Como lo promete el título, esta es una novela para recorrer el barrio desde el atardecer y hasta el amanecer: cada esquina es el lugar propicio para encontrarse con los amigos, enterarse de las noticias por radio bemba, aliviar apuros económicos, analizar con buen humor las canalladas de los vecinos.
Escribe / Jáiber Ladino Guapacha – Ilustra / Stella Maris
Comienzan a circulan por estos días las obras literarias premiadas por la Secretaría de Cultura de Pereira durante el 2020: Tiburones en la pecera de Juan Miguel Álvarez Ramírez (crónica/reportaje), El príncipe fallido de Andrés Galeano (poesía), Las cometas fantasma de Ricardo Jiménez Bedoya (cuento), títulos que enriquecen la Colección de Autores Pereiranos y, Calle luna calle sol de Gleiber Sepúlveda, dentro del listado del Concurso anual de Novela, Aniversario Ciudad de Pereira, versión XXXIV, obra de la que quiero ocuparme en esta reseña.
Como lo promete el título, esta es una novela para recorrer el barrio desde el atardecer y hasta el amanecer: cada esquina es el lugar propicio para encontrarse con los amigos, enterarse de las noticias por radio bemba, aliviar apuros económicos, analizar con buen humor las canalladas de los vecinos.
En dicha caminata, a la par que asistimos a las transformaciones de un niño que crece, presenciamos los cambios de ese otro cuerpo que es El Balso, un barrio pereirano a orillas del Otún. El cordón umbilical que une al protagonista con su madre se ve cercenado por el viaje cuando ella emprende a España, con la ilusión de mejorar la condición económica de los suyos, es también una ruptura del tejido social del vecindario, ante la incursión de las dinámicas derivadas del narcotráfico.
La tradición que viene a alimentar la ópera prima de Gleiber es aquella de la urbe, el barrio, que en el caso pereirano cuenta con un antecedente muy valioso como Perros de paja de Rigoberto Gil Montoya, publicada veinte años atrás, en el que se nombra y adquiere vida San Judas, el barrio vecino al Balso, desde la pandilla, la gallada. Ahora bien, Calle luna calle sol amplía la mirada sobre esas relaciones que se entretejen a partir de la esquina, con la voz de Jose (sin tilde) o del narrador en tercera persona que se desliza sin causar dificultades al lector. Además, donde Gil ofrecía un thriller para hablar por la fascinación del cine, Sepúlveda ofrece una novela para presentar la tiranía del televisor.
La edad de Jose, nuestro Caronte por dichos territorios, permite describir/descubrir las dinámicas caleidoscópicas de la ciudad, sin asignar juicios que conviertan la obra en un tratado de alguna disciplina social. En cada capítulo, a la par de inquietudes ofrecidas por el cuerpo adolescente, se revelan conflictos culturales tales como la situación de marginalidad-periferia presentes en el macabro hallazgo de una cabeza decapitada en la cancha, el límite que representa el billar, la llegada del servicio de cable para televisión y que son asumidas desde el asombro, el terror, el gozo, el respeto y la inmersión en los códigos de los adultos.
Ante la ausencia del padre, y el combate diario sin tregua de las mujeres de casa, la educación sentimental de Jose se entrelaza con jirones de baladas, escenas de melodramas, videojuegos, la amplia oferta cultural que significa la televisión por cable. La mediación del afecto está dada por los dispositivos tecnológicos o las prendas de vestir: los adultos están en movimiento, sin tiempo, deben huir o cambiar de residencia por motivos políticos, por ofertas laborales.
Con ese bombardeo de experiencias, ¿qué sujeto se forma? Sepúlveda apuesta por un personaje lleno de empatía. Desde la conmiseración que siente por la “chucha” perseguida por quienes quieren apedrearla, hasta las preguntas sobre rasgos masculinos en la pubertad que le hace a un travesti, Jose se presenta como un ser respetuoso, atento al dolor de los demás y capaz de tomar partido por los que están en desventaja. No se trata sólo de la ternura que puede sentir por sus vecinos y que se nota en la manera en que narra sus tragedias, también se trata de un carácter inconforme con ese sistema de control impuesto por el narcotráfico en las márgenes de la ciudad, ejecutado por el traqueto. El adolescente observador pasa a la acción porque el nuevo rico, con ínfulas de patrón, El Chinche, de regreso en el barrio, le arrebata a su amigo. Un día recurra a las vías de hecho:
“Decidido, busqué una navaja antigua que trajo mi abuelita de Filadelfia. Caminé con rumbo a la cafetería de Nepomuceno y allá observé a El Chinche. Luego me dirigí a la zona donde siempre cuadraba su carro. A medida que me acercaba al objetivo, sentía mis piernas desvanecerse. Me paré cerca a la llanta de su Honda Civic, me agaché fingiendo amarrarme los zapatos, abrí la navaja y le di un puntazo a la llanta. Al ver que nada sucedió, intenté otro, la llanta seguía igual. Fueron cinco cuchilladas las que di antes de sentir que alguien tocó mi hombro. Era Chamizo”.
Mientras Jose recorre El Balso, una canción suena, la que da título a la obra. Entre la margen trazada por el río y el puente, una advertencia: “Pónganme oído en este barrio muchos guapos lo’ han mata’o… Calle luna, calle sol”. ¿Por dónde escapar a la inminencia de esa muerte?
Aunque la novela no lo desarrolla, una salida a ese mundo turbulento parece cuajarse en la mente del inquieto Jose, en las páginas finales. Antes del reencuentro se había escapado a Bogotá, sin permiso, para compartir con un grupo de actores que pasó por su colegio. Para su empatía, su amistad, su solidaridad, el teatro le queda bien, así su madre y su tía, lo vean como bicho raro.
Jose es el barrio y esa década de transición. El tiempo presente de la novela permite una inmersión en ese pasado cercano de los 90’s, desde un territorio tan pereirano como latinoamericano.
Calle luna calle sol es una novela que cae bien para ser leída en este diciembre. Los regalos, las luces, las ollas comunitarias, la música de fiesta, el ron que se brinda a los amigos, nos recordarán que un día, un libro es la vida misma.
Sobre el autor
Gleiber Sepúlveda, profesor universitario, ha realizado en la Universidad Tecnológica de Pereira sus estudios literarios de Licenciatura, Maestría y, en la actualidad, Doctorado. El 2015 participó del programa Elipsis del British Council para jóvenes universitarios, en proceso de creación literaria, para ser leídos y comentados por autores de reconocimiento.
@JaiberLadino


