Es difícil precisar la fecha en la que las iglesias llegarán a ser simples monumentos y el día en que las luces purificadas del símbolo de la sangre judaica sonreirán inútilmente a la curiosidad estética, hasta entonces no tendremos más remedio que soportar en los retornos del alma el soplo sofocante de la fe. Emil Ciorán.

Por Víctor Hugo Mejía Anichárico

Hace algunas semanas fue, en parte, arrasado por las llamas uno de los símbolos más representativos de París, la catedral de Notre Dame. El pánico mezclado con tristeza se apoderó de miles de personas al considerar la pérdida de un patrimonio de la humanidad, un lugar que ha inspirado a innumerables artistas y escritores, y por supuesto, el sitio predilecto por millones de turistas.

El diario Liberación pondría en su primera página, aquel día trágico de París, el titular: “Nuestro drama y no Nuestra Dama“.

El libro Guide littéraire de monuments de París, un compendio de pequeñas historias de los grandes monumentos de París: la Torre Eiffel, el Panteón, Notre Dame y otros, es un libro turístico pero también literario, nos cuenta lo siguiente: “Moli Suriely, Obispo de París, decidió en el año de 1160 construir en la plaza de la iglesia de Notre Dame una catedral, a partir del siglo doce se le llamaba peyorativamente gótica a la construcción ojival durante el Renacimiento por oposición a la arquitectura clásica que reemplazaría a la arquitectura romana. La luminosidad que devuelven los vitrales se convierte en una obra mayor que la plástica.”

La catedral que tardó ciento setenta años en construirse ardía en París, uno de los símbolos arquitectónicos de la civilización occidental se consumía en unas cuantas horas.

En 1163 se puso la primera piedra y en 1330, bajo el reinado de Felipe IV, se terminó la catedral. Pero en el transcurso del tiempo esta representación del arte gótico ha sufrido múltiples restauraciones y modificaciones que no siempre han estado de acuerdo con el gusto de los franceses. En efecto, el monumento ha sufrido diversas transformaciones y seguramente después del incendio y la destrucción será posible restaurarla y devolverle su esplendor, y quizás siempre estuvo tocada por el destino de la destrucción, Notre Dame.

Allí donde han sucedido tantos hechos representativos de la historia de la humanidad como las coronaciones de Enrique VI y Napoleón.

El autor de una de las grandes obras que siempre estarán en el contexto de la catedral, Nuestra Señora de París, de Víctor Hugo, escribía: “Todo pensamiento, sea religioso o político, tiene interés en perpetuarse porque la idea que ha emocionado a una generación quiere emocionar a otras y dejar huella. Y qué precaria inmortalidad la del manuscrito. Un edificio es mucho más sólido y duradero y resistente. Para destruir la palabra escrita basta una antorcha. Para demoler la palabra construida hace falta una revolución social”. Qué diría en este momento si supiera del fuego que consumió su amada catedral.

En el libro tercero de Nuestra Señora de París, Víctor Hugo elogió a una de las más grandes obras arquitectónicas de la historia de la Europa occidental, hizo un recorrido por los tres pórticos ojivales de la fachada, por el piso bordado y calado con veintiocho nichos reales, por los ventanales laterales, las innumerables figuras cinceladas sobre sus muros, los mismos que hoy lucen tiznados por el paso de las feroces lenguas del fuego que amenazaron con destruirla para siempre y borrarla. A la gran catedral de Nuestra Señora Víctor Hugo la calificó como un “vasta sinfonía de piedra”, una realización prodigiosa de colaboración entre todas las fuerzas de una época que confrontaba la fantasía del obrero, el genio del artista, en síntesis, una obra múltiple y eterna. Decía Víctor Hugo que este tipo de obras nos recuerda hasta que punto la arquitectura es algo primitivo ya que las grandes construcciones como las pagodas o las pirámides de Egipto son auténticas obras sociales que en cada oleada de tiempo obtienen nuevas capas como las construcciones que hacen nuestros pólenes con las abejas.

Y ante los más recientes sucesos de Notre Dame, vale recordar las siguientes líneas que Víctor Hugo dejó precisamente sobre la degradación de la catedral de Notre Dame: “Todavía hoy la iglesia de Nuestra Señora de París continúa siendo un sublime y majestuoso monumento, pero por majestuoso que se haya conservado con el tiempo no puede uno por menos de indignarse ante las degradaciones y mutilaciones de todo tipo que los hombres y el paso de los años han infringido a este venerable monumento, sin el menor respeto hacia Carlo Magno que colocó su primera piedra, ni aún hacia Felipe Augusto que colocó la última. En el rostro de la vieja reina de nuestras catedrales, junto a cualquiera de sus arrugas, se ve siempre una cicatriz. Tempux edas, homo edacior: El tiempo es ciego, el hombre es estúpido.”

Por eso, este insuceso para nosotros los neófitos en muchos temas de las artes góticas, arte a través del cual podríamos comprender el “pensamiento de nuestros antepasados”, como bien lo decía Fulcanelli en El misterio de las catedrales, se convierte en una catástrofe para el arte, un magnicidio, si se me permite la expresión, de la más fiel y antigua representación de la arquitectura gótica medieval y de una especie de alquimia dorada convertida en templo.

Ese recinto sagrado para la cristiandad que se ha salvado afortunadamente de múltiples intentos de destrucción. Fotografía / Archivo

Allí donde han sucedido tantos hechos representativos de la historia de la humanidad como las coronaciones de Enrique VI y Napoleón, las honras fúnebres de Miterrand y Pompidou. Ese recinto sagrado para la cristiandad que se ha salvado afortunadamente de múltiples intentos de destrucción como la efectuada por los  antimonárquicos en la Revolución Francesa que destruyeron múltiples estatuas creyendo que eran de reyes, la orden no cumplida de Hitler de dinamitarla y otros varios conatos de ataques infructuosos.

En El tiempo recobrado, el último tomo de En busca del tiempo perdido, Marcel Proust escribió: “¡Ah! debió ser hermosa ella” y habitó París después de tantos años y nunca tuvo la necesidad de ir a Notre Dame, y es que Notre Dame era parte de París, de la vida en la cual se desarrollaba la vida cotidiana de los franceses.

Existen infinidad de historias ligadas a la majestuosa catedral, aquella que cuando los alemanes estaban ocupando París, prepararon Notre Dame para volarla, debían dejar a un hombre a cargo de un interruptor, pero ese soldado encargado no pudo hacerlo, se quedó sentado pasmado por la belleza del lugar, y luego cuando las tropas aliadas entraron descubrieron los explosivos puestos ahí y el interruptor inactivo, y pasó lo mismo en la torre Eiffel.

Quisiera cerrar este artículo con las siguientes palabras de Roberto Juarroz que suenan a reflexión:

Despertar es siempre una difícil emergencia: reencender la lucidez como quien recomienda el mundo. Por eso nos quedamos en los estados intermedios. El hombre no es una criatura despierta: desconoce lo abierto. Llamas que se consumen a medias; párpados que se olvidan del ojo, jardines paralizados en la noche, huecos de la intemperie acorralada. Los caminos se aglomeran en vano, despertar es borrar los caminos.