El rompimiento con el pasado para enfrentarlo en forma de memoria es una manera como la literatura colombiana recrea estas décadas de violencia para dejar una huella que parece perderse en los libros de historia.

 

Por / Alejandra Taborda Ramos

En la literatura contar historias es un juego con el lenguaje; existen una serie de convenciones que permiten darle un sentido al discurso respecto a la realidad cotidiana, en donde esta misma se modifica y brinda la posibilidad de divisar otro mundo con nuevas vías de conocimiento. El discurso de la realidad se establece a través de la cultura, ya que es esta la que nos permite construirnos como hombres y mujeres y confiere significaciones a las cosas.

Las narrativas literarias colombianas han visto la luz en las estructuras ideológicas arraigadas en la sociedad tradicional para expresar, a través de la escritura, una realidad poseída por la violencia, en la que se cuentan historias sobre el hijo que carga el cadáver de su padre, las familias que huyen del campo y se convierten en nómadas en la ciudad; estas narrativas enfocan el problema de la violencia que entre 1946 y 1965 cobró doscientos mil muertos.

Por otra parte, los escritores colombianos muestran un mundo primitivo y cruel adoctrinado en la política y la religión, en el que se evidencian aún relaciones feudales entre patrones y siervos, un mundo donde el analfabetismo y la miseria causan más daño que la propia naturaleza.

Empezando la década de los setenta el país se encuentra en una ruptura con la influencia del realismo mágico propuesto por Gabriel García Márquez. La novela colombiana abre camino a una exploración del lenguaje, donde se busca darle un posicionamiento al espacio urbano, desligándose de la tradición y recuperando lo marginado o desarrollado, que hace de la novela reciente un inmenso paisaje de objetos heterogéneos y no siempre asociables.

Desde entonces en Colombia se proponen diversas formas de hacer una historia literaria: desde la simple enumeración cronológica de obras, hasta la conceptualización más densa de lo literario.

En las últimas décadas la escritura literaria colombiana se ha impregnado de una narrativa experimental que busca romper con la linealidad del relato que, por una parte, tiene características y requerimientos propios y, por la otra, está cruzado por factores afectivos, sociales e ideológicos, de esta manera el discurso literario busca que haya un diálogo entre la realidad y la ficción a través de nuevos lenguajes.

Escritoras como Albalucía Ángel y Marvel Moreno buscaron en la literatura un  espacio para reestructurar las narrativas y encontrar en ellas la forma de hablar de las situaciones escondidas en la sociedad colombiana, en donde se abre un mundo de posibilidades, explorando no solo la mujer, sino todas las estructuras que atañen su existencia.

La voz de las escritoras colombianas permaneció ausente en la literatura nacional. A pesar de ello, en la actualidad en las universidades y colegios se fomenta su lectura, ya que se consideran adelantadas a sus respectivas épocas –porque la mujer no debía decir lo que pensaba– y ven sus realidades desde diversas perspectivas que les permiten plasmarlas en sus escritos.

En este punto conviene destacar a la escritora pereirana Juliana Javierre, quien con su novela Siete veces Lucía  exploró en la narrativa colombiana la desintegración que sufre el ser humano. Una historia que explora la complejidad del lenguaje, la muerte, el tiempo y cómo la cotidianidad de las personas se puede ver afectada por una serie de sucesos que reestructuran la sociedad y a ellos mismos, permitiendo encontrar una escritura profunda, poética, que le da fuerza a cada uno de los personajes y deja entrever el sentido de la vida y la muerte cuando todo está perdido.

Julian Javierre . Fotografía / Feria del Libro del Eje Cafetero.

Esta novela expone a través de dos magnicidios –Luis Carlos Galán y Jaime Garzón– lo que es ser individuo en una sociedad que está esclava de patrones políticos, en donde los jóvenes parecen no tener una posibilidad de vivir, ya que sus familias están rotas, tanto como la sociedad misma.

Es una invitación a rastrear en la ficción el texto y sus posibilidades en la realidad que se percibe, permitiendo establecer acciones para alcanzar la libertad individual en donde las vidas de los personajes reflejan las vivencias de personas reales.

La historia transcurre entre el fracaso y la soledad. El ser humano se encuentra completamente solo, hay un impedimento para conciliar la forma de entender el mundo de los demás y para tener una identidad que es lo que nos hace uno con los otros, llevando a que  los personajes se sumerjan en una soledad irreparable, por la imposibilidad de ser libres en medio de todas las prisiones que los van rodeando.

Juliana Javierre es una escritora joven permeada por el legado de Albalucía Ángel en cuanto a ser fiel a lo que piensa y transmitirlo de la mejor manera a través de la literatura, la forma más pura que ha encontrado para plasmar sus realidades. Novelista y ensayista, en el 2018 publicó Cultivo una rosa blanca: Martí desde su epistolario (ensayo).

La autora se graduó de la Universidad Javeriana en donde estudió literatura y se ha entregado a esta profesión con la convicción de crear historias que se condensan en esta afirmación suya: “Yo creo que a veces hay que correr riesgos, puede que nunca en 50 años lean Siete veces Lucía, pero puede que sí, yo no aspiro a eso, si no que aspiro a que las personas que me leen ahora , las poquitas personas que me lean, se permitan sentir y se permitan darle vida a esta historia que solo tiene sentido cuando alguien más la lee.”

Es la primera novela de esta escritora, pero en ella es notorio el estudio y dedicación que ha tenido. Con ella ganó en el año 2018 el Concurso Nacional de Novela: Ciudad de Pereira.

Es una historia que merece ser leída porque es raro leer escritoras pereiranas y la historia cautiva por su narrativa, porque deja entrever un país, una ciudad y una sociedad caóticos para luego entender, analizar y profundizar en los temas que atañen a los individuos y que le dan forma a las nuevas narrativas literarias.