Anacrónica / Los cardos olvidados

Su ejercicio literario es la plegaria que nos invita a no repetir y mirar el pasado para construir un futuro en donde reine la creatividad, la solidaridad y la paz.

 

Escribe / Martín Rodas*

«Una mañana iba Maldonado camino al río a tomar el baño diario, en compañía de Carlitos y ‹Basilisco›. De pronto Salvador se detuvo y, con aire de misterio, le dijo a Rosendo.

—Amigo don Rosendo, gorriémole un tinto a doña Estela de Losada y de pronto hasta le adivina la suerte. Ella lee el cuncho del café y es muy acertada, pues aprendió ese arte desde jovencita con unas gitanas que vinieron en unas patronales. Que conste que solo lo hace pocas veces y por mera amistad.

—Bueno, salvador, lo del tinto sí, pero lo de la suerte no, porque no existe. La brisa siempre sopla a favor del marinero más capaz (…)»

Este es uno de los pasajes del libro Los cardos olvidados, del escritor Ricardo Moncaleano, y que acaba de salir a la luz.

Sus páginas me han abierto un portal hacia historias que no me son extrañas, pues mi memoria también está impregnada de esos relatos en donde la violencia fue el contexto naturalizado por las instituciones. Desde la familia hasta el Estado, pasando por los partidos políticos, la iglesia, el ejército, la guerrilla, la escuela, etc… También soy de pueblo y de una familia golpeada por circunstancias similares a las que describe el autor.

Carátula de Los cardos olvidados (diseño de Diego Giraldo Olarte).

El hilo de la historia descrita por Moncaleano transcurre a mediados del siglo XX en Colombia, un caserío al norte del departamento del Huila, en donde su padre fue juez. Por lo tanto, es una narración autobiográfica de un testigo excepcional con una infancia marcada por los hechos sucedidos en el territorio tanto físico como emocional que él vuelca en textos cargados de sentimiento, dolor y esperanza… porque a pesar de tanto dolor, él nos brinda con su libro un acto de liberación, un duelo que no olvida, pero que tampoco es vengativo. Su ejercicio literario es la plegaria que nos invita a no repetir y mirar el pasado para construir un futuro en donde reine la creatividad, la solidaridad y la paz.

Los acontecimientos que sucedieron en Colombia, el caserío, son comunes a la otra Colombia, el país, y nos permiten vislumbrar en lo micro, más humano y asequible, lo que ha pasado a nivel macro, siempre alejado de la verdad por las manipulaciones políticas, económicas y culturales. Adentrarnos en el libro de Ricardo Moncaleano es emprender una ruta hacia nuestra propia historia, esa que muchas veces se oculta porque no conviene contarla o porque el olvido y la muerte lograron triunfar sobre la lucha, la dignidad y la vida.

Me encantó el remate trágico de esta novela de no ficción, que presenta un poderoso drama shakespereano, a lo Romeo y Julieta, de profundo amor y sacrificio, el cual es esbozado en el fragmento con el cual inicio esta columna y que completo aquí, pues Rosendo, a pesar de su incredulidad, permite que doña Estela de Losada le lea el cuncho del tinto, y ella premonitoriamente le indica el destino que le espera:

«—Se observa una cometa, indicando que el viento de su destino muy pronto lo arrastrará. Se ve también un tornado que le avisa que debe tomar precauciones. Un paquete de regalo le muestra que le reconocerán la ayuda que ha prestado. Aparecen dos figuras más: una isla expresando que estará solo en poco tiempo, posiblemente ante la tormenta que se avecina. ¿Y cómo es que nos va a dejar, Rosendo? ¿Por qué piensa marcharse?

—No señora yo no pienso irme, lo que pienso es quedarme para siempre aquí. ¿Por qué lo dice?

—Porque le apareció una herradura, símbolo de un viaje largo y, probablemente, sin retorno»

 

Referencia bibliográfica: Moncaleano, R. (2021). Los cardos olvidados. Manizales: Litoarias.

 

*  Poeta, anacronista y pintor; editor de «ojo con la gota de TiNta (una editorial pequeña e independiente)».