COSAS INSIGNIFICANTES

Si alguien quiere saber en qué consiste la literatura, o para qué sirve, o de qué vale, que lea las Vidas de Aubrey, y si no las entiende, o le parecen una mera tontería, pues entonces puede renunciar a la literatura, y será su problema.

Escribe / Pablo Felipe Arango – Ilustra / Stella Maris

John Aubrey, autor de Vidas breves, no quiso ser escritor, a decir verdad, no quiso ser nada, ni siquiera arqueólogo o anticuario como le hizo creer a algunos de sus amigos; tampoco rico, por eso procuró dilapidar con sumo cuidado la fortuna que recibió en herencia, hasta el punto de que terminó sus días viviendo a costa de algunos de sus amigos, o mejor, de muchos, porque se necesitaba de muchos para solventar sus gustos y exigencias.

No obstante, y sin que hubiera sido el propósito de Aubrey, escribió una obra genial, y es probable que ello sea justamente el resultado de su carente afán de escribir un portento. Todo lo contrario, el propósito del escritor fue escribir una obra menor, un resumen apenas de rarezas o, simplemente, de aquellos asuntos que justo por cotidianos y triviales, terminan siendo la síntesis de la vida, su manifestación más poderosa. Porque en lo aparentemente insignificante y leve, sabía el inglés del siglo XVII, reside, más que la esencia, la revelación, que queda oculta tras el cúmulo de aparentes trascendencias.

Aubrey debió escribir su propia vida, aunque no estoy seguro de que no lo haya hecho.  Y no me refiero a una autobiografía, sino a una nota como las que hizo recordando los asuntos menores, las intimidades, las vergüenzas, las pequeñas cosas que a todos suceden y que indefectiblemente se extravían en el tiempo. Habría –o habrá- escrito que se trataba de un peculiar anticuario, permanentemente dispuesto al derroche, amigo de amigos y protegido de muchos, primer guarda de Stonehenge, dado a las rarezas, guardador de minucias y pequeñeces. Una nulidad que consumía su tiempo en lo intrascendente mientras otros descubrían o discutían acerca de lo aparentemente mayor. En resumen, un escritor divertido, anticipado -sin quererlo como debe ser-, capaz de jugar con sus personajes, con el lector y consigo mismo: “Era un hombre delgado. Escasamente tan alto como yo –pregunta: ¿Cuántos pies mido yo? Respuesta: de estatura mediana”.

¿A quién interesa la estatura del personaje? A nadie dirá alguien, pero a la literatura sí, porque esta tiene sentido en la medida que se ocupe de la “naturaleza de los hombres”, virtud que Aubrey advirtió en Shakespeare y que ha sido quizá lo único que los críticos han querido reconocerle que puso en evidencia, esa frase y el chisme de que el genio fue maestro de escuela.

Ahí reside la particular gracia de Aubrey, en descubrir a través de la aparente nimiedad, la humanidad de sus personajes, como Elizabeth Broughton una prostituta que: “rápidamente se hizo notar en Londres y cobraba muy caro …”, o un tal John Cole de quien “…habiéndose roto su sepulcro, su ataúd de plomo se encontró lleno de un licor en el que se conservó el cuerpo. El Señor Wyld y Ralph Greatorex lo probaron y tenía un gusto insípido con un dejo de fierro. El cuerpo al tocarlo con una varilla que metieron por una rendija (del ataúd) se sentía como carne picada en gelatina. El ataúd era de plomo y estaba dentro de la bóveda en el muro, a unos dos pies y medio de altura “.

O Edward de Vere, Conde, quien viajó durante siete años procurando que su ausencia hiciera olvidar a la reina una desagradable impertinencia, para escuchar a su regreso de labios de la misma Elizabeth: “Milord, he olvidado el pedo”.

O Richard Stokes, médico: que “fue criado allí y en el Kings College. Era estudiante de matemáticas (álgebra) del señor W. Oughtred. Se volvió loco con esto, aunque luego se compuso, pero temo que como un vaso trizado. Editó la Trigonometría del Señor Oughtred. Se convirtió al catolicismo; se casó infelizmente en Lieja, perro y gato, etc. Se transformó en un borracho. Murió en Newgate, encarcelado por deudas, en 1681”.

O Thomas Hobbes, si Hobbes -porque en la recopilación de vidas de Aubrey hay de todo como en una especie de miscelánea humana- para quien “la mayor dificultad era mantener alejadas las moscas que libaban en su calva”.

Habrá quien despache sus Vidas como la recopilación de meras anécdotas y no habrá mayor equivocación.  La literatura es, y magnífica, por aquellos breves o fugaces momentos que recupera.  Momentos que constituyen la vida de verdad. “…Son las cosas accidentales e insignificantes de la vida las que son significativas” escribió Kierkegaard.

Así que, si alguien quiere saber en qué consiste la literatura, o para qué sirve, o de qué vale, que lea las Vidas de Aubrey, y si no las entiende, o le parecen una mera tontería, pues entonces puede renunciar a la literatura, y será su problema. En tal caso que agradezca al menos que no tiene, o no sabe que tiene, un amigo como Aubrey que deje registradas sus miserias.