¡PLOP!

Presentamos un fragmento del Capítulo IV de la novela breve ¡Plop! (2004), de Rigoberto Gil. Una obra que medio de la ironía muestra la realidad social que representan las desapariciones en un país utópico que se parece mucho al nuestro. Cualquier parecido con nuestra realidad es solo ficción.

 

Por / Rigoberto Gil

¿Dieciséis destinos, dieciséis seres con alguno de los cuales, tal vez, un día me atravesé a la salida de una buseta o visitamos al mismo tiempo un centro comercial o vimos la misma película, donde nos sentimos defraudados, porque ese final era el más obvio y a Harrison Ford lo observamos repitiendo la misma carrera que en Indiana Jones? Cada vez que abro el periódico para hojear las páginas judiciales y me detengo en las fotografías de las víctimas o de los victimarios, y no consigo ver allí los rasgos de un rostro conocido, cercano, pienso en la forma desmesurada como ha crecido este ámbito de carreras, diagonales y calles, que aún guarda entre los adoquines el paso moderado de las recuas de mulas. Cómo se ha venido poblando de siluetas anónimas, envueltas en la tensión de estos días con sus amaneceres sin señas particulares, llenas de teléfonos que, maldita sea, no quieren timbrar, de cartas que, válgame dios, no traen mensajes de aliento, de un leve toque a la puerta que, almas del purgatorio, por fin ha vuelto.

Con la inauguración de un nuevo conjunto residencial y la apertura de dos discotecas en la zona de La Badea y con el anuncio de que habrá, a fin de año, estratificación distinta y sobretasa a la gasolina, crecen como maleza las formas de la muerte. Agreguemos el fallecimiento incorpóreo de quienes aún existen en la memoria de sus parientes y allegados, mientras los desaparecidos habitan quizá ese país oscuro y sin límites que día a día amasa un dolor sin nombre, atrapa una algarabía, qué pasa, y sostiene para siempre, de este lado, el tormento de la espera, pues alguien lo ha visto en otra ciudad, está un poco más flaco y como perdida su mirada; no parecía de este mundo, quién sabe cómo lo embobaron, a lo mejor si usted va hasta allí, habla con él, de pronto regresa, sí, bueno, no era él, pero detállelo de perfil, parecido sí es, ¿o estaremos equivocados?

A uno le dicen que Fulano no ha vuelto, que un martes salió temprano de casa, apresurado, porque el bus de la factoría debía recogerlo a las siete menos cuarto en el paradero del Otún, una vez se atraviesa el puente Mosquera. Al día siguiente, cuando la señora o la madre de ese Fulano indagan por su destino, el gerente Octavio Villegas llama al conductor del bus 305 y le pregunta si esa mañana Fulano abordó el vehículo. Él dice que no aunque tiene la duda, por rutina uno a veces se desconecta, como era tan normal que él abordara allí el bus y saludara con timidez o con rabia, vaya uno a saber, y se ubicara justo en el puesto de la tercera fila y quisiera dormitar un poco. Villegas convoca ahí mismo en su oficina a dos o tres obreros y éstos lo confirman: no, allí no se montó nadie, porque incluso uno de ellos lo estaba esperando para ofrecerle la rifa de una lavadora y quinientos mil pesos en efectivo, pero nada. Allí el bus lo esperó un ratico, lo suficiente para saber que quizá el jefe había amanecido indispuesto o llegaría a la planta en su propio carro, pues a mí me había dicho que estaba en eso, quería comprarse un campero. Entonces un amigo ofrece su auto y el compinche de Fulano dice que lo conveniente es desplazarse por la ciudad, sobre todo ir a los lugares donde él se mantenía. A la Tienda de El Pavo no ha vuelto desde el miércioles, cuando se tomó una botella de brandy con dos amigos de la empresa. Al Billar de la Calle del comercio no ha ido desde octubre, porque parece que tuvo una discusión con Martínez, el dueño del negocio, pues le ofendió que le cobrara una factura en público, qué bochorno. Solo falta visitar la esquina del Berlín, donde compartía algunas tardes con amigos que conoció en Long Island, con quienes forma parte de un equipo de fútbol, muy bien ubicado en el torneo local,  pero allí lo vieron la noche anterior, nada más, se despidió de todos común y corriente; debía madrugar a trabajar, eso dijo, y se perdió calle abajo, porque era más fácil tomar el taxi al frente de la antigua estación de tren, eso repetía.

¿Qué queda, entonces? Y el buen amigo dice que poner el denuncio, que la policía colabore, enterarlos de un nuevo caso, a lo mejor se emborrachó y estará caído de la perra en el patio de la estación central o en la inspección de la galería. Pero antes llamemos a los familiares del centro y del barrio Versalles, tal vez se tomó unos cuantos aguardientes, le dio pena llegar a casa en ese estado y se fue a pasar la rasca a otra parte, donde su ahijada, siempre tan comprensiva. Pero allí nadie da razón de él y la preocupación se hace colectiva y el teléfono en casa de mamá timbra  más de lo acostumbrado, pero no es la llamada  que ella y los vecinos y conocidos esperan: es otro familiar, de Girardot o Duitama, yo qué sé, hasta allí viajó la noticia y vienen las preguntas de rigor, el mismo discurso: Sí, está desaparecido, es extraño, él no le debe nada a nadie, por esta cruz bendita y alguien repite y vuelve a jurar, no tiene por qué huir, qué cosa, estamos sorprendidos todos y en lo que podamos servirte, querida, estamos dispuestos a escarbar medio mundo, pero lo que es él, estará de vuelta en pocas horas, ya lo verás,  no sabes cuánto nos duele tu situación. Llamamos más tarde, ¿sí? Y en efecto, más tarde suena el teléfono pero no es la llamada clave y el corazón ya no resiste más, tal vez surta efecto una agüita aromática, un tintico bien cargado y eso que solo han pasado, digamos, dieciocho horas y uno entiende que el mundo ya no es como antes, que la ansiedad se apodera de mí y de la casa y de todo el que tenía que ver con Fulano, y uno no sabe qué pensar, quizá siempre nos mostró una cara que no era la verdadera, ah, qué vaina, es que somos tan complejos e impredecibles, hermano, somos tan hijueputas a veces con la gente que nos ama.

@rigoroso66