MUJERES COMO PERRAS

Vavílov planteó la hipótesis (que después fue sobradamente demostrada) de que las malas hierbas iban mimetizando poco a poco algunas de las características de la planta de cultivo, de modo que, llegado un momento, era muy difícil diferenciar entre la una y la otra. Curiosamente, la capacidad de las malas hierbas para mimetizarse con los cultivos, conocida como «mimetismo vaviloniano», tiene un único culpable: el humano.

Jara, D. G. El Reino Ignorado.

Escribe / Ana Lucía Cardona – Ilustra / Stella Maris

Todo ser, desde el momento de su nacimiento, se ubica en un medio del cual habrá de nutrirse y también de defenderse. Podríamos decir que la naturaleza (pese a la etimología latina de la palabra) tiene múltiples esencias. Esencias o seres transitorios que vemos transcurrir diariamente ante el vuelo desprevenido de nuestra mirada, pues las naturalezas no dejan de revelarse en la tenacidad del movimiento.

Sin embargo, aquí estamos, construyendo casas de cemento y vigas de amarre en un terreno surcado por placas que se mueven todos los días. Aquí seguimos, pensando en la solidez de las estructuras de nuestras instituciones, en la inmovilidad de nuestros valores, en la certeza de una única motivación, profunda, permanente, que produce las conductas exhibidas por los otros. Aquí seguimos pensando que los animales son siempre nobles; que el perro es el mejor amigo del hombre; que las mujeres son por naturaleza protectoras. Pero todo esto no es más que la ilusión de las instituciones: ya imperios, ya doctrinas, intentando fijar, mediante la materialidad mutante del lenguaje, esas ficciones fundacionales. Ficciones que tan pronto se perfeccionan, entran a ser cuestionadas bajo la misma sutileza con la que se mueve todo lo “natural”, bajo la misma premisa de una lengua estable y a la vez mutante. Esto, justamente, es lo que se cuestiona en la obra de Pilar Quintana publicada en el 2017 bajo el título La Perra.

Sírvanos el nombre de la obra, para plantear ahora la tesis que pretendo sustentar en las siguientes páginas, pues considero que la perra, como personaje de la novela, es también un símbolo en el cual se recoge la complejidad de la protagonista, más que en su “condición” inmutable de mujer, como ser complejo en el cual habita y se rompe la idea de la naturaleza femenina asociada a la maternidad y la bondad.

No obstante, como en literatura la forma es el fondo, es preciso que primero señalemos lo fijo para expresar después lo que se transforma en el texto. Acerca de lo fijo, diremos que se trata de un libro, de corta extensión (108 páginas en total), que tiene un narrador extradiegético (no participa de la historia) que detalla acciones y pensamientos de los personajes. Podría decirse que el relato inicia con un conflicto. Una perra que acaba de parir es envenenada, deja 10 cachorros demasiado pequeños para subsistir por su cuenta. La protagonista de la historia: Damaris, decide adoptar uno, aunque sabe que puede tener problemas con su esposo: Rogelio, pues éste ya tiene tres perros a los cuales no les da buen trato. El relato, sin embargo, no nos mostrará a Rogelio como un antagonista, pues los acontecimientos girarán en torno a la relación fluctuante, entre el amor y el odio, de Damaris hacia la mascota, a quien decide llamar Chirli. Todos estos acontecimientos se desarrollan en un poblado del pacífico colombiano, entre las casas de los lugareños, las cabañas de propietarios que no viven allí (generalmente son del interior del país), el mar y la selva.

Respecto al lugar desde el cual se narra la historia y su incidencia en el uso de una variedad no estándar del español, es importante destacar que la construcción de los diálogos no contempla marcas de oralidad. Sin embargo, tanto la narración como los diálogos se muestran bastante simples en su léxico y en la manera de construir las imágenes.

La perra como símbolo

Ya hemos hablado brevemente de la forma. Pasemos ahora al fondo, aunque es necia la separación, como lo veremos, la mutación de ambos es simultánea. Usar una palabra en concreto, una variedad culta o coloquial del español, entraña mucho más que esa simple diferencia.

Para este apartado, empezaré señalando lo curioso que me resulta el uso que la novela hace de un sustantivo común para hablar de uno de sus personajes, aunque la perra había sido nombrada por Damaris como Chirli. Este nombre tiene a su vez gran trascendencia en tanto hace evidente que la perra suple una “necesidad” psicológica de la protagonista: Al adoptar la perra, Damaris busca sentir la absoluta dependencia de los hijos recién nacidos que nunca pudo tener. Al mismo tiempo, desea llenar el vacío maternal de su propia madre, la cual siempre estuvo ausente durante sus años de infancia. Pues Damaris no vive con ella sino con un tío llamado Eliécer “porque el hombre que preñó a su mamá, un soldado que había prestado servicio militar en la zona, la abandonó cuando estaba embarazada y ella, para poder sostener a su hija, tuvo que irse a trabajar a una casa de familia en Buenaventura”.

Volvamos al uso de la palabra perra como sustantivo común y a la vez como personaje. En esa duplicidad, la palabra deja abiertas las puertas para ser asociada, en tanto entidad simbólica, a múltiples resonancias de lo que la propia palabra significa: expresión ofensiva que se usa para denominar a una “mala mujer”; es una perra, se dice coloquialmente de quien posee una sexualidad en abierto desafío a las leyes de la monogamia. Pero esto se dice también de las mujeres que, no teniendo dicha libertad sexual, quedan en embarazo dentro de una relación no matrimonial. La perra entonces pasaría a tener entre sus significantes a la propia madre de Damaris, bajo una línea muy sutil de los acontecimientos.

Es importante destacar que la protagonista no juzga la conducta de su madre como mala o buena. Es sencillamente el acontecer, uno que se resuelve en el acogimiento del tío Eliecer y la tía Gilma como familia extensa que se encarga de la crianza de la protagonista. Sin embargo, la ausencia de su propia madre marca las relaciones que teje Damaris con su propio cuerpo y con quienes la rodean. Allí surge entonces otra resonancia simbólica que une y separa a Damaris, con la perra. Se identifica con ella por sentirla vulnerable en su orfandad. Por eso la narración enfatiza esta labor de mamá canguro que Damaris establece con la perra, a la cual llevaba “metida en el brasier, entre sus tetas blandas y generosas, para mantenerla calientica”.

La perra es pues, una extensión de Damaris, en su doble rol nunca cumplido: hija sin madre y madre sin hijos; índices ambos de una profunda soledad que es socialmente simbolizada de forma negativa. Cuando más se siente dicha soledad en el texto es justamente cuando la perra deja de ser una extensión simbólica de Damaris y un objeto dependiente de ella, para convertirse en su opuesto, una perra preñada.

Justo antes de saber que la perra se encuentra preñada, se nos describe en la novela la conducta rebelde de la misma, que abandona la casa en la que vive durante largas temporadas. La autonomía de la perra trastorna a Damaris, como lo hace la autonomía de cualquier ser que hasta hace poco se consideraba dependiente. Este punto es bastante interesante porque muestra una óptica distinta, no asociada al género, en el ejercicio del poder. Así como la complejidad de las relaciones familiares en muchas culturas, donde se presume que la soledad es algo que se “cura” con la procreación. Pero parte de la condición mutable de los seres, es ser también en soledad. Su conflicto está justo dentro de esa tención que lo vincula e indefectiblemente termina por aislarlo del conglomerado social. Quizás esta dificultad de asumirnos en la soledad tenga que ver con nuestro origen: unidos en un mismo cuerpo somos hijo y madre, portadores de una memoria corporal, de una condición dual irremediablemente perdida.

Así, para Damaris es absolutamente doloroso el descubrimiento, no hecho por ella misma, sino por Rogelio, de que la perra ha abandonado su condición de individuo para constituirse momentáneamente en un ser colectivo, un ser que sin embargo alberga vidas que no dependen de Damaris. Saber que la perra está preñada es “un golpe en el estómago” que deja a la protagonista en estado depresivo. Se siente traicionada en tanto piensa que “la vida [es] como una caleta [que ella atraviesa] caminando con los pies enterrados en el barro y el agua hasta la cintura, sola, completamente sola, en un cuerpo que no le daba hijos y solo servía para romper cosas. A partir de lo anterior reafirmamos entonces que la perra pasa de ser la representación simbólica de la protagonista a su opuesto total: un individuo con la facultad para crear vida, signo inequívoco de independencia.

Vista de este modo, nuestra perra-símbolo refleja en ella la orfandad, el abandono, la esterilidad y al mismo tiempo la fertilidad, resonancias simbólicas que, a su vez, como ya lo hemos detallado, redundan en la soledad de la protagonista: habitando en una suerte de abandono enmarcado por la presencia de la comunidad. Esta ausencia conflictiva es posible dimensionarla mejor a partir del trato distante que Damaris tiene con su esposo. La de ellos es una relación fracturada también por la ausencia de hijos y por el temperamento mismo del personaje “un negro grande y musculoso, con cara de estar enojado todo el tiempo”.

Rogelio por su parte muestra una riqueza que, desde la recepción de la obra, permite fracturar todos los presupuestos establecidos respecto de la condición femenina y protectora de Damaris, quien se ha mostrado sorprendida por las acciones violentas de su esposo o por las pulsiones asesinas de otros miembros de la comunidad que envenenan perros. Esto lo observamos en la obra cuando, a partir de la conciencia relatada por el narrador extradiegético se comenta que “Damaris no podía creer que hubiera personas capaces de hacer algo así y pensaba que los perros se comían por error las carnadas con veneno que dejaban para las ratas”.

Del mismo modo ocurre con una de las mascotas de Rogelio, un perro que:

Venía con una herida en la cola, que a los pocos días se le infectó. Para cuando Damaris y Rogelio se dieron cuenta, la herida se había llenado de gusanos y a Damaris le pareció ver que de ella salía volando una mosca ya completamente formada.

– ¡¿Viste!? – Dijo.

Rogelio no había visto nada, y cuando Damaris se lo explicó se río a carcajadas y dijo que por fin le habían encontrado el nombre a ese animal.

– Ahora quédate quieto, Mosco hijueputa – ordenó.

Lo agarró por la punta de la cola, alzó su machete y, antes de que Damaris pudiera entender lo que haría, se la cortó de tajo.  Aullando, Mosco salió a correr y Damaris miró a Rogelio horrorizada. Él, con la cola plagada de gusanos todavía en la mano, alzó los hombros y dijo que solo lo había hecho para detener la infección, pero ella siempre creyó que lo había disfrutado.

Las acciones anteriores nos llevarían a percibir a Rogelio como un hombre sádico. Un monstruo de aquellos que nos muestran por History Chanel, asesinando después a gente de su comunidad, o incluso a su propia esposa. Pero no es este el giro que da la historia. De hecho, este personaje aparece después con una conducta muy diferente en otras situaciones que no es mi intención detallar aquí. Tomo en extenso el  episodio anterior, no para hablar mal de Rogelio sino para mostrar la dualidad compleja de Damaris, quien se ha erguido como jueza de estas actitudes de su esposo y su comunidad, incluso de la propia perra quien, para ella “resultó ser una pésima madre” pues según lo relata el narrador: “La segunda noche se comió a uno de los cachorros y los días que siguieron dejaba abandonados a los tres que le quedaron para asolearse en el andén [o]  en cualquier lado con tal de no estar cerca de ellos”. La labor de cuidar de los cachorros es asumida por Damaris, pero no de buena gana, hasta que puede darlos en adopción.

Dentro de los episodios narrados se nos muestra lo difícil que es para Damaris buscar un hogar para la hembra de la camada, pues: “no había veterinarios en la zona ni forma de esterilizar a los animales y a la gente no le gustaba andar cuidando a las hembras en celo ni mucho menos encargarse de las crías”. Es “natural” entonces que las personas, producto del atraso y el abandono estatal, se deshagan de cualquier modo de los perros, como se hace con las plagas que invaden las cosechas y frente a las cuales, no tenemos ningún atisbo de juicio moral o culpabilidad. Y ¡cuidado! ¡Alerta de extremismo! no quiero decir con ello que se tenga ahora que realizar todo un movimiento pro-maleza, o ¡por la vida digna de la maleza! Lo que deseo señalar, es que tal vez y solo tal vez, nuestros juicios, nuestra idea de lo naturalizado, deba revisarse constantemente y a través de muchos matices: las mujeres se dejan pegar porque quieren o el pobre es pobre por perezoso, la violencia es masculina son a problematizar a la luz de un contexto más grande, de complejidades superiores al individuo e igualmente intrínsecas a él o ella.

Mas, retomemos el hilo de la narración: después de estos episodios, la perra regresa de nuevo a sus andanzas en el monte, se pierde durante días y Damaris asume hacia ella una actitud cada vez más reticente, hasta que, más adelante entrará a protagonizar ella misma una escena bastante similar a la de Rogelio con su perro Mosco, cuando, a raíz del destrozo hecho por la perra a unas cortinas de la casa habitada por Damaris, ésta la agarra furiosamente con una cuerda que le amarra al cuello, una cuerda que había usado para evitar que se escapara de la casa. En esta oportunidad, Damaris:

jaló la soga para que el nudo se apretara […] siguió apretando y apretando, luchando con toda su fuerza mientras la perra se retorcía ante sus ojos, que parecían no registrar lo que veían, que lo único que registraron fueron las tetas hinchadas del animal.

Está preñada otra vez, se dijo y siguió apretando con más ganas, apretando y apretando, hasta mucho después de que la perra cayó extenuada, se hizo un ovillo en el suelo y dejó de moverse.

El desenlace de la perra concluye este simbolismo en espiral. Ahora Damaris ha restablecido el animal al origen de la obra: una perra que bien puede compartir los motivos de la protagonista, un cansancio acumulado, un poder ser y designar sobre la existencia del otro. Así lo vemos en la parte final cuando se muestra que Damaris “observó todo con horror, pero también con una especie de satisfacción que era mejor no reconocer y enterrar detrás de las otras emociones”.

La perra, Damaris, la soledad, el abandono, la pulsión violenta, la fertilidad, el poder… todo junto y focalizado sobre dos seres antes improbablemente narrados en las literaturas escritas durante los siglos XVIII y XIX, completamente inexistentes para las literaturas medievales centroeuropeas: Damaris, negra del pacífico y su perra, sus múltiples perras.

Bibliografía

Esteban, R. G. (2020). GONZÁLEZ JARA, David: El reino ignorado: Una sorprendente visión del maravilloso mundo de las plantas, Ariel, 2018.

Hoyos, C. (Anfitrión). (Mayo de 2021). Paredro Podcast [Episodio de Podcast] Pilar Quintana Live. Spotify.

Quintana, P. (2017). La perra. Literatura Random House.

Peirce, C. S. (2005). El icono, el índice y el símbolo. Traducción castellana de Sara Barrena. Fuente textual en CP, 2-274. http://soda.ustadistancia.edu.co/enlinea/mariacristinasoler_signo_2/EL_ICONO.pdf