VANGUARDIAS, CAUDILLOS Y REDENTORES

A diferencia de los movimientos políticos, inamovibles en su estéril dicotomía, las vanguardias artísticas y culturales se postularon siempre como puente, como agente capaz de dialogar con el patrimonio espiritual del mundo y de sintetizar lo mejor de aquí y de allá.

Escribe / Gustavo Colorado Grisales – Ilustra / Stella Maris

“En la guerra política contemporánea, y no sólo en América Latina, la comunicación es la nueva arma. Las estrategias de comunicación son fundamentales para desviar la atención del votante con problemas inventados o extemporáneos, o con versiones de los hechos amoldadas a la narrativa de quien gobierna. Si atraviesan crisis o se ven acorralados y necesitan movilizar debate social y que movilicen a la ciudadanía, lo hacen con las cadenas nacionales o con twitter, como el nuevo aprendiz de tirano, el salvadoreño Nayib Bukele”.

La lúcida reflexión anterior, aparece en la página 500 del libro Delirio Americano, del ensayista y pensador colombiano Carlos Granés, publicado en 2021 por la casa editorial Taurus.

Si usted quiere, dependiendo de su país de origen, puede remplazar el nombre de Bukele por el de López Obrador, Daniel Ortega, Iván Duque, Nicolás Maduro, Jair Bolsonaro, Pedro Castillo o Alberto Fernández y el resultado será el mismo: una realidad paralela fabricada con los mismos criterios utilizados para diseñar cualquier producto, desde un champú hasta un automóvil de lujo, pasando por la venta de paisajes en el sector turístico o de perfumes para estimular los impulsos sexuales.

No por casualidad existen agencias de publicidad y mercadeo político, cuya finalidad es fabricar candidatos y gobernantes a la medida de los miedos, ambiciones y expectativas de los potenciales electores. En esa búsqueda pueden fabricar la imagen de un ejecutivo triunfador como el Primer Ministro canadiense Justin Trudeau, de un hacendado entre paternalista y autoritario como Álvaro Uribe, de un camaján de barriada como Nicolás Maduro, de un trabajador rural como Pedro Castillo o de un activo hijo de la galaxia digital como el ya citado Bukele.

Pero el recurso de los medios de comunicación, por poderoso que sea no deja de ser un ropaje o, si se quiere, un disfraz. La esencia del asunto, es decir, la manipulación de la palabra, del mensaje redentor y de conceptos caros a pulsiones colectivas como la patria y la nacionalidad es tan antigua como la política en sus múltiples avatares, para utilizar un concepto caro al mundo de internet.

Como cualquier investigación sobre tiranos, caudillos y redentores puede remontarse hasta tiempos lejanos en la historia de la humanidad, en su propósito de entender y ayudarnos a comprender esa variopinta abstracción llamada Latinoamérica, Carlos Granés fija límites de espacio y tiempo. Su recorrido empieza en 1898, con la llamada Guerra de Cuba, cuyo resultado supuso la pérdida de la última de las colonias españolas en América y el comienzo de la hegemonía norteamericana a este lado del mundo, que décadas atrás llevó a Simón Bolívar a pronunciar su célebre diatriba: “Los Estados Unidos parecen destinados por la providencia para plagar de miserias a América en nombre de la libertad”.

Y la lucha por la Libertad, otra abstracción mistificada por la Revolución Francesa al lado de Igualdad y Fraternidad, será el combustible de las fanáticas y brutales contiendas que caracterizan la historia de nuestro continente, desde México y la pérdida de grandes extensiones de su territorio a manos de los norteamericanos, hasta los países del cono sur con sus dictadores letales.

Ese viaje emprendido en Cuba, uno de cuyos protagonistas fue el poeta y prócer nacional José Martí, concluye para Granés el 25 de noviembre de 2016, fecha de la muerte de Fidel Castro en la misma isla, sobreviviente de su propia utopía después de haberse convertido en modelo de muchas revoluciones en el mundo, tras la caída del dictador Fulgencio Batista -otro tirano sanguinario y corrupto- el 1º de enero de 1959.

En ese intermedio se produjo el desfile de dictadores y populistas que todos conocemos, sumado a la consiguiente irrupción de las guerrillas rurales y urbanas, hasta desembocar en otra dictadura: el reinado de las víctimas y su concreción cultural más elocuente: el lenguaje elusivo e hipócrita de la corrección política, empeñado en tender un velo de palabras sobre los aspectos más infames de nuestras sociedades.

Un libro agita las aguas

Toda comunidad tiene sus libros fundacionales, sean sagrados o profanos. Para los propósitos del autor de Delirio Americano, uno de esos textos es Ariel, el ensayo del escritor uruguayo José Enrique Rodó (1871-1917). En su obra, Rodó toma tres personajes del universo de Shakespeare: Próspero, Calibán y Ariel, para formular los prototipos de lo que podría ser el rumbo de nuestro continente. De entrada, enfrentamos una simplificación: en un momento u otro hemos de tomar partido: Calibán o Ariel. Los latinoamericanos leímos temprano y mal -durante el bachillerato- el libro de Rodó. Con su proverbial capacidad para el esquematismo, el autor definía fronteras: Próspero tiene dos sirvientes. Calibán es el salvaje primitivo, materialista movido por sus instintos. Ariel es el hombre animado por la fuerza elevada y espiritual. Como su nombre lo sugiere, Próspero es el amo o, para hablar en términos políticos, la encarnación del poder imperial.

 

En esa aparente encrucijada, renunciamos desde un comienzo a la opción del camino del medio. De ahí en adelante, esa fue una de las constantes de nuestro quehacer político, civilista o armado. Para nosotros El siglo XX fue el escenario de la materialización, casi siempre violenta y a menudo corrupta de ese maniqueísmo: buenos o malos, indigenistas o latinistas, liberales o conservadores, comunistas o fascistas. Sólo una cosa nos unía: el odio al imperialismo norteamericano por parte de uno y otro bando, posición que empezaría a cambiar con la llegada y entronización de Hitler en el poder como amenaza mundial. Esa nueva baraja geopolítica motivó un rápido consenso que aglutinó a sectores hasta entonces antagónicos en la defensa contra el peligro nazi.

Y aquí aparece el otro elemento esencial para las tesis formuladas en Delirio Americano: el rol de las vanguardias artísticas y literarias, como espejo o negación de las ideas políticas en juego. Poetas, escultores, músicos y pintores expresarían desde entonces la voluntad de dar cabida a una de esas tendencias o a todas de manera simultánea o sucesiva. Después de un trabajo de investigación que le tomó más de una década, Carlos Granés elige un primer ejemplo: la Revolución Mexicana, cuya fecha oficial de inicio se sitúa el 20 de noviembre de 1910, aunque sus orígenes se remiten a la lucha contra la dictadura de Porfirio Díaz, que abarcó de 1877 a 1880 y luego de 1884 a 1911.

La revuelta en México fue, si se quiere, una amalgama de credos políticos y religiosos, de prejuicios sociales y raciales, de atavismos culturales y de abismos económicos que, salvadas particularidades locales, puede servir para acercarse mejor a la realidad histórica de los países que abarcan del Río Grande a la Tierra del Fuego. Una vez llegados al poder, los revolucionarios traicionaron -como todos-, los principios que animaron la lucha en un comienzo para enfrascarse en feroces disputas por el control, que no tardarían en convertir a la mexicana, en la primera revolución institucionalizada y burocrática del continente.

Décadas después, con sus propias variaciones, los caudillos y tiranos del resto del continente, con el respaldo de Estados Unidos, devenido aliado imprescindible, replicarían la fórmula para perpetuarse en el poder. Rafael Leónidas Trujillo en República Dominicana, la familia Somoza en Nicaragua, Marcos Pérez Jiménez en Venezuela, Velasco Alvarado en Perú, los Stroessner en Paraguay, Getulio Vargas en Brasil y Juan Domingo Perón en Argentina, son apenas algunos de esos nombres. Entrado el siglo XXI, el colombiano Álvaro Uribe replicaría la fórmula, con el célebre “articulito” de reforma a la constitución para hacerse reelegir, aunque la trampa no le alcanzó para un tercer periodo.

Las vanguardias saltan al escenario

El poder político, sobre todo el de inspiración populista, siempre ha sabido que, para mantener su dominio necesita apoyarse en tradiciones culturales reales o inventadas. Más que de teorías económicas o preceptos ideológicos, precisa de un sistema de símbolos que movilicen y congreguen a su alrededor a una masa creciente de adeptos. El mito de Juan Domingo Perón y su esposa Evita en Argentina es uno de los más claros ejemplos.

No por casualidad, Carlos Granés elige el caso de México para sustentar su hipótesis: los entresijos de las relaciones entre el poder político-económico y los movimientos culturales nos dan la pauta para seguirle el rastro a lo sucedido en el resto de los países latinoamericanos. Volviendo a la influencia de Ariel, los primeros muralistas serían la expresión de lo telúrico, de lo autóctono frente al latinismo y la reivindicación del legado español y grecorromano en nuestros países. A su vez, Ariel ilustraba -nunca más preciso el sentido de esta palabra- lo mejor de este último espíritu. Alentado por esta convicción, el educador José Vasconcelos asumió la tarea de hacer de la revolución burocratizada la mejor herramienta para descubrir y reivindicar la “verdadera” identidad mexicana. Su influencia no tardó en repercutir en el resto del continente.

Políticos liberales y conservadores, inspirados por el fascismo o el socialismo, alimentaron sus delirios populistas en esas fuentes nutricias. Lo “propio” y lo “ajeno”, irreconciliables según los teóricos, fueron las abstracciones encargadas de guiar los movimientos de una brújula que, a juzgar por los resultados, nunca apuntó en la dirección más acertada. El autor de Delirio Americano lo sintetiza de esta manera:

“El paso del populismo ha dejado sociedades divididas en bloques antitéticos, pueblo y antipueblo, buenos patriotas y malos patriotas, convirtiendo la democracia en un nuevo campo de batalla. Patria o muerte, viva la coca, mueran los yanquis, Muerte al somocismo (veinte años después de muerto el último Somoza): son gritos que llaman a la movilización fervorosa y perfomántica, a veces acompañada de expresiones de violencia. Sus objetivos siempre son los mismos: tomar el espacio público y conquistarlo para apabullar al enemigo y hacer ver la propia como la única opción legítima, la única acorde con los fundamentos de la patria, las esencias del pueblo, el bien, la dignidad o la moral”.

Esta certera reflexión vale para nuestros países hace cien años o para nuestra realidad de hoy: así de errático ha sido el camino de Colombia y de América Latina.

A diferencia de los movimientos políticos, inamovibles en su estéril dicotomía, las vanguardias artísticas y culturales se postularon siempre como puente, como agente capaz de dialogar con el patrimonio espiritual del mundo y de sintetizar lo mejor de aquí y de allá. Los primeros artistas mexicanos en rebelarse contra el muralismo abrieron las puertas para que entraran las corrientes saludables que renovaban la vieja Europa. A eso contribuyeron mucho las políticas estatales de brindar asilo a quienes escapan de la Guerra Civil en España, de los nazis en Alemania y sus aliados en el mundo, del estalinismo y su sus Gulags en la Unión Soviética. Por eso, la acogida brindada a Trotsky y su posterior asesinato en su refugio de Coyoacán se convirtieron en símbolo de ese concepto de cosmopolitismo, tan necesario para neutralizar toda forma de cerrazón mental.

Situado en el Brasil de Getulio Vargas y a propósito de la conmoción experimentada por el poeta y músico Caetano Veloso luego de ver la película Tierra en Trance, de su compatriota Glauber Rocha, Carlos Granero nos dice acerca de las vanguardias:

“La película de Rocha deslegitimaba todos esos clichés del arte izquierdista, y eso, se dio cuenta Veloso, liberaba de la demagogia y el victimismo y permitía abordar aspectos culturales, míticos, místicos, morales, antropológicos, formales; se abrían nuevos campos para explorar, nuevas formas de rebelión. Esa sensación la volvió a tener al poco tiempo, al ir al Teatro Oficina, el proyecto del dramaturgo experimental José Celso, a ver Roda Viva, una obra de Chico Buarque, la cabeza más visible de la música popular brasileña. La obra lo sorprendió por su radicalismo expresivo y por su osadía. Era iconoclasta -se burlaba de la Virgen-, erótica -los actores se desnudaban- y, sobre todo, antropofágica. En la última escena el protagonista, un cantante famoso, acaba devorado por sus seguidores. Literalmente se lo comían, y para dar realismo usaban el hígado de un animal que acababa salpicando de sangre a los espectadores de la primera fila”. (Delirio Americano, página 379).

Como podemos leer, a diferencia de las doctrinas políticas, que fosilizan y destruyen, las vanguardias artísticas insuflan vida, integran lo en apariencia irreconciliable. Propician el diálogo entre mundos disímiles. Y esa diferencia no es un dato menor: cuando señala el común origen religioso de dos guerras, la civil española y la violencia de liberales y conservadores en Colombia, el autor nos revela que, lejos de ser un filo nazi y fascista como sus copartidarios del grupo Los Leopardos, Alzate Avendaño entre ellos, lo que motivaba el odio del caudillo conservador Laureano Gómez contra los liberales echaba en realidad raíces en su catolicismo ultramontano. Tendrían que llegar desde la cultura los nadaistas, una vanguardia local heredada de los poetas norteamericanos, para hacer respirable ese aire enrarecido por odios seculares.

En su recorrido por un mapa que es físico y mental a la vez, Carlos Granés no ahorra esfuerzos ni detalles: país por país, con paciencia de orfebre, ausculta los latidos más profundos de su naturaleza, sus atavismos, sus violencias, sus artistas, sus ideólogos, sus errores repetidos y su eterna reiteración del populismo de izquierda y derecha como inútiles fórmulas redentoras.

Todo el tiempo fluye a nuestro lado la corriente espiritual expresada en nombres como los de López Velarde, Miguel Ángel Asturias, Caetano Veloso, Rómulo Gallegos, Xul Solar, Vicente Huidobro, César Vallejo, Germán Arciniegas, Tarsila do Amaral, Jorge Icaza, Oswaldo Guayasamín, Jorge Luis Borges, Alejandro Obregón, Alejandra Pizarnik, Augusto Roa Bastos, Pablo Neruda, Jorge Amado, Elena Poniatowska,  Rufino Tamayo, Oscar Niemeyer… y hasta la banda peruana Los Saicos, posible pionera de los anarquistas acordes del punk a este lado del mundo.

Al final, como siempre, queda la certeza de que sólo en la cultura encuentran los pueblos y los individuos alguna clase de asidero. Una forma de ponerse a salvo de los delirios políticos. Poetas, músicos, novelistas, pintores, ensayistas, realizadores de cine, actores y cultivadores de la tradición oral nos enseñan todo el tiempo que soñar con mundos mejores no es una utopía, aunque el canto de sirenas de los demagogos haya seducido a muchos artistas en algún tramo del camino.

PDT: les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada