Puente que cruzo / Haruo Shirane

Haruo Shirane es profesor de Literatura y cultura japonesa en la Universidad de Columbia. Allí también está vinculado con el Weatherhead East Asian Institute. Shirane es experto en literatura japonesa, historia cultural y cultura visual. En 2010 fue galardonado con el Ueno Satsuki Memorial Prize on Japanese Culture por sus aportes al estudio de la cultura japonesa. Entre sus obras están (no hay traducción al español): Early Modern Japanese Literature: An Anthology, 1600-1900 (2002), Bashō no Fūkei, Bunka no kioku (2001), Envisioning The Tale of Genji (2008), Traditional Japanese Literature: An Anthology, Beginnings to 1600 (2012), Japan and the Culture of the Four Seasons: Nature, Literature, and the Arts (2012). Este ensayo surge de una presentación que hizo el profesor Shirane durante el primer Coloquio Internacional (La Plata, Argentina, 2014) de Japón Interculturas, el grupo de estudios japoneses en castellano. 

 Poesía y naturaleza en Japón

Traducción y adaptación: Gustavo Mercado, Caitlyn (Avery) Michael

Edición: Paula Hoyos Hattori / Ariel Stilerman

Parte 1. Presentación

La ubicuidad de la naturaleza y de las cuatro estaciones se manifiesta de innumerables maneras en la literatura japonesa. Solo basta con ver La historia de Genji (de principios del siglo XI) para descubrir que la mayor parte de los personajes femeninos –como Fujitsubo (Glicinia), Murasaki (Lavanda) y Oborozukiyo (Noche de luna nublada)– llevan nombres de fenómenos y objetos naturales, cada uno asociado con una temporada específica. Ciertamente, una comprensión profunda de La historia de Genji requiere del entendimiento de las significaciones literarias de una amplia variedad de plantas, flores, condiciones atmosféricas y cuerpos celestes que proveen no solamente los nombres de los personajes, sino también el escenario en el que ellos aparecen. Además, las asociaciones de estos objetos naturales están estrechamente ligadas a aquellos de los poemas waka de treinta y un sílabas de la poesía clásica japonesa.

La historia de Genji se usa mucho como ejemplo para mostrar la conexión íntima entre la cultura japonesa y la naturaleza. Sin embargo, también es verdad que cuando se escribió La historia de Genji, las mujeres aristocráticas salían poco de atrás de las múltiples capas de biombos, cortinas y puertas corredizas que las separaban del mundo exterior. Mayormente, la única naturaleza con la que ellas estaban en contacto se hallaba en los jardines de sus residencias y palacios, o bien estaba extensamente representada en el interior del palacio: en las pinturas sobre papel, biombos, puertas y pantallas de separación, así como en los waka y los cuentos ilustrados de la época. En otras palabras, la “naturaleza” en La historia de Genji y en las vidas de las mujeres aristocráticas del siglo XI se difundía en sentido espacial y psicológico, y en gran medida era sutilmente reconstruida.

Esta suerte de naturaleza recreada, que llamaré “naturaleza secundaria”, se veía no como algo opuesto al mundo humano, sino como su extensión. Esta naturaleza secundaria se convirtió en un sustituto de la “naturaleza primaria” para la aristocracia de Heian (actual Kyoto), la capital de Japón durante el periodo clásico (también llamado Heian, 794-1185). Hasta hoy en día, en esta era de urbanización y tecnología, existe la creencia de que los japoneses tienen una afinidad inherente con la naturaleza y que esta es una de las mayores características de la cultura japonesa.

La noción de “la armonía con la naturaleza” en Japón llegó a ser fundamental en el periodo moderno. Por ejemplo, el ensayo Kokuminsei jūron (Diez ensayos sobre el carácter de la nación, 1907) de Haga Yaichi revela cómo se articulaba esta percepción en el periodo Meiji (1867-1912).[1] Haga interpreta el amor y el respeto de la nación japonesa por la naturaleza como una de sus características exclusivas; de acuerdo con el autor, los occidentales carecerían de esta actitud, al luchar contra la naturaleza para conquistarla. Como Masaoka Shiki y Takahama Kyoshi, los dos poetas vanguardistas del haiku del periodo Meiji, Haga establece una conexión importante entre este amor por la naturaleza y la práctica extendida de la poesía japonesa (waka y haiku), que se considera la manifestación del apego y el respeto por la naturaleza. Esta percepción acerca de la cultura japonesa, que continuó sin modificaciones durante la preguerra y la posguerra, aparece también en estudios occidentales sobre Japón.

Cuando escritores como Haga Yaichi hablan de las relaciones íntimas entre los seres humanos y la naturaleza, se refieren a una perspectiva que a lo largo de los siglos permeó todos los niveles de la sociedad alfabetizada y llegó a verse como un atributo “nacional”. Esta asociación entre armonía con la naturaleza y “carácter nacional” aparece ya en el temprano periodo clásico. Los caracteres utilizados comúnmente para escribir la palabra “waka” (和歌) significan literalmente “la poesía/canción (uta) de Yamato” (大和, 倭). El wa de waka adquirió el sentido de “suave,” “gentil,” o “armonioso,” definición que fue divulgada, primero, por el experto en poesía waka Fujiwara no Kiyosuke en su ensayo Ōgishō (Colección de verdades profundas, ca. 1135-1144) y luego, por otro influyente experto en poesía, Fujiwara no Teika, en su tratado Maigetsushō (Colección mensual, ca. 1219).[2]

Como consecuencia, el waka pasó a ser considerado el estilo de un país armonioso en todo aspecto. El énfasis no caía, entonces, en lo que la naturaleza era, sino en lo que debía ser: particularmente, en el waka debía de ser elegante en sus formas.

Esta tradición de percibir la naturaleza como armoniosa, cercana al hombre, y, en definitiva, como una manera de ver el mundo, surgió de la literatura de la capital: en particular el waka y otros géneros literarios tales como la novela cortesana (monogatari). El waka era utilizado como forma de comunicación social entre los miembros de las élites urbanas educadas. La naturaleza “secundaria” y elegante que aparece en los poemas progresivamente reemplazó a la naturaleza primaria en las mentes de los refinados aristócratas de la capital. Y así, esta supuesta conexión japonesa con la naturaleza, o armonía con la naturaleza, tan descrita por críticos modernos, es mayormente el resultado de la prevalencia de esta naturaleza secundaria, que influyó sobre todas las otras creaciones culturales del periodo premoderno.

 

Parte 2. La cultura de las cuatro estaciones

La llamada “cultura de las cuatro estaciones” refleja el clima de Japón y a la vez lo invierte. Japón tenía una de las precipitaciones de nieve más severas del mundo. En el verano, se encontraba dominado por una masa de aire tropical ahora llamado “Sistema de alta presión Ogasawara”, que trae calor y humedad. La isla principal de Japón (Honshū, donde se encuentran Kyoto, Tokyo y Nara) tenía entonces intensas precipitaciones en verano y en invierno. La cantidad de lluvia durante el verano era igual a la de muchos países tropicales. De ahí que el bosque de árboles de hojas anchas y perennes detrás del santuario Kasuga en Nara, sea idéntico al de una jungla tropical. Una consecuencia de este fenómeno es que Japón es el hogar de plantas y animales normalmente asociados con áreas tropicales. El alto nivel de humedad en Kyoto y en Nara fomentó una cultura poética que se enfocaba en las condiciones atmosféricas: la neblina anunciaba la primavera; las largas lluvias formaban parte central de los veranos; el otoño se conocía por la bruma, el rocío, y los tifones; el sello del invierno eran la nieve y la escarcha.

La primavera y el otoño en Japón son relativamente templados, pero quedan atrapados entre dos estaciones largas y severas. Aunque de acuerdo al calendario moderno el verano termina alrededor del seis de agosto, en términos de condiciones climáticas, el verano en Kyoto continúa por lo menos hasta el final de agosto y dura aproximadamente una tercera parte del año. La primavera y el otoño son estaciones de transición entre los tiempos fríos continentales y los tiempos calientes del Océano Pacífico. Estas severas condiciones climáticas hacen un marcado contraste con la idea popular de que el clima de Japón es apacible, elegante y armonioso. En una inversión de las verdaderas condiciones climáticas, la cultura aristocrática de los periodos Nara y Heian concibió la primavera y el otoño como estaciones “superiores” que fueron celebradas en la literatura y en el arte, y que quedaron asociadas a costumbres religiosas, sociales y culturales.

La diferencia entre el clima real y la cultura poética de las cuatro estaciones se puede entender a partir de tres cuestiones. En primer lugar, la cultura japonesa antigua (antes de 784) y la del periodo clásico (794-1185) estaban centradas en las zonas de Nara y de Kyoto, donde el invierno era relativamente templado comparado con otras partes del país. La percepción de la “naturaleza” en la poesía waka y otras obras clásicas japonesas como la colección de poemas Kokinshū (905), los relatos de Los cuentos de Ise (ca. 947), y La historia de Genji, refleja casi completamente las condiciones de estas dos cuencas del centro del país. Como resultado, el invierno ilustrado en la literatura japonesa es leve, de nieve que cae lentamente, y se percibe como signo favorable de que en ese año habrá buena cosecha. En otras regiones, especialmente del lado del mar del Japón y hacia el noreste, la nieve se consideraba un peligro y constituía una seria adversidad. Esa nieve severa no aparece ni en literatura clásica ni en poesía. No fue sino hasta el surgimiento de haikai (verso popular conectado) con poetas como Kobayashi Issa (1763-1827), un campesino del área Shinshū (prefectura de Nagano), que esa nieve amenazadora fue retratada en la poesía.

En segundo lugar, el verano en Kyoto durante el periodo antiguo y medieval era un tiempo de calor extremo, asociado con pestilencias y muerte. Por ello surgieron una gran cantidad de festivales populares en la capital y en las provincias, para apaciguar a los dioses y liberarse de elementos peligrosos y del pecado. Por ejemplo, el festival de Gion, que se llevaba a cabo en Kyoto en la primera mitad del sexto mes (según el calendario lunar), se originó promediando el periodo clásico como una forma de pedir al dios del santuario Gion protección contra la pestilencia y los desastres naturales. Estos aspectos negativos del verano no se consideraban temas apropiados para la poesía clásica, y generalmente no aparecen en waka, especialmente en los poemas incluidos en las antologías imperiales, que enfatizaban la armonía del país y del cosmos. La poesía de la corte en el periodo clásico, entonces, no reflejaba el clima real, sino que creaba una representación muy estetizada e ideológica de las cuatro estaciones. En la primera antología imperial de waka (Kokinshū, 905), el énfasis está en la primavera y el otoño, con dos volúmenes de poemas cada uno, mientras que el verano y el invierno solo están representados por un breve volumen cada uno, lo cual refleja una perspectiva “utópica” sobre la naturaleza.

Por último, si era necesario describir las estaciones desagradables, la cultura y la poesía aristocrática procuraban ilustrar cómo debía ser la naturaleza idealmente, no cómo era en realidad. Por ejemplo, uno de los temas más importantes del verano en la poesía japonesa (waka, renga y haikai) era la noche, pues se consideraba que traía fresco y alivio del calor, y se decía que era demasiado corta. En el periodo Edo (1600-1868), un hokku (verso inicial de una secuencia de renga y antecesor del haiku moderno) de verano debía sugerir una residencia fresca, como forma de halago hacia el anfitrión. Dulces y pasteles tradicionales de Japón (wagashi), el ikebana, la ceremonia de té, los jardines zen de piedra y la arquitectura de las residencias estilo palacio (período Heian) y estilo salón (período Muromachi): todo estaba diseñado para producir una sensación de fresco. Como enseña el fundador de la ceremonia del té, Sen no Rikyū, en Nanpōroku (Apuntes del monje Nanpō sobre la ceremonia del té, 1593): “En el verano imparta usted una sensación de fresco, en el invierno una de calidez”. En otras palabras, una de las funciones de la naturaleza secundaria en la capital era la creación de un ambiente ideal a través de elementos lingüísticos, visuales, táctiles y alimenticios.

[1] Haga Yaichi, “Kokuminsei jūron,” en Ochiai Naobumi, Ueda Kazutoshi, Haga Yaichi, Fujioka Sakutarō shū, ed. Hisamatsu Sen’ichi, Meiji bungaku zenshū 44 (Tokyo: Chikuma shobō, 1968), 235-281.

[2] Fujiwara no Teika, Maigetsusho, en Karonshū, ed. Hashimoto Fumio, Ariyoshi Tamotsu, y Fujihira Haruo, NKBZ 50 (Tokyo: Shōgakukan, 1975), 515.

 

Consulte aquí este ensayo completo, además de otros textos sobre la cultura japonesa