LOS RUMORES DE SERENATA DE SILVA Y VILLALBA

A Pato y sus músicas

 

Escribe / Andrés Esteban Acosta – Ilustra / Stella Maris


Silva y Villalba encarnan una de las expresiones más aclamadas de nuestro cancionero. Sus cuerdas y sus voces son un referente de la sensibilidad nacional. Con seguridad, todo oído atento a nuestras formas musicales, alguna vez se habrá encontrado con una versión del dueto. Algunas personas habrán emprendido la marcha afanosa con músicos de parque a bordo, confiadas en el alivio, la ilusión y el perdón que posibilita la música. Otras se habrán resguardado en la intimidad de sus habitaciones a escuchar los minutos de evocación de los ritmos que crean un ambiente de lo propio. Otro tanto, por coincidencia o invitación, habrán compartido una conversación donde se cuelan las voces de este dueto tradicional, recuperando para el gusto canciones que, de no sonarlas, se van perdiendo en el antaño.

Independientemente del camino, se llega a un punto similar, a la valoración preponderante, siempre en deuda, de los duetos que han defendido el lugar de privilegio que merece la música andina colombiana.

Me vienen los recuerdos de mi viejo escuchando A quién engañas abuelo. Sus ojos lagrimosos, nostálgicos en su ejercicio de remembranza de paisajes de montaña, conservan sinceridad y hondura por las frases del bambuco que describen la ingrata y violenta realidad del campo colombiano. También llegan las madrugadas de la abuela moliendo maíz para armar las arepas, mientras en Radio Nacional se habla de cultivos, cuidados de vacas y recetas medicinales del campo, y suenan clásicos, como Pesares. Finalmente, rememoro las dedicatorias de Anhelo infinito y Noches de azahares, que empujan los amores montañeros.

Desempolvando el archivo de memorias musicales, Silva y Villalba nos ofrecen pasajes de enamoramiento, versos para dedicar, quizá anacrónicos y tímidos para el juicio genérico, pero nunca desatentos o descuidados. Cantos que provienen de una comunicación emotiva del mundo que define la experiencia del arraigo.

Para este fin sin reserva de canto del corazón anhelante, destaco obras como los clásicos Campesina santandereana, bambuco de José A. Morales, y Hurí, de autor desconocido e inmortalizada por Garzón y Collazos. Otras menos cantadas por el público, como Dímelo con tus ojos, bambuco de Vicente Romero, o Ibaguereña primaveral, danza de Miguel Ospina, o Ilusión, bambuco de Luis Ignacio Lara: “Esta noche negra en silencio / esperando ver la llamada / yo quisiera mujer bonita / que te asomaras a tu ventana. / Abre la puerta amor mío, después de que yo te cante, / me muero de frío y vine solo a buscarte. / Ay, Ay, Ay tenerte conmigo que lindo fuera”.

Silva y Villalba también acompañan la tarea de mencionar las palabras precisas para partir, decir adiós, consumir un recuerdo, o darse a las labores del olvido. Una pieza clave de nuestro cancionero es el vals Cenizas al viento, de José A. Morales, relato concreto de quien se desprende de un cariño pasado con templanza, con la certeza de desterrar el recuerdo: “Por eso hoy me marcho / por eso hoy te marchas / sin que pase nada. / Porque esas cenizas yo las tiro al viento / para que no quede / para que no quede de ti ni el recuerdo”.

De similar matiz son los clásicos Me llevarás en ti, Espumas y Llamarada, composiciones de Jorge Villamil que, gracias al aporte de Silva y Villalba, se consolidaron como marcas musicales para dedicar o para soportar el peso de las contradicciones del corazón. A propósito de este encuentro, cabe agregar que Silva y Villalba fue uno de los duetos que más llevó a la canción las obras del compositor neivano.

Otro aspecto destacable es la evocación del campo. Desde las lomas y los cañales, hasta el famoso paso por San Gil, en uno de sus himnos, Si pasas por San Gil, de Jorge Villamil; hasta los rincones de Tunja y Boyacá, motivo que se concretó en el trabajo Homenaje a Tunja y Boyacá, del sello Philips. Por menciones así es que Silva y Villalba pertenecen al alma nacional, ya que su canto se hizo con devoción por la tierra, construyendo una geografía sentimental dependiente de la geografía andina. Prueba de ello es el ansia de retorno al escenario campesino del bambuco El retorno de José Dolores, y la llanura y las planicies de Tierra Yaguareña, ambos bambucos de Jorge Villamil; o la casa blanca y cálida a las orillas del Magdalena en Ven que te quiero morena, bambuco de Patrocinio P. De Dueñas y Carlos Vieco: “Tengo una casita blanca / a orillas del Magdalena / donde se mecen las palmas / donde es ardiente la arena / casita entre los rosales, naranjos y limoneros / donde cantan los turpiales / y sueño con la que quiero”.

En alguna noche del año de 1967, Álvaro Villalba y Rodrigo Silva aceptaron el reto de acompañarse con sus voces e instrumentos. Todo resultó bien, con sorpresa incluida por el grado de compenetración alcanzado. Caminos que se juntan indefectiblemente. Ya como dueto, grabaron en 1970 el álbum Viejo Tolima, donde están registradas algunas de sus canciones decisivas: Al sur y Oropel, valses de Jorge Villamil; y Soñar contigo, del mismo compositor, que nombra uno de los afanes de ilusión más destacados de nuestro cancionero: “Quiero soñar contigo / cuando muera la tarde, / soñar que tú me besas / cuando me besa el aire”.

En la contraportada del LP, firmado por el sello Philips, Silva y Villalba regresan su mirada mientras sostienen sus instrumentos en posición de emprender rumbo. Uno supone que avanzan elegantes con sus trajes, satisfechos luego de ofrecer una serenata. Esta postura de confianza es una de las imágenes clásicas del dueto, cuando, para ellos, se inauguraba el camino de la defensa y la proyección de las músicas nacionales. El resto fue una seguidilla de aciertos para uno de los exponentes más recordados por la memoria sentimental y musical del país.

Silva y Villalba mantuvieron el camino de los duetos clásicos de nuestro cancionero. Precisamente, el aporte se sintetizó en la rehabilitación del repertorio de Garzón y Collazos, que fue durante años el registro más aplaudido de nuestros aires. Dos voces y un corazón es un trabajo homenaje de 1978, preparado por el sello Philips. A la vez que sirve como definición de cualquier dueto que conjuga la idea de armonía en sus instrumentos, voces, silencios y gestos, también revive el estilo que Garzón y Collazos le propagó a nuestra música. Entre sanjuaneros, pasillos, bambucos y danzas, se escuchan canciones que luchan por ser recuperadas: Dos voces y un corazón, de Rodrigo Silva, Natagaima, danza de Miguel Ospina; Yo no sé amar, pasillo de Rodrigo Silva, entre otras.
Un rasgo que hay que resaltar del estilo de Silva y Villalba es el registro fiestero de algunas de sus grabaciones. En el trabajo Fiestas patronales, el tiple y la guitarra se complementan con clarinetes, fiscornos, tubas, saxos, trompetas y flauta. Una gozosa reunión de instrumentos que da por resultado el espíritu de fiesta que también suena en nuestras montañas. El sanjuanero, un infaltable de Sofía De Reyes y Anselmo Durán Plazas; Fiestas en mi pueblo, Añoranza campesina y Tolima grande de Rodrigo Silva, El barcino de Jorge Villamil y Evangelista Agudelo de Bernardo Gutiérrez y José Macías, son muestras de un trabajo que resalta el sanjunaero, tan propio de las tierras de Huila y Tolima, que vieron nacer a los integrantes del dueto.

Retornando a los recuerdos, el viejo seguirá cantando A quién engañas abuelo con la aceptación de la pérdida de las postales campesinas, la abuela molerá maíz invocando olvidos mientras canta y lanza los pesares como cenizas al viento, los amores de montaña se dedicarán cantos de anhelo y un viejo conocido de bares de pueblo insistirá en que el dinero es el principio de la actual filosofía, porque todo es oropel: “Amigo cuánto tienes / cuánto vales / principio de la actual filosofía. / Amigo no arriesgues la partida / tomemos este trago / brindemos por la vida / brindemos por la vida / pues todo es Oropel”.

Asuntos vivenciales que cantamos gracias a que alguna vez escuchamos en la radio, en el tocadiscos y hasta en los actuales reproductores, las voces y los instrumentos de los maestros Rodrigo Silva y Álvaro Villalba. Dejemos que el disco gire, apreciemos con detenimiento y dejémonos llevar por los rumores de serenata.

 

Nota.

En recuerdo de Álvaro Villalba, quien partió el 17 de junio de 2021. Su compañero de dueto, Rodrigo Silva, partió el 8 de enero de 2018. Quedan sus canciones y el homenaje musical que podamos dedicarles. Llora, guitarra mía, como dice el pasillo.