Carlos Jiménez Gómez: ¿un escritor invisibilizado por la “gran prensa”?

¿Cuándo fue la última vez que usted vio en televisión, escuchó en la radio matinal o leyó una reseña de uno de los libros que Jiménez Gómez ha escrito y publicado?

 

Por / Édison Marulanda Peña*

Quienes han leído a Carlos Jiménez Gómez tal vez acepten que su obra es el producto de una formación humanista, un rasgo que comparte con miembros de su generación como Fernando Botero.

Carlos Jiménez Gómez. Fotografía / Cortesía

Que se requiere osadía para asumir géneros disímiles como la poesía y el teatro, el ensayo y las memorias. Que hay un bagaje intelectual, evidente en el manejo de una bibliografía de ciencias o disciplinas como Derecho, sociología, literatura, antropología, arte y teoría política. En conjunto, son insumo de una prosa que expone ideas ajenas y confronta teorías, luego elabora sus propias reflexiones a manera de síntesis, sin temor a incomodar las mentes de fanáticos y ortodoxos. También describe hechos y personajes, conflictos de clases, partidos y generaciones, sin la pretensión de imparcialidad del académico.

Es cierto que ha publicado obras sobre temas literarios, jurídicos y políticos –de su desempeño como Procurador General de la Nación existen 5 volúmenes–. Sobre la reunión de Panamá con integrantes del cartel de Medellín, el expresidente López Michelsen y él, con aprobación secreta del entonces presidente Betancur, Jiménez Gómez hizo una narración con detalles, contexto, clara y amena –rasgos de un buen cronista– en una parte de sus memorias, que en otras páginas alberga reflexiones y crítica, con el título Testigo del diluvio (1999). Que es antípoda de las doctrinas fundamentalistas, se observa en esta “herejía” que desmitifica a Luis Carlos Galán:

Desde sus primeros postulados, en el galanismo ya estaba la semilla maniquea, una reedición, sólo que entonces de alcances políticos dentro de la familia conservadora, del laureanismo “del oro y la escoria” de los años cuarenta, o sea una reincidencia en el dogmatismo y el fundamentalismo al que los colombianos somos tan dados por razones de nuestra raíz histórica, que es la misma de donde procede el bipartidismo, un extremismo bipolar sin espacio mental para una tercera alternativa […] (p. 101).

En un párrafo incisivo sostiene que Galán es –fue– un producto de la “gran prensa” nacional y su discurso carecía de tesis sociales:

Una buena prueba de que por fuera de su campaña moralizante Galán no tocó nada de fondo, está en el apoyo fervoroso que con su publicidad arrolladora le dio siempre la prensa. ¿Cuál prensa? […]. La respuesta es obvia: la misma que con su silencio mata en su cuna todo pensamiento disidente (p. 102).

En su más reciente libro Camino de la tragedia nacional (2009) se puede rastrear lo que parece ser una obsesión del individuo al tiempo que una necesidad del hombre público ante sus contemporáneos.

El propósito que persigue en las 337 páginas de este libro es concreto: esclarecer los hechos como uno de los protagonistas de la reunión de Panamá y sustentar su versión con abundancia de argumentos. Y, según sus revelaciones, apoyadas en documentos de la última parte, lo que empezó como un servicio a la búsqueda de la paz escuchando la propuesta de capitulación de los barones de la droga, temerosos de la extradición a Estados Unidos, se convirtió en una celada contra Jiménez Gómez.  Orquestada por el presidente Belisario Betancur, que firmó el decreto 1227 del 23 de mayo de 1984, donde le confería una comisión de servicios por tres días; con el manejo sutil de la situación a cargo del “alter ego” del gobernante, el pereirano Bernardo Ramírez Rodríguez (1928–2004), exministro de Comunicaciones, representante personal del Jefe de Estado en la Comisión para la Paz y por aquellos días futuro embajador en Londres, ante su  Majestad Isabel II (a quien presta sus eficientes servicios James Bond, desde hace décadas).

Alguien podrá percibir que también desliza sus amores y odios. Sería tolerable en un ser humano a quien los medios de comunicación han invisibilizado tantos años. ¿Cuándo fue la última vez que usted vio en televisión, escuchó en la radio matinal o leyó una reseña de uno de los libros que Jiménez Gómez ha escrito y publicado?

Aunque él sabe que no es necesario, exalta el legado académico del expresidente López Michelsen, su compañero en la desafortunada pieza teatral de Panamá. “La contribución de López Michelsen al estudio de nuestro Derecho Público fue muy original y no ha sido valorada suficientemente”, afirma. Declara su simpatía con la flexibilización que introdujo Gaviria en 1990 para conseguir el sometimiento a la Justicia y pacificar, como un modelo tomado del pragmatismo anglosajón.

En otro apartado, el autor Jiménez Gómez aprovecha para sacarse el clavo con El Espectador, con los moralistas, con el “dueto” Ramírez y Betancur. Plantea una moraleja de Panamá: “los fanatismos no son aptos para enfrentar las coyunturas de la historia que demandan elasticidad, acomodo, manejo. Al fin y al cabo, se trata de la suerte de las colectividades, que no piden tentativas sino resultados […]. Pero llega el momento en que el desarrollo de los acontecimientos pone a los moralistas en su lugar, como sobrantes inservibles de una lógica inoportuna y equivocada. Meras curiosidades de la historia”.

Este libro, es un material jugoso de información contextualizada y provee en el último de los tres capítulos, “Los documentos”, para cotejar lo dicho en los dos primeros.  Es una fuente valiosa para los investigadores, estudiante y especialistas en el campo de la historia política de Colombia, especialmente de los agitados y sangrientos años 80.

*Esta reseña fue publicada hace 10 años en una columna de La Tarde (q.e.p.d.). Hoy se reproduce en versión ampliada, porque la ocasión es propicia: Carlos Jiménez Gómez, nacido en El Carmen de Viboral, Antioquia, cumplió 90 años el 11 de septiembre. Fue objeto de un homenaje de las autoridades locales, amigos y familiares a través de la plataforma de Zoom.

**Profesor transitorio del Departamento de Humanidades, UTP, periodista y escritor.