GABO EN EL PAISAJE CULTURAL CAFETERO

Recuerdo inventado (restricción de carácter oulipiana propuesta desde Latinoamérica) a partir de información suministrada por el Centro Gabo.

 

Escribe / Carlos Alberto Villegas Uribe* – Ilustra / Stella Maris

Los aromas legendarios de los tamales de Doña Graciela estimularon las papilas del jurado del concurso nacional de cuento breve convocado por la revista Termita. Germán Vargas Cantillo, entre ellos. Había sido invitado por sus codirectores el poeta samario Javier Moscarella y el profesor uniquindiano Álvaro Nieto. Con su característica generosidad, el escritor y periodista, integrante del Grupo de Barranquilla, había reseñado la revista Termita en varias de sus columnas en El Heraldo. Mientras almorzábamos nos compartía anécdotas sobre Gabo.

La estadía de Gabo en la Ciudad Luz está documentado, nos refirió Vargas Cantillo. Se han publicado recientemente varios artículos escritos por él. En alguno relata los atropellos policiales por su aspecto argelino. Escuchando al cantante George Bressons aprendió los rudimentos del francés. Y escribió un artículo donde realiza un perfil del cantante. También se asombra de los apasionados besos de las parejas. Amantes que se besan pública y desaforadamente en la ciudad. Y detienen el tráfico de París con sus innumerables demostraciones. “Parecía que no fueran a tener tiempo suficiente para amarse”, escribiría Gabo.

Así mismo, escribió otro artículo sobre las heces de perro en las suelas parisina. Constituyen remembranzas de Gabo sobre el París que ha vivido. No idealizaciones románticas de los intelectuales y de los artistas. Una síntesis de la miseria dorada que le tocó vivir. Esa miseria dorada que vivió con su recordada vasca temeraria. A quien invitó especialmente a la entrega del premio Nobel. A quien regaló el cuento “Monólogo de Isabel viendo llover en Macondo”. Con una nota muy personal que le envió desde Colombia. Donde recordaba el invierno de mil novecientos cincuenta y cinco. Cuando deseó como premonición que fuera ella quien lo contara. Trabajo al que Tachia le dedicó tres años de montaje

 

-¿Cuáles de esos relatos le gusta más, Maestro?, inquirió el poeta Fabio Osorio Montoya.

-García Márquez no fue consciente de la miseria dorada parisina. Hasta una noche de epifanías en el puente Saint Michel. Así lo contaba Gabo. Y en una impresionante demostración de memoria, les relató a los jurados: “Yo no había tenido una conciencia clara de mi situación. Hasta una noche por los lados del jardín de Luxemburgo. Sin haber comido ni una castaña durante todo el día. Y sin donde dormir, estuve merodeando horas por los bulevares. Tenía la esperanza que pasara la patrulla contra los árabes. Esperaba que me llevaran a una jaula cálida. Pero por más que la buscara no pude encontrarla. Al amanecer, los palacios del Sena se perfilaron entre la niebla. Me dirigí hacia la Cité con pasos largos y decididos. Con cara de obrero honrado que iba a su fábrica. Cuando atravesaba el Saint Michel sentí que no estaba solo. Porque alcancé a percibir a alguien acercándose en sentido contrario. Lo vi perfilarse en la niebla, por la misma acera. Entre la niebla espesa llevaba el mismo ritmo que yo. Vi cerca su chaqueta escocesa de cuadros rojos y negros, Cuando nos cruzamos en el puente vi su cabello alborotado. Bigote, semblante triste de hambres atrasadas y mal dormir. Vi sus ojos anegados de lágrimas, me heló el corazón. Porque aquel hombre parecía ser yo que venía de regreso”.

 

– Maestro, ¿qué sabe de los amores de Gabo en París?, preguntó el escritor José Nodier Solórzano.

Cuando Gabo llegó a París apenas tuvo tiempo de apreciarla. Pasarían seis meses para lograrlo. En París conoció a quien llamaría amorosamente la vasca temeraria. Pero no llegó a imaginar la importancia que tendría esa mujer en su vida. Tenía 27 años; su nombre real era María Concepción Quintana. Pero su nombre artístico de actriz y declamadora: Tachía Quintanar. Se cruzaron en París en una calle cercana al Louvre. Ella lo invitó un recital que tendría esa misma noche. Gabo no dudó en contestarle que poco sabía de poesía. Sin embargo, se comprometió a acompañarla al recital esa noche. Según testimonio de Tachía Quintanar esa noche empezaron a tontear. Y Gabo terminó instalado en su apartamento de catorce metros. Fueron tiempos de escasez económica, pero de gran productividad literaria. Gabo recurrió a diversos trabajos, incluso cantó en los buses. “Éramos más pobres que una rata”, rememoraría Tachía en entrevistas. Tachía lo veía descender diariamente a preguntar por un cheque que debería llegarle del diario El Espectador. Y como el personaje de la novela que escribía en ese mismo momento regresaba desesperanzado. Se trataba de El coronel no tiene quien le escriba. En la cual aparecerá también el carácter de la vasca. La coronela es el alter ego de la vasca temeraria. Tachia Quintanar fue el amor parisino de su vida secreta. Y aunque no sea vasca, yo tengo mi propia temeraria: Susana Linares, concluyó Vargas Cantillo y volvió al disfrute de los tamales de Doña Graciela.

 *Escritor, artista, gestor y periodista cultural (Calarcá, Quindío, Colombia, 1961). Ph.D. Sobresaliente Cum Laude en Lengua, Literatura y Medios de Comunicación de la Universidad Complutense de Madrid, UCM (España).