RAMÍREZ RAVE Y LA CÁTEDRA DEL SILENCIO

A lo largo de cinco capítulos, Ramírez Rave pasará de la inquietante extrañeza del lenguaje a través de las descripciones de silencio (s) escrito (s), los nudos y capas que pueden observarse en estructuras de narraciones breves, hasta llegar a la conciencia del silencio: decir lo indecible.

 

Escribe / Jáiber Ladino Guapacha – Ilustra / Stella Maris

En el 2012 ingresó a la Colección de Escritores Pereiranos, en la modalidad de ensayo, una obra que tenía como fin proponer una serie de aproximaciones a un tipo de escritura de la extrañeza en la literatura latinoamericana: Esa delgada luz que es el silencio. La propuesta se centró en el estudio de obras en las que Sor Juana Inés de la Cruz, Jorge Carrera Andrade, Jorge Luis Borges y Juan Rulfo ahondaban en la profundidad de ese misterio que es nombrar con la ausencia o invocar, con una palabra que baja el volumen y deja paso a presencias más sutiles.

Juan Manuel Ramírez Rave, el autor de este ambicioso reconocimiento, deja ver desde entonces los vasos comunicantes de los que se quiere ocupar como crítico y exégeta, ya que su ejercicio comparativo arrojará la luz necesaria para contemplar, en el aparente vacío de las líneas, las figuras que interrogan el momento de la creación.

El corpus de Esa delgada luz, conformado por dos poetas y dos narradores, es una oportunidad para exponer el silencio no como una virtud exclusiva del género lírico, en el que la textura de los versos libres y las palabras en fuga son huellas blancas de su paso, sino también posible en los giros que merman velocidad y el registro elaborado por objetos escrutadores.

En Esa delgada luz, Ramírez dice de Rulfo que “escribía el silencio aún antes de publicar. En su obra, el silencio habla, se aparta de la idea maniquea del vacío. Sus cuentos ponderan lo silencioso, fiel a un proceso de extrañamiento, esencial a la invención fantástica en donde predominan los espacios abiertos y la voz de los elementos naturales”. Esta observación, que media entre la obra y la biografía del mexicano, está precedida por un apartado en el que es presentado como “profeta y mártir de la causa de la escritura del No”, a partir de las diversas respuestas ofrecidas Rulfo a lo largo de casi 31 años, después de la publicación de Pedro Páramo, cuando se le interrogaba por el hecho de no volver a publicar.

Ramírez Rave expone el síndrome de Bartleby, desde distintos teóricos, para luego “caminar la obra rulfiana por la senda de ‘otro silencio’. Un silencio que no se encuentra en el exterior de la obra, sino en el centro mismo de la palabra ‘creadora’”.

En esta primera publicación, Ramírez no pretendió agotar el tema sino ofrecer una lectura de autores latinoamericanos con un doble beneficio. Primero, arrojar luz sobre esos rasgos estéticos que se han asumido con una recepción bullosa y poco amable con el silencio solicitado por los creadores. Segundo, proponerle a quien busca en la palabra la oportunidad de contarse, expresarse, comunicarse, una suerte de pedagogía amable con esos momentos en que las palabras no bastan. Algo que bien conoce Ramírez Rave como profesor de la Universidad Tecnológica de Pereira, donde adelanta ejercicios y reflexión sobre los procesos de inmersión en escritura y lectura de los jóvenes universitarios.

Existe, además, otra semilla de reflexión en Esa delgada luz. Mientras Ramírez Rave se ocupa en demostrar cómo el silencio sería una suerte de herencia estética recibida por Rulfo de su “amigo y padre literario” Efrén Hernández, está señalando la que será su segunda publicación en esta misma línea. Advierte Ramírez: “Pero en Rulfo, a diferencia del mexicano Hernández, y de otro escritor del silencio, también Hernández, pero uruguayo, el silencio se exterioriza en la obra misma, es decir, el silencio se escucha en los espacios abiertos. Mientras tanto, en los dos Hernández, el proceso de extrañamiento se da regularmente en espacios cerrados (casas, teatros, cuartos de hotel, etcétera) de tal forma que los objetos entran a jugar un papel importante en la denominada extrañeza” (p. 86, 2012).

En el párrafo anterior late el interés de Ramírez Rave por seguir estudiando esas formas del silencio en otros tres cuentistas de los que no se ocupó en Esa delgada luz. Estos autores protagonizan su más reciente publicación, madurada durante casi una década, La escritura del silencio en tres cuentistas latinoamericanos: Efrén Hernández, Francisco Tario y Felisberto Hernández, publicado en la colección Trabajos de investigación de la Editorial de la Universidad Tecnológica de Pereira en 2020.

El propósito de este nuevo entramado crítico versa sobre estos tres autores en los que Ramírez Rave no encuentra una renuncia a la escritura como forma de silenciarse –según el modelo de Bartleby, atrás aludido-, sino una búsqueda del silencio como objetivo y la consecuente exploración de los límites del lenguaje. A estos, en el Pórtico de su libro, los llamará Ramírez Rave: escritores buteanos, “aquellos representantes de una plena conciencia y escritura del silencio, porque sus obras, entre otros aspectos, son la expresión de un doble descontento: la falta de palabras y el tenerlas en exceso”.

A lo largo de cinco capítulos, Ramírez Rave pasará de la inquietante extrañeza del lenguaje a través de las descripciones de silencio (s) escrito (s), los nudos y capas que pueden observarse en estructuras de narraciones breves, hasta llegar a la conciencia del silencio: decir lo indecible. Es en el tercer apartado donde se dan cuenta de los latinoamericanos escogidos en los títulos: “Francisco Tario: entre los dedos helados del silencio”, “Efrén Hernández: del silencio que resbala en los hombros de la noche” y “Felisberto Hernández: del silencio que escucha la música”.

La escritura del silencio cuenta además entre sus páginas con el trabajo artístico de Leidy Yulieth Montoya Aguirre, en el que 10 fotografías –Itinerancias, como son llamadas en los créditos- muestran más allá del gusto por el color y la composición de la imagen, una grieta de “extrañeza” por la que se filtran los argumentos de los autores estudiados: los objetos están narrando lo que observan, el mundo del que hacen parte. La imagen para la portada grita lo que se clausura, la pintura carcomida, la fijación del cerrojo en la madera, inquietan. No es la presencia de fantasmas vagando. Es el movimiento de los objetos que reta nuestra imaginación.

Ramírez Rave inscribe nuevas rutas para los lectores de cuento. Su obra, interesará a muchos lectores por esta perspectiva tan preciada en un mundo convulso e impaciente que hace de la magia el souvenir en serie que se paga y se deshecha, cuando el alma está hambrienta de encanto y eternidad.

Twitter: @JaiberLadino