabo, portonazo, portonazo”, reclamaba “el público” frente a la entrada en el costado de Bellas Artes. Ya la familia y los invitados especiales habían partido y la puerta por donde se daba acceso estaba cerrada. Nos dispersamos y desde lejos veía a Noé alzando la imagen de García Márquez del periódico El Universal y proclamando respeto por quienes habían aguardado. Vino después el acento político e inconformista de algunos jóvenes: “Gaviota, tu esposo es un idiota”. Se referían a la esposa de Enrique Peña Nieto, presidente de México, quien protagonizó una versión mexicana de la telenovela ‘Café con aroma de mujer’ y que se llamaba ‘Destilando amor’, haciendo énfasis en la producción de Tequila. “México sin PRI, México sin PRI”, gritaban otros, 13 mientras la fila se convertía en una masa amorfa que no cabía en el corredor. Del lado derecho la fotografía de García Márquez en las paredes de la entrada principal de Bellas Artes sonreía, los vigilantes decidieron abrir de nuevo las rejas y una alegría inesperada brotó: “Gabo, Gabo” coreaban cuando la nostalgia acogió la noche y el canto de añoranza de Jorge Negrete no se hizo esperar: “México lindo y querido, si muero lejos de ti, que digan que estoy dormido y que me traigan aquí”.

Poco a poco las personas entraron al lobby de Bellas Artes. María y yo alcanzamos a Noé. En los sus ojos había lágrimas, sin pensarlo me abrazó con fuerza. Subiendo las escaleras contaba su emoción por despedirlo. Los pasos debían ser lentos, la gente se amontonaba en silencio, aguardando el turno. Los corredores y espacios de Bellas Artes, con arreglos dorados y paredes de mármol, imaginaban una visita a la llamada Ciudad de los palacios, como en tiempos de Porfirio Díaz se le decía a Ciudad de México por sus casonas y 14mansiones afrancesadas. Del lado izquierdo, al terminar de subir las escaleras, una fotografía de García Márquez saludaba, sonriendo. María recordó que esta iba ser la única vez que lo podría ver, pues en el 2007, al hacerse la presentación del libro biográfico, autorizado, ‘Gabriel García Márquez, una vida’, escrito por  el estadounidense Gerald Martin, también en Bellas Artes, el escritor no se presentó y ella quedó con una muñeca campesina entre sus manos, sin poder entregársela como regalo.

Y al acercarnos al centro donde estarían las exequias, y dos adornos de flores enviados por Raúl y Fidel Castro custodiaban el lugar, escuché el vallenato, la añoranza, el acordeón, la canción de Leandro Díaz:

“Un medio día que estuve pensando
un medio día que estuve pensando
en la mujer que me hacía soñar
las aguas claras del río Tocaimo
me dieron fuerzas para cantar
Llegó de pronto a mi pensamiento
esta bella melodía y como nada tenía
la aproveché en el momento”

Se me hacía sorprendente ver a tres vallenatos en la máxima casa de artes de México tocando Matilde Lina, una canción de un compositor colombiano, escrita cerca a sus parrandas de ron y fiestas costeñas. Se me hacía memorable verlos en sus trajes de gala y con sus sombreros vueltiaos, cantando y bailando frente al altar donde nos dijeron habían estado las cenizas de García Márquez, Ya se había ido; ya se lo habían llevado para las honras en la Catedral Primada de Bogotá. En el suelo, a su alrededor, las flores amarillas se esparcían como camino de buen augurio. María dejó su ramo frente al altar, Noé deshojó su rosa lentamente, en silencio, mirando hacia abajo y luego hacia la otra fotografía sonriente atrás de los vallenatos: “La vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda y cómo la recuerda.”

“Este paseo es de Leandro Díaz
este paseo es de Leandro Díaz
pero parece de Emilianito.
Tiene los versos bien chiquiticos
Y bajitos de melodía”

Los escuché cantar a los vallenatos cuando nos señalaban la salida y una periodista mexicana me preguntaba que si como colombiano estaba enojado por no encontrar los restos de García Márquez al entrar.

15Afuera ya eran las diez de la noche. Salimos por la otra puerta al costado de Bellas Artes. Nos volvimos a encontrar con Víctor y Tania, con Soledad y el hombre norteño. Nos abrazamos y  tomamos algunas fotografías y cambiamos correos, direcciones, y cuentas de facebook. Ya todos marchaban a sus casas. Se respiraba cierta tranquilidad y de nuevo la fotografía sonriente, cerca a la entrada principal, en tonos grises, despidiéndonos mientras niños, jóvenes y ancianos jugaban y levantaban los pedazos de papel chino que tapizaba el suelo y las escalinatas para lanzarlos al aire. Las mariposas amarillas intentaban abrir un camino hacia el cielo.