Los peligros del folclor

GUSTAVOCOLORADOTal vez debido al talante burocrático de esos eventos, a la falta de  convicción de los actores, al distanciamiento de los observadores o  a los tres factores juntos todo adquiere el aire artificioso y distante de un parque temático.

Por: Gustavo Colorado Grisales

El  cine y la literatura han redundado sobre la anécdota: un individuo se despierta una mañana y no recuerda quién es. Ni el nombre escrito en su documento de identidad, ni el rostro reflejado en el espejo le resultan  conocidos. Mucho menos las personas con las que  comparte  su vida: mujer, hijos, vecinos. Todo su ser es pasto del olvido. El desenlace no puede ser más perturbador. Si la memoria nos  define como individuos y  grupos, el olvido equivale a la disolución. No por casualidad la desmemoria precede a la demencia en los cuadros clínicos más graves.

Para combatir la desmemoria las sociedades inventaron los mitos y los ritos. Si los primeros  aluden de manera simbólica a momentos fundacionales como el descubrimiento del fuego, el lenguaje o el encuentro sexual, los segundos operan a modo de  revalidación de esos momentos. Ese es el sentido de la fiesta  popular en la cultura seglar o de los sacramentos en las prácticas religiosas. Hasta allí mitos y ritos responden a la necesidad  individual y colectiva de  conectarnos con lo esencial: reconociendo el pasado aprendemos a comprender y construir el presente.

Las dificultades empiezan cuando todo se reduce a la mera forma. Entonces  se corre el riesgo de convertir  la ceremonia en pompa y el ritual en caricatura. Como esos feligreses capaces de interrumpir  su participación en la misa para contestar el teléfono celular. En el plano social nuestros encuentros con la memoria  se reducen a duras  penas  a la contemplación desprevenida y casi siempre irrespetuosa de un desfile.

En estos últimos uno se siente  a bordo de una máquina del tiempo anclada en el pasado. Cada año, con motivo de alguna fiesta patria o del aniversario de  un municipio, una tropa de asalto se apodera de las calles al ritmo  de cantos ancestrales y de bailes olvidados. Tal vez debido al talante burocrático de esos eventos, a la falta de  convicción de los actores, al distanciamiento de los observadores o  a los tres factores juntos todo adquiere el aire artificioso y distante de un parque temático. Como bien sabemos, estos  operan al modo de esas reservas indígenas diseñadas por los colonizadores norteamericanos para  mostrarnos cómo vivían los vencidos. Según esa visión del mundo esos pueblos quedaron grabados en el pasado y nada tienen que ver con el presente, forjado a la medida de los inmigrantes de múltiples nacionalidades llegados a la tierra de promisión. En este caso la  memoria no está viva: yace en un museo para disfrute de los turistas, incapaces por eso mismo de percibir las distintas maneras en que todas esas sangres alientan en la nuestra a través de la música, la comida, las creencias religiosas o los modos de organización  política. No por casualidad los antropólogos hablan de tribus urbanas para referirse a formas particulares de asociación bastante parecidas a las de pueblos solo en apariencia extinguidos.

Por eso es importante  alertar sobre los riesgos del folclor. Porque desvía la atención sobre la vigencia del legado de quienes nos antecedieron para reemplazarlo por imágenes de tarjeta postal. De todos son bien conocidas las estampas  de los gauchos prefabricados por las agencias de turismo. Por ese camino desvirtúan de plano el complejo carácter de los argentinos. Lo  mismo puede decirse de quienes reducen el espíritu español a una corrida de toros, el alma mexicana a una congregación de mariachis o la  improbable identidad colombiana a un atuendo típico del caribe o de la región andina. En realidad somos también eso, pero no solo somos eso. Nuestro presente  es el resultado de la convergencia de  muchas sangres y  maneras de ver el mundo. Basta con sentarse a escuchar un grupo musical como Puerto Candelaria para darse cuenta de ello. En sus acordes alientan no una sino muchas raíces. De la cumbia al vallenato, pasando por el rock and roll, el jazz y el tango, lo suyo es un viaje a lo profundo de nuestra insondable condición. De regreso nos devuelven facetas desconocidas de nuestro  destino. El de ayer  y el de ahora. Y lo consiguen porque su voluntad es la de eludir las tentaciones del patrioterismo fácil o el folclor a la medida. Tal como lo hacen los poetas, los novelistas o los pintores  que a través de su obra  acaban remitiéndonos, sin demagogias ni populismos, a lo más certero de nuestra propia memoria.