LECTURA EN CLAVE ELIZONDO

A propósito de la novela El museo de la calle Donceles, de Rigoberto Gil, segundo lugar en el concurso de novela corta Pontifica Universidad Javeriana 2014.

 

Por / Juan Guillermo Álvarez-Ríos

El arte es una muleta, sostiene Horace Benbow, alter ego de Faulkner en Banderas sobre el polvo.

La lectura crítica también se vale de muletas o zancos para avanzar sobre un terreno desacostumbrado, con baches y piélagos. Además, todo lector avezado ya trae sus fracturas, sus esguinces.

La lectura emplea férulas para fijar por un instante lo inasible.

Lo que fluye a su aire.

La cacareada realidad que hoy entendemos según la física cuántica y que una novela sabe recoger, tamizar (ralentizar, ha dicho el “novísimo” Mauricio Wacquez, antes que la jauría periodística se apoderara, banalizándolo, del término), de forma única, con una fidelidad propia de su instrumento privilegiadamente versátil.

Un pretexto para leer y sobre todo compartir más en pandemia.

Para que nuestra lectura no resulte una idiosincrasia risible o contar ángeles en la punta de un alfiler.

Para abrazar una comunidad en medio de la soledad del acto de escribir.

Soledad asumida desde su temprana adolescencia por este autor en un épico punto de giro que supuso dejar atrás las veleidades del escritor juvenil y encarar su destino literario como solo Gil entre los de su generación ha sabido hacerlo: “atacando la frontera” (Kafka), abrazando el desamparo de la escritura, asumiendo su “broma y desesperación” (Kafka de nuevo), para redondear la estética del genio checo. No en vano Gil es el único novelista indiscutible de esa generación, y el narrador más prolífico de todos los nuestros.

Su buceo constante a abisales provincias del océano estético en busca de las claves de su estilo que se reconoce desde sus planteos.

Su ejercicio de apnea le permite traer vislumbres, arrancar un liquen, conservar un golpe de visión, un augurio, y regalárnoslo, arropado en una paciente construcción de orfebre, de capitán ballenero, que, a diferencia de Allende, su personaje secundario en El museo…, mira de frente a la historia.

Esta novela, breve e intensa, “soporta sin resquebrajarse las más fuertes presiones que hagamos sobre ella”, y ¿qué cosa es una lectura –sin negligir el placer que nos mueve, antes que nada, a leerla– sino el acto de pararnos sobre la estructura de una obra y pisar fuerte para saber a qué atenernos durante el viaje que nos propone? Por eso acojo el criterio de Henry James, con el sigilo, eso sí, que debe acompañar al lector de una novela negra.

Su escenario es la gran urbe latinoamericana, esa ciudad a cuya disolución asiste Onetti y a la que no vale la pena volver según los protagonistas, abuelo y nieto, de El negro artificial, de Flannery O’Connor, y su protagonista un héroe marginal, un letrado lleno de traumas que recidivan gatillados por la aparición de la máquina de escribir. Urbe que ya está en el Laberinto de las secretas angustias, ópera prima de Gil: la misma densidad de los espacios urbanos, la “acumulación” jamesiana, que se convierte en recurso material que no solo permitirá sino que será el acervo eficiente que causará el desenlace, son actualmente urbanos, por lo que Sábato, Cortázar y Piglia serían, a diferencia del Rulfo que se siente en El laberinto…, sus referentes para la primera cohorte de lectores que nos han dejado su opinión. Lo que es más, así como Sábato y Cortázar revisitan sus personajes en sus sagas, Gil vuelve a sus habitaciones previas para saldar cuentas y redefinir obsesiones.

Beatriz Elena Acosta Ríos, del Instituto Tecnológico Metropolitano de Medellín, en un ensayo ampliamente divulgado sobre la novela, ha destacado su nexo evidente con Sábato y Cortázar, y en un tour de erudición, con Piglia, Poe, Hawthorne, Kafka y Paul Auster, basada en los juegos de identidad y la relación cuarto-ciudad, que sustenta con encuadres de Deleuze, Eco y la mitología griega. Y la cinta de Moebius.

Yo encuentro una afinidad con Farabeuf, de Salvador Elizondo. El misterio fundamental que recorre ambas obras, la reliquia benjaminiana (máquina de escribir derruida vs maletín de cuero con el instrumental quirúrgico), el bizarro museo de barrio vs la casa fantasmal a la que regresan el cirujano y unos amantes que también habitan la playa, y una enfermera que ha sido amante de Farabeuf), la duplicidad especular y la dilución de la identidad en los protagonistas, la máquina de El museo vs la ouija y el I Ching de Farabeuf como instrumentos hermenéuticos, marcan un paralelo escalofriante. “Buscas en los resquicios de la muerte lo que ha sido tu vida”. Y la tenacidad de la memoria, que no deja a los héroes de esa “crónica de un instante” y de El museo… desprenderse de lo que han sido. “El trozo de coral o de un instrumento de cirugía corroído por el óxido como sangre vieja” es análoga a la herrumbrosa máquina y México esta vez, más que la Argentina, el México D.F. de la calle Donceles y de la vetusta casa art nouveau.

Afinidad vibracional que nuestro autor ha reconocido desde su temprana lectura de Rulfo, de Paz y de Carlos Fuentes.

Coincidencia estética o afinidad electiva, el estilo prolijo y cuidado, esa confesión de la incertidumbre que le impide al hombre saber si un ruido obedece a un tintineo de monedas que caen a diferente tiempo, o es un ruido aéreo, como el de una alarma, como el ulular de las sirenas o como un graznido espasmódico y que recorre de principio a fin a El museo…

Simetría fractal que se nutre de las alusiones que un escritor nunca pierde sino que cultiva en el gran acervo que es la memoria de todos.

Destinos que se tocan al cruzarse, arrojándose luz. Luz que toca dos espacios, dos tiempos, que captura en la playa a una mujer que resulta estar de pie frente a la ventana del salón, a la izquierda vista desde la calle, por ese borrón bajo la lluvia que vuelve a ser testigo de una aparición, como él mismo es para aquélla.

Un molde primordial y sus manifestaciones espectrales en playa, calle, museo, vieja casa Art Nouveau.

Una clave desde la cual leer el ajuste de cuentas que aguarda a Arturo Ovalle una tarde de sábado, en la Calle Donceles.

Y en este caso, clave tanto formal como de fondo.

Se ha considerado a Elizondo el más vanguardista de los escritores mexicanos. Rigo, a su vez, vanguardista desde El laberinto…, desde aquella lectura en voz alta de Cambio de piel, y por supuesto desde su rol de docente.

Elizondo. El cirujano Farabeuf. “El enigma de los instrumentos de cirugía depositados sobre el mármol amarillento de la mesilla y que los años han ido corroyendo y oxidando sin que nadie jamás se hubiera atrevido a moverlos de allí.”

La vieja máquina de escribir de El museo… es análoga, como decimos, a estos viejos instrumentos. Como ellos, hizo su daño, envió sus palabras a clavarse como dardos y ahora es una ruina. Y el homme de lettres, al cirujano. Ambos oficios, antiguos y agoreros, gozan de un prestigio que no ha logrado desmitificarse en la postmodernidad, con su eco utilitario en el que resuena un sadismo esencial.

“El libro que alguien dejó olvidado en esa casa: Aspects Médicaux de la Torture Chinoise… Précis sur la Physiologie”, libros olvidados y encontrados en una libresca calle que puede ser la de Donceles.

Objetos malditos como la máquina de escribir son asimismo la putrefacta estrella de mar y el viscoso torso después del cercenamiento de la cabeza del supliciado, cuyo tacto por la delicada mano femenina no es un déjà vécu sino una precognición, en el espacio abierto de la playa, de la escena terrible que tuvo y tendrá lugar en la atmósfera irrespirable de la casa-museo. ¿Y a todas éstas, de qué nos surte El museo? De la sospecha de un asesinato.

“¿Quién hubiera podido imaginarnos con tanta realidad como la que hemos podido cobrar ahora?”, parece preguntarse también Ovalle, que se ha presentado escuetamente, queriendo descartar cualquier complicación, en la primera línea de la nouvelle. Y aún así no logra evitar que lo alcance su pasado, aun el prehistórico, como a Edipo.

“Es necesario que no me atormentes con esa posibilidad de la memoria”, dice el protagonista de Farabeuf y esa súplica alcanza a Arturo Ovalle, que la reedita.

La máquina se pone de nuevo en movimiento una vez conjurado a volver el fantasma. Guarda el poder de un talismán. Ligada a “la fascinación de aquella carne maldita e intensamente bella”.

Y el misterio involucra en ambos casos, legal o no, un asesinato.

Maestría, la palabra que a Pascal le hubiera dado escalofrío. Y sí. Desde la elección de sus ambientes. El recinto cerrado que le permite controlar las acciones, evitar el desbordamiento.

Museo de cera, museo como espacio que no solo confina sino que inmoviliza para fotografiar y en esto también se toca con la decrépita casa de Farabeuf, almacén de cosas muertas, se toca para apartarse, cristaliza y magnífica para observar con ojo fetichista, en tanto la vieja casa oculta y pierde todo. Pero no para siempre, porque las viejas cosas, cuando son conjuradas, cuando se les pregunta de la forma correcta, reencarnan con el rostro que Arturo Ovalle creyó olvidado y vuelven a ejercer su hechizo. Y este hechizo actualiza la vida para arrojarla a la muerte.