“El horror auténtico de los campos de concentración y exterminio radica en el hecho de que los internados, aunque consigan mantenerse vivos, se hallan aislados del mundo de los vivos de un modo más efectivo que si hubieran muerto, porque el terror impone el olvido”. La cita de Arendt marca el comienzo del horror. Estos campos de concentración logran desaparecer a sus prisioneros, los ubica en una zona gris de no-existencia, donde hasta ellos mismos dudan de si están vivos padeciendo el horror o son simples marionetas que habitan el sueño de un dictador.
Escribe / Christian Camilo Galeano Benjumea – Ilustra / Stella Maris
En uno de sus discursos Nayib Bukele —presidente de El Salvador—, en tono conciliador, invita a acercarse a Dios con el ánimo de salvar al mundo de la crisis que vive. Refleja un temperamento sereno, su aspecto coincide con el tono de su discurso. Una barba bien arreglada, un saco que combina con el pañuelo que sobresale a la altura del corazón y un cabello engominado que no admite la rebeldía de una cana o un pelo bailarín. Todo el escenario se halla dispuesto para lo que parece ser el discurso de un actor del totalitarismo latinoamericano.
Las imágenes de cientos de reclusos trasladados a la mega prisión salvadoreña borran cualquier palabra, dejan un gran silencio. Hombres con las cabezas rapadas en pantalonetas blancas son hacinados en recintos, mientras son vigilados por militares que cubren sus rostros. Los guardias empujan, gritan, apiñan a los cuerpos en hileras para ser movidos de un lugar a otro. Los reclusos deben permanecer en silencio mientras soportan el castigo, en teoría, de pertenecer a alguna pandilla violenta.
Bukele —en consonancia con los mandatos divinos y laicos— estableció un estado de excepción para recuperar el orden y el buen camino de El Salvador. Las cifras de personas fallecidas por muertes violentas han tenido una drástica reducción que le dan en parte la razón. Aun así, algunas voces críticas sospechan —por fortuna— de todas las consecuencias que puede padecer un estado de excepción en este país centroamericano (corrupción, detenciones ilegales, asesinatos).
Hannah Arendt, por su parte, escudriñó las implicaciones del totalitarismo en el siglo XX, armó y desarmó el edificio que albergó —alberga— las ideas de una sociedad uniformada. ¿Cómo entender entonces esa idea grandilocuente del totalitarismo? Enfocando la mirada en esas formas de gobierno que se centran en un individuo, atacan la democracia, limitan los derechos civiles y utilizan el terror como forma de dominación; para Arendt los mejores exponentes del totalitarismo se encontraban en el nazismo en Alemania y el proyecto político de la Unión Soviética. Hoy por hoy para hallar el totalitarismo en el siglo XXI es preciso seguir los rastros del terror.
A su vez, el campo de concentración fue el lugar que le permitió pensar la forma en que el totalitarismo se ubica en un espacio y condiciona los cuerpos. Dentro del andamiaje de estos campos de concentración, además de servir como fábrica de producción de cadáveres permanente, donde murieron miles de judíos y parias, también mostró cómo estos lugares servían para borrar la diversidad de la humanidad. Los reclusos vivos o muertos en vida debían llevar el mismo uniforme, al morir los cadáveres compartían la desnudez y el fuego.
Cientos de miles de prisioneros fueron llevados a estos lugares por el delito de existir y pertenecer a un grupo étnico, social o sexual marginado. La inocencia cargaba el peso de una condena que les arrebataba la vida. Amontonados como ganado, uno sobre otro, eran conducidos a campos de concentración donde los esperaba todo un complejo de trabajos forzados, destrucción y muerte. Para llevar a cabo esta empresa se necesitó del aislamiento.
Los prisioneros fueron lanzados a un mundo cerrado de recintos de trabajo forzado, los cuerpos eran máquinas obsoletas dispuestas para ser utilizadas y eliminadas. No tenían un espacio para estar o descansar, todo estaba dispuesto para ser borrados del mundo. Al igual que sus pertenencias, el lenguaje también les fue arrebatado, narrar la barbarie era imposible, toda palabra o intento de comunicar lo vivido debía cargar con el peso del absurdo.
No hay comunicación en el campo de concentración. Las personas que padecen el campo no pueden comunicar su experiencia con el mundo, el lugar que habitan empieza a tener tintes de irrealidad, ya que allí, bajos sus propias lógicas, da cabida a formas de violencia que no tienen un límite. La experimentación con los cuerpos, los trabajos forzados hasta la muerte, la violencia y la tortura se ubican en un espacio que se desdibuja y adquiere las formas de lo irreal, ¿quién podía creer aquellas historias de terror de los campos de concentración?, ¿cómo narrar la barbarie de los cuerpos incinerados después de pasar por las cámaras de gas?, ¿cómo entender que otros hombres calcularon, planearon y ejecutaron asesinatos en masa sin albergar la más mínima duda? Relatar los padecimientos en el campo de concentración solo podía terminar en el delirio o el horror.
No solo los campos de concentración debían incomunicarse respecto al exterior, también el país totalitario respecto de los otros debía cortar cualquier canal. La sociedad totalitaria está aislada del campo y del mundo; la palabra que se mueve de un lugar a otro queda encerrada. El único canal de comunicación legítimo es el líder o portavoz de la nación que llama a mantener el orden y la unidad; él habla y es él mismo quien responde, asiente y escucha, los demás solo guardan silencio. La incomunicación y la falta de información permiten que los pocos relatos que llegan del campo tengan poca credibilidad, a su vez, como tampoco existe la comunicación con otros por fuera de la sociedad totalitaria, es imposible confrontar los hechos porque solo existe la versión oficial. Intentar romper la incomunicación es caer en el error o la persecución.
Todas las medidas que toma la sociedad totalitaria para uniformar a sus ciudadanos —si es que es posible decir que existe un ciudadano en este tipo de sociedad— no son puestas en duda y, por el contrario, son bien vistas porque permiten mantener la seguridad. La seguridad que busca la uniformidad es el delirio de toda sociedad totalitaria.
Un rasgo importante de estas sociedades es que las formas del terror totalitario se agudizan cuando no tiene oposición por la cual temer. Ya que no hay una oposición que denuncie o busque colocar un límite. El totalitarismo despliega todas sus acciones para mantener el statu quo de la sociedad. Para esto, ubica un sector de la sociedad (judíos, parias, pandilleros) como el mal que debe ser eliminado para mantener la calma. Aquellos que se opongan a estos “nobles” fines, son defensores de aquellos elementos destructivos de la sociedad.
“El horror auténtico de los campos de concentración y exterminio radica en el hecho de que los internados, aunque consigan mantenerse vivos, se hallan aislados del mundo de los vivos de un modo más efectivo que si hubieran muerto, porque el terror impone el olvido”. La cita de Arendt marca el comienzo del horror. Estos campos de concentración logran desaparecer a sus prisioneros, los ubica en una zona gris de no-existencia, donde hasta ellos mismos dudan de si están vivos padeciendo el horror o son simples marionetas que habitan el sueño de un dictador.
Su existencia, como relata Arendt, no importa para nadie. Por esto, o mejor dicho, gracias a la poca importancia que tienen estas vidas, es que son tratadas como si ya estuvieran muertas. En esa lógica para borrar su existencia de forma total, el primer paso consiste en acabar a la persona jurídica. Todos los que llegan al campo de concentración —a través de un estado de excepción— quedan desnudos, dejan de ser ciudadanos, no tienen derechos que se les puedan respetar. Se hallan por fuera de la Ley, no es posible reconocerlos.
De ahí que el inocente es la pieza central de estos campos, porque su delito es existir y en la medida que su existencia es sometida al horror del campo de concentración permite uniformar al resto de la población. Desnudos ante la violencia, los campos de concentración uniforman a la sociedad que observa cómo todos se hallan por fuera de la Ley. Cada sujeto puede terminar en un campo de concentración por la simple sospecha de algún oficial, y ser sometido al absurdo de la violencia y el olvido.
La empresa totalitaria debe seguir produciendo uniformidad y cadáveres. Para esto, se vale acabar con el sujeto moral. Toda la línea de producción se centra en anular la incidencia de la conciencia moral de los individuos. Ya no es posible elegir una buena opción porque solo es posible elegir el asesinato del otro. Así lo ejemplifica Arendt, cuando muestra cómo los funcionarios alemanes debían elegir entre la muerte de sus amigos o algún familiar. Cualquiera puede ser cómplice, verdugo o víctima, los papeles se trastocan en la sociedad totalitaria y las decisiones morales quedan en el vacío. Si las decisiones morales que pueden proteger al otro quedan anuladas, la máquina de producción totalitaria ha cometido su fin. En las sociedades totalitarias el fin es la uniformidad y el medio la producción de cadáveres.
“Las soluciones totalitarias pueden muy bien sobrevivir a la caída de los regímenes totalitarios en la forma de fuertes tentaciones, que surgirán allí donde parezca imposible aliviar la miseria política social o económica de una forma valiosa para el hombre”. Así finaliza Hannah Arendt su ensayo La dominación total. Tentados a salvar las lógicas totalitarias en cualquier sociedad.
Las medidas del presidente de El Salvador amparadas en el estado de excepción, si bien no son una copia del proyecto nazi y la mega cárcel no es un campo de concentración, sí tienen el germen del totalitarismo. Ya que se ampara en la visión de una sociedad que debe garantizar a toda costa la seguridad. Bajo esta lógica, el orden se construye sobre los abusos al ubicar el poder militar sobre el civil. Latinoamérica conoce de sobra las consecuencias que tiene un poder militar desbordado.
Nayib Bukele actúa como el salvador del totalitarismo latinoamericano, la mega cárcel es el escenario que legitima cualquier abuso con tal de preservar la seguridad y la vida de las personas. Pero la vida misma y la seguridad ya están en riesgo al estar bajo la mirada vigilante de un poder sin control, cualquiera puede terminar en la cárcel o el exilio si se atreve a llevar sobre su cuerpo un tatuaje o una duda sobre lo que pasa en El Salvador. El espejismo de la seguridad conduce a la violencia, el horror y el olvido.
@christian.1090
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