EL PRECEPTO ROTO

El precepto roto hace parte del llamado naturalismo japonés que se caracteriza por emplear un lenguaje más simple y coloquial, por explorar la individualidad de los personajes sin idealizarlos y por el uso de un tono confesional en sus historias.

Escribe / Alexander Tabárez – Ilustra / Stella Maris

El joven Ushimatsu Segawa trabaja como maestro de escuela en la provincia de Liyama al norte de Japón, una región apartada de las grandes aglomeraciones y custodiada por imponentes montañas. Un día ve cómo es expulsado del hotel en el que se hospeda un hombre rico por su condición Eta. Semejante acontecimiento de injusticia afecta al joven ya que imagina, también para él, un destino similar. Ese mismo día toma la decisión de mudarse del lugar y elige vivir en uno de los cuartos de un templo budista. Allí encuentra calma y la suficiente soledad para evitar despertar cualquier rumor en su contra.

Este es el inicio de El precepto roto, una novela escrita durante el período Meiji (1868-1912) por Shimazaki Tōson. La obra hace parte del llamado naturalismo japonés que se caracteriza por emplear un lenguaje más simple y coloquial, por explorar la individualidad de los personajes sin idealizarlos como en el romanticismo, y por el uso de un tono confesional en sus historias, siendo el autor más sincero bajo el deber moral de decir la verdad.

Como se puede inferir del inicio de la novela, el protagonista Ushimatsu es también un Eta. Los Etas son individuos que sufren un tipo especial de discriminación propia y única de la cultura japonesa, y hunde sus raíces tanto en el sintoísmo como en el budismo. El rechazo social no va dirigido contra el color de piel o la pertenencia a una determinada nación, como ocurrió con los judíos, no, aquí la segregación se fundamenta en la actividad laboral que se realice; pero no cualquier labor, sino aquellas relacionadas con la sangre y la muerte, como las de los curtidores de pieles, ganaderos, carniceros o sepultureros.

Las personas que sufren este tipo de agravio son excluidas de la sociedad, un Eta es un ser maldito, un Eta no puede servirle el té o prenderle el cigarrillo a un no Eta; tampoco tienen derecho a trabajar en otros campos ajenos a los que tradicionalmente se encuentran asociados. Por dichas razones, la angustia que experimenta el protagonista es justificada, porque si se descubre su origen, no solo su carrera como maestro se truncaría, sino que sus deseos y todo lo que tiene proyectado para su vida dejaría de ser posible.

Es cierto que en la obra de El precepto roto se lleva a cabo una denuncia social contra esta clase de comportamientos que carecen de pleno sentido y nada más resaltan lo degradables que podemos ser. Sin embargo, no se reduce a ello, al contrario, se expande en la indagación del alma, ahonda en la interioridad humana, colocando en tensión las emociones y el pensamiento individual frente a los valores tradicionales de un país y los eventos más trascendentales de la época, en el caso de Japón, su occidentalización.

Estos conflictos vuelven atrayente a la novela. En el título se infiere ya una tensión familiar entre el padre y el hijo. El precepto roto alude a la desobediencia, la que tiene un hijo contra su padre en su idea de sobrepasarle y desligarse de su influencia. En la narración la presencia de la figura paternal surge a través de un precepto, una exigencia que en el fondo pretende la felicidad del joven maestro: «Pase lo que pase te encuentres con quien te encuentres, nunca lo confieses, si te olvidas de este precepto en un momento de ira o de tristeza, piensa que a partir de entonces serás expulsado de la sociedad».

Ushimatsu sigue con fidelidad las palabras de su padre, la tradición confucionista le obliga a obedecerle, como un fantasma el mandato se le cuelga del cuello; no obstante, las transformaciones en el país traen consigo significativos cambios que llevan a los ciudadanos a cuestionar sus valores culturales, a asimilar nuevas maneras de pensar. En el joven profesor estos hechos no pasan desapercibidos, una individualidad comienza a materializarse en él. Ushimatsu desea ser libre, aceptarse cómo es, respetarse a sí mismo como persona, pero para lograrlo debe vencer sus miedos: la discriminación social y el temor a perderlo todo, a no-ser. Solo así las palabras de su padre dejarán de tener valor.

Lo que en un primer plano aparece como una denuncia social pasa a otro más psicológico y filosófico, en el que la formación de una identidad, de una conciencia del yo se convierte en el eje temático. El joven maestro es el centro de la historia, las incertidumbres son muchas en él, la oscura melancolía que le envuelve en sus ratos de soledad le hará flaquear; sin embargo, la fuerte pulsión por expresar su interioridad al mundo, supera los amargos ratos de desequilibrio. Su estado emocional y mental oscilan entre ocultar su condición de Eta o revelarla. Por lo que se dedica a leer los libros confesionales de un escritor tokiota, también Eta, para aprender de él, y reconocer las injusticias sin sentido que cometen contra los suyos. Todo con el propósito de insuflarse fuerzas y atreverse a dar el paso definitivo para romper el precepto.

Como lector uno sabe que Ushimatsu Segawa tarde o temprano dará a conocer a los demás su naturaleza Eta. De tal modo, la obra no interesa tanto por su conclusión sino por la expectativa que la misma despierta, es decir, por la forma en que se devela el secreto y el momento en que se produce, en otras palabras: el cómo y el cuándo. Para tal fin, el escritor Shimazaki Tōson desarrolla una buena trama, le imprime tensión y dramatismo al relato, y agrega otros personajes que cumplen bien su rol, tal es el caso de Ginnosuke, su mejor amigo, y de Oshiho, una joven de la que se siente enamorado; aunque más interesante será para el lector la actitud de todos los personajes una vez salga a la luz el origen Eta del protagonista. ¿Qué harán?, es la pregunta que queda en el aire, le rechazarán o tendrán la capacidad de vencer sus prejuicios.